Thorne
OCHO
Ya empieza a oler a Navidad / vayas donde vayas.
Me despierto de golpe, sin aliento, con esa sacudida que te abre los ojos antes de que el cerebro reaccione.
Algo cálido y suave se aprieta contra mí. No algo, alguien.
Woodley.
Su cuerpo se curva junto al mío como si se hubiera amoldado ahí durante la noche. Tiene una pierna entre las mías y el brazo sobre mi cintura. Todo su torso encaja en mi espalda como si supiera exactamente dónde acomodarse.
Y mi estúpido cuerpo traidor responde al instante.
El calor me inunda la entrepierna, intenso y duro, creciendo en una oleada que me roba el poco aliento que creía tener. Mi polla se aprieta justo en la curva de su muslo, caliente y evidente bajo las sábanas.
Me quedo paralizado, con todos los músculos en tensión. Por favor, Dios, que siga dormida.
No me muevo. Apenas respiro.
Su respiración es lenta. Constante. Su cuerpo está relajado con esa inconsciencia total que demuestra que aún no se ha despertado. Gracias a Dios.
La vergüenza llega primero. Me invade rápida y ardiente.
Luego el recuerdo me golpea por detrás.
Su boca. Sus dedos en mi pelo. Su cuerpo alzándose hacia el mío en el ascensor, como si hubiera estado esperando a que por fin espabilara.
Ella lo deseaba tanto como yo.
Trago saliva y me alejo de ella, centímetro a centímetro, intentando no mover la cama. Mi erección palpita contra las sábanas en cuanto su cuerpo se separa del mío. El aire frío ocupa el lugar de su calor, llenando el hueco donde estaba.
La pérdida me golpea más fuerte de lo que debería.
Me deslizo fuera de las mantas. Mis pies tocan el suelo frío y el impacto despeja los últimos restos de niebla de mi cabeza.
Voy directo al baño porque necesito un momento. Un momento que no esté impregnado del recuerdo de su cuerpo pegado al mío. Si me hubiera quedado más, habría tenido que darle la vuelta e ir a por el segundo asalto.
La puerta se cierra con suavidad tras de mí.
Me veo en el espejo, y no es una imagen bonita. Tengo el pelo hecho un desastre. La mandíbula tensa. Los ojos me brillan salvajes, con las pupilas aún dilatadas como si ni siquiera hubiera intentado recuperarme de lo de anoche.
Apoyo las dos manos en el lavabo y respiro. Una inhalación lenta. Una exhalación temblorosa. No sirve de nada para calmarme.
Dios. ¿Qué he hecho? ¿Qué hemos hecho?
Estaba el bar, esa conversación fluida que no debería haber sido tan fácil, su risa que tocó algo en mí que no sabía que aún podía ser tocado.
Luego estaba su rodilla contra la mía debajo de la mesa, y cómo no se apartó, lo que nos llevó al ascensor, su cuerpo pegado al mío, su boca que se abrió bajo la mía antes de que yo siquiera pensara en cuestionarlo.
Me echo agua en la cara. Me corre por el cuello y el pecho en regueros fríos que me sobresaltan, pero ni siquiera eso puede borrar la imagen de ella arqueándose hacia mí, ese gemido suave que soltó cuando la levanté contra la pared.
Lo que pasó anoche no fue un accidente. Ni caos. Ni delirio. Ni el calor del motel y la proximidad.
Pude usar un montón de excusas para justificar el beso en el motel.
Esta vez, ninguna de esas excusas vale. La besé porque quise. Ella me devolvió el beso porque quiso. Y esa verdad es peligrosa por sí misma.
Me seco la cara con la toalla y me quedo ahí, intentando respirar pese al nudo en el pecho.
Ahora tengo dos opciones.
Puedo salir por la puerta, volver a mi habitación y fingir que esto nunca ha pasado. Y lo que es más importante, puedo dejar que ella finja que nunca ha pasado. Repetiremos la misma estrategia que usamos después del beso del motel e ignoraremos todo el asunto.
