Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Woodley
54%

Woodley

TRECE

Sleigh bells ring, are you listening? / In the lane, snow is glistening.

Las luces parpadean una vez, luego se encienden más tenues, y de pronto vuelven a brillar con fuerza, como si alguien hubiera golpeado el interruptor de un puñetazo.

Por un instante, ninguno de los dos reacciona. Toda la habitación parece contener la respiración, como si el universo se asomara para ver qué hacemos a continuación.

—Joder —murmura Thorne—. Esto no puede estar pasando.

Ya tiene el móvil en la mano. Los pulgares le vuelan sobre la pantalla, cuya luz le ilumina la mandíbula. Ni siquiera ese brillo oculta lo tenso que está.

—Ha vuelto la luz —dice—. Pero el wifi está muerto. Y no tengo cobertura.

—Volverá —intento sonar tranquila, pero noto el pulso latiéndome en la garganta—. Todavía tenemos unos minutos.

Vuelve a abrir el portátil, como si la repetición pudiera arreglar la realidad. El icono giratorio de la esquina parpadea, mofándose de la situación.

Thorne se inclina hacia delante. Aprieta la mandíbula, los hombros tan tensos que parecen a punto de crujir. No está entrando en pánico, pero roza el límite, y eso me pone aún más nerviosa.

Me dejo caer en la silla a su lado e intento concentrarme, pero el cuerpo no me obedece. La rodilla me tiembla. Los dedos me hormiguean. Miro el móvil una y otra vez, como si pudiera invocar una señal a fuerza de voluntad.

Entonces, de la nada, la esquina superior se ilumina.

—Thorne —susurro—. Tengo cobertura —y le paso el móvil.

Lo coge y lo examina.

—Podemos entrar desde aquí. ¿Verdad? No es lo ideal, pero funcionará.

Un destello de alivio le cruza la cara, tan fugaz que casi me lo pierdo. Abro el correo de Thom, pulso el enlace y la sala de reuniones empieza a cargarse.

El anfitrión recibirá una notificación de tu llegada. Giro la pantalla hacia él. Marca las 11:51.

Ni rastro de Thom. Ni del equipo. Ni un solo movimiento.

Entonces el móvil me vibra en la mano. Un mensaje. De Thom.

Se me cae el alma a los pies, como cuando pisas en falso en una escalera.

—¿Y bien? —pregunta Thorne, clavándome la mirada.

—También se han quedado sin luz ni internet —digo—. Cancelan la reunión hasta nuevo aviso.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros, pesadas como plomo. Thorne suelta el aire despacio, un suspiro cargado de frustración contenida. Se hace crujir los nudillos, se recuesta y clava la vista en el portátil apagado.

—Al menos sabe que estuvimos aquí —dice—. Joder. ¿Qué más puede salir mal?

Por lo visto, todo.

El móvil le suena con una alerta urgente que ocupa toda la pantalla.

Thorne baja la vista. Y algo en él se paraliza. Sin aspavientos, sin sobresalto, solo una quietud repentina y gélida.

—¿Qué? —me sale un gallo—. ¿Qué pasa ahora?

Gira la pantalla hacia mí.

Una franja roja cruza la parte superior:

TODOS LOS VUELOS DESDE BOSTON CANCELADOS HASTA NUEVO AVISO. CONDICIONES DE TORMENTA SEVERA.

El estómago me da un vuelco, más fuerte esta vez.

—No. No todos. No puede ser...

—Lo es —su voz suena plana, casi hueca—. Todas las aerolíneas. Todas las rutas.

La habitación parece encogerse a nuestro alrededor. El calor se me acumula bajo la piel aunque el aire se vuelve gélido. Las paredes se inclinan hacia dentro, como si quisieran escuchar nuestro desastre.

Thorne deja el móvil sobre el escritorio pero no aparta la mano, como si el aparato fuera a explotar en cuanto lo suelte. Aprieta la mandíbula una vez, luego otra, pero no dice nada. De algún modo, eso es peor que un estallido.

Fuera, una ráfaga de viento sacude la ventana con un golpe sordo. La nieve cae de lado, tan espesa que desdibuja por completo la vista de la ciudad.

Me hundo en la silla. El corazón me late tan fuerte que lo noto hasta en los dientes.

—Estamos atrapados.

Thorne asiente.

—Completamente atrapados.

La tormenta. La luz. La reunión cancelada. Ahora los vuelos.

Todo me golpea a la vez, un choque en cadena sin frenos. Me tapo los ojos con las manos, intentando respirar a pesar de la presión en el pecho.

Tengo que llamar a Rives. Ya está en Colorado, esperándome. No hay manera de que llegue.

Thorne rompe el silencio.

—Vale —dice—. No estamos muertos, no estamos en peligro. Solo estamos... aquí, por tiempo indefinido. Podría ser peor, ¿no?

Pero el pequeño tic en la mandíbula lo delata. Parece que intenta convencerse a sí mismo más que a mí.

