Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Nancy

Han pasado cuatro días desde la noche que Matt me propuso que me quedara. Tengo que decir que no todo ha sido fácil ni bonito.

Si esto fuera una película estaríamos en la parte donde suena la música y todo se arregla de golpe. Pero estamos en la vida real y aquí la cosa no funciona igual. Aquí llevamos cuatro días juntos otra vez y la mayor parte del tiempo se nos da fatal.

Nos movemos por la cabaña, porque Matt se ha trasladado aquí a vivir conmigo como quien no quiere la cosa, con el cuidado de dos personas que caminan sobre hielo fino.

Tenemos un amplio repertorio de silencios raros, momentos en que Matt va a decir algo, se lo piensa y después se calla.

Es ahí cuando veo el esfuerzo que hace para no volver a las andadas, no intenta protegerme de lo que le parece incómodo, me cuenta lo que le pasa por esa cabecita suya, aunque sepa que no me va a gustar.

Hay otros momentos en los que soy yo la que noto el impulso de largarme, de coger la puerta y poner veinte metros de por medio en cuanto la conversación se acerca a algo que duele.

Tengo que agarrarme a la silla y obligarme a quedarme, porque huir es lo que sé hacer y lo que no puedo volver a permitirme.

Es una situación incómoda, lenta y, como ya se veía venir, estamos todo el tiempo a pico y pala.

La diferencia principal con la semana pasada, a la que me ha dado por llamar «semana feliz», es que la otra fluía y esta, por el contrario, va a trancas y barrancas. La otra era confortable, cálida, perfecta, y yo me creí que la reconciliación podía ser fácil de verdad.

Ahora sé que fluía porque los dos estábamos tan ocupados en no romper la burbuja que ni nos atrevíamos a rozarnos las heridas.

Esto de ahora no fluye, cuesta un huevo, y precisamente por eso es más creíble.

La tercera tarde, por ejemplo, decido que ya está bien de depender de Matt para que encienda la chimenea, que tengo que aprender de una maldita vez. No puede ser que me aventaje en cosas tan sencillas como hacer la comida o prender un puñetero fuego.

Así que, cuando sale un momento hacia su cabaña a por unos libros, me planto delante de la chimenea apagada con la caja de cerillas en la mano y toda la determinación que tengo en mi haber —que es muchísima—, y me dispongo a luchar con los troncos hasta que entren en llamas.

Un cuarto de hora más tarde, cuando Matt regresa, me encuentra en cuclillas delante de un montón de leña apagada, rodeada de una infinidad de cerillas y papeles quemados, con la cara tiznada de hollín y un humor de perros.

—¿Qué haces? —pregunta, con una cara de estar aguantándose la risa que me entran ganas de borrársela de un guantazo.

—¿A ti qué te parece? Estoy intentando encender el fuego.

—Veo que lo tienes todo bajo control.

Lo miro con los ojos entrecerrados, seguro que con las chispas que estoy echando podría encender los troncos sin cerillas, pero ni eso se me da bien.

—Cállate —digo, en cambio, en un intento por salvaguardar mi dignidad.

Matt se acerca, se agacha a mi lado y comete el error de alargar la mano hacia las cerillas, hacia mi territorio, con esa condescendencia que me saca de mis casillas.

—Deja que te…

—Ni se te ocurra. —Le aparto la mano de un manotazo—. Este fuego es mío. Lo voy a hacer yo, aunque me lleve toda la noche. Y tú te vas a estar ahí calladito, viendo lo bien que lo hago.

—Estaré encantado de que me ilustres.

Enciendo la enésima cerilla, la acerco al tronco más gordo, la cerilla arde hasta que me quema los dedos.

—¡ Mecagoentodo ya!

Matt no dice nada, pero suelta un ruidito pequeño por la nariz, que es lo más parecido a una carcajada contenida que le he escuchado en estos días.

—¿Te hace gracia?

—Muchísima —admite—. Nancy, cariño, no puedes prenderle fuego a un tronco tan gordo con una cerilla. No se hace así, necesitas… —Se muerde el labio—. ¿En serio que aún no sabes eso?

—Si lo supiera, no estaría aquí achicharrándome los dedos, genio.