Después de la reunión, no volveremos a estar en una situación así. Pasar la presentación, coger nuestros vuelos y volver a nuestras vidas separadas.
O puedo quedarme en su calidez contra mí, quedarme en esta cama en la que no tengo ningún derecho a estar, abrazado a la mujer que no debería importarme pero que claramente me importa.
Me miro en el espejo. El pulso aún me tiembla.
Sí. Estoy jodido.
Abro la puerta despacio y entro en la habitación en silencio.
Las sábanas están arrugadas y ella está acurrucada bajo las mantas, con el pelo derramado sobre la mejilla, la boca relajada por el sueño.
Hermosa. Tranquila. Sin saber que ella es la razón de que mi cuerpo esté tan tenso que apenas puedo respirar.
Tomo mi decisión, la única posible, y me deslizo de nuevo en la cama. El colchón se hunde bajo mi peso, y ella se mueve de inmediato, como si su cuerpo reconociera el mío.
Se desliza hacia mí sin dudarlo y su cabeza encaja contra mi pecho. Su pierna roza la mía otra vez, cálida y delicada, y suspira como si volviera a acomodarse donde pertenece.
Mi mano se alza sin mi permiso y se posa en el centro de su espalda. Su pelo es suave bajo mis labios cuando le doy un beso lento y callado en la coronilla.
No sé por qué lo hago, ni por qué me parece lo más natural que he hecho en no sé cuánto tiempo.
Cierro los ojos y me dejo hundir en su calidez. Fuera, la nieve se espesa contra la ventana, amortiguándolo todo. Mi mano sigue en su espalda mientras el sueño vuelve a arrastrarme.
Una alarma estridente atraviesa el silencio, tan fuerte que me abre los ojos de golpe.
Ella se despierta sobresaltada a mi lado y mi brazo resbala de su cintura. Parpadeo ante la tenue luz de la mañana, todavía atrapado a medio camino entre el sueño y la realidad.
Coge el móvil rápido y apaga la alarma. —Lo siento —murmura, con la voz ronca de sueño—. La puse anoche antes de quedar para no dormirme y perderme la preparación de la presentación.
Tardo dos segundos enteros en que el resto de mi cerebro reaccione. Su cuerpo. Mi cuerpo. Las sábanas. La habitación.
Cierto. Estoy en su cama.
Se estira como si no supiera que la estoy mirando.
Las sábanas se deslizan, y ver su hombro desnudo y las tenues marcas en sus costillas me golpea como una patada en los pulmones. La habitación está fresca, pero la cama está caliente, y su piel todavía conserva el calor de haber estado pegada a mí toda la noche.
Se mueve otra vez y la manta se desliza un poco más. Mi cuerpo reacciona de forma instantánea y predecible.
Me aclaro la garganta y me muevo, pero en cuanto me incorporo, mi erección hace acto de presencia en el peor momento posible. Busco mis bóxers a toda prisa, rezando para que no esté mirando.
Claro que sí.
Sus ojos bajan un instante y luego se apartan deprisa, intentando darme intimidad aunque nada de lo de anoche fue íntimo. Un rubor lento le sube por las mejillas antes de que se apoye en el cabecero.
No debería afectarme. No debería hacerme nada. Pero lo hace.
—Voy a la habitación de al lado —digo.
Mi voz suena más grave de lo que debería.
—Necesito ducharme e intentar parecer un ser humano.
Asiente, somnolienta pero concentrada.
—De acuerdo. Nos vemos en un rato.
Recojo mi ropa. El silencio entre nosotros es frágil, de esos que podrían romperse si cualquiera de los dos lo toca mal.
En la puerta, me detengo sin querer. Está sentada con las sábanas recogidas en la cintura, el pelo revuelto del sueño, los ojos con una suavidad que nunca le había visto. Ni en la oficina. Ni en el coche. En ningún sitio.
