Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Matt

Mientras iba bajando de la ladera he pensado en un millón de maneras diferentes de pedirle disculpas a Nancy y la única conclusión, a la que he conseguido llegar, ha sido que no me va a perdonar en la vida.

Es en lo único que puedo pensar mientras atravieso el patio en dirección a su casa con la cabeza gacha. Sí, he descubierto la verdad, pero esa verdad no va a devolverme al amor de mi vida.

Uno no puede pasarse un año llamando miserable a una persona, rematando la jugada diciendo que todo lo que sale por su boca es «muy oportuno» y después esperar que un titular en el periódico arregle lo que tú mismo has roto en mil pedazos.

Sé que no me perdonará, pero le debo una disculpa. Decirle que ella tenía razón, que he sido lo suficientemente desagradable para tres vidas y que no quiero ser más cobarde.

No tengo ningún discurso preparado, sé que no me servirá de nada. Solo tengo la cruda verdad, y la certeza de que, con eso, no va a ser suficiente. Pero prefiero ese poco a quedarme callado, como la última noche en Anchorage. No, por ahí sí que no pienso pasar de nuevo. No nos lo merecemos.

Si no me perdona, voy a luchar, o al menos voy a intentarlo, aunque, en el fondo, no me hago ilusiones. Nancy es mucha Nancy y sé bien lo ofendida que tiene que estar.

Levanto la cabeza hacia su cabaña y me encuentro con mi exmujer en mitad del patio, sin abrigo, con cara de frío, pero con la resolución escrita en la cara.

«Mierda, McGregor, esto pinta mal, pero que muy mal», me digo.

Nos paramos a dos metros el uno del otro. Intento hablar yo primero:

—Nancy…

—No —me corta—. Solo he venido a decir una cosa y después me largo. No hace falta ni que me contestes.

—Pero es que yo… —No puedo perder la oportunidad de hablar antes que ella, si lo hago, estoy perdido, pero perdido del todo.

—He dicho que me dejes hablar, Matt.

Al final me callo, porque es lo único que puedo darle ahora mismo, mi silencio. Aunque me pese como una losa, si eso es lo que me pide, se lo voy a conceder.

Por un instante veo cómo mi cesión la descoloca, Nancy sabe que no me callo ni debajo del agua, que cuando quiero decir algo, nada me detiene, así que mi respeto hacia ella, al menos, abre un pequeño resquicio en su desconfianza.

O quizás no, a lo mejor la pone más en guardia porque las palabras que salen a continuación de su boca me sacuden como si me hubiera dado una descarga eléctrica:

—Me marcho mañana. Voy a abandonar las Salt Mountains para no volver, jamás.

Pero no quería irme como la última vez, sin mirarte a la cara.

Dejando que el rencor tuviera la última palabra.

Así que he venido a despedirme como es debido, a decirte que, a pesar de todo, aún te quiero.

Te quiero con el corazón, pero la cabeza no me da más de sí.

Esto no funciona, Matt, y tenemos que ser conscientes de ello.

—después añade tan flojito que no llego a saber si lo ha dicho o solo me lo he imaginado—: El hada de los cojones es una aprendiz a nuestro lado.

O no ha existido nunca, que es lo más probable.

—Era inocente —suelto cuando ya se está dando la vuelta para meterse en la cabaña.

Nancy se queda muy quieta, a medio volverse, y me mira con los ojos entrecerrados.

—Lo sé, lo he comprobado. He subido a la ladera y lo he buscado —digo deprisa, antes de que me deje plantado en medio de las dos cabañas, con la palabra en la boca—. Todo lo que me has dicho esta mañana es cierto. Detuvieron al culpable, confesó. Tenías razón, la tenías desde el principio y yo…

Saco el teléfono y se lo tiendo. En la pantalla puede verse la última noticia que he abierto y en la que puede leerse lo que ella me ha contado antes, cuando hemos discutido. Es lo único que tengo para demostrar que por fin la creo.

—Mira, está aquí. Lo pone bien claro.

Nancy observa el teléfono durante una milésima de segundo y después me aparta la mano, como si le diera asco.

—No necesito leer nada de esta bazofia sensacionalista. No quiero verlo.

—Pero es la prueba de que…

—Esa es la cuestión —me corta, a voz en cuello—.