Entonces hace algo que no esperaba. En lugar de quitarme las cerillas y hacerlo él, que es lo que ha hecho siempre, se coloca detrás de mí. Me rodea con los brazos, pero no para abrazarme, si no que pone sus manos sobre las mías y, con una paciencia infinita, empieza a guiarme.

Coloca conmigo las ramitas pequeñas primero, el papel debajo, la leña fina formando una pirámide, el tronco gordo al final del montón.

—Primero se colocan las ramitas pequeñas —murmura, su aliento me roza la oreja y me cuesta horrores concentrarme en la dichosa hoguera—. Lo que prende con más facilidad. Encima, poco a poco, lo que cuesta más de encender. Si empiezas por lo más grande no arrancará nunca. Hay que ir de menos a más.

—Muy poético todo —contesto con tono irónico.

—No es poesía, es física —pero lo dice sonriendo, se lo noto en la voz—, ahora ya puedes acercar la cerilla. Al papel, no al tronco. Ahí, muy bien.

Cuando acerco la cerilla, una llama pequeña lame las ramitas, sube a la leña fina y va creciendo. ¡Fuego, fuego! Lo he hecho yo, por primera vez en mi vida a los casi treinta.

Me quedo mirándolo como si fuera un milagro.

—Al fin lo he hecho —digo como una tonta—. He hecho fuego.

—Lo has hecho tú. —Matt no se ha movido de mi espalda, sus manos aún reposan sobre las mías—. Yo solo he mirado.

—¡Y una mierda has mirado! Me has llevado las manos como si fuera una cría de cinco años.

—Te he enseñado, que no es lo mismo —lo dice con una suavidad que me desarma—. Ahora que ya sabes, la próxima vez lo harás tú sola.

Esas palabras empiezan a dar vueltas en mi cabeza mientras miro las llamas extenderse por el tronco más grueso, el que hemos puesto encima del todo, y me doy cuenta de que son verdad.

Que después de casi treinta años de ser la única McGonagall incapaz de encender un fuego, al fin, he aprendido.

Que si alguno de mis hermanos, o mis primos, vuelve a meterse conmigo por no saber hacer fuego, voy a poder mirarlo por encima del hombro y decir: «sé hacerlo perfectamente, gracias. Mi marido me enseñó».

Por un segundo, mirando esa llama que hemos encendido juntos, con sus brazos alrededor de los míos, se me olvida que estamos rotos, se me olvida el patio y el teléfono y todo lo demás.

Solo existe el fuego, sus manos y el hecho absurdo y enorme de que después de todo lo que nos hemos hecho todavía sepamos estar así.

Dura poco. Me acuerdo enseguida de que no le he perdonado todavía, de que no puedo dejarme llevar como si no hubiera pasado nada.

Me separo un poco. Matt lo nota y me suelta las manos sin decir nada.

Pero el fuego se queda encendido.

Y algo, no sé muy bien qué, empieza a encenderse también dentro de mí, muy despacio, de menos a más, como me acaba de enseñar Matt.

La cuarta noche, estamos sentados delante de la chimenea, calentitos gracias a mí —algo que no paro de recordarle a Matt—, cada uno con una copa de vino, en silencio. Es un silencio agradable, de los que se disfrutan, no de los que separan.

De repente, me levanto, sin decir nada, y voy al cajón donde está guardado el cuaderno rojo.

Matt me sigue con la mirada, intrigado y, cuando ve lo que tengo en la mano, abre mucho los ojos.

—¿Y ahora qué quieres hacer? —pregunta.

—Trae un boli.

—Nancy…

—Un boli, McGregor. No me hagas repetirlo, que sabes que no me gusta nada.

Se levanta y obedece en silencio. Después se sienta a mi lado en el suelo, delante del fuego, con el cuaderno rojo entre los dos.

Lo abro y ahí está toda nuestra vida. Las normas absurdas de cuando teníamos nueve años, las de cuando habíamos cumplido veinte, la letra que cambia con los años, las tonterías, las más serias. La cuarenta y dos, la de Seattle. La cuarenta y tres.

«Nunca irse a dormir enfadados».

