Navidad con el idiota (Atrapados en las fiestas) Thorne
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Thorne

DOS

Escucha esas campanillas tintineando / Tin-tin-tineando también / Vamos, hace un tiempo encantador / Para un paseo en trineo contigo.

Este día debería ser sencillo. Volar a Boston, aterrizar a última hora de la tarde, pulir la presentación mañana, entrar en ValorTech el jueves al amanecer y salir pitando para Navidad.

Ese era el plan. No me entusiasmaba, pero podía vivir con él.

Ahora ya estamos en la carretera, arrastrándonos por el circuito del aeropuerto junto con todos los demás que intentan huir de Atlanta antes de que el temporal se imponga.

La nieve escupe contra el parabrisas en pequeñas agujas afiladas. Las luces de freno brillan en rojo a través de la cortina de copos, para y arranca, para y arranca, como si toda la ciudad respirara mal.

La calefacción lucha por dar abasto. El desempañador jadea. En algún lugar del asiento trasero, un rascador de hielo olvidado golpetea con cada giro.

Dieciséis horas hasta Boston.

Con Woodley Price.

Está sentada de lado, vuelta hacia la ventanilla, con la mandíbula tensa y el móvil en la mano, aunque sin hacer nada con él.

Su moño sobrevivió a la evacuación. Su discreto atuendo de trabajo sigue intacto. Y esas piernas largas y tonificadas siguen siendo un problema para mí. La falda se le sube por el muslo, y me cuesta horrores no quedarme mirando. Se me hace la boca agua y sacudo la cabeza para espabilarme.

No es momento de fijarme en nada de eso, pero por lo visto mi cableado no tiene instinto de supervivencia.

—Dieciséis horas —dice en voz baja, todavía mirando la aguanieve en el arcén—. Si las carreteras aguantan.

—Dieciséis horas atrapados en una lata con ruedas en medio de una ventisca —digo, tamborileando en el volante—. Parece el detalle que nadie menciona.

Se mueve, girándose a medias hacia mí.

—¿Tienes una opción mejor?

—Define mejor.

—Más rápida. Más segura. Posible.

—Entonces no.

Suelta el aire con un suspiro breve y tenso.

—Genial. Por suerte conseguimos el último coche de alquiler disponible y ya estamos en camino.

El tráfico por fin se aligera cerca de la rampa de acceso a la autopista y avanzo con el coche.

La nieve se embarra en largas rayas sobre el cristal.

Ella se coloca un mechón suelto detrás de la oreja, mira el móvil otra vez y luego lo deja caer en el regazo como si la pantalla la hubiera ofendido personalmente.

—¿Tienes hambre? —pregunta, todavía sin mirarme.

—Me muero de hambre.

—Pararemos en cuanto salgamos de este lío. Gasolinera, algo rápido, lo que sea con tal de seguir avanzando.

—¿Te opones a los descansos para respirar?

—Respiraré en Boston.

El GPS proyecta un brillo azul pálido sobre sus pómulos. Le afila los rasgos, casi como si estuviera tallada. Se ajusta el cinturón, con una pierna larga ladeada hacia la consola y la otra recogida bajo el asiento. Queda más piel a la vista, justo lo suficiente para que se me cierre la garganta.

Mantengo los ojos en la carretera.

Por la ventanilla, un camión patina unos centímetros sobre una placa de aguanieve y toda la autopista se tensa. Ella también, a juzgar por el jadeo que se le escapa.

—¿Estás bien? —pregunto.

Asiente una vez.

—Solo pensaba.

—¿En la presentación?

—En todo.

Me mira entonces. No hay nada coqueto en su mirada, pero hay algo. Algo que me niego a interpretar.

—Vamos a bordarlo, ¿verdad? —pregunto.

Por fin se gira del todo hacia mí.

—Puedes apostarlo.

Aterriza como un desafío. O una tregua. Difícil de decir con ella.

En cualquier caso, ya vamos rumbo al norte, y ninguno de los dos va a echarse atrás.

La voz del GPS me dice que continúe por la I-75 Norte durante doscientas ocho millas. No discuto con las máquinas cuando estoy en inferioridad numérica.

Por fin tengo un momento para digerir lo que ha pasado hoy. Estaba tan concentrado en idear un plan B que ni siquiera me paré a pensar en lo loco que fue todo.

Y lo más loco es que ninguno de los dos se lo ha mencionado al otro. Cabría pensar que sería lo único de lo que podríamos hablar.

—¿Estás bien después de lo del aeropuerto? —pregunto tras varios minutos de silencio.

—Sí —dice—. Aunque preferiría no pensar en ello.

Mira por la ventanilla con los brazos cruzados, una mano apoyada suavemente en la garganta como si se tomara el pulso. Debería dejar de mirarla. Pero me pillo haciéndolo de todos modos. Sé que ella lo nota todo. Vuelvo a fijar la vista en la carretera.

—La reunión —digo—. Hablemos de eso. Vicary siempre llega temprano. Estará en esa sala de juntas a las seis y media, seguramente. Deberíamos llegar antes que él.

—De acuerdo —dice—. Tenemos que demostrar que vamos a por todas.

—Exacto —digo, frotándome la mano izquierda en la rodilla. Me doy cuenta de que la tengo sudada.

Bajo la calefacción al mínimo y me reacomodo en el asiento. El tráfico se dispersa. El cielo se aplana aún más, como una sábana vieja estirada sobre una mesa larga.

El móvil se ilumina. El nombre de mi padre llena la pantalla. Vuelve a sonar antes de que lo coja.

El móvil se ilumina con PAPÁ en la pantalla. Justo la voz que necesito en la cabeza mientras conduzco entre aguanieve a noventa y seis kilómetros por hora.

Deslizo para aceptar.

—Hola, papá.

—Novedades —espeta. Sin saludo. Solo presión en forma de sílaba.

Cambio el volante de mano, estirando el hombro derecho para aliviar la tensión.

—En la carretera. Un largo tramo de asfalto negro hasta donde alcanza la vista.

Copos de nieve bailan sobre el capó y desaparecen con el roce de los limpiaparabrisas. Woodley me lanza una mirada como si evaluara mi optimismo en silencio.

—En ruta a Boston —dice, como si fuera un chiste que espera que yo le aclare.

Me trago las ganas de responderle con el mismo tono.

—Ya te lo dije. No había vuelos que llegaran a tiempo. No tenías ningún avión disponible, y revisamos aeropuertos en un radio de cuatro horas. El clima manda. La FAA también. Así que sí, vamos a Boston a la antigua.

Suelta el aire entre dientes, un sonido que conozco demasiado bien.

—No puedes fallar en esto, hijo. Tu presentación tiene que ser impecable. La posición de Blackwood en la agencia depende de victorias como esta.

Se me tensa la mandíbula antes de poder evitarlo. Woodley finge no escuchar, pero su espalda se endereza ese milímetro casi imperceptible.

—Lo sé —digo.

—Suenas despreocupado. No te lo tomes a la ligera.

Aprieto el volante hasta que el cuero se me clava en la palma.

—Estoy conduciendo dieciséis horas para llegar, papá, no de vacaciones.

—Debería haber enviado un jet antes. Podríamos haber evitado esto.

—Habría estado bien —digo, sin alterar el tono.

Fuera, una moto nos adelanta con un silbido. El tubo de escape retumba incluso con las ventanillas cerradas. ¿Qué clase de loco va en moto con este tiempo?

Tras unos cuantos intentos más de conversación, colgamos. No le preocupa que acabemos de estar en un aeropuerto internacional donde hubo un atentado, ni que estemos atravesando una tormenta de nieve. Solo que lleguemos a tiempo. Padre del año.

Sostengo el teléfono un momento más de lo necesario antes de dejarlo en el portavasos. La pantalla proyecta un tenue resplandor sobre la consola, lo justo para iluminar el perfil de Woodley: pómulo afilado, mandíbula tensa, esa boca mordaz apretada mientras espera a que rompa el silencio.

—Parece un encanto —dice en voz baja, como quien no quiere la cosa.

—Sí —digo, encogiéndome de hombros—. La charla motivacional de siempre.

Resopla por lo bajo. Casi me río, pero la autopista traza una curva, los neumáticos zumban y el momento se esfuma.

No insiste, pero tampoco intenta consolarme. Respira hondo y cambia de tema con disimulo.

—Deberías comer —dice—. Tengo la sensación de que conducirías mejor si no te estuvieras mordiendo la lengua.

—Mala costumbre.

—Hay una salida en cinco kilómetros. Paremos a descansar.

Salimos de la autopista y veo el cartel de una gasolinera, un restaurante de carretera y un local de comida rápida con el luminoso del helado fundido.

—¿El restaurante? —pregunto.

—Sopa —dice, desabrochándose ya el cinturón mientras aparcamos—. Algo caliente.

El local huele a beicon y patatas fritas. La barra está llena de gente con camisas de cuadros. Un belén de plástico acumula polvo sobre las cafeteras.

Nos acomodamos en un reservado con vistas al aparcamiento y a la nieve que cae en diagonal.

La camarera trae agua y nos llama cariño a los dos. Woodley estudia la carta como si fuera a llevarle la contraria y luego pide sopa de pollo con fideos y tostadas integrales. Yo pido una hamburguesa y finjo no ver cómo tuerce el gesto cuando digo doble queso.

Es ella quien rompe el silencio.

—No me has preguntado por qué me importa tanto esta presentación.

—Salta a la vista —digo—. Llevas un año detrás de ella.

—Eso es la razón, no el motivo.

—Vale. ¿Por qué te importa, señorita Price?

—Es limpio —dice—. Un brief difícil con impacto medible. Nuevo posicionamiento. Ventana navideña. Sin lastre sentimental de marca. Podemos marcar la diferencia. Me gusta el trabajo que habla por sí solo.

—Te gustan las pruebas —digo.

Remueve el agua con la pajita.

—Me gusta el tipo de prueba que no depende del apellido de nadie.

Ahí está. Podría discutir, pero no lo hago. Llega la comida. La sopa humea. La hamburguesa chorrea. Come como si llevara un cronómetro mental y la sopa fuera una tarea pendiente.

—¿Alguna vez paras quieta —pregunto—, o te enchufas a la pared por las noches?

—Salgo a correr por las mañanas —dice—. Eso ayuda.

—Eso es más movimiento todavía —digo con una sonrisa. Le arranco una risa.

—Cierto, pero es otro tipo de movimiento.

—Te entiendo. A mí me gusta ir al gimnasio a levantar pesas cuando necesito desconectar.

Se abre la puerta y entra un grupo de adolescentes sacudiéndose la nieve de los abrigos. Woodley los sigue con la mirada sin mover la cabeza. Siempre está calculando el espacio. Salidas. Ángulos. Yo hago lo mismo, pero en otro tipo de salas.

Cuando terminamos, paga la cena con su tarjeta de empresa y volvemos a la carretera, a ese viaje que parece no tener fin.

De vuelta en la autopista, el tráfico es más fluido, aunque constante. Las quitanieves han pasado al menos una vez.

Pongo las manos a las diez y las dos y observo la carretera como si fuera a contestarme.

El GPS marca otros ochenta kilómetros antes de que me dé cuenta, y ya he cumplido mis cuatro horas, pero no digo nada. No me importa conducir la mayor parte del trayecto, pero ella insistió en repartirnos el volante. Se supone que nos turnamos cada cuatro horas.

Pasamos un área de descanso. Echo un vistazo al indicador de gasolina. Tenemos medio depósito y todo el tiempo del mundo.

—Oye, me toca conducir. ¿Quieres un descanso?

—Estoy sorprendentemente bien. Y avanzamos a buen ritmo. Por mí no hay problema si a ti te parece.

—Si tú estás bien, me quedo con el turno de madrugada. Total, no duermo. Así podemos tirar toda la noche.

—No me importa parar en algún sitio para pasar la noche, pero eso también me vale.

—Vamos improvisando. Pero cuando empieces a tener sueño, tomo yo el volante hasta que no pueda más.

—Trato hecho. Yo sí necesito dormir por la noche, así que no voy a protestar.

—Muy bien, cuéntame algo sobre ti que sea verdad y que no aparezca en tu expediente de personal —dice ella—. Si vamos a estar atrapados juntos durante vete tú a saber cuántas horas, más vale que nos conozcamos un poco mejor.

—Hmm. Déjame pensarlo. Prefiero el invierno al verano —digo—. Me gusta el silencio que impone en las ciudades.

Asiente como dándome la razón.

—Ahora te toca. Cuéntame algo sobre Woodley Price.

Se queda callada un momento, mirando cómo la carretera se desliza bajo nosotros. Luego dice, como quien no quiere la cosa:

—Estuve en una banda.

—¿Una banda? ¿Tú?

Sonríe, satisfecha consigo misma por el efecto sorpresa.

—Es broma. Tengo seis mejores amigas a las que conozco prácticamente desde que nací. Crecimos en el mismo pueblecito, no podríamos ser más diferentes, y formamos una «banda» —hace el gesto de las comillas— cuando éramos pequeñas. Las Seis de Holly Ridge.

La miro de reojo.

—Me has pillado. No te habría imaginado como miembro de una banda.

Sonríe un poco.

—Ahora estamos todas desperdigadas, pero son... mi gente. —Sube una rodilla al asiento, más relajada.

—De hecho, ahí es adonde voy después de esto. Me voy al oeste a esquiar con una de mis chicas —se encoge de hombros—. Contra viento y marea.

—O una reunión de última hora en plenas fiestas. O una bomba en el aeropuerto. O cruzar una ventisca conduciendo.

—Exacto.

La carretera se oscurece donde los árboles se apiñan. Mis faros abren un túnel limpio en la oscuridad. Veo su reflejo en la ventanilla del copiloto: ojos al frente, labios apretados pero ya sin dureza, solo concentración.

Más adelante, una señal promete gasolina, comida y café en trece kilómetros. Las nubes se abren lo justo para que la nieve brille tenuemente.

Nos quedan horas y horas por delante, un motel en algún lugar a varios estados de distancia y una presentación importante en menos de dieciocho horas. Con eso basta para mantenerme centrado. Lo que sea que esté bullendo bajo la superficie no forma parte del trabajo.

Bajo un poco la música y ella no dice nada.

No somos amigos. Ni nada más.

Solo dos compañeros de trabajo en un coche, rumbo al norte en plena ventisca, los dos fingiendo que esto es completamente normal.