Otra ráfaga de viento sacude la ventana. La tormenta no amaina. Noto que me deslizo hacia un lugar al que no puedo permitirme ir.

Cojo el mando y enciendo la tele, desesperada por encontrar algo en lo que concentrarme.

Las noticias locales llenan la pantalla:

Un nor'easter paraliza Boston.

Un meteorólogo aparece ante un mapa de la tormenta que parece leche derramada sobre Nueva Inglaterra y removida con una cuchara.

—Este sistema está atrayendo aire frío de Canadá y chocando con la humedad del Atlántico —explica—. Esa mezcla está produciendo nieve intensa, aguanieve y lluvia helada. Algunas zonas podrían acumular casi sesenta centímetros antes de que termine.

Su tono calmado solo lo empeora todo.

Thorne se inclina hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas. El resplandor azul de la pantalla le ilumina el rostro con una luz cruda que endurece cada sombra.

—Así que no vamos a ninguna parte, aunque consigamos hacer la reunión virtual con Thom —dice en voz baja—. Mientras esta cosa siga encima de nosotros.

Empieza a caminar de un lado a otro, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho. Luego carraspea varias veces.

El meteorólogo continúa, pasando a imágenes de autopistas sepultadas bajo la ventisca. La visibilidad es una mancha blanca.

—Ya hay restricciones de tráfico en vigor —dice—. El aeropuerto de Logan ha suspendido todos los vuelos hasta que mejoren las condiciones.

Su voz se pierde en el fondo mientras la realidad me golpea.

—Así que eso es todo —susurro.

Una reportera se coloca junto al meteorólogo y señala una línea temporal proyectada.

—No esperamos una mejora significativa en al menos cuarenta y ocho horas —dice—. Quizá más si las temperaturas bajan esta noche. La buena noticia es que debería despejarse para Navidad, dejando un hermoso manto blanco cuando despertemos. Me encantan las Navidades blancas, ¿a ti no, Bill?

Cuarenta y ocho horas.

Dos días. Quizás más.

Miro a Thorne. Se pasa la mano por la boca, de un lado a otro, mientras tensa la mandíbula. Mantiene los ojos en la pantalla, pero ya no parece que esté mirando. Lo noto en la leve caída de sus hombros, en la larga exhalación que intenta disimular.

En algún lugar de los conductos de ventilación, el metal se dilata con un chasquido hueco... clic... clic... como si la tormenta estrechara su cerco sobre todo el edificio.

Durante varios segundos, no decimos nada. No es un silencio apacible. Es de esos que te oprimen el pecho.

—¿Y qué hacemos entonces? —pregunto al fin.

Se encoge de hombros con gesto cansado.

—¿Qué podemos hacer? No vamos a coger el coche para ir a ninguna parte. Esperamos. Seguimos intentando contactar con Thom. Y rezamos para que no se vaya la luz.

Esperar es mi peor enemigo. Todo mi cuerpo pide movimiento, acción, algo que resolver. Quedarme quieta es como renunciar al control.

—Estamos atrapados juntos —dice en voz más baja. Como si estuviera tanteando las palabras—. Podría ser peor.

Roto los hombros, intentando sacudirme la tensión que me recorre la espalda. La forma que tiene Thorne de lidiar con los desastres es siempre la misma: voz firme, lógica firme, todo firme. No es optimismo. Es control.

Intento contagiarme un poco de eso.

—Vale —digo mientras cojo el móvil y lo apago—. Si estamos atrapados aquí, aprovechemos para disfrutarlo.

Arquea una ceja.

—¿Disfrutarlo?

—Hay toda una feria navideña abajo —digo—. Si me quedo en esta habitación un minuto más, me volveré loca. Ya no estamos trabajando. Así que vamos a hacer algo.

Cruza los brazos y se echa hacia atrás.

—¿Quieres fingir que estamos de escapada romántica?

Una sonrisa asoma a mis labios.

—¿Por qué no? Hay un taller de coronas en el vestíbulo. Y tú vienes conmigo.

Frunce el ceño. Me mira como si pensara que me he vuelto loca.

—Lo dices en serio —dice.

—Mírame. ¿Tengo cara de estar bromeando? Vamos a hacer coronas, y vas a sobrevivir. Cualquier cosa es mejor que quedarnos aquí arriba amargándonos mientras Bill y Andrea se ríen de la Navidad blanca de Boston.

Coge aire como si fuera a discutir.

Lo corto antes de que empiece.

—La opción A es quedarnos aquí mientras nos desmoronamos. La opción B es una pistola de silicona y unas ramas de pino. Tú decides.

Durante un momento, me mira fijamente. Luego sus hombros se relajan un poco y una sonrisa reacia asoma a la comisura de sus labios.

Se pasa una mano por la cara.

—Vale. Pero esto cuenta como negociación con rehenes. Que conste.

