CAPÍTULO 21
Nancy
Entro en la cabaña y cierro la puerta. Me quedo con la espalda pegada a la madera, como si necesitara algo firme detrás de mí para no caerme.
Del otro lado, solo oigo el silencio de Matt. No se va, puedo notar su presencia en el porche, nos separa la lámina de pino de la puerta y muchos meses de autosabotaje.
No puedo parar de llorar, joder, con lo que me cuesta ponerme, ahora no puedo evitar que las lágrimas rueden por mi cara como si fueran un torrente. Me aprieto la mano contra la boca para que Matt no me oiga, con lo rota que estoy y aún no me doy permiso para que él se dé cuenta.
Porque, de todo lo que ha dicho Matt en este rato, lo que peor me ha sentado no ha sido su crueldad, que no se ha ahorrado ni una gota.
Es que se cree a pies juntillas cada una de las palabras que ha pronunciado.
La versión de la mujer que ni levantó la cabeza, la de la esposa de hielo que prefirió unos papeles antes que a un marido destrozado.
Lleva todos estos meses contándose esa historia, la tiene tan pulida en su cabeza que, un poco más y me la creo yo también.
Si no llego a estar en ese comedor con él, la hubiese comprado. Pero es que yo no la recuerdo así.
Yo recuerdo esa noche desde el otro lado de la mesa.
Recuerdo haber estado repasando esos archivadores durante horas, sin cenar siquiera, con el café enfriándose en la taza.
Porque esa tarde había encontrado algo. Un hilo, una grieta en las pruebas contra mi cliente que hacía que la acusación no se sostuviera.
No era más que un pequeño detalle que desde hacía semanas no me encajaba, todavía no tenía ni idea de lo que significaba o si tenía algún sentido.
No era un detalle que nos fuera a desvelar quién era el culpable real.
El que había atacado a la pobre víctima y la había dejado a las puertas de la muerte, pero sí la prueba que exculparía del delito a mi cliente.
Todavía no podía asegurar si había sido él o no, pero esperaba poder hacerlo a partir de esa noche.
Quería desmentir lo que todo el mundo daba por seguro. Los periódicos no paraban de anunciarlo en primera plana. Matt no dejaba de asegurar que yo estaba defendiendo al monstruo, aunque aquella noche todas esas afirmaciones se estaban cayendo entre mis manos como un castillo de naipes.
Si yo tenía razón, había un hombre a punto de ser condenado por algo que no había hecho y la única que podía solucionar ese error era yo.
Estaba tan metida en los informes que cuanto me rodeaba se había apagado.
Recuerdo perfectamente el momento en que Matt llegó a casa, cuando oí la puerta, que dije algo del estilo: «¿por qué llegas tan tarde?
», o quizás fue: «hoy vienes tardísimo», no estoy del todo segura.
Pero fue una cosa así. Es cierto que no levanté la cabeza, mantuve los ojos clavados en el papel, con medio pensamiento puesto en mi marido y el otro medio en la grieta que se me estaba abriendo ante los ojos y que no era capaz de ver en toda su dimensión.
Eso es lo que yo recuerdo. Le pregunté cómo estaba. Lo hice de pasada, es verdad, sin mirarlo a la cara, cierto. Pero no le ignoré como insinúa él que hice.
El problema es que me he dado cuenta un año tarde de que, para Matt, ese «¿por qué llegas tan tarde?», sin prestarle más atención, sin notar que venía deshecho, no fue una pregunta. Para él significó el vacío. Fue, ni más ni menos, que su mujer no lo mirase a la cara en la peor noche de su vida.
Los dos estábamos en la misma habitación y vivimos dos noches distintas. Las dos sucedieron de verdad, pero ninguno le ha contado al otro su versión. Hasta hoy.
Él recuerda mi silencio, yo recuerdo mi pregunta. Y en esa pequeña diferencia de contexto dejamos caer nuestro matrimonio.
Me siento en el sofá y me hago un ovillo, porque el corazón me duele tanto en el pecho que creo que podría tener un infarto.
Hay una parte de toda esta historia en la que Matt tiene toda la razón. Yo no crucé el pasillo en dirección a nuestro cuarto.
Eso sucedió de verdad. Él se fue al dormitorio y yo me quedé en el comedor, las horas pasaron y no me fui con él. No hicimos las paces, nos fuimos a dormir peleados. Pero no por la razón que él cree.
No fue por una cuestión de frialdad, como él quiere atribuirme, fue por algo mucho peor.
Fue por orgullo. Desde mi punto de vista, el que se había ido a la cama ofendido, sin siquiera dar las buenas noches, había sido él.
Quien se había ido al dormitorio sin dirigirme la palabra, sin preguntarme en qué estaba trabajando a esas horas ni por qué, dando por hecho lo peor de mí, fue Matt.
Y yo, que soy una cabezota orgullosa, me dije que le tocaba a él venir y pedir disculpas. Que yo no estaba haciendo nada malo, nada reprochable.
Me quedé en el comedor esperando que volviera y me pidiera que me fuera a la cama con él, hicimos exactamente lo mismo los dos. Cada uno pensando que tenía razón, y esa razón se convirtió en una losa en nuestro pecho que nos hundió hasta lo más hondo.
A lo largo de la noche hubo un momento, uno muy pequeño, en el que me levanté de la silla.
Ya era de madrugada, cuando el enfado se había enfriado un poco y lo había sustituido un sentimiento parecido al miedo, me acerqué hasta la puerta que lleva al pasillo.
Vi la luz de nuestro dormitorio apagada y lo mandé todo a la mierda.
Estuve a un paso, pero elegí mi orgullo.
Porque cruzar el pasillo significaba aceptar que yo también tenía parte de culpa y no estaba dispuesta a hacerlo. Porque no me sentía culpable por hacer mi trabajo y hacerlo bien, además.
Esa fue mi contribución a nuestro divorcio, que estuve a un paso de hacer las paces con Matt, pero preferí no darle el gusto.
Oigo que la puerta se abre y me limpio las lágrimas de un manotazo.
Matt me ve hecha un ovillo en el sofá y se acerca con cara de preocupación.
Durante unos instantes puedo leer en su cara cómo se le olvidan las peleas, los rencores y se convierte en el médico preocupado, en el hombre que dice que me quiere.
—Nancy.
Y yo, que ya no tengo fuerzas para sostener ni un minuto más mi muro de orgullo, se lo suelto:
—Era inocente, Matt.
Se queda quieto, la mano, que iba a colocar sobre mi cabeza, suspendida en el aire.
—Evité que fuera a la cárcel porque él no era quien había maltratado a tu paciente.
—La voz me tiembla, pero ya no me importa.
Solo quiero que por fin tenga toda la información—.
Esa noche estaba buscando un tecnicismo, o un defecto de forma en su historial, porque no había tiempo para más.
Estaba montando un puzle que me resultaba desquiciante.
Él no paraba de asegurar que era inocente, y al final fue verdad.
—Paro un momento para coger aire—. Todo salió a la luz mucho más adelante, cuando tú ya no estabas en Anchorage, ya habías venido a las Salt Mountains, pero es público, Matt.
Defendí a un hombre inocente y lo devolví con su familia.
Y al final resultó que eso fue lo único que hice bien.
Hace un año, tú solo viste lo que querías ver, que yo había sacado a mi cliente de la cárcel por un defecto de forma, por puro papeleo, pero la verdad era otra.
Levanto la mirada hacia su cara, tengo los ojos hinchados y las defensas bajas. Espero que diga algo, aunque él sigue en silencio, no me mira. Tiene la vista fija en algún punto de la cabaña, para mi desgracia, no es en mí.
—Si no te lo dije entonces fue porque no podía.
Era secreto de sumario y encima ni siquiera estaba segura de que fuera inocente.
Y si no te he dicho nada desde que subí es porque…
porque… ¡no tendría que haber hecho falta!
Porque tú tendrías que haber sabido, mejor que nadie, que yo jamás habría consentido que un monstruo quedara en libertad.
¡Eso fue lo que te pedí! Que confiaras en mí.
Solo eso. Y no supiste hacerlo, o no quisiste.
Y sigo esperando.
Que Matt diga algo, que me abrace y que se alegre de que esta historia no fuera más que un malentendido. O que se derrumbe y me pida perdón. No estoy segura de lo que quiero. Lo que no me gusta nada es su silencio. Lo odio.
Al fin me mira, lo hace durante mucho rato y después vuelve a desviar la vista.
—Claro. —Hay tanto cansancio en esa palabra que me duele más que si me gritara a viva voz—. Qué conveniente resulta que ahora sea inocente.
Cierro los ojos.
—No me lo estoy inventando.
—No he dicho que lo estés haciendo. —Se restriega la cara con las manos—.
Solo digo que es muy oportuno. Después de todo este tiempo resulta que el tipo era inocente, que la única que lo sabía eras tú y que, encima, no podías contarlo.
Es… —Suelta el aire despacio—. Es el tipo de historia que sabes construir. Sin un cabo suelto. Muy tú.
Esa frase duele más que un cuchillazo.
Está hecha de la misma incredulidad con la que me miraba hace un año desde la otra punta del comedor.
No ha cambiado nada. Estamos en el punto de partida.
El problema no es el secreto, ni lo que yo no le podía contar.
El problema es que a Matt no le vale