Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Thorne
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Thorne

DIECIOCHO

Jingle bell, jingle bell, jingle bell rock / Jingle bells swing and jingle bells ring.

El vestíbulo del hotel parece que alguien tomó el concepto de un autocine navideño acogedor y decidió darle un toque de lujo. El personal apartó todas las sillas y mesas a un lado, dejando una amplia extensión acolchada de mantas y gruesas almohadas de hotel por el suelo.

Las familias están acampadas como si fuera una fiesta al aire libre antes de un partido. Una pantalla gigante llena la pared del fondo, enmarcada por guirnaldas y cálidas luces ámbar. La película del mediodía está lista: ¡Socorro! Ya es Navidad.

No debería estar tan emocionado, pero estoy que tiemblo. Es la mejor película navideña jamás hecha, sin lugar a dudas, y no admito discusión.

Woodley se deja caer sobre la manta que apartamos cerca de la chimenea, recogiendo las piernas mientras se acomoda. Me pasa una humeante taza de chocolate caliente coronada con una montaña de nata montada y un bastón de caramelo triturado que se derrite por el borde.

—Aquí tienes —dice, con los ojos cálidos—. Lo imprescindible para ver pelis.

Tomo la taza y el calor me calienta las palmas.

—También necesitamos palomitas. Son obligatorias.

Me pasa el cuenco que cogimos antes.

—Tengo la sensación de que eres fan.

—Ya ves, la sutileza es lo mío.

Se ríe y apoya el hombro contra el mío. Huele a azúcar tostado y rosas, y en cuanto su cuerpo roza el mío, algo profundo y sostenido me recorre por dentro.

Cuando empiezan los créditos de apertura, la sala se oscurece.

Alguien aviva el fuego de la chimenea. Algunas familias se arropan con las mantas y los niños susurran emocionados.

Todo el espacio brilla con luz cálida y aire con aroma a pino, con el olor a canela que llega desde la mesa de aperitivos.

Es un rincón de magia navideña, y estoy sentado en él con una mujer a la que no esperaba desear así.

A mitad de la película, Clark Griswold está tambaleándose en su tejado, intentando grapar luces como un poseso. Me río y niego con la cabeza.

—El pobre solo quiere una Navidad perfecta —digo—. Todo le sale mal. Pero oye, al final funciona.

Woodley sonríe sin apartar la vista de la pantalla.

—Espera, no me hagas spoilers.

—No he dicho cómo. ¿Y cómo es que nunca has visto esta película?

Me da un golpecito con la rodilla y se encoge de hombros.

—Un poco como nosotros, ¿no? Todo salió mal, pero al final no ha estado tan mal.

Me inclino hacia ella.

—Todavía necesitamos que la reunión de la tarde salga bien antes de llamarlo destino.

Me pincha en las costillas.

—¿Dónde está esa confianza ciega de antes? Dijiste que tendríamos que, ¿cómo era?, «cagarla» para perder la cuenta.

Suelto una risa ahogada.

—Exacto.

Me mira con esos ojos cálidos, demasiado tiernos para estar en público. La beso antes de poder pensármelo dos veces.

Me obligo a volver a la película. Apoya la cabeza en mi hombro, y estoy perdido.

Cogemos nuestras bolsas y caminamos hacia el ascensor. Su mano roza la mía cuando las puertas se cierran, y durante un largo instante simplemente nos miramos. El espacio parece más pequeño que ayer. Está cargado, como si el aire entre nosotros esperase a ver qué pasa después.

El ascensor zumba. Los pisos van pasando.

—Esto es surrealista —dice en voz baja—. Después de todo lo que ha pasado, no puedo creer que por fin vayamos a hacer lo que vinimos a hacer.

—Lo es —mi voz sale más firme de lo que esperaba—. Hace una semana, estábamos en Chattanooga, molestos, agotados y convencidos de que este viaje sería sencillo.

Resopla suavemente.

—Todo menos sencillo.

—Esa es nuestra especialidad —digo.

Sonríe, pero es una sonrisa tenue. Nerviosa. Auténtica. Sus dedos tamborilean un ritmo suave contra la bolsa del portátil, el mismo ritmo de siempre cuando está nerviosa, aunque cree que lo disimula bien.

Cuando las puertas se abren, nos golpea de lleno la ráfaga de frío del vestíbulo. Los calentadores del techo zumban sobre nuestras cabezas. Los huéspedes se apiñan cerca de la chimenea. Alguien sacude la nieve de un abrigo y maldice el tiempo.

—Necesitamos un taxi —dice—. Ni loca dejo que estos tacones toquen esa nieve.

—Yo tampoco pensaba ir andando —digo—. Este traje se quedará tieso como un cartón si le da mal el viento.

Fuera, el aguanieve azota la acera. Los bancos de nieve se amontonan en el bordillo, apilados de cualquier manera por los quitanieves, que hicieron lo que pudieron pero perdieron la batalla. Los coches avanzan despacio en fila, con cuidado.

Se ajusta la bufanda.

—Estás muy guapo.

