CAPÍTULO 28
Matt
Nuestras dos cabañas se miran de reojo desde hace más de cien años, gemelas y un poco torcidas. Separadas por veinte metros de tierra, hierba y nieve. Por todo lo que separa a dos apellidos que no han conseguido casarse entre sí hasta la cuarta generación, la nuestra, la de Nancy y la mía.
Estoy en el porche de mi cabaña, quizás a partir de hoy debería aprender a decir «nuestra», porque Nancy está trasladando sus pertenencias aquí, para que su hermano Cole pueda instalarse en la cabaña McGonagall, cuando suba la semana que viene a pasar su mes de reclusión.
Nancy está cruzando el espacio entre las cabañas cargando una caja de libros que pesa más que ella misma, y que no me ha dejado trasladar a mí porque dice que no me quiere para hacer de transportista, que para eso se vale ella solita.
Llevo un buen rato pensando en decirle algo, así que, cuando pone la caja en el suelo y se endereza, se lo suelto:
—¿Esto significa que vas a quedarte? —He decidido que la norma uno de la nueva era: «no ocultar, no decidir tú mismo lo que el otro puede soportar, debe empezar por las cosas que dan más miedo a decir en voz alta y a plena luz».
Nancy levanta la cabeza y frunce las cejas.
—Tu mes está a punto de terminar, pero yo aún tengo que permanecer aquí arriba dos meses más.
—Sigo, antes de que su silencio me convenza de que lo mejor es callarme—.
No me apetece nada de nada estar solo, mirando por la ventana, viendo cómo Cole y Nate se enamoran de alguien al azar.
Ya he pasado por eso, tres veces, no creo que pueda soportar otras dos. Sobre todo si tú no estás aquí conmigo.
—Podría subir los fines de semana —me dice mientras se coloca un mechón de pelo tras la oreja.
—Podrías —le contesto—, pero no es eso lo que te estoy preguntando.
—A ver si lo entiendo. El hombre que se ha pasado toda la vida diciendo «no te preocupes», en lugar de contarme lo que le pasaba.
El que se guardaba la posibilidad de tener que marcharse lejos durante meses por no preocuparme, las urgencias, los muertos, las noches malas para «protegerme».
Ese hombre me está pidiendo que me quede con él en las Salt Mountains sin cobertura y viendo cómo mis dos hermanos mayores se enamoran.
—Exactamente, ese mismo.
—¿Por qué?
—Porque hace mucho tiempo que no tenemos esto.
—Señalo las dos cabañas, la hierba que empieza a despuntar entre los parches de nieve, el silencio que hay aquí arriba, que al principio me daba un miedo horrible y ahora he llegado a apreciar tanto—.
Ni siquiera sé si lo hemos tenido nunca.
Al principio fue la universidad, las clases…
Después la residencia, los juicios, las guardias…
Siempre hemos estado corriendo hacia delante sin parar, la vida nos ha empujado.
Ahora tenemos un lugar donde quedarnos nosotros dos, sin nadie que nos moleste, sin obligaciones que nos empujen.
Nada más que nosotros, bueno, o casi nada —digo, mirando hacia la cabaña de su familia.
—Casi nada —repite ella. Una pequeña sonrisa asoma en sus labios, cautelosa—. Con mi familia «casi nada» siempre acaba siendo bastante.
—Casi nada. ¿Dónde hay que firmar?
—Tengo trabajo en el despacho, Matt…
—Se han apañado un mes sin ti, Nancy, se las arreglarán otros dos. Estoy seguro de que todos y cada uno de los McGonagall se alegrarán de que te ausentes del despacho durante una temporada si es para quedarte aquí arriba conmigo. Me adoran, y lo sabes.
Nancy niega con la cabeza mientras evita sonreír con todas sus fuerzas.
Se queda un rato callada y después entra en la cabaña.
Coloca una maleta sobre la cama y empieza a sacar toda su ropa y a esparcirla sobre la superficie de la colcha, como si la conversación estuviera zanjada, lo que, en el idioma de Nancy, significa que ha dicho que sí y no piensa admitirlo con palabras.
Me cruzo de brazos y me apoyo, muy satisfecho, en el quicio de la puerta mirando cómo empieza el resto de mi vida junto a ella.
Ahora mismo la cogería en volandas y la tumbaría sobre todo ese montón de ropa, pero sé que vale más esperar un ratito.
Vamos a ir asimilando las situaciones de una en una, será mejor no forzar.
En un momento dado, la veo forcejear con una cremallera de la maleta, una pequeña que parece que se ha roto, y doy un paso para ayudarla, pero enseguida cede y me paro a su espalda. Dentro hay una cajita que reconozco de inmediato. Se la di yo.
Trago saliva al darme cuenta de que esa cajita subió con ella desde Anchorage a principios de mes. La mujer que llegó aquí dando portazos y jurando que no venía a arreglar nada y que ni siquiera quería verme, metió mi anillo en el equipaje antes de salir de casa.
No se lo comento porque hay verdades que no se dicen si uno quiere seguir vivo. Pero registro el dato y me doy cuenta de que la norma tres de la nueva era tiene un anexo: a veces la verdad de una persona no está en lo que dice, sino en lo que mete en la maleta.
—¿Qué miras? —me ladra sin levantar la vista de lo que está haciendo.
—Nada.
—Has puesto esa cara.
—No he puesto ninguna cara.
—Vaya si lo has hecho, y será mejor que te la guardes.
