Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Woodley
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Woodley

QUINCE

Entonces los renos lo amaron / Y gritaron con alegría: / «Rudolph, el reno de la nariz roja, / ¡pasarás a la historia!»

El calor del fuego me reconforta la piel, pero no alcanza el frío que se ha instalado en lo más hondo de mi pecho.

Observo a Thorne subir las escaleras, con los hombros tensos bajo la camisa húmeda, mientras la luz del ascensor se refleja en las puntas mojadas de su pelo empapado de nieve.

Con cada paso que pone entre nosotros, el vestíbulo se vuelve más ruidoso. Más nítido. Como si el mundo volviera a enfocarse ahora que él no está sentado a mi lado, comportándose como si me hubiera calado a propósito.

Me abrazo a mí misma y aprieto, tratando de contener lo que amenaza con desbordarse. El rostro de esa niña destella tras mis párpados, esos ojos grandes y testarudos, y cómo apretó la mandíbula con determinación, incluso mientras temblaba de frío.

Y Thorne, la manera en que le habló después de traerla de vuelta al hotel. Sereno, amable, firme. Nada que ver con el hombre que normalmente irrumpe en una habitación con la barbilla en alto y la guardia aún más alta.

Y después me miró de la misma forma, como si reconociera algo que yo no quería que viera.

—¿Te recordó a ti misma?

Me abrazo las costillas con más fuerza. He pasado años perfeccionando el tipo de muros que nadie atraviesa, especialmente compañeros de trabajo. Especialmente hombres que hacen que todo dentro de mí grite demasiado fuerte.

Pero algo de esa niña esta noche tocó un lugar que no me permito tocar. Un lugar del que normalmente huyo. Y cuando Thorne me miró con esa atención firme y paciente, sin juzgarme ni presionarme, sentí un impulso estúpido y peligroso de contárselo todo.

No fue solo el miedo en sus ojos. Fue la forma en que corrió. Como si hubiera decidido que cualquier cosa era mejor que volver a aquello de lo que huía.

Por un segundo, recuerdos que no me permito tocar afloraron rápidos y ardientes. No los bonitos y pulidos, sino los reales, los de demasiadas habitaciones cerradas con llave, demasiados susurros y demasiadas conversaciones que se interrumpían en cuanto yo entraba.

Una infancia en la que la casa era grande, pero la seguridad no. Donde el poder acechaba en el pasillo como un arma cargada. Donde aprendí desde pequeña que «protección» no siempre significa estar protegida.

Y luego la noche en que me alejé de todo eso, con el corazón martilleándome en el pecho, la mochila al hombro, rezando para que abandonar a un hombre como mi padre no acabara mal para mí.

Todo afloró de golpe. Punzante. Perturbador. Inevitable.

Quizá habría dicho algo. Quizá. Pero Thorne sigue siendo mi compañero de trabajo, y lo que se rompió dentro de mí esta noche me corresponde a mí mantenerlo a raya. A él no lo arrastro a ese mundo. A nadie.

Trago saliva y me yergo en el asiento.

—Disculpe, señorita, ¿tiene frío?

—Disculpe, señorita, ¿tiene frío?

La voz me arranca de mis pensamientos tan bruscamente que parpadeo sorprendida. Una mujer con uniforme del hotel está de pie a mi lado, con expresión cálida y discreta.

—Oh, sí. Perdone, estaba en las nubes. Estoy bien, gracias —digo, forzando una sonrisa que me sale tirante.

—Bueno —dice con suavidad—, parece que le vendría bien algo que la ayude a entrar en calor desde dentro.

Señala el largo pasillo cerca del ala del spa.

—¿Ha probado nuestras aguas termales? Están preciosas esta noche. La tormenta por fin se ha calmado un poco, y las luces de fuera hacen que todo el lugar resplandezca.

—Leí sobre ellas. Suenan encantadoras, pero no traje bañador —digo automáticamente. No necesita saber que solo iba a estar aquí unas horas, no días. Que esto era un viaje de trabajo, no unas vacaciones navideñas.

—Oh, la boutique los vende —responde con una sonrisa afable—. Sencillos. Nada caro. Y el agua es increíble, sobre todo con este tiempo. Con la tormenta, están prácticamente vacías. Debería aprovecharlo.

Algo dentro de mí cede. La idea de sumergirme en agua caliente, dejar que el día se me escurra de la piel, es un alivio que no sabía que necesitaba.

—Gracias —digo, y esta vez lo digo de verdad.

Asiente y se aleja para atender a otros huéspedes. Me levanto despacio. Sigo dividida: parte de mí quiere soledad y espacio para volver a enterrar todo donde estaba. Otra parte necesita algo que me saque de mi propia cabeza.

