CAPÍTULO 27
Nancy
A la mañana siguiente, me despierto antes que Matt con una sola idea en mente. Sin hacer ruido me levanto de la cama y me pongo el jersey verde, que ya me he apropiado, y me dirijo al cuartito de la radio después de pasar por la cocina a por un café.
Ya llevo unos cuantos días queriendo hablar en serio con la abuela, pero no encontraba la ocasión, o tal vez no me parecía lo más oportuno, mientras Matt y yo luchábamos por salir adelante.
Además, ni tenía la calma ni la fuerza de voluntad suficientes para enfrentar al torbellino de mi abuela. Pero hoy me va a oír, vaya si me va a oír… O puede que no, con ella nunca se sabe por dónde te van a caer las hostias.
—¿Abuela? ¿Abuela? —Insisto unas cuantas veces y, cuando me doy cuenta de que no piensa contestar, decido ponerme en plan borde—: Ni se te ocurra no ponerte al aparato, sé que estás despierta desde hace un buen rato y, lo que es peor, seguramente estás esperando que me comunique contigo desde hace unos días.
Así que contéstame si no quieres que te ponga una demanda por secuestro.
Oigo un crujido en la estática y después su voz, fresca como una lechuga, como si, como yo he predicho, llevara toda la noche pegada al receptor, esperando mi llamada.
—Nancy, querida, ¡qué sorpresa! ¿Qué tal va todo por ahí arriba?
—No te hagas la inocente conmigo, abuela. Sabes perfectamente cómo van las cosas por aquí arriba, incluso me atrevería a decir que mejor que yo.
—No sé qué quieres insinuar.
—No me busques, abuela, que me vas a encontrar.
—De verdad, querida, te noto un poco rancia esta mañana. Pensaba que el aire fresco y el descanso te pondrían de mejor humor.
Pongo los ojos en blanco para no soltarle un exabrupto, que es lo que de verdad me apetece, y eso que estoy segura de que, de todos los primos, soy la que más la adora, pero ahora mismo no es santo de mi devoción.
—Me refiero a que tú y Lindsay, que se supone que es mi mejor amiga, casi una hermana, me tomasteis el pelo.
—¿Cómo puedes insinuar eso siquiera, Nancy?
¡Qué estrella se perdió Hollywood el día que mi abuela decidió entrar en la abogacía! El mundo nunca lo sabrá.
—No quieras engañarme, otra vez, abuela, con una es suficiente —digo con énfasis—.
Tú dijiste, al principio de esta locura, que los primos McGonagall subiríamos a las Salt Mountains por orden de edad.
Eso me situaba a mí la última, porque, si no lo recuerdo mal, soy la más joven de todos tus nietos.
¿O es que ya empieza a fallarte la memoria?
—¡Jesús, María y José! —exclama—. ¿Cómo osas insultarme de esta manera?
Sonrío, cualquier alusión a su edad hace que mi abuela tiemble de indignación, a no ser que la use ella en su propio beneficio, claro.
Hago como si no la hubiera oído y continúo:
—Me vendisteis lo del conflicto de intereses con el caso de Cole, que necesitaba descansar, que, como de todas formas tenía que subir en algún momento, qué más daba adelantar la fecha.
Y yo, que interrogo a testigos hostiles para ganarme la vida, me lo tragué.
Sabía que subir aquí era una encerrona vuestra, abuela, lo supe desde antes de salir de Anchorage, y aun así me metí en la boca del lobo porque, cuando tú ordenas que se haga algo, eso se convierte en ley.
Pero que yo cumpliera con mi parte no te da derecho a moverme por tu tablero como una ficha para que Matt y yo… para lo que sea que pretendíais.
—Para que tú y Matt volvierais a estar juntos, querida. Ni más ni menos. Eso es lo que queríamos todos. —Y lo suelta sin el menor pudor.
—No tenías ningún derecho a decidir eso por mí.
—Dime, cielo. ¿Estás con Matt?
—Eso no es asunto…
—¿Estás. Con. Matt?
Aprieto los labios. Miro hacia la habitación, donde Matt sigue durmiendo con la cara del hombre más feliz del mundo, y me cuesta un esfuerzo sobrehumano no sonreír.
—Podría ser.
—¡Ay! —Ese «ay» contiene más satisfacción que la mía propia—.
Tú y Matt estáis hechos el uno para el otro.
Desde el primer día que os visteis y, aunque no empezasteis a salir hasta la universidad, todos sabíamos que acabaríais juntos.
Nunca os soltabais el uno al otro. Y no lo hicisteis hasta el año pasado, cuando os empeñasteis en estropearlo todo.
—Abuela, solo te falta decir que es todo obra del hada.
—Quien ha sacado el tema de Ailithéa has sido tú, yo ni la he nombrado.
—Ailithéa no existe. —Me paso la mano por la cara—. La única que se encarga de mover los hilos aquí es una señora de ochenta y seis años con demasiado tiempo libre y una flota de espías en la montaña.
—En eso te equivocas, cariño. Lo único que he hecho ha sido abrir la puerta. Os metí en la cabaña y me aparté. Todo lo demás lo ha hecho ella. Yo no puedo obligar a dos personas a quererse, solo puedo situarlas en el lugar propicio para que el hada pueda hacer su trabajo.
