Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Thorne
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Thorne

DOCE

Chestnuts roasting on an open fire / Jack Frost nipping at your nose.

Woodley desliza el dedo para aceptar.

—Hola, Thom —dice, con un tono de voz demasiado alegre.

Le beso la zona suave bajo la mandíbula y su respiración se entrecorta contra mi boca.

—Sí, eso funciona —dice, y carraspea.

Sus dedos se clavan en mi hombro como si no pudiera decidir si apartarme o acercarme más. Le recorro la clavícula con la boca. Se inclina, intentando mantener la voz estable.

—Compartir pantalla —dice—. Claro. Podemos hacerlo.

Le subo la camiseta con los nudillos. Piel cálida. Olor a jabón de hotel. Cierra los ojos con fuerza y asiente como si él pudiera verlo.

—No hay ningún problema.

Su dedo me recorre el muslo, distraído y letal. Le acaricio con la nariz la curva detrás de la oreja. Tiembla, pero el sonido que hace queda ahogado en su garganta.

—Bien. Eso funciona.

Le bajo la camiseta del hombro y poso los labios allí. El teléfono le tiembla en la mano.

—Nos vemos entonces —dice—. Estaremos listos.

La llamada se corta. Arroja el teléfono sobre el escritorio. Su pecho sube y baja con respiraciones rápidas y entrecortadas. Ya está perdida.

—¿Seguimos bien? —pregunto sin detenerme. Ni siquiera lo finjo.

Una risa temblorosa escapa de ella.

—Bien. —Me agarra de la camiseta y tira de mí hacia ella—. Mejor ahora.

Chocamos, sin tanteos, sin probar los límites. Puro calor, movimientos limpios y duros. Me besa como si los últimos veinte minutos hubieran sido un juego previo forzado.

Deslizo las manos bajo su camiseta. Levanta los brazos y me deja quitársela. Aterriza en la pantalla de la lámpara y cuelga allí como una bandera blanca que no tenemos intención de honrar.

Su piel tiembla contra mis palmas. Se aprieta contra mí, con el aliento caliente en mi garganta. El aire se tensa a nuestro alrededor. Como si la presentación importara, pero esto importa más.

Me empuja hacia la cama con besos ávidos. El colchón me golpea en las corvas y ella me sigue hacia abajo, boca hambrienta, manos por todas partes, su cuerpo encajando sobre el mío como si por fin hubiera dejado de fingir.

—Woodley —gimo contra sus labios.

Se coloca a horcajadas sobre mí y me desabrocha los botones con dedos rápidos y precisos. La tela se abre. Sus palmas se extienden sobre mi pecho como si fuera dueña de mi piel. Su boca recorre mi garganta, mi esternón, más abajo. Cada beso deja una quemadura.

Alcanza mi cinturilla y levanta la vista. Esos labios hinchados. Esa hambre concentrada. Olvido respirar.

El suave tirón de sus dedos en mi cremallera podría ser el sonido más sucio que he oído en mi vida. Levanto las caderas para que pueda quitarme los pantalones. El aire frío golpea la piel caliente. Estoy duro y palpitante, y no me avergüenzo en absoluto.

Su sonrisa se vuelve perversa mientras me baja los bóxers. Mi polla salta libre, pesada contra mi estómago. La exposición descarada —ella todavía en vaqueros, yo desnudo— me recorre como una descarga.

Me rodea con la mano y me estremezco, indefenso y vivo.

—Woodley.

Me sostiene la mirada mientras baja la boca. Calor húmedo. Contacto total. Maldigo y agarro las sábanas. Me toma más adentro, la lengua plana bajo mi miembro, la mano apretada en la base.

—Joder —digo con voz ronca.

Establece un ritmo lento, obsceno y perfecto. Mi mano va a su pelo, sin empujar, solo tocando. Tararea con mi polla en la boca y la vibración me recorre la columna.

Se hunde más, respira por la nariz, usa la mano y la boca juntas hasta que mis caderas se alzan solas y el control se deshilacha.

—Para —logro decir, tirándole suavemente del pelo—. Ven aquí.

Me suelta con una última lamida que casi me deshace.

La arrastro hacia arriba y nos doy la vuelta, inmovilizándola contra el colchón.

Sus muslos se abren para mí sin vacilación.

El calor irradia a través de la tela fina.

Engancho los dedos en el lateral de sus bragas y las aparto a un lado, luego me alineo y presiono lento, centímetro a centímetro.

Apretada. Resbaladiza. Un sonido roto escapa de su boca. Gimo y empujo hasta el fondo, enterrándome hasta la base. Su cuerpo se aferra a mí como si hubiera estado esperando esto desde el motel.

—Joder —jadea, con las uñas clavadas en mis hombros.

Me retiro y establezco un ritmo. Profundo. Parejo. Sus caderas se alzan para recibir cada embestida. Apoyo una mano junto a su cabeza y la otra en su cadera, ajusto el ángulo hasta que su respiración se entrecorta y su cuerpo se cierra a mi alrededor.

—Qué bien se siente —susurro contra su boca. La verdad, no un cumplido vacío—. Apretada y perfecta.

Besa como si estuviera hambrienta.

—Más fuerte —dice contra mi lengua—. No me hagas pedirlo dos veces.

Le agarro la cadera y empujo más fuerte. Grita, la mano deslizándose a mi espalda baja para atraerme más adentro. Sus ojos revolotean y su mandíbula cae.

—Eso es —le digo—. Déjate llevar.

Se corre rápido, intenso, el cuerpo tenso, el coño ordeñándome la polla en olas apretadas. Verla llegar me destroza. Empujo hasta el fondo y termino con una oleada que me deja la mente en blanco. Todo mi cuerpo se tensa y luego se suelta.

Durante un largo momento respiramos. Me quedo dentro de ella, con la frente en la almohada junto a la suya, el corazón latiendo contra el colchón. Cuando por fin salgo, hace un pequeño sonido involuntario que se aloja bajo mis costillas.

Me acuesto junto a ella y le aparto el pelo de la sien húmeda. Gira el rostro, vulnerable de una manera que me descoloca. Traza una línea por mi pecho con un dedo. Ninguno de los dos habla. No necesitamos hacerlo.

Se incorpora, recoge la sábana contra el pecho, ahueca las almohadas y se recuesta. Sus ojos tienen ese brillo vidrioso de después del éxtasis. Está sonrojada y despeinada y devastadora.

Me apoyo en un codo y la miro como si tuviera permiso.

—Tenemos que arreglar esa diapositiva ya —dice, con una sonrisa curvándole los labios—. Podría ser un nuevo giro en las charlas de cama.

Me río.

—Es la primera vez que una presentación para un cliente me pone así.

Mi mano se desliza por su costado. Se le pone la piel de gallina. —¿Qué quería Thom para llamar dos veces?

Gime contra la almohada. —La primera fue para pedirnos que añadiéramos cosas a la diapositiva diecinueve. La segunda, algo de que informática no podía cargar la presentación, así que me dijo que tendríamos que compartir pantalla en la reunión.

—Mejor para nosotros.

—No puedo creer que dijera algo coherente mientras tú estabas… —Se interrumpe, con las mejillas encendidas.

—Lo hiciste —digo, besándole de nuevo ese punto suave bajo la mandíbula—. Se te quebró la voz, pero aguantaste el tipo. Impresionante.

Se ríe, y algo en lo más profundo de mí responde.

—¿Repasamos la presentación otra vez? —pregunta.

—No. Estamos listos. Pero hagamos el cambio.

Me obligo a incorporarme. Tengo el cuerpo relajado, pesado, inútil para cualquier cosa que no sea volver a empezar.

—No te muevas —le digo—. Te traigo el portátil. ¿Dónde está?

Señala hacia el escritorio. Me levanto y voy a por él. Se incorpora un poco, la sábana resbala y deja ver la curva de su cadera. Me obligo a no quedarme mirando.

Vuelvo a meterme en la cama, encajo una almohada, y ella abre el portátil entre los dos. Los ventiladores arrancan y suena la bandeja de entrada.

—Me vienes bien —dice—. Si me dejaras sola, me rayaría con la diapositiva veinte, y luego me rayaría por haberme rayado.

—Tú también me vienes bien a mí. —Sonrío—. Ventaja de las videoconferencias: podemos llevar lo que queramos de cintura para abajo. A lo mejor te meto un dedo durante la reunión para ver si mantienes esa voz profesional que pusiste por teléfono…

Resopla contra la almohada. —Eh, no. Apenas aguanté.

Nos quedamos en una burbuja de calma poscoital, como si ya hubiéramos ganado algo. La nieve golpea la ventana. Aquí dentro hace calor y todo está bien.

Hacemos el cambio y cierro el portátil de golpe antes de que intente retocar algo más. Si falta algo, ya es tarde.

Mira el reloj. —Necesito ducharme.

—¿Me estás echando? A las once cuarenta y cinco, ¿no?

Se estira y coge la sábana para levantarse. —Sí. Tengo que ponerme presentable, y si te quedas, no salgo de esta cama.

—Vale, si insistes. ¿Me lo cobro luego? —pregunto, poniendo mi mejor mirada seductora.

—Veamos primero cómo te luces en la reunión.

—Hmph.

—Estoy pensando en usar mi habitación para la llamada. Tengo escritorio. ¿Te parece? No quiero poner el portátil en la cama y cruzar los dedos.

—Buena idea. —Saco las piernas del colchón y me levanto—. Vuelvo en una hora con mi portátil para montarlo todo. Nos conectamos con el mío.

Me mira por encima del hombro. Juguetona. Letal. —Me vale, Sr. Blackwood.

La puerta del baño se cierra tras ella. Me quedo mirando la puerta como un idiota durante dos segundos antes de ponerme en marcha.

Agua fría, afeitado rápido, camisa limpia y corbata.

Mientras me visto, la cabeza no para. He ido a presentaciones sin haber dormido nada, en vuelos nocturnos, después de una intoxicación alimentaria, después de que mi padre destrozara una estrategia diez minutos antes de exponerla. Nunca he estado tan alterado.

Y no es por la reunión. Es por ella y esa mirada que me lanzó antes de echarme de su cama, mitad arrepentimiento, mitad promesa.

Me obligo a enderezar la corbata, aunque sigue escurriéndose hacia un lado. La tormenta golpea la ventana como una advertencia que no tengo cabeza para descifrar. Cada instinto me dice que vaya cinco pasos por delante, que anticipe cada variable, que compartimente como siempre.

Pero todavía la saboreo en mi boca.

Para cuando salgo al pasillo, sigo sin estar bien. La moqueta amortigua mis pasos, pero la tormenta sacude la puerta de salida con tanta fuerza que algunos copos se cuelan por debajo.

Me detengo medio segundo. Respiro, me digo que esto es sencillo. Una reunión, un plan.

También es una mujer que no debería desear, pero eso ahora no me sirve de nada.

El pasillo está más frío que antes. Alguien ha dejado abierta la puerta de la escalera para los carritos de limpieza, y entra una corriente tan fuerte que hace temblar los apliques de la pared.

La tormenta está empeorando. Buen recordatorio de que hoy nada es sencillo.

Cuando vuelvo a su habitación, el pestillo mantiene la puerta entreabierta. Aun así, llamo. —Soy yo.

—Entra —dice por encima del ruido del agua—. El escritorio es tuyo. Acabo en cinco minutos.

El vapor sale por debajo de la puerta del baño, trayendo el olor de su champú. Tararea un villancico como si no estuviera desnuda detrás de un fino tablón de madera.

Me siento en el escritorio para mantener la distancia y el profesionalismo intactos, pero es inútil. Cada sonido que hace se me cuela bajo la piel y se queda ahí.

—Sí, señora.

Entro y cierro la puerta con cuidado. La habitación huele a champú de cítricos y vapor, tan cálida que el espejo está empañado incluso desde aquí. Tararea, no alto, solo un hilo suave de sonido que tira de mí como la gravedad.

Me instalo en el escritorio. Me conecto y compruebo que la cámara y el sonido funcionen. Ajusto la altura con una carpeta del hotel debajo del portátil. Quito el contraluz y oriento la lámpara para dar una luz cálida. Si perdemos hoy, no será por un fallo técnico estúpido.

El vapor se enrosca bajo la puerta del baño. Intenta una nota alta del villancico y se ríe de sí misma. Me la imagino poniendo los ojos en blanco por su propio desafine. No debería estar imaginándomela. Pero lo hago.

Ajusto la cámara. Compruebo el micro. Hago una prueba. El cursor parpadea sobre el botón «Unirse», listo para que haga clic en cuanto los dos estemos delante de la cámara.

Entonces la pantalla parpadea y todo se oscurece.

—Joder.