Esta presentación es la razón por la que estamos aquí. La razón por la que soportamos la mitad del caos que vivimos. La razón por la que seguimos adelante incluso cuando todo parecía empujarnos hacia atrás.

Un taxi se detiene. El conductor se inclina y quita el seguro.

Nos metemos dentro, agradecidos por el golpe de calor. Ella exhala con los labios entreabiertos. Observo su reflejo en la ventana mientras se coloca un mechón suelto detrás de la oreja.

—Sé que lo dije antes —murmura—, pero creo que no me había dado cuenta hasta ahora. Esto está pasando de verdad.

—Así es.

Juguetea con la cremallera de la funda del portátil.

—Después de todo lo que ha pasado, no puedo evitar preocuparme por lo que va a salir mal ahora. Es que no me creo que vayamos a entrar ahí y dar nuestra presentación sin que pase algo gordo.

—Woodley —digo, y me inclino hacia ella—. Hemos repasado la presentación doce veces. Reconstruiste la diapositiva dieciocho desde cero. Thom confirmó que su sistema está operativo y que Informática está disponible. No queda nada que pueda salir mal.

Ella asiente. Pero traga con dificultad. —No estés tan seguro. Esa teoría se ha puesto a prueba muchas veces en este viaje, y siempre ha fallado.

—Sí, es verdad. Pero ya estamos en la recta final.

El taxi avanza lentamente, crujiendo sobre el hielo, y gira a la derecha y luego inmediatamente a la izquierda hacia el aparcamiento. La torre de acero y cristal se eleva sobre la calle, la misma que estudiamos en Google Maps antes del vuelo.

—Aquí es —susurra ella.

El conductor aparca. La nieve cae de lado mientras salimos. Ella hunde la barbilla en la bufanda, agarra el bolso con más fuerza y me sigue entre el aguanieve hacia la entrada.

Dentro del vestíbulo, el calor nos envuelve. El aire huele levemente a cedro y a cera para muebles. Un directorio reluciente destaca bajo la iluminación empotrada.

—Última planta —dice ella mientras lo examina. Su voz suena débil.

El ascensor llega con un suave timbre. Entramos. Las puertas se cierran. En algún lugar sobre nosotros, todo un equipo espera ver lo que traemos.

A mitad de camino, ella se acerca más. No de forma obvia ni dramática. Solo lo suficiente para que su hombro roce el mío.

—No puedo creer que estemos haciendo esto juntos —dice en voz baja.

Giro la cabeza, y ella no aparta la mirada.

—Me alegro de que sea contigo.

Sonrío, pero no digo nada, porque no puedo quitarme la máscara profesional. Sin embargo, siento lo mismo. Estoy bastante seguro de que no habría llegado hasta aquí con nadie más.

El ascensor suena.

Cuando las puertas se abren, una recepcionista espera detrás de un elegante escritorio de cristal. —¿Son el equipo de Carter Lane Marketing Group? —pregunta.

—Somos nosotros —dice Woodley, que recupera su tono profesional en un instante. La transformación es impecable—. Tenemos cita a las dos con Thom Vicary.

—Perfecto. Síganme —dice la mujer, señalando el pasillo—. Los esperan en la sala de conferencias. Tercera puerta a la izquierda.

Caminamos uno al lado del otro. Su paso es seguro, e intento igualar el mío al suyo. Es una mujer diferente cuando trabaja. No menos sexy, ni mucho menos, pero notablemente diferente.

En la puerta, ella se detiene, y yo también.

Inhala lentamente. —Vale.

—Vale —repito.

Su mano se alza y roza la mía en un gesto rápido y deliberado; luego agarra el pomo y entra.

La sala se vuelve hacia nosotros. Trajes.

Bolígrafos. Portátiles. Un largo ventanal detrás de ellos solo muestra nieve.

Durante un segundo suspendido, somos dos personas que sobrevivieron al peor desastre de viaje de sus vidas y acaban de entrar en una sala llena de gente que no sabe nada de todo eso.

Caminamos hacia la cabecera de la mesa, y Woodley agarra el mando a distancia como una profesional. Nuestra presentación ya está en la pantalla.

Su voz se asienta, calmada y firme. Yo tomo la siguiente sección. Nos alternamos sin problemas, al mismo ritmo, como si respiráramos al unísono. Las preguntas llegan rápido, y clavamos cada una.

Cuando terminamos, el pulso todavía me late con fuerza, de esa manera que te enciende la sangre.

La reunión termina cuando Thom se levanta de la mesa, me estrecha la mano primero y luego la de Woodley. Su sonrisa no ha desaparecido desde la última diapositiva.

—Vinieron a presentar esta propuesta a pesar de todos los obstáculos —dice Thom—. Solo con eso, su dedicación me dice todo lo que necesito saber.

Woodley mantiene la postura erguida, segura, con una leve sonrisa asomando en los labios. —Estamos comprometidos. Nos alegra haber tenido la oportunidad de presentar en persona.

Thom se ríe. —Tuvieron que atravesar el infierno para llegar aquí.

