CAPÍTULO 23
Nancy
Me quedo mucho rato de pie, escuchando, primero, los pasos de Matt alejarse por el patio entre las dos cabañas, el silencio de las Salt Mountains, después.
Ese silencio que cuando llegué me parecía insoportable y al que ahora me he acostumbrado y, comparado con el ruido de mi cabeza, me parece música celestial.
Durante un rato, ilusa de mí, pienso que Matt volverá y me pedirá disculpas, pero pasan los minutos y él no regresa.
Así que aquí sigo, me estoy derrumbando por dentro y a mi alrededor la vida no se detiene, el fuego sigue crepitando, como si aquí no hubiera pasado nada, como si hace media hora no se me hubiera roto la vida por segunda vez en un año.
Me voy al baño y me lavo la cara con agua fría. Después me pongo a organizarlo todo para mi regreso a Anchorage. Ya no tengo nada más que hacer aquí.
Mañana a primera hora bajaré de las Salt Mountains y no pienso volver a subir, jamás. La abuela, su conspiración, Ailithéa, sus bendiciones y todo lo que conlleva para los demás, porque no para mí, se pueden ir a tomar viento fresco. Y Matt McGregor el primero de todos.
Se ha tirado un año entero creyendo que soy una miserable y cuando le cuento la verdad, se la digo con el corazón en la mano, llorando como nunca me ha visto hacerlo, en los casi treinta años que hace que nos conocemos, va y me dice que: «es todo muy oportuno», ¡será mamón!
Meto la ropa en la maleta con rabia, casi sin doblarla. No me pongo a gritar como una histérica porque no me quedan fuerzas, pero quizás eso sería lo más liberador.
De repente, la prenda que tengo en las manos me hace parar en seco. Es un jersey, uno verde que me viene enorme y que no es mío. Es el de Matt, el que me quedé el primer día que nos volvimos a acostar.
Lo miro durante un rato y me doy cuenta de algo.
Ya he pasado por esto. Ya me fui a dormir enfadada por orgullosa. Ya fui yo la que no cruzó el pasillo esperando que fuera él quien viniera a mí.
«Pero es él quien no confía, te lo ha dicho bien claro», me recuerdo. «Sí, pero has sido tú la que lo has echado», me reprocho. «Faltaría más, con lo que te ha dicho».
No, esta vez no es igual, no me hago ilusiones. Lo nuestro está roto del todo. Matt no confía en mí. Sigue sin hacerlo, aun cuando me he abierto en canal.
«Pero eso no significa que tengáis que separaros enfadados como la última vez. Le amas, y, aunque no te guste, el amor no se te va a pasar de la noche a la mañana. No tienes por qué separarte de él con el mismo dolor con que lo hiciste cuando os divorciasteis».
Una idea se va abriendo paso en mi cabeza.
Tengo que cruzar ese patio y hablar con Matt, no para hacer las paces, eso es del todo imposible.
La confianza es la base de cualquier relación y si él no confía en mí, no hay relación posible.
Sino para decirle que lo nuestro ha acabado, que me voy, pero que no quiero que el orgullo nos haga enemigos como la última vez.
Nuestras familias están demasiado relacionadas, tendremos que vernos en más de una ocasión, y no quiero que ninguno de los dos tenga que dejar de hacer las cosas que le gustan solo por no toparse con el otro.
Voy a despedirme de él. Sí, eso es lo que haré.
En honor a la norma cuarenta y tres me parece lo más justo.
Y porque llevo todos estos meses sabiendo que, pasara lo que pasara entre nosotros, esa forma de terminar —sin mirarnos, sin una palabra amable, cada uno apagándose en su rincón—, fue lo más indigno que he hecho en mi vida.
No pienso repetirlo.
Voy a cruzar el patio, voy a mirar a Matt a la cara y voy a decirle que se acabó, pero que no me voy enfadada, sino que le deseo lo mejor.
Voy a despedirme bien de la única persona a la que he amado por encima de todas las cosas y después me iré.
Eso es lo que voy a hacer, no por él, no por mí, no por coleccionar otra noche de la que arrepentirme durante el resto de mi vida, sino porque se lo debo, nos lo debo.
Suelto el jersey sobre la cama, sin doblar, y, antes de que la parte cobarde de mí me convenza de que es más fácil irse sin decir ni pío, salgo de la cabaña.
El frío me golpea la cara. El cielo se está poniendo del color violeta que tienen los atardeceres aquí arriba, el que la primera semana miraba encandilada y ahora hasta me da rabia.
La nieve entre las dos cabañas está pisoteada y sucia, de tantas idas y venidas, como si fuera un reflejo de lo que queda entre Matt y yo.
Cruzo, por primera vez en mi vida, no para discutir, ni para pasar un buen rato, ni para recuperar nada. Cruzo para cerrar bien una puerta que ha quedado entrecerrada hace un rato.
No lo hago porque me quede alguna esperanza, esa ya ha muerto. Lo hago por dignidad. Porque prefiero despedirme de Matt mirándolo a los ojos que marcharme de las Salt Mountains como lo hice de nuestro piso: en silencio, dándole la espalda, dejando que el rencor tuviese la última palabra.
Estoy en mitad del patio, con la cabeza llena de las palabras que le voy a decir —algo que sea digno, breve, una despedida—, cuando levanto la vista.
Matt se está dirigiendo hacia mí. Viene de la ladera, lleva el abrigo mal puesto y las botas llenas de nieve, está de camino a mi cabaña con la misma prisa con la que yo voy hacia la suya.
Nos paramos en seco a dos metros el uno del otro.
Algo no me cuadra porque el Matt que tengo delante no es el que se ha marchado de mi lado hace apenas una hora. Tiene la cara descompuesta, los ojos rojos e hinchados como si hubiese estado llorando y me mira de una manera muy extraña. Jamás me había mirado así. Lo hace como si le doliera verme.
—Nancy…
—No —le corto, porque ya he preparado el discurso mientras se acercaba y si le dejo hablar estoy perdida—. Solo he venido a decirte una cosa y después me largo. No hace falta ni que me contestes.
—Pero es que yo…
—He dicho que me dejes hablar, Matt.
Me obedece, y eso me deja muerta, porque normalmente no se calla ni debajo del agua. El Matt que yo conozco no deja de decir lo que sea solo porque yo se lo ordene.
Trago saliva. Estoy helada, porque he salido tan deprisa de casa que no he cogido ni abrigo.
«Venga, díselo, dile que lo amas, pero que eso no basta.
Que por dos veces no ha creído en ti, pero que no vienes a reprochárselo, sino a decirle que sobre esa base no podéis construir una relación de confianza.
Que le deseas lo mejor, que le quieres y que por eso quieres despedirte de él de una forma civilizada», pero no lo hago.
Porque vuelvo a fijarme en sus ojos, ¿por qué ha llorado? ¿Por qué le tiembla la barbilla? Y ¿por qué cojones tiene el teléfono en la mano?
Entonces, un desconcierto enorme, del tamaño de toda la ladera oeste, se abre paso en mi cabeza, antes de que yo le dé permiso.