La miro un rato. Esa norma que rompimos los dos, cada uno en su lado de la casa, la que nos costó nuestro matrimonio.

—Pensé en empezar un cuaderno nuevo —digo, sin mirar a Matt—. Comprar uno en blanco y empezar de cero, como si este año no hubiera existido. Y luego pensé que sería otra mentira. Otra forma de fingir que no nos hemos hecho el daño que nos hemos hecho.

—Nancy.

—Cállate, que estoy pensando qué vamos a poner.

Paso las páginas hasta la primera que está en blanco y escribo:

«Normas de la segunda vez».

Matt lee por encima de mi hombro y no dice nada, aunque noto que ha dejado de respirar.

Norma uno —digo en voz alta mientras la escribo—: «Prohibido ocultar información para “proteger” al otro. Nada de decidir tú solo lo que el otro puede soportar. Si hay algo que contar, se cuenta, aunque sea incómodo, aunque dé miedo».

Matt traga saliva.

—Esa es para mí —dice bajito.

—Exacto. —Sigo escribiendo—. Norma dos: «Prohibido cerrarse y preferir tener razón antes que cruzar el pasillo. Cuando nos hagamos daño, nos lo decimos en voz alta, en vez de levantar el muro y quedarse en el propio lado esperando que ceda el otro».

—Esa es para ti —dice él.

—Esa es para mí. —Y me tiembla un poco la mano, pero sigo—. Norma tres: «Cuando uno de los dos diga que algo es cierto, el otro se lo cree. Sin pruebas, sin necesidad de subir a una ladera a comprobarlo. Porque, si no podemos creer el uno en el otro sin un periódico de por medio, no tenemos nada».

Matt cierra los ojos y cuando los abre los tiene húmedos.

—Esta es la más difícil, te dije que necesitaría tiempo.

—Y te lo voy a dar, pero lo vamos escribiendo y así ya la tenemos.

—Le guiño un ojo—. Y la última. Vamos a mantener la cuarenta y tres, pero le vamos a dar un giro.

Norma cuatro: «Nunca nos iremos a dormir enfadados, pero ahora sabemos lo que significa.

No es fingir que no pasa nada para poder dormir.

Es que, pase lo que pase y por tarde que sea, uno de los dos cruza el pasillo. El que sea, pero el pasillo se cruza».

Suelto el bolígrafo y me quedo mirando lo que he escrito, cuatro normas nuevas después de las de toda una vida.

De repente me da un poco de vergüenza, porque normalmente yo no soy así de ñoña. Yo soy más de tecnicismos y de encontrar defectos de forma, lo de escribir mis sentimientos en un cuaderno delante del fuego como una adolescente, no va conmigo.

—Ya está. —Cierro el cuaderno de golpe—. No me mires así.

Porque Matt me está mirando como si yo acabara de hacer la cosa más increíble del mundo, cuando lo único que he hecho es escribir cuatro frases en un cuaderno viejo.

—¿Sabes lo que significa que hayas escrito esas normas? —me pregunta.

—Significa que me he vuelto una blanda y que no se lo vas a contar a nadie, McGregor, o te pongo una demanda de tres pares de co… Narices.

—Significa que te quedas. —Su voz sale ronca—. Significa que lo vamos a intentar de verdad.

Y no le contesto, porque no hace falta. Escribir «la segunda vez» en un cuaderno donde está toda nuestra primera vez tiene que bastar como respuesta.

Matt me coge la mano, despacio, con cuidado todavía, porque los dos seguimos caminando sobre hielo fino y lo sabemos.

—No sé si va a ser fácil. —No me sale como una amenaza ni tampoco estoy intentando defenderme, lo expreso así porque lo pienso de verdad—.

De aquí en adelante no va a ser fácil, Matt.

Hemos roto nuestra relación a lo bestia.

A lo mejor tardamos años en arreglarlo. A lo mejor no lo arreglamos del todo nunca.

—Nunca me gustó lo fácil —contesta él.

Y, aunque todavía no estoy para reírme, algo dentro de mí, algo pequeño, terco y muy antiguo, supongo que lo mismo que me hizo cruzar el patio, decide que, a lo mejor, solo a lo mejor, esta vez sí.