Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Thorne
65%

Thorne

DIECISÉIS

Santa baby, slip a sable under the tree, for me.

Me despierto al ritmo suave y constante de la respiración de Woodley a mi lado, con su cuerpo acurrucado contra el mío como si ese fuera su lugar.

Por primera vez desde que empezó este viaje, no estoy luchando contra la irritación ni contra ese desasosiego que me corroe por dentro desde que salimos de Chattanooga.

En cambio, una tranquilidad inesperada se asienta sobre mí. Es pequeña, pero real. Como si el maldito mundo por fin hubiera aflojado su agarre.

Los recuerdos de anoche me golpean de lleno. Woodley me contó más que nunca sobre esconderse en aquellos grandes almacenes, sobre tener tanto miedo de su padre que prefería desaparecer antes que volver a casa.

Lo soltó en voz baja, como si estuviera desprendiendo una capa que llevaba años sellada. Y aun así, noté que se detuvo antes de revelar toda la verdad.

Pero me dio lo suficiente para entender por qué aquella niña la destrozó. Reveló lo suficiente para hacerme querer ganarme el derecho a ver la siguiente capa, cuando ella decida que estoy preparado.

La observo bajo la tenue luz de la mañana. Tiene el rostro relajado, los labios ligeramente entreabiertos, el cabello derramándose sobre la almohada en ondas sueltas.

Algo que ha estado creciendo en mi pecho desde el aeropuerto, desde la tormenta de nieve, desde las aguas termales de anoche, se remueve ahora. Al principio no lo reconocí. La verdad es que no quería hacerlo. Pero al mirarla así, es imposible fingir que me lo estoy imaginando.

Sentimientos. Reales e inoportunos. Esto no es solo una distracción física en medio del caos. Es mucho más profundo.

De alguna manera, en las últimas setenta y tantas horas, esos sentimientos han echado raíces.

Si no contemplara este viaje caótico en su totalidad, podría habérmelo perdido por completo.

Pero hemos recorrido tanto terreno —emocional, físico, y todo lo que hay en medio— que ahora es imposible ignorarlo.

Me muevo un poco, con cuidado de no despertarla, y echo un vistazo a la habitación. La luz mortecina de esta mañana de tormenta se filtra a través de las cortinas.

Reina aquí una calma que no sentía desde hace mucho. Sin plazos acechándome. Sin presión constante. Solo este pequeño y extraño refugio de calidez que hemos creado entre los dos.

Qué significa todo esto más allá de esta habitación, ni idea. Pero ahora mismo no me importa. Este pequeño y tranquilo momento es lo único que importa.

Saco el brazo de debajo de ella con cuidado y cojo el móvil. La pantalla me deslumbra y entrecierro los ojos hasta que el texto se enfoca.

El tiempo está mejorando. El aeropuerto podría reabrir hoy de forma provisional. Los retrasos importantes continúan. Se espera que miles de personas lleguen a casa antes de Navidad.

Se me encoge el estómago. Salir de aquí es una buena noticia. No he querido otra cosa que largarme a casa desde que pisé Chattanooga.

Pero ahora, después de todo esto, saber que ella pasará la Navidad sola me retuerce las entrañas y me deja un vacío. La victoria ya no sabe a victoria.

Me dijo que al final canceló su vuelo a Colorado. Va a volver a Chattanooga, a un apartamento vacío, a pasar las fiestas sola.

Vuelvo a mirarla. Parece dulce, serena, nada que ver con la mujer reservada y de aristas afiladas que conocí a principios de semana. Tiene algo de mágico estar atrapados aquí con ella, con la tormenta fuera y el fuego crepitando en la chimenea del vestíbulo. Sin distracciones.

Hasta hemos dejado de preocuparnos por Thom y por cuándo será esa reunión.

Pero cuando volvamos al mundo real, ¿qué pasará? ¿Conservaremos esto? ¿Podremos?

Tenía pensado luchar por ese traslado a D.C. con nuestra firma. Pero ahora la idea me resulta amarga. Si irme significa perder esto, perderla a ella, entonces no lo quiero. Todavía no estoy listo para decirlo en voz alta, pero lo sé.

Quizá esto no llegue a ninguna parte cuando nos marchemos. Pero no lo sabré hasta que todo esto acabe. Y si me mudo a D.C., no lo sabré nunca.

Sacudo la cabeza y sigo bajando. Probablemente no sea bueno darle vueltas a esto tan temprano. De pronto, un artículo me llama la atención.

Atentado en la Terminal A: Ataque dirigido a operaciones de carga vinculado a contratos gubernamentales sensibles

Aprieto la mandíbula mientras lo abro.

Las autoridades confirman que la explosión iba dirigida a las operaciones de carga. Faber-Ward Transportation gestiona contratos de defensa y materiales gubernamentales sensibles.

Me incorporo y leo más rápido. No hubo víctimas mortales y la investigación sigue en curso.

El recuerdo me asalta: el caos, el humo, las alarmas. Todavía no puedo creer que estuve allí. Que estuvimos allí.

A mi lado, Woodley se remueve. Se le escapa un suave gemido mientras se estira y luego abre los ojos, parpadeando. Por un segundo está relajada, todavía adormilada, hasta que ve el móvil en mi mano.

—Buenos días —susurra—. ¿Va todo bien?

—Buenos días, preciosa —digo, sosteniendo el móvil con soltura—. Parece que el aeropuerto podría reabrir hoy.

Se incorpora un poco.

—¿Entonces podríamos salir de aquí?

—Parece que la tormenta del noreste está amainando. Tienen previsto abrir esta tarde si el tiempo aguanta. Aunque seguro que hay miles de personas varadas, así que quién sabe si conseguiremos un vuelo.

—Son buenas noticias, ¿no? ¿Deberíamos contactar con Thom Vicars e intentar reunirnos antes de irnos?

—Sin duda. Y como el tiempo ha mejorado, incluso podrían venir ellos.

Su mirada se desvía hacia mi móvil.

—¿Estás leyendo un artículo?

—Lo último sobre el atentado —digo, pasándoselo—. Por lo visto, no iba dirigido a los pasajeros. El objetivo era una división de logística.

En cuanto sus ojos recorren las palabras, todo el color desaparece de su rostro y se le corta la respiración.

—¿Qué pasa? —pregunto, poniéndome alerta de golpe.

Se queda mirando la pantalla, paralizada. Cuando por fin habla, su voz es apenas audible.

—Faber-Ward. El atentado tiene que ver con la empresa de mi padre.

Parpadeo. —¿La empresa de tu padre? ¿Tu padre es el dueño de Faber-Ward?

Traga saliva, sin apartar los ojos del artículo. —Es parte de un grupo de empresas que él dirige. La mayor parte del daño que causa ocurre lejos de aquí, enterrado en la política global. Oculto. Conveniente.

Una pesadez se instala en la habitación. Está pálida, aturdida, y tiembla ligeramente con mi teléfono en las manos.

¿Estaba el atentado relacionado con ella? ¿Con su padre? ¿Fue algo aleatorio? ¿O fue un ataque dirigido?

—¿Qué estás pensando?

—No lo sé. Estoy alucinada.

No digo nada porque no sé qué decir. Su padre es un contratista del gobierno. Eso no tiene nada que ver con lo que deduje de las migajas de información que me ha ido soltando estos días.

—Nunca pensé que esto llegaría a acercarse tanto —susurra—.

Anoche escuchaste algo, pero no sabes ni la mitad de todo en lo que está metido.

No son solo contratistas de defensa. Suministran armas a regímenes y grupos de todo el mundo.

Peligrosos. A cualquiera que tenga dinero para comprar armas caras, él se las vende.

No hay ética de por medio. Todo es beneficio.

Dejo que las palabras calen. Esto no es codicia corporativa ni negocios turbios. Es algo más oscuro.

Continúa, con la voz baja pero firme. Es como si por fin estuviera desenmarañando la verdad que ha llevado sola durante años.

—Venden bajo la apariencia de «defensa», pero la realidad es que arman a cualquiera. Países devastados por la guerra, gobiernos opresivos, grupos con los que ni siquiera nos alinearíamos públicamente.

Niega con la cabeza. —Si tuviera que adivinar, este atentado probablemente esté relacionado con una de sus divisiones de carga. Ahí es donde mueven cosas sin que nadie se entere. Alguien quería enviar un mensaje.

Exhalo lentamente. Esto es demasiado para lo que estaba preparado.

—Así que la empresa de tu padre… —comienzo—. Están suministrando armas activamente a…

—Gente peligrosa —termina en voz baja—. Sí. Faber-Ward maneja la logística de contratos de alto nivel, incluida la defensa militar. Pero se han asociado con traficantes de armas, dictadores, grupos que están en el bando equivocado de todo.

Se le quiebra la voz. —Me alejé porque no quería tener nada que ver con eso. Todo es dinero manchado de sangre, y preferí arreglármelas como pudiera antes que aceptar un céntimo de mi familia.

Me recuesto. Cuando habló anoche, asumí que se refería a drogas o algún crimen turbio de poca monta. Nada como esto.

—Faber-Ward… —repito—. He oído hablar de ellos. Oriente Medio, ¿verdad?

Asiente. —Están en todas partes.

—Y te avergüenzas. —La miro a los ojos—. Woodley, no sé qué decir ahora mismo.

La atraigo hacia mí y la abrazo con fuerza. Tanto dolor, y tanto coraje para defender lo que era correcto.

Le brillan los ojos. —Thorne, estábamos justo ahí. —Me pone la mano en el pecho—. Si esa explosión hubiera sido diferente… si nos hubieran matado…

No puede terminar la frase.

Le rodeo la cintura con más fuerza, con cuidado, con firmeza. Quiero arrancarle todo ese dolor y destrozarlo con mis propias manos, pero lo único que puedo hacer es abrazarla.

—Le rogué a mi padre durante años que cambiara —dice—. Que usara lo que tiene para hacer algo bueno en lugar de… lo que hace. Pero no quiso parar. Me dijo que alejarme lo arruinaría.

Hay una crudeza en su voz que nunca le había oído. Algo viejo y maltrecho.

Y en un instante de brutal honestidad, todas las quejas que he tenido sobre mi propio padre se reducen al tamaño que siempre debieron tener.

Lo que ella vivió no es una versión de mi vida. Es un universo completamente distinto.

Dejo que esa verdad se asiente en mí. Pesada. Aleccionadora.

—No es lo mismo —digo en voz baja—. Ni de lejos. De donde vienes tú… esa es otra clase de jaula.

Sus hombros se relajan un poco, como si necesitara que yo reconociera eso.