¡Que necesitas una prueba! Que has tenido que ir a buscar cobertura para verificar lo que yo te había contado.

Que vienes a enseñarme el puto teléfono.

Yo nunca te pedí pruebas, solo te pedí que me creyeras.

A mí, a tu mujer. Sin necesidad de titulares ni de confesiones.

Solo pretendía que mi palabra fuera suficiente para ti.

Y eso no pudiste dármelo, ni siquiera esta mañana.

Me has acusado de que era «muy oportuno», ¡Matt, por Dios!

—Lo sé.

—Al final has creído lo que yo te he contado porque lo has corroborado con una noticia en un periódico.

—Le tiembla la voz, pero no cede—. Si el verdadero culpable no llega a confesar, tú seguirías pensando que soy una miserable que sacó a un monstruo de la cárcel por un defecto de forma, por pura vanidad. ¡Dime que no es cierto!

Y no puedo rebatirlo, porque tiene toda la razón.

—No puedo decirte que no —admito.

—¿Lo ves?

—Pero…

—No hay peros que valgan. —Se abraza a sí misma.

Está tiritando y me gustaría tanto ser yo quien la abrazara, pero sé que ahora mismo no es el momento—.

Ese es el problema, Matt, y no lo arregla un teléfono con cobertura.

Tú necesitas ver las cosas para creerlas, tocarlas con las manos.

Y yo necesitaba… necesito, un hombre que me crea a mí, sin más.

Pero, mira por dónde, resulta que tú eres incapaz.

Así que, ya está, hasta aquí hemos llegado.

Ya lo hemos dicho todo. Me has traído la prueba que necesitabas, muy bien, gracias.

Ahora sabes que no mentí. Pero esto no nos devuelve nada, lo que se rompió entre nosotros no fue por el caso, al menos, no por mi parte, lo que me mató fue tu falta de confianza.

Se da la vuelta para marcharse y a mí se me hiela el alma, y no es por el frío de la montaña.

Así que hago lo único que no he hecho durante todo este tiempo, no sé si funcionará, pero es lo que me nace hacer en estos instantes y es lo más justo.

—Tienes razón —digo.

Nancy se queda clavada en el sitio. No se vuelve para mirarme, pero al menos no me deja solo en el patio.

—Tienes razón en todo —me aventuro a continuar.

Me guardo el teléfono en el bolsillo porque, al fin, he entendido que es parte del problema y no la solución—.

Te he creído porque he leído el titular, es cierto.

Y eso es lo peor que he hecho. Es aún más rastrero que haberte dicho «qué oportuno», más que quedarme en la habitación en Anchorage esperando a que vinieras tú a disculparte.

Porque significa que, después de toda una vida queriéndote, después de casarme contigo, de presumir de conocerte mejor que a mí mismo, no he sido capaz de hacer la única cosa que me pediste: fiarme de ti. Sin pruebas, solo porque eras tú.

Nancy me escucha sin moverse, sin mirarme a la cara, pero, al menos, me escucha. Lo sé porque se ha puesto rígida.

—No voy a prometerte que a partir de mañana seré otro.

—Sigo, con el corazón sobre la mano—. No puedo mentir y decir que voy a cambiar de la noche a la mañana, Nancy, tú me conoces mejor que nadie y sabes que necesito ver las cosas, que me obsesiono con lo que tengo delante.

Que no supe levantar la vista de mi paciente para confiar en ti.

Eso no lo puedo cambiar en una tarde. A lo mejor ni siquiera puedo cambiarlo nunca del todo.

Lo único que puedo decir es que ahora me he dado cuenta de que hago eso mal, fatal.

Antes ni sabía que tenía este fallo. Ahora que lo sé, puedo intentar cambiar o puedo intentar fallar menos.

Al fin, Nancy se gira para encararme. Tiene la cara empapada de lágrimas y los labios morados por el frío. Me evalúa como si yo fuera un testigo hostil y estuviera buscando una grieta por donde mi historia pudiera desmoronarse.

—Eso es muy fácil de decir ahora que la prensa te ha dado la razón —argumenta—.

Ahora que no te cuesta nada creerme, vienes aquí y me cuentas que has aprendido la lección.

¿Y si el culpable no hubiera aparecido, Matt?