Y yo me la guardo, porque esta es una de las cosas que sí puedo mantener para mí. Porque lo hago por amor y no por miedo, que parece lo mismo, pero no tiene nada que ver.
···
Cole aparece dos días después.
Lo veo desde la puerta, que se ha quedado entreabierta antes de que él nos vea a nosotros.
Se planta en mitad de la explanada y lo primero que baja del coche es la mochila de montaña.
Me fijo en que es la buena, la que puede llenar con provisiones y cosas para, al menos, tres días, la de quien piensa salir de excursión a menudo. Vaya desilusión se va a llevar.
Salgo al porche y Nancy lo hace inmediatamente detrás de mí. Me fijo en que se ha puesto el anillo, no me he dado cuenta de en qué momento lo ha hecho, pero luce perfecto en su dedo. Sonrío como un bobo y la abrazo.
Cole nos mira perplejo. Estaba descargando algunas cajas y se queda a medio camino con una de ellas en las manos. Lo veo atar cabos en tiempo real y llegar al final del hilo mientras se pone pálido.
—No, no, no, no —dice—. Vosotros dos. Estáis…
¿Otra vez juntos? —Retrocede un paso, mirando las cabañas como si acabaran de cambiar de forma—.
Un momento. Oscar subió el primero y bajó comprometido.
Sam igual, Ben lo mismo. Y ahora vosotros.
¿A nadie más le parece rarísimo que todo el que pisa esta montaña acabe emparejado?
Empiezo a pensar que el aire de aquí tiene algo.
—El aire de aquí tiene a tu abuela —susurro.
—Seremos vecinos todo el mes —anuncia Nancy triunfal, intentando cambiar de tema.
Cole la mira fijamente y veo en sus ojos cómo va elaborando un plan.
Niego con la cabeza, le va a salir el tiro por la culata.
Desde que Nancy dejó de discutir con la abuela sobre el hada —no porque crea la historia, dice, sino porque ha decidido que pelearse con la anciana es agotador y, además, tiene ganas de ver qué sucede realmente con Cole ahí encerrado—, se ha vuelto tan implacable como ella.
—Se me acaba de ocurrir, Nancy —empieza a decir Cole, con un deje de esperanza abriéndose camino en su voz—. Si tú, de todas formas, piensas quedarte en las Salt Mountains. ¿Por qué no ocupas la cabaña McGonagall y así Nate y yo nos libramos de tener que subir?
—Oye, hermanito, ¿no te quedó claro cuando Ben quiso mandar a Hope a la cabaña aduciendo que era su mujer? Los matrimonios no pueden separarse, tienen que vivir juntos.
—Pero si vosotros dos no estáis casados, estáis divorciados, si no recuerdo mal. —Cole levanta un dedo y ese es su error garrafal, porque Nancy odia que haga eso, siempre lo ha odiado y, además, él lo sabe.
Nancy no abre la boca, utiliza el silencio para intimidar a su hermano mayor. Aunque sean abogados los dos, a ella se le da mucho mejor. Sabe que el silencio es un instrumento y lo toca mejor que ningún otro McGonagall, salvo, quizás, la abuela.
Después levanta la mano izquierda muy despacio y la coloca a la altura de la cara de Cole y deja que el anillo haga su trabajo.
—Te espera una sorpresa este fin de semana —le dice—. Algo va a celebrarse en la cabaña McGregor, espero que hayas traído ropa formal en esa mochila.
Veo el momento exacto en el que Cole lo entiende. Es bonito, en el sentido en que es bonito ver caer una ficha de dominó muy grande.
Es entonces cuando Cole mira al horizonte, al bosque, a la línea de la ladera, todo ese espacio abierto que, seguramente, lo está llamando.
—Ni siquiera voy a poder salir a caminar por los alrededores. —Su sentencia le pesa como una losa, puedo verlo en sus ojos.
—Ahora lo has entendido. —Si eso es amor de hermana, me alegro de no tener ninguna.
Podría no decirle nada. Sería lo más fácil, y hace un año habría sido lo que hubiera hecho: callar, dejar que se las apañara, guardarme lo que sé «para no agobiarlo».
Pero firmé unas normas en un cuaderno rojo y la primera dice justo eso: que no me calle aquello que importa.
Me acerco y le hablo flojito, para que quede entre los dos:
—Cuando estés segurísimo de que este sitio no tiene nada para ti —le digo—, acuérdate de que yo estuve igual de seguro de algo una vez, y me equivoqué. Me costó un divorcio.
Cole me mira un segundo, parpadea, y veo que no ha entendido nada, porque asiente con la cara del que espera a que el pesado termine de hablar.
—Ya. Claro. Gracias, Matt.
No me da las gracias de verdad. Está midiendo la distancia al bosque por encima de mi hombro.
Ahí está la paradoja de mi vida. Yo me pasé mucho tiempo sin creer la verdad que tenía delante y ahora que le ofrezco la mía a un hombre que es igual que un hermano para mí, no me cree.
La honestidad no salva a nadie si el otro ha decidido no escuchar.
Eso yo lo aprendí tarde y por las malas.
Cole lo va a aprender aquí, a veinte metros de mí, y yo voy a sacar las palomitas para verlo.
—Voy a dar una vuelta —anuncia—, para despejarme, vuelvo enseguida.
—Cole —lo llama Nancy, cuando ya ha empezado a andar, con una voz demasiado empalagosa—. Han cerrado el sendero del este esta mañana.
Su hermano se queda muy quieto.
Por primera vez desde que ha bajado del coche, no encuentra hacia dónde andar.