Oh, Thom. No tienes ni idea.

Recogemos nuestros materiales, agradecemos al equipo otra vez y salimos por la pesada puerta de madera. En cuanto se cierra tras nosotros, Woodley suelta un gritito ahogado y me agarra del brazo.

Las puertas del ascensor se cierran. Ya no puedo resistirme más.

Le tomo el rostro y la beso. Un beso tan profundo que ella enlaza las manos detrás de mi cuello. Su sabor hace que la adrenalina me atraviese de golpe.

—Lo clavamos —digo contra su boca.

Ella choca el puño con el mío y sonríe. —Lo hemos bordado, joder, Thorne. En serio. Por cierto, estabas muy sexy ahí arriba.

Me recuesto contra la pared del ascensor. Tengo el cuerpo electrizado. —Es imposible que no consigamos la cuenta.

Ella resplandece, y ese brillo me da de lleno en el pecho.

De vuelta en el vestíbulo, la multitud de la tarde se dispersa. La banda sonora de la película anterior ha dado paso a suave música instrumental navideña. Las luces del árbol de Navidad parpadean con calidez. El fuego crepita. Una bandeja con galletas sobrantes descansa cerca del mostrador.

Nos acomodamos en dos sillones cerca de la chimenea y dejamos que el calor nos envuelva. La euforia de la victoria se ha convertido en algo más calmado, pero no menos intenso. Al menos para mí.

Ella envía mensajes a alguien, posiblemente a su amiga de Colorado, mientras doy un sorbo al champán que cogí del bar.

Cuando el móvil me vibra en el bolsillo, lo miro distraído. Confirmación de vuelo.

Por fin tengo reserva. Salgo mañana a las once de la mañana de vuelta a D.C.

Me invade una ola de alivio, y luego algo más pesado, rápido e inoportuno.

Veo a Woodley abrir la aplicación de Delta para revisar su vuelo. Frunce levemente el ceño.

—¿Todavía retrasado? —pregunto.

—Sí —suspira—. Todo está colapsado hasta Nochebuena. No volveré a Chattanooga hasta por la tarde.

Intenta sonar optimista. Pero lo que dice no tiene consuelo posible. Y de repente me la imagino aquí, sola, vagando por este vestíbulo entre familias de vacaciones y empleados que apenas la conocen, comiendo comida de hotel en Nochebuena porque no tiene vuelo a casa.

Me golpea con más fuerza de la que debería.

No debería pasar la Navidad sola en un hotel. No después de la semana que hemos tenido. No después de la mañana que tuvimos. No después de todo lo que ha cambiado entre nosotros, lo hayamos reconocido o no.

Dejo mi copa y la miro como es debido.

—Woodley.

Levanta la vista.

—¿Qué?

—Ven conmigo.

Parpadea.

—¿Adónde?

—A casa —mi voz suena más baja, no vacilante, pero auténtica—. A D.C. Pasa la Navidad conmigo, con mi familia.

Abre los labios, pero no emite ningún sonido.

Continúo antes de perder el valor.

—No deberías quedarte aquí sola. Y no quiero irme sin ti. Además, tus planes se cancelaron, así que sé que no tienes nada.

—Thorne, no sé...

—Solo ven conmigo. La cena de Nochebuena en casa de mis padres es caótica, pero eres toda una experta en sobrevivir al caos. Lo he visto con mis propios ojos. Mis hermanos te interrogarán, eso seguro, pero les vas a encantar.

Me mira fijamente, como si intentara descifrar mis intenciones, que, por desgracia para mi orgullo, son descaradamente obvias.

Me inclino hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.

—Por favor, no pases la Navidad sola.

Se humedece los labios. Es el movimiento más pequeño, pero mi cuerpo reacciona como si acabara de tocarme.

—Esto es algo muy serio —dice finalmente en voz baja.

—Lo sé.

Lo sé. Y no pienso echarme atrás.

Baja la mirada hacia sus manos, retorciendo el borde de la servilleta, y luego vuelve a mirarme con esos ojos cálidos y escrutadores que llevan dos días desarmándome.

—¿Quieres que conozca a tu familia? —pregunta en voz baja.

—Sí.

La respuesta es inmediata. Y lo digo en serio. No estoy preparado para que esto termine.

—Thorne...

Su voz se quiebra un poco. Me golpea en un lugar que no sé cómo proteger. El vestíbulo parece demasiado cálido, demasiado luminoso, demasiado lleno de posibilidades.

Por primera vez en mucho tiempo, no estoy pensando en lo que dirá mi padre, ni en qué pensarán de mí, ni en lo que se espera. Estoy pensando en ella entrando en la casa de mi familia, viendo dónde crecí, sentándose a mi lado en una mesa a la que nunca he llevado a nadie que me importara.

Estoy pensando en tenerla allí, conmigo. Estoy pensando en ella en todas partes.

—Di que sí —murmuro.

Se le corta la respiración, y en ese momento, sé que quiero esto más que la cuenta, más que la presentación, más que cualquier victoria que haya tenido en años.

Quiero que diga que sí.