CAPÍTULO 26
Matt
Nancy cierra el cuaderno rojo y lo deja en el suelo, entre nosotros, encima de la alfombra.
Nos quedamos mucho rato mirándonos en silencio, muy cerca el uno del otro, sentados en el suelo, rumiando las cuatro nuevas normas que aún no tienen la tinta seca del todo.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre nosotros no es un campo de minas que se tiene que cruzar con cuidado, sino un sitio agradable en el que estar.
La miro y me doy cuenta de que la estoy mirando de verdad, que no necesito desviar la mirada como si verla me doliera. Puedo fijar los ojos en los suyos sin pensar que es otra persona distinta a la que conozco desde siempre. Es ella, Nancy. Mi Nancy.
Siempre lo ha sido, solo que yo perdí la perspectiva durante demasiado tiempo.
Y, aunque parezca algo supertonto, para mí es algo nuevo y muy bonito.
Porque la semana pasada, cuando volvimos a estar juntos, yo solo estaba a medias. Una parte de mi cabeza estaba aquí, con ella, mientras que la otra no podía dejar de calcular cuánto íbamos a aguantar juntos antes de que estallara todo en pedazos.
Gocé y sufrí a la vez, porque debajo de cada caricia había un duelo, la certeza de que lo que teníamos era solo prestado, de que se iba a acabar, de que esa felicidad no era más que una trampa.
Me pasé una semana con los ojos cerrados por miedo a valorar todo lo que tenía que perder.
Esta noche, en cambio, no hay nada que perder, porque ya lo hemos perdido todo y hemos decidido intentar recuperarlo del modo más difícil, el de la verdad, el que se tiene que trabajar.
No hay secretos entre nosotros, ni en mi bolsillo en forma de teléfono con cobertura, no hay llamadas pendientes de hacer, no hay ninguna chica en el hospital pesando en mi conciencia mientras abrazo a mi mujer.
Me he abierto en canal y Nancy sabe todo lo que me guardé en su momento, hasta lo peor, y sigue aquí, a mi lado, con la cara iluminada por un fuego que al fin ha aprendido a hacer.
Alargo la mano y le aparto un mechón de pelo de la cara. Ella no se retira, me mira y en sus ojos no puedo leer el vértigo de la otra vez, aquel: «me lanzo al vacío y que sea lo que Dios quiera». Hay otra cosa, algo más profundo, una decisión tomada más despacio, sin prisa, sin huir.
—Los ojos abiertos —murmuro, sin darme cuenta de que lo he dicho en voz alta.
—¿Qué?
—Nada. —Le acaricio la mejilla con el pulgar—. Que esta vez quiero verte bien, nada más.
Nancy, que suele tener una respuesta afilada para todo, no dice nada.
Solo se acerca hacia mí, sin dar un salto hacia delante, no se lanza al vacío, no demuestra la urgencia que da el miedo a echarse atrás en el último momento, sino que me mira despacio, primero a los ojos, después a los labios y después de vuelta a los ojos.
Me está anunciando cuáles son sus intenciones y yo no me hago de rogar.
Me acerco a ella con un hambre voraz, pero sin urgencia.
Es un hambre que sé que voy a saciar, no me quedaré en la superficie como hicimos la última semana, esta vez lo tomaré y lo daré todo a partes iguales, sin miedo.
Porque volvemos a ser uno, como cuando no teníamos nada que esconder, porque hemos empezado de cero, aunque nos conozcamos a fondo.
Los dedos de Nancy se enredan en mi pelo y nuestras bocas colisionan, nos damos un beso tras otro, húmedos, largos, saciantes. No son los besos desesperados de la semana pasada, son mucho más pausados y enloquecedores.
Nos besamos durante mucho rato, nuestros suspiros inundan la sala. No puedo parar de repetir su nombre, de decirle cuánto la amo.
Cuando ya no lo soporto más, introduzco mis manos bajo su jersey y busco sus pechos. No lleva sujetador, suspiro con fuerza antes de sonreír sobre su boca. Ella pone los ojos en blanco.
—Eres tonto, no sé por qué te pone tanto que no lleve ropa interior, nunca me lo he explicado.
—Si no te la has puesto solo quiere decir una cosa —susurro cerca de su oído.
—Llevo sin ella desde que me ayudaste a encender el fuego, si no te has dado cuenta es que estás perdiendo facultades, McGregor.