El pasillo hacia el spa está silencioso y cálido, iluminado por la luz tenue de los apliques. El sonido del vestíbulo se desvanece a mi espalda, sustituido por música instrumental suave y el leve murmullo de agua corriente. Los hombros se me relajan, solo un poco.

Inspiro hondo. Primero me llega el eucalipto, luego algo cítrico. Los nervios se me aflojan un poco. Aunque no acabe metiéndome en el agua, el paseo ya me está ayudando.

La boutique está justo a la entrada del spa. Es un espacio pequeño y elegante, con toallas dobladas, lociones y percheros de bañadores. La mujer del mostrador me dedica una sonrisa serena y me deja mirar sin agobiarme.

Paso los dedos por los bañadores. Tal como dijo la mujer, hay bañadores enteros sencillos y bikinis prácticos, todos en colores lisos. Nada llamativo ni intimidante.

Le doy la vuelta a la etiqueta y me sorprende lo razonable del precio para ser un spa de hotel.

Mi mano se posa en uno negro entero. Líneas limpias, nada que pretenda llamar la atención ni ser más de lo que es: un bañador.

Cojo el bañador negro y, de camino al mostrador, una pequeña pila de bañadores de hombre me llama la atención. Azul marino. Negro. Gris. Líneas rectas, sin estampados. Justo su estilo.

La idea que me asalta es ridícula. Atrevida. Completamente impropia de mí.

Normalmente, no daría por hecho que un compañero de trabajo querría acompañarme a ningún sitio fuera del trabajo, y mucho menos a un lugar tan íntimo como unas aguas termales. Y desde luego no le compraría algo para ponerse allí.

Pero ese es el problema. Thorne ya no es solo un compañero de trabajo. Hemos cruzado demasiadas líneas, dichas y no dichas, físicas y emocionales, como para fingir lo contrario. Lo que sea que haya entre nosotros, ya no tiene vuelta atrás.

Y la verdad se impone en silencio: lo quiero allí conmigo.

Elige Alegría.

Cojo un par azul marino. Mis dedos vacilan medio segundo, un brevísimo destello de quien solía ser: cautelosa, contenida, sin esperar nunca nada bueno.

Entonces los dejo en el mostrador. El pulso se me acelera. No me echo atrás.

La dependienta lo cobra todo. Pago, me meto la bolsa bajo el brazo y me dispongo a salir.

—Las aguas termales están por aquí, ¿verdad? —pregunto.

—Por esas puertas y a la izquierda —dice mientras me entrega una pequeña bolsa impermeable—. Los vestuarios están enfrente, por si quieres cambiarte.

—Perfecto. Gracias.

Salgo al pasillo en silencio y le escribo un mensaje a Thorne.

Hola. He decidido pasarme por las aguas termales. Me he comprado un bañador en el spa y he cogido otro por si quieres venir, pero sin presión.

Su respuesta aparece casi al instante.

Justo te estaba buscando en el vestíbulo. Pensé que me habías dado plantón. Me encantaría ir. Nos vemos en el spa.

Sonrío a pesar de mí misma.

Dejaré la bolsa con tu bañador en el mostrador. Te veo en las aguas termales.

Evito la situación incómoda de «salir juntos en bañador» cambiándome rápido. El vestuario huele a eucalipto y a crema hidratante cara.

Me pongo el bañador negro, me enrollo una toalla a la cintura y salgo antes de que llegue él.

El aire frío me muerde los hombros en cuanto salgo. Cortante, vigorizante. Las aguas termales humean como pequeñas piscinas talladas en la roca. Las luces titilan entre los árboles, bañándolo todo en un resplandor cálido mientras la nieve cae en copos perezosos.

El murmullo del agua al caer sobre las rocas calma algo en mi interior que no sabía que estaba temblando.

Encuentro una pequeña piscina escondida tras una gran roca decorativa. Cuando me quito la toalla y entro en el agua, el calor me sube por las pantorrillas y después por los muslos. El golpe de calor me hace contener la respiración.

Cuando el agua me llega a los hombros, la tensión se deshace en músculos que llevo apretando todo el día.

—Oh Dios, sí —susurro, hundiéndome más.

La puerta se abre detrás de mí y miro por encima del hombro.

Thorne sale al frío.

Se detiene para que sus ojos se acostumbren, y la nieve se le posa en el pelo casi al instante. Está sin camiseta, con el bañador azul marino que elegí, y no estoy preparada para lo que veo bajo esta luz.

El blanco a su espalda hace que cada línea de su cuerpo destaque: pecho ancho, abdomen definido, piernas largas plantadas con firmeza contra el frío.

Ya lo he sentido antes. Ha apretado ese cuerpo fuerte contra el mío, pero verlo así, expuesto, sin defensas y enmarcado por la nieve, me afecta de otra manera.

Camina hacia mí y de repente me cuesta respirar.

