CAPÍTULO 22
Matt
«No voy a mirar el teléfono para buscar esa información».
Esa es la cantinela que me repito una y otra vez cuando entro en la cabaña con el «vete, Matt» de Nancy aún resonando en mis oídos y clavado en mi alma.
No voy a mirarlo porque no hay nada que mirar.
Nancy ha construido la coartada más perfecta de su vida y eso que le he visto pergeñar unas cuantas. No pienso caer en su trampa.
Me construyo un dique de contención con esa idea. Por el momento aguanta, solo necesito que resista lo suficiente, que no se creen grietas en las paredes.
Nancy es la mejor abogada que conozco, se gana la vida haciendo que lo increíble suene razonable, que lo imposible tenga sentido. Es capaz de hacer que un jurado entero cambie de opinión con solo escuchar sus razonamientos.
Ha tenido un montón de tiempo para pulir una historia capaz de dejarme sin argumentos: que su cliente era inocente, que ella lo sabía, pero que no podía contármelo, que lo único que me pedía era que tuviera fe en ella.
Una historia sin fisuras, la clase de relato que no se puede desmontar porque está construido sobre pilares que no se pueden comprobar empíricamente.
Salvo que ha dicho algo que sí podría averiguar ahora mismo si quisiera: «Es público, lo sabe media Anchorage».
Ahí es donde el muro de contención empieza a resquebrajarse.
Abro la nevera, la vuelvo a cerrar, la vuelvo a abrir. Saco una cerveza, la dejo en la encimera y ni siquiera la destapo. Doy vueltas por la cabaña como un animal enjaulado.
«Es público, es público, es público».
—Maldita sea.
Si el veredicto es algo público, no puede ser una coartada que Nancy ha montado solo para torturarme.
Las coartadas se sostienen precisamente porque se pueden verificar, porque no dependen de la palabra dada.
Nancy lo sabe mejor que nadie, nunca basaría una mentira en algo que yo puedo buscar en las noticias, no ahora que sabe que tengo un teléfono con acceso a internet.
«¿Y si no es una mentira, McGregor?», me pregunto. «Eso sería mucho peor».
Saco el móvil del bolsillo, sigue encendido, aunque está sin cobertura, claro. Me lo quedo mirando mucho más rato del razonable, porque me acabo de dar cuenta de que no es que no pueda verificar la información que me ha dado Nancy, es que no quiero.
Porque empiezo a estar acojonado, pero acojonado de verdad.
¿Y si no tengo razón? ¿Y si Nancy no me ha estado mintiendo?
Si ella dice la verdad, yo la he cagado mucho. La he estado cagando durante un año entero, más, mucho más.
Eso es lo que me hace tener un miedo espantoso, porque, si no lo tuviera, cogería el teléfono, subiría a la ladera oeste, comprobaría que Nancy me ha mentido y bajaría a restregarle la verdad por la cara.
Al fin me pongo el abrigo y salgo de la cabaña. Subo a la ladera oeste en busca de cobertura, con el corazón latiéndome a toda prisa en el pecho y retumbándome en los oídos.
Cuando pillo cobertura no marco un número de teléfono, sino que escribo un nombre, el suyo, el del monstruo.
Los titulares inundan la pantalla.
Los más antiguos cuentan la historia que ya me sé: que salió de la cárcel hace un año por un defecto de forma, por una prueba mal obtenida. Eso es lo que me llevó al divorcio y lo que se vino conmigo a las Salt Mountains. Ese monstruo estaba en la calle gracias al saber hacer de mi mujer.
Pero después de esos titulares antiguos vienen otros nuevos, de hace apenas dos meses, de cuando yo ya estaba aquí arriba, soportando a otros McGonagall que no se habían divorciado de mí.
Y esos lo cambian todo. Detuvieron a otro hombre. Un nombre que yo no había oído en mi vida, uno que, por lo visto, confesó haberlo hecho, con pelos y señales, y no solo a mi paciente, sino también a otras. Hacía un tiempo que la policía andaba tras él. Hay pruebas que esta vez encajan de verdad.
El hombre al que Nancy defendió no se libró por un tecnicismo, o no fue exactamente por eso. Ese hombre, al que yo he estado llamando monstruo todo este tiempo, era inocente. Y ahora hay un culpable entre rejas que lo demuestra.
Nancy me lo ha dicho, con la cara llena de lágrimas, con la voz cansada de tanto luchar por lo nuestro, y a mí solo se me ha ocurrido contestarle que me parecía todo «muy oportuno».
Las piernas me ceden y caigo de rodillas en la nieve.
Soy lo peor. Hasta que no he visto la verdad escrita en una pantalla brillando en medio de la nada no he sido capaz de creer.
Nancy tenía razón, desde el principio, y yo no quise confiar en ella.
La última noche, en el comedor, cuando la miré desde la puerta, decidí que la mujer con la que me había casado se había convertido en alguien capaz de defender a un monstruo por vanidad. Y no era eso lo que hacía, sino que estaba salvando a un inocente.
Esa noche, mientras yo la miraba con desprecio desde la puerta, Nancy hacía lo más difícil, lo más valiente que se puede hacer en su oficio: defender a un hombre que todo el mundo considera culpable, sola, a contracorriente. Sin poder contarle a nadie la verdad. Y mucho menos a mí.
Y yo no la creí. Ni entonces ni esta mañana. He traicionado su confianza dos veces.
Me tapo la cara con las manos heladas y me pongo a llorar.
Me quedo mucho rato en la misma posición, no puedo moverme.
Llevo un año contándome una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Yo era el héroe, el médico que salva vidas y vuelve a casa en busca de calor. ¿Y Nancy? Nancy era la villana, una mujer fría que anteponía sus principios y sus clientes a su marido.
Y mira por dónde, resulta que nada de lo que yo me explicaba a mí mismo era verdad.
Resulta que el que no sabía querer bien era yo. Resulta que Nancy fue la única que, en medio de todo este desastre, hizo algo de lo que se puede sentir totalmente orgullosa.
Solo me pidió una cosa: que confiara en ella, porque me quería y porque se suponía que yo la quería a ella. Yo que presumo de salvar a desconocidos, no supe salvar nuestra relación.
Ella salvó a un inocente y yo la condené por hacerlo.
Me levanto cuando el cielo ya está adquiriendo el tono violáceo del atardecer y, por primera vez, emprendo el regreso a casa despacio. Estoy helado, pero no siento el frío, porque tengo un propósito.
Ya no tengo un relato cómodo detrás del que esconderme, la rabia que cobijo es contra mí. Porque ahora sé toda la verdad.
Y la verdad es que le debo a Nancy McGonagall una disculpa tan grande que no sé si existen palabras en el mundo para formularla.
Pero pienso encontrarlas, aunque me lleve el resto de mi vida.