¿Estarías ante mí, en la nieve, confesando todo esto?

¿O seguirías pensando que soy una mentirosa?

—No lo sé. —Esa pregunta no tenía una respuesta cómoda, pero es lo más honesto que puedo contestarle ahora mismo—.

Ojalá pudiera decirte que sí, que habría venido en tu busca igualmente, que te habría creído solo por lo mucho que te quiero.

Pero no lo sé, Nancy, a lo mejor no. Sé que esta es la peor respuesta que puedo darte, aunque es la más sincera.

Nancy clava sus ojos en los míos durante un rato muy largo. Sé que está evaluándome, sé que mis argumentos no le bastan, porque también soy muy consciente de lo mucho que la he cagado.

—¿Y qué me garantiza a mí que no vamos a repetir el mismo error por tercera vez?

—La voz le sale muy cansada, lo que me sienta peor que cuando ha estado gritándome—.

Porque esta semana pasada hemos vuelto a estar juntos.

Nos hemos acostado, nos hemos reído, hemos dormido abrazados y yo me he creído el «quizás» como una idiota.

Y mira cómo hemos terminado: en este patio, congelándome porque se me ha olvidado coger un abrigo, oyendo cómo dices que me crees porque has leído, lo que yo ya te había dicho, en un periódico.

¿Quién me asegura que dentro de seis meses o un año no va a aparecer otro caso en el que tengas que elegir entre lo que ves y lo que yo te digo y vuelvas a elegir lo que ves?

—Nadie —afirmo.

Nancy parpadea, incrédula, porque estoy seguro de que no esperaba esta respuesta.

—¿Nadie?

—Nadie te lo garantiza. —Doy un paso hacia ella y me quedo ahí, sin invadir su espacio—.

No puedo garantizarte nada, Nancy. Y si te dijera que sí, que lo hago, que nunca más voy a tropezar con la misma piedra, estaría fallándote otra vez.

Te estaría contando lo que quieres oír para que me perdones, para arreglar lo nuestro esta noche.

Y, como tú has dicho, ya nos hemos hecho bastante daño.

No hay garantía. Lo único que puedo decirte es que lo puedo intentar.

Es una mierda de oferta, ya lo sé, pero no tengo nada más.

—Es una mierda de oferta —confirma ella.

—La peor. Pero es de verdad, y prefiero ofrecerte una mierda de verdad que un cuento bonito, que ya sabemos que no nos ha funcionado.

El viento nos azota y nos hace temblar, recordándonos lo idiotas que somos, pelándonos de frío aquí afuera, teniendo dos chimeneas encendidas a menos de veinte metros.

—No te voy a perdonar, al menos hoy —dice, al fin.

—Ya lo sé.

—No has confiado en mí y eso me duele, mucho. No puedo perdonarte porque te hayas disculpado en la nieve y prometas intentarlo. Para arreglar una confianza rota hace falta mucho trabajo, pico pala, durante más tiempo del que crees.

—Ya lo sé.

—Deja de decir «ya lo sé».

—Vale.

Entonces veo cómo algo se mueve en su cara, no es una sonrisa, ni de lejos, pero es algo. Una grieta pequeñísima en el muro, solo para que pase un hilo finísimo de luz.

—No te vayas mañana —le digo, con el corazón en un puño. No me atrevo a pedírselo, no estoy en posición de pedir nada—. No te pido que me perdones, no te pido nada de nada, solo que no bajes. Quédate y ya veremos.

Nancy se abraza a sí misma, está temblando, mira hacia mi cabaña, después hacia la suya.

—Me estoy helando —dice.

—Ya lo… —me interrumpo a tiempo—, lo sé, perdón.

Y ella, sin mirarme, sin prometerme nada, sin perdonarme, hace lo único que en este momento, para mí, significa más que cualquier otra cosa.

—Entra a calentarte, anda. —Y echa a andar hacia su cabaña—. Pero no cantes victoria, McGregor. Esto no significa nada.

—No significa nada —repito mientras la sigo por la nieve a dos pasos de distancia, sin tocarla y con el corazón latiéndome como un tambor en el pecho.

No significa nada, pero igual no baja mañana y, esta noche, ninguno de los dos se va a ir a dormir enfadado.