Nancy me saca el jersey por la cabeza y empieza a darme besos por el pecho y el abdomen, me obliga a tumbarme en el suelo, frente a la chimenea.
—¿A que se está calentito con el fuego que yo he encendido? —Enfatiza el «yo», como una niña orgullosa de su hazaña, parece como si todavía no se creyera que es capaz de hacer algo tan simple, con la cantidad de cosas fabulosas que tiene el talento de hacer.
—Lo que es yo, estoy que ardo —le digo, antes de atraerla sobre mí.
Le sujeto la cabeza con las manos y la beso de nuevo. Me vuelve loco hacerlo. No pararía nunca. Podría quedarme aquí arriba para siempre con ella solo para besarla una y otra vez.
Ruedo sobre nosotros y me coloco encima.
—Te tengo a mi merced.
—No por mucho tiempo, McGregor.
—Ya lo veremos, McGonagall.
Empiezo a rozar mi pubis contra el suyo con movimientos ondulantes mientras le sujeto las manos sobre la cabeza.
Los gemidos que salen de la boca de Nancy hacen que mi ritmo se acelere sin que me dé cuenta.
—Matt, si no paras, harás que me corra sin que me haya quitado la ropa.
—¡Hum! ¿Me estás retando?
No puedo dejar de mirarla, no quiero perderme ni un solo segundo de su placer.
Sus jadeos aumentan y yo empiezo a empujar con más precisión, con más brusquedad. Nancy me muerde el labio inferior a modo de advertencia.
—He dicho que pares.
Elevo las cejas.
—¿No te gusta? —pregunto mientras bajo el ritmo de golpe. No quisiera cagarla en un momento tan frágil de nuestra nueva relación.
—Me gusta demasiado —me contesta con la cara congestionada por el placer.
Esa parece la señal adecuada para que empiece a restregarme por ella como si no hubiera un mañana, no es que no quiera que la ataque de esta manera, es que lo está gozando demasiado.
La beso de nuevo, con más dulzura que en ningún otro momento, mientras imprimo a mis movimientos una velocidad que no es dulce, para nada.
Nancy se libera de mi boca y empieza a repetir mi nombre, lo que para mí resulta música celestial.
En el momento exacto en que Nancy empieza a temblar debajo de mí, me doy cuenta de que estoy tan abocado al orgasmo como ella misma y decido que voy a dejarme llevar.
—Mírame —le pido—. Mírame a los ojos.
Y mientras volamos a la cresta de la ola nos miramos a los ojos y nos apretamos fuerte las manos, gritando nuestros nombres.
Después de quitarnos la ropa sucia, nos quedamos quietos, enredados delante del fuego, con una manta que Nancy ha cogido de encima del sofá echada sobre los dos y el corazón volviendo poco a poco a su ritmo.
Y espero el golpe de arrepentimiento.
Pero este no llega, porque esta vez no hemos empezado la casa por el tejado. Ahora hemos hablado, nos hemos roto y nos hemos recompuesto antes de intentar construir un castillo de naipes con nuestra relación.
Por fin estamos arreglando las cosas, hemos escrito las normas antes de tirarnos a la piscina, no estamos protagonizando una huida hacia delante. Somos dos personas que se lo han dicho todo, hasta lo que más duele, y después han decidido quedarse.
No nos quedan conversaciones pendientes flotando sobre las sábanas, las hemos tenido todas, hasta las peores y, aun así, aquí seguimos.
Nancy tiene la cabeza sobre mi pecho, y noto su respiración volviéndose cada vez más lenta. Sé que no está dormida porque me está dibujando círculos con el dedo en el costado, distraída; es una de esas cosas que hace cuando piensa.
—¿En qué piensas? —le pregunto.
—En que esto no arregla nada —dice, pero lo dice con una voz agradable, no esa cortante que me duele tanto, sino que está casi sonriendo—. Que quede claro. Un revolcón no borra un año de distancia.
—No borra nada. —Le beso el pelo—. Ya lo sé.
—Deja de decir «ya lo sé».
—Vale.
Se ríe flojito contra mi pecho, pero se ríe. Es la primera vez que la oigo reírse de verdad desde la noche del patio, y ese sonido me repara partes que no sabía ni que tenía rotas.
Un revolcón no arregla nada, es cierto.
Aunque ambos estamos aquí, con los ojos abiertos. Sin escondernos nada. Intentando empezar de nuevo de la manera difícil, que resulta ser la única que sirve.
Y esta noche, de nuevo, ninguno de los dos se va a dormir enfadado.