Thorne
CATORCE
Frosty el muñeco de nieve sabía que el sol pegaba fuerte ese día / Así que dijo: «Corramos a divertirnos / Ahora, antes de que me derrita».
Entramos corriendo, cubiertos de nieve como si nos hubieran hecho rodar colina abajo en lugar de bajar en flotador.
El personal convirtió la pendiente del campo de golf en una pista improvisada con flotadores, y pasamos los últimos cuarenta minutos lanzándonos por ella como idiotas sin instinto de supervivencia.
Tengo la cara entumecida y los guantes empapados. Estoy bastante seguro de que mi chaqueta pesa diez kilos más por la humedad. No me había divertido tanto en... joder, ni me acuerdo de cuánto tiempo.
Woodley tiene las mejillas sonrojadas por el frío, los ojos brillantes y el pelo espolvoreado de copos que se niegan a derretirse. Sonríe sin contenerse, con esa sonrisa que me da un vuelco en el pecho antes de que pueda convencerme de no mirarla demasiado.
No la había visto sonreír así nunca, y desde luego no desde que empezó este viaje en el aeropuerto de Atlanta.
—Vamos a calentarnos junto al fuego —digo, señalando con la cabeza hacia la chimenea del vestíbulo, lo bastante grande como para asar un reno entero.
—Por favor —dice, frotándose las manos—. No siento los dedos. Pero te agradezco las manoplas. Gracias por venir preparado.
—Mi madre me lo inculcó —digo—. Nunca salgas de casa sin guantes, abrigo y un plan B.
—Tu madre sabía lo que se hacía —dice con una risita.
La guío hacia el fuego; el calor es tan intenso que escuece mientras mi piel congelada se descongela. Se deja caer a mi lado en el borde de piedra, temblando sin parar.
—Te traeré algo caliente —digo—. ¿Café con leche o chocolate caliente?
Se le ilumina la cara.
—Creo que quiero un chocolate caliente, para variar.
—Pues chocolate caliente. ¿Con nubes o solo?
—Con nubes, por favor. Gracias, Papá Noel.
Me dirijo al bar, pido su bebida y un whisky para mí. Mientras espero, miro el móvil.
Nada de Thom.
Genial. La reunión sigue pendiendo sobre nosotros como una lámpara de araña en una película de desastres. Pero estoy haciendo todo lo posible por ser más como Woodley en este momento y disfrutar del día.
Pienso en llamar a mi padre, pero la idea de que destroce este momento extrañamente bueno me hace guardar el móvil sin llegar a marcar. Hablar con él es peor que no tener noticias de Thom.
Cuando vuelvo, sujeta el chocolate caliente con ambas manos, soplando suavemente sobre la superficie. Parece que se está descongelando de dentro afuera.
—Gracias —dice antes de dar un sorbo.
Me siento a su lado y doy un largo trago a mi whisky; el calor me enciende desde la garganta hasta el pecho. Mi ropa humea levemente cerca del fuego.
—Ha sido divertido —digo—. Todavía no me creo lo rápido que saliste disparada en esa última bajada. Pensé que ibas a llevarte por delante un montón de nieve o a un niño pequeño.
Su risa estalla, luminosa y sin reservas.
—Yo también pensé que me iba a estrellar. El flotador eligió su propia dirección y velocidad, y yo estaba completamente fuera de control.
—Ya lo vi —digo—. Tendrías que haber visto tu cara.
—Calla —me da un codazo—. Tú tampoco es que fueras la elegancia personificada.
—Tengo un talento natural —digo con cara de póquer.
Pone los ojos en blanco, pero la sonrisa no se va. Nos quedamos en un silencio cómodo, con el fuego crepitando y el murmullo del vestíbulo a nuestro alrededor.
Se queda mirando las llamas mientras sopla sobre su bebida. Su expresión se vuelve más suave, distante.
—No me había divertido tanto en la nieve desde que era niña —dice—.
En mi pueblo había un desfile de trineos cada año por Navidad.
Es toda una tradición. La gente aparecía con cualquier cosa que se deslizara: tapas de cubos de basura, cajas de cartón, bandejas de horno viejas.
Si tenías un trineo de verdad, eras de la realeza. Yo solía escaparme para verlo.
Su voz suena desenfadada, pero hay algo debajo que me llama la atención.
Es lo más que ha contado por voluntad propia sobre su infancia sin enterrarlo en sarcasmo.
—Suena muy divertido. Cuéntame más. Quiero conocer a la joven Woodley —digo. Le doy un toquecito en la rodilla, sin presionar, sin indagar. Simplemente estando presente.
Esboza una media sonrisa, pero sus ojos siguen fijos en las llamas.
—Ahh. La joven Woodley. Mi infancia no fue tan interesante.
Lo dice con cuidado. No exactamente a la defensiva, solo con cautela.