Y ahí está el problema de discutir con mi abuela, el mismo de siempre: que es imposible ganarle, porque no juega con las reglas de la lógica.
Yo vengo armada con hechos, con fechas, con pruebas de su manipulación, y ella se parapeta detrás de un hada del bosque y desde ahí me sonríe, inexpugnable. Es como intentar demandar a la niebla.
Decido cambiar de estrategia y averiguar lo que de verdad me reconcome:
—Abuela, quiero hacerte una pregunta, pero me gustaría que me contestaras la verdad.
—Yo siempre digo la verdad, cariño, a mi manera.
—Esta cabaña, la de los McGregor, las tierras de alrededor.
—Elijo las palabras con cuidado, como en un interrogatorio—.
Todo ese cuento de que, si no cumplimos los seis meses aquí arriba, nos las quitan, de que hay una corporación esperando para construir un hotel, de que los vigilantes están para que no nos escapemos…
Empiezo a pensar que es mentira. Empiezo a pensar que esas tierras son tuyas, y de los McGregor, desde hace mucho, que no hay ninguna corporación, y que los que vigilan las cabañas son empleados tuyos.
El silencio que sigue a mi pregunta es el más largo que le he escuchado a mi abuela en años.
—Qué imaginación tienes, Nancy, siempre la tuviste. Por eso eres tan buena abogada.
—Abuela…
—Deberías descansar, te noto cansada.
—Abuela…
—Algún día te lo contaré todo, cuando toque. Ahora tengo que centrarme en Cole.
—¿En Cole? ¿Le ha pasado algo? ¿Está bien?
—Perfectamente, querida, pero le toca subir la semana que viene. Tu mes ya se acaba y empieza el suyo.
Se me hiela la sangre.
No por la noticia. Que a Cole le toque subir no es ninguna novedad; tenemos que subir todos, uno detrás de otro; esa es la regla y lo tengo claro desde el principio.
Lo que me hiela por dentro es lo de «la semana que viene», porque, hasta este momento, que Cole subiera a la cabaña era una casilla lejana en el tablero, una idea sin fecha, y la abuela acaba de ponerle día y hora.
Y eso hace que me dé cuenta de algo en lo que no me había detenido a pensar.
—Abuela, no. —Me levanto de la silla de golpe.
—¿Por qué no?
—¡Porque es Cole! ¡No aguanta estar encerrado ni en un ascensor! ¡Necesita espacio, aire, excursiones! ¡Es el ser humano menos apto del planeta para que lo metas un mes en una cabaña! ¡Le va a dar algo!
—Precisamente por eso —me contesta la abuela, tan tranquila—. Un hombre que no sabe estarse quieto es un hombre que todavía no ha encontrado un motivo para quedarse en un lugar. Ailithéa le buscará uno.
—La puñetera hada le provocará una crisis nerviosa.
—El hada sabe lo que hace, Nancy. Con Cole tengo mucha fe, mucha. Ese chico cree que la felicidad está en escalar el próximo pico, pero lo que de verdad necesita es a alguien que le enseñe que la tenía al alcance de la mano todo el tiempo, que no necesitaba esconderse ni disfrazarse. Ya lo verás.
—No pienso ver nada, en cuanto Cole suba, yo bajo de las Salt Mountains rápidamente.
—Tú no bajarás de la cabaña ni loca, y lo sabes —lo dice con un tono tajante disfrazado de dulzura—. Tienes al hombre de tu vida durmiendo en la habitación de al lado y que, además, se tiene que quedar dos meses más allí arriba. No me vengas con esas de que vas a volver a Anchorage.
Me quedo con la boca abierta y sin argumentos, que es como mi abuela deja a todo el mundo.
—Ahora mismo te odio un poco —le digo, porque no me sale nada más.
—Ya lo sé, cielo, me lo dices a menudo. —Se ríe—. Ahora ve a despertar a tu marido y dile de mi parte que, como vuelva a hacerte llorar, Ailithéa será el menor de sus problemas.
—No es mi marido, abuela, estamos divorciados.
—Por ahora, cariño. —Escucho que se pone en pie, cerrando la conversación a su gusto, como hace con todo a su alrededor—. Por ahora.
—Abuela…
—¡Ah, Nancy! Una última cosa —su voz se vuelve un pelín más seria, pero no mucho—, otro día que tengas ganas de amenazarme con demandas, por lo que sea…
hazlo después del desayuno, por favor. Las reconciliaciones con el estómago vacío son de muy mal gusto, y las demandas también. Un beso enorme. Cambio y corto.
Y la muy ¡arg! corta la comunicación dejándome con la palabra en la boca.
Me quedo mirando la radio durante un buen rato, estoy indignada y, muy a mi pesar, también estoy admirada.
Mi abuela, a sus ochenta y seis años, sigue conduciéndonos con mano de hierro.
Después mi pensamiento vuela a mi hermano Cole. Pobre Cole. No tiene ni idea de lo que se le viene encima.
Igual debería avisarle…
¡Nah! No pienso hacerlo, que sufra lo que hemos sufrido todos los demás. Es lo justo.
Con esa idea reconfortante rondándome la cabeza vuelvo a la habitación para empezar con el primer día del resto de lo que sea que Matt y yo estemos empezando.
Sin el hada o con ella. A estas alturas ya comienzo a pensar que la abuela tiene razón y yo no.