—Nada mal —dice, asintiendo hacia la piscina—. Elegiste el lugar perfecto.

Entra en el agua a mi lado. El calor ondula a nuestro alrededor, denso y envolvente, un cambio sutil de energía que siento en la piel aunque no me está tocando.

Nos sentamos en silencio al principio. La nieve cae sobre las piedras antes de derretirse. El vapor se enrosca entre nosotros. Mi respiración se estabiliza.

—Ha sido intenso —digo finalmente—. Sophie. La niña.

Thorne asiente.

—Sí. Me alegro de que la encontráramos.

—Tú la encontraste —digo en voz baja.

No me corrige.

—Todo esto me ha removido muchas cosas —admito, dejando que el agua me suba hasta la clavícula—. Entre este viaje y las fiestas. Me ha afectado más de lo que esperaba. En fin, eres un tío genial, Thorne. Me ha encantado descubrir este lado tuyo.

Ladea la cabeza hacia mí. Sin presionar. Sin agobiar. Solo firme. Presente. Algo se afloja en mi pecho sin pedir permiso.

El vapor se eleva entre nosotros. La oscuridad, el calor, el silencio van despojándome de las capas que normalmente me mantienen entera. Aquí no hay dónde esconderse. No queda máscara que ponerme.

—No soy madre —digo—, pero sé que perder de vista a tu hijo debe sentirse como si el suelo se hundiera bajo tus pies.

La nieve se acumula en la roca junto a nosotros. El calor en mi espalda afloja el recuerdo del lugar donde lo he mantenido encerrado durante años.

—Yo hice eso una vez —digo en voz baja—. Cuando era pequeña.

Él no dice nada, así que continúo.

—Me estaba escondiendo de mi padre en unos grandes almacenes y me metí dentro de un perchero de ropa. Estuve escondida allí durante horas —trago saliva—. Cerraron la tienda. El personal de emergencias me buscaba. Mi padre me buscaba.

Las palabras se asientan en el vapor entre nosotros.

—Mi padre me había llevado a una especie de reunión —digo—. Los hombres con los que hablaba me daban miedo. Mi padre me daba miedo. Así que me escondí. Sabía que me estaban buscando, pero una parte de mí pensó que quizá podría vivir allí para siempre. Como si siendo invisible pudiera estar a salvo.

Su voz baja.

—Eso debió de ser aterrador.

Bajo la mirada hacia el agua. Ondula con el calor.

—Lo fue. Pero también encendió algo en mí. Entonces no sabía cómo expresarlo, pero incluso a esa edad sabía que no quería la vida en la que había nacido.

La confesión me araña por dentro, pero las palabras siguen saliendo.

—Mi padre no es un buen hombre —digo, apenas por encima de un susurro—. Y durante la mayor parte de mi vida, pensé que eso significaba que no tenía más opción que convertirme en lo que él me moldeara.

—Lo entiendo perfectamente —dice.

—Me llevó mucho tiempo darme cuenta de que no estaba atrapada. Que podía construir algo más para mí misma. Incluso si eso significaba dejar todo atrás.

La voz se me quiebra en las últimas palabras. Aparto la mirada rápidamente, avergonzada de lo expuesta que me siento de repente. Nunca se lo había contado a nadie que no supiera ya la verdad, a nadie que no hubiera crecido conmigo en Holly Ridge.

Thorne se acerca un poco más, apenas unos centímetros. Su presencia serena el espacio entre nosotros.

La noche avanza despacio y las sombras se adueñan del espacio entre los árboles. La nieve cae en copos silenciosos. El vapor asciende a nuestro alrededor como un velo.

—La presión familiar es real —dice al fin.

Su voz es grave, sin artificios.

—Mi padre trazó el rumbo de mi vida antes de que yo pudiera hablar. Los colegios correctos. Los contactos correctos. El negocio familiar. Todo decidido de antemano. Pero no tuve el valor de luchar por lo que quería. Joder, sigo viviendo según sus expectativas siendo ya adulto.

A través del vapor que asciende, veo algo cruzar fugaz por su rostro: la primera grieta en esa calma imperturbable con la que se protege como si fuera una armadura.

Antes lo juzgaba por eso. Por abrazar el privilegio como si fuera inevitable. Pero su mundo no es el mío. Y hay prisiones con un papel pintado más bonito.

—¿Hablas con tu padre? —pregunta mientras dibuja una línea lenta en el agua con la punta del dedo.

La pregunta es tan delicada que casi no percibo su peso. Me alcanza con un golpe sordo bajo las costillas, donde la verdad vive y se pudre.

Exhalo, sin saber por dónde empezar. El calor se acumula tras los ojos y la garganta se me cierra, no porque sea frágil, sino porque en el agua no hay adónde huir.

Y por primera vez en mi vida, creo que de verdad voy a intentarlo.