—Carolina del Norte, ¿verdad? —pregunto en voz baja—. La zona occidental, si tenías colinas lo bastante empinadas para un desfile de trineos.
Asiente.
—Sí. Holly Ridge. Es un pueblo diminuto del que la mayoría de la gente no ha oído hablar nunca, ni siquiera los de Carolina del Norte. Es el tipo de sitio en el que creo que Hallmark se inspira para toda su marca navideña.
Hay más que no está diciendo, pero se echa atrás. No está cerrando la puerta, pero desde luego no me está invitando a pasar. No insisto, pero espero poder abrirla un poco más antes de que todo esto acabe.
Quiero saber más sobre Woodley Price.
Un coro de voces irrumpe en el vestíbulo. Voces agudas y cristalinas resuenan contra el techo. Los dos nos giramos cuando una fila de niños dobla la esquina, con los abrigos abiertos, los gorros torcidos y las mejillas sonrojadas.
Una camarera se detiene cerca con una bandeja. Señalo a los niños con la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Han hecho una obra de Navidad en el local de al lado —dice—. Las carreteras se han helado, así que el hotel los ha invitado a esperar aquí. Se han ofrecido a cantar villancicos. ¿No son adorables?
Woodley se incorpora y se le iluminan los ojos de una forma que me remueve algo por dentro, algo para lo que no estaba preparado.
—Qué bonito.
Los niños empiezan a cantar «Jingle Bells». Es caótico, ruidoso y, de algún modo, perfecto. Una niña canta cada palabra como si fuera la estrella del Madison Square Garden.
Un niño a su lado agita una campanilla con la concentración de un neurocirujano. Otro se adelanta constantemente al ritmo, obligando a los demás a intentar seguirle.
Un nudo en mi pecho se afloja sin que yo lo quiera.
—Son intrépidos —digo.
—Completamente —dice ella. Sus hombros se relajan una fracción, lo justo para que vea cómo el cansancio que arrastraba se disipa un poco.
Cuando cambian a «Noche de paz», todo el vestíbulo se suaviza. Los niños armonizan de esa manera frágil y sincera que solo los niños logran. Woodley observa con una ternura que no le había visto antes. La luz del fuego se refleja en sus ojos, y por un segundo, parece casi desarmada.
—Todo este lugar es una burbuja navideña —murmura—. Casi lo suficiente para olvidar todo lo horrible que nos trajo aquí.
No se equivoca. Fuera, la nieve sepulta el mundo en un caos blanco. Dentro, todo es cálido, dorado, lleno de gente que finge que la tormenta no está devorando la ciudad.
Los cantores terminan, hacen una reverencia dramática y se dirigen hacia el otro extremo del vestíbulo. Sus risas los siguen como un tintineo de campanillas.
Aplaudo y me río, recordando cuando hacía esto con el grupo de la iglesia. Me vuelvo hacia ella.
—¿Cantaste villancicos alguna vez de niña? Verlos me trae muchos recuerdos.
Niega con la cabeza.
—No. Mi familia no era... aficionada a los villancicos.
La vacilación no es evidente, pero está enterrada en su cadencia, una grieta que no quiere que nadie abra.
—Bueno —digo, dándole un ligero codazo—, mi madre nos obligó a mi hermana y a mí a hacerlo unas cuantas veces antes de que mi padre le pusiera fin. Solo te lo confieso a ti: me pongo un poco nostálgico al escucharlos.
Se ríe.
—Apuesto a que el pequeño Thorne Blackwood era un adorable cantor de villancicos.
—Yo era el escandaloso de delante —digo—. Obligaba a todos a seguir el tempo correcto.
—Me lo imagino —dice, todavía sonriendo.
Me pongo de pie y me estiro.
—Tu chocolate caliente ya debe de estar frío. ¿Quieres otro?
—Sí, por favor.
Me dirijo al bar. Estoy esperando las bebidas cuando una voz aguda y aterrada atraviesa el vestíbulo.
—No puedo encontrarla, por favor, que alguien me ayude.
Una mujer en el mostrador de recepción tiembla tanto que la bufanda se le resbala de los dedos. Todo su cuerpo se estremece mientras intenta explicar algo al personal.
Doy un paso hacia ella.
—¿Qué pasa?
—Mi hija —jadea—. Sophie. Tiene cinco años. Estábamos con los cantores. Salió corriendo disgustada, y... y ha desaparecido.
El viento aúlla afuera con fuerza suficiente para sacudir las ventanas.
—¿Salió ahí fuera? —pregunto.
—Uno de los niños la vio irse —susurra.
No pienso.
—Ayudaré a buscar.
Agarro la chaqueta mientras paso junto a Woodley en nuestra mesa. Sus ojos se abren de par en par.
—Ha desaparecido una niña —digo, metiendo el brazo en una manga—. Voy a salir.
—Voy cont...
—Quédate aquí —digo—. El viento es muy fuerte y no tienes abrigo para aguantar esto.
Empujo las puertas. La tormenta golpea con toda su fuerza. El viento me corta la cara. La nieve me ciega. Rodeo el edificio gritando su nombre.
—¡Sophie!
La tormenta devora el sonido.
Recorro con la mirada el suelo, los árboles, los bancos, cualquier cosa bajo la que pudiera haberse refugiado del viento aullante. Al rodear la esquina más alejada, algo me llama la atención por el rabillo del ojo. Una forma pequeña acurrucada bajo un arbusto, apenas visible entre la nieve.
Al principio, creo que es un montículo.
Luego se mueve ligeramente.
—¿Sophie? —El pulso se me dispara mientras corro hacia ella.
Está hecha un ovillo, con las rodillas pegadas al pecho, el abrigo demasiado fino, el pelo rígido por la escarcha. Tiene los labios azules. La mandíbula apretada con esa obstinación que adoptan los niños cuando están abrumados y aterrorizados.
—No voy a volver —dice con los dientes castañeándole—. No pienso hacerlo.
Me agacho y le quito la nieve de las mangas. Tiene la piel helada bajo la tela.
—Estás congelada. Tienes que venir conmigo dentro o te pondrás enferma. No es seguro que estés aquí fuera.
Niega con la cabeza, pero el movimiento es débil.
—Puedes enfadarte dentro —digo con suavidad—. Primero entremos en calor.
Le tiembla la barbilla. La resistencia se le escapa como si alguien hubiera quitado el tapón. Cuando asiente levemente, la levanto contra mi pecho para protegerla del viento. No pesa casi nada.
En cuanto entro, Woodley está allí. Su mirada va directa a la niña que llevo en brazos. El alivio la invade tan rápido que se le corta la respiración.
—Está bien —digo mientras bajo a Sophie al suelo.
Su madre se abalanza hacia ella, sollozando mientras estrecha a la niña entre sus brazos. El personal trae mantas y las guía hacia el fuego.
Me vuelvo hacia Woodley, que no se ha movido. Tiene los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, los hombros tensos, la mirada fija en Sophie como si viera un viejo recuerdo pasar con el abrigo de una niña.
—Es testaruda —digo—. No quería entrar, aunque estaba temblando. Parece que uno de los otros niños le estaba haciendo bullying.
Woodley no sonríe. —Algunos niños aprenden pronto que volver no es más seguro —dice en voz baja—. A veces quedarse a la intemperie parece mejor opción.
Las palabras golpean, no son un simple comentario. Experiencia vivida, quizá.
Estudio su perfil. La mandíbula tensa. Cómo se aprieta las manos bajo los brazos. No está aquí, en este vestíbulo. Está en otro lugar, más antiguo, más frío.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Estoy bien. —Lo dice demasiado rápido.
Tiene la mirada clavada en la niña y su madre, pero está viendo otra cosa, algo que no deja que nadie toque.
—Has estado callada desde que llegué —digo—. ¿Quieres hablar de algo?
Inspira hondo, despacio. —Los niños no huyen por diversión. Huyen porque el lugar que dejaron les hacía más daño.
Algo se retuerce bajo mis costillas. Su mirada se desvía hacia un pequeño cartel de Elige la alegría que cuelga torcido junto al árbol. Las palabras brillan en la luz cálida, sencillas y luminosas. Lo mira como quien mira un chiste que dejó de tener gracia.
—¿Te recordó a ti misma? —pregunto en voz baja.
Un leve estremecimiento. Después, un asentimiento silencioso.
Cuando por fin me mira, hay una grieta en su expresión. Apenas visible, pero real. En carne viva. Y la cierra, como hace quien ha practicado más la supervivencia que la vulnerabilidad.
Vuelve a mirar el fuego. Lo que se abrió en ella ya se está cerrando.
—Woodley —digo en voz baja.
No levanta la vista. Su respiración vuelve a tener ese ritmo tenso y controlado. Los hombros rígidos, las manos apretadas bajo los brazos.
Hay tanto que no sé de ella. No de la versión que arrasa en reuniones y aeropuertos. La de verdad. La cautelosa. La que aprendió pronto a hacerse pequeña, rápida, inalcanzable.
Exhala. —Deberías quitarte esa ropa mojada —dice con suavidad—. ¿Tienes algo seco?
Evasión de manual. Limpia, ensayada, hermética. La versión alegre y despreocupada de Woodley, la que vive el momento, ha vuelto a guardarse ahora que pasó la adrenalina, y no puedo evitar preguntarme qué la hizo cambiar.
—Tengo dos vaqueros, un traje y un chándal —digo, mirando mi ropa empapada—. Me cambio y vuelvo enseguida.
Aun así, no me mira.
Algo se agrietó dentro de ella esta noche. No quería mostrarlo. Pero vi lo suficiente para saber que no es poca cosa.
Y quiero ganarme el resto, cuando esté lista para compartirlo.