—Perfecto —digo mientras cojo el abrigo—. Thorne gruñón forma parte del encanto.

Bajamos en el ascensor. Cuando se abren las puertas, nos envuelve una oleada de aire cálido con aroma a canela y abeto. La música navideña flota bajo el murmullo de las familias junto a la chimenea. Los niños corretean con sus chaquetas acolchadas, dejando estelas de risas a su paso.

El taller de coronas está junto a la escalinata. Las mesas rebosan de ramas de abeto, bayas, piñas, alambre y cintas. Las luces navideñas parpadean sobre nuestras cabezas, tenues y cálidas.

Empujo a Thorne hacia delante. Me lanza una mirada que agria la leche, pero avanza de todos modos.

Cojo un aro de corona y un puñado de ramas de pino. Las agujas dejan un aroma fresco e intenso en mis manos.

Thorne me observa como si estuviera operando a corazón abierto. Le pongo un aro en las manos.

—Este es el tuyo.

Lo sostiene con cuidado, como si fuera frágil y pudiera romperlo.

—No tengo ni idea de por dónde empezar.

—Era de esperar —digo—. Por suerte para ti, se me dan bien las manualidades navideñas para principiantes.

Le enseño a meter las ramas bajo el alambre y a enrollarlas hasta que queden fijas. El metal cede con un chasquido suave bajo las tijeras, el pino raspa contra el aro, la resina se me pega a las yemas de los dedos. Los movimientos sencillos me calman.

—Es fácil —digo mientras le paso otra rama—. Solo tienes que ir colocándolas y fingir que mantienes la calma.

La coge, y cuando sus dedos rozan los míos, siento un cálido cosquilleo en el estómago. Gira la rama como si estuviera leyendo secretos en las agujas.

—Esto me sigue oliendo a trampa —dice.

Le doy un golpecito con el hombro.

—Ahora sí que estás entrando en el espíritu navideño.

Duda un momento y luego intenta imitarme. Sus dedos vacilan al principio, pero pronto maneja el alambre con más soltura.

—¿Ves? Lo estás haciendo bien —le digo—. Vamos a sobrevivir a esto y a disfrutarlo.

—Te lo estás pasando demasiado bien —dice.

—Es posible —respondo mientras añado una piña—. Pero como dijiste esta mañana, el tiempo va a hacer lo que le dé la gana. No tenemos ni voz ni voto. Así que hacemos manualidades.

Y, sinceramente, me sorprende lo bien que lo estoy llevando de pronto.

Normalmente estaría dando vueltas, actualizando las alertas de vuelos, intentando sacar una solución de donde no la hay.

Esperar me vuelve loco. Pero ese cartelito de abajo, el que dice Elige la alegría, se me quedó grabado después de que el árbol intentara asesinarme.

Quizás esto sea lo más cerca que pueda estar de conseguirlo.

Él recorre el vestíbulo con la mirada. Las familias ríen. Las luces parpadean. Una pareja comparte chocolate caliente junto a la chimenea. Algo se suaviza en su expresión. Breve. Real.

Quizás esta no haya sido la peor idea que he tenido.

Trabajamos en un silencio cómodo. Los movimientos repetitivos me calman los nervios como nada lo ha hecho desde que aterrizamos.

Cuando echo un vistazo a su corona, parpadeo. Es sorprendentemente buena. Las ramas están colocadas en capas ordenadas, la cinta doblada con precisión, las bayas dispuestas como si lo hubiera planeado.

—Se te da de maravilla —digo.

—No te pases —responde, pero le tiembla la comisura de los labios.

Terminamos más o menos a la vez. La mía rebosa entusiasmo; la suya es irritantemente preciosa. Él también lo sabe, aunque intenta disimularlo.

—Ni una palabra —advierte.

—Jamás —digo, aunque mi sonrisa me delata por completo.

Me trae una taza de ponche. Está caliente y dulce, de ese que te reconforta por dentro. Nos sentamos junto a la chimenea y dejamos que el calor nos cale hasta los huesos.

El vestíbulo resplandece con luces y coronas, y el personal saca bandejas de galletas. La tormenta de fuera bien podría estar ocurriendo en otro universo.

Rodeo la taza con las manos. La culpa me punza. Rives está en Colorado, sola, y nuestro viaje se ha ido al traste. Él quiere estar en casa.

Y aquí estoy yo, sin sentirme miserable. La idea me inquieta.

Thorne me da un toquecito en la rodilla.

—¿Estás bien?

Suspiro.

—Solo estaba pensando en todas las locuras que hemos vivido.

Asiente y vuelve la vista hacia el fuego. El resplandor le suaviza los rasgos, dibujando líneas cálidas y una expresión de serena concentración. No se parece en nada al hombre que creía conocer hace tres días.

Doy otro sorbo al ponche.

Estamos atrapados aquí. El tiempo que la tormenta quiera.

Y una pequeña parte de mí no lo odia.