Me golpea en el pecho con una precisión vergonzosa.
Salgo al pasillo antes de empeorarlo todo.
La puerta se cierra a mi espalda, pero ella se queda conmigo de todos modos. En mi piel, en mi cabeza, y en esa parte obstinada de mí a la que no le gusta compartir espacio con nadie.
Llego a mi habitación y entro. El silencio me golpea con fuerza.
Una vez fue un error del que ambos acordamos no hablar. Dos veces es algo completamente distinto. Algo que no cabe en ningún compartimento que sepa mantener cerrado.
Me digo que no pasa nada. Haremos la presentación. Volveremos a casa. Olvidaremos esto. Es mentira, pero es el único guion que tengo.
El móvil me vibra en la mano. Lo miro. Es un mensaje de Thom Vicary, y nos lo ha enviado a los dos.
Debido a la tormenta, varios miembros del equipo no pueden llegar a la oficina. Tendremos que reprogramar la presentación para mañana, siempre que este frente siga avanzando. Misma hora, según las condiciones. Cuídense.
Me quedo mirando el mensaje.
Mañana, tres días antes de Navidad.
—¿Me estás tomando el pelo? —susurro mientras tiro el móvil sobre la cama.
El pulso se me acelera y el pánico me aprieta las costillas. Cojo el móvil otra vez, me siento en el borde de la cama y releo el mensaje tres veces.
Mierda.
Abro la aplicación de Weather.com. Hay varios titulares sobre la «Tormenta del Siglo».
Gente atrapada en casa. Las carreteras se están cerrando. Los vuelos son un desastre.
Estamos atrapados en este hotel. Atrapados juntos. Atrapados en las consecuencias de anoche sin poder huir.
Y el motivo de estar aquí está ahora en el aire.
Me dejo caer de espaldas en la cama y me quedo mirando el techo con el móvil en la mano.
Pienso en llamar a Thom, decirle que a estas alturas deberíamos aplazarlo hasta después de las fiestas. Seguro que agradecería el descanso. Tiene sentido. Es lo lógico.
Pero si vuelvo a casa y le digo a mi padre que no lo cerramos antes de Navidad, se va a armar la gorda. Y ya estamos aquí. ¿Qué es un día más?
Y a juzgar por lo que dice Weather.com, los vuelos seguramente también estén afectados.
Busco el número de mi padre y pulso llamar antes de poder pensármelo mejor. Suena dos veces.
—Thorne.
Ya cortante tan temprano por la mañana.
Le explico la situación, la tormenta, el retraso de ValorTech. Me callo que acabo de acostarme con mi compañera de trabajo y que me he escabullido de su habitación.
Hablo deprisa, intentando suavizar el golpe, pero oigo cómo le cambia la respiración con cada frase.
—Es un cliente multimillonario —espeta—. ¿Qué prisa tienes por volver a casa? Te quedas ahí y haces la presentación mañana. No vas a posponer esto.
—Lo sé. Solo pensé que...
—Pensaste mal —dice, cortándome en seco—. Te quedarás ahí hasta que firmen.
Aprieto la mandíbula. Mi voz se mantiene controlada porque así es como funciona esto.
—Entendido.
Su tono se enfría, pero solo ligeramente.
—Cierra esto, hijo. Luego vuelve a casa para que tengamos algo que celebrar.
La llamada se corta sin un adiós.
Me siento en el borde de la cama. Me paso las manos por la cara en un gesto largo y cansado.
Se suponía que este viaje iba a ser sencillo. Volar. Presentar. Volver. Navidad. Normalidad.
Pero nada de las últimas cuarenta y ocho horas ha salido según el plan. Ni la tormenta. Ni el fiasco. Ni ella.
Sobre todo ella.
Y ahora estamos atrapados aquí hasta mañana.
Me quedo mirando la pared que separa nuestras habitaciones. La misma pared contra la que se apoyó anoche cuando la besé.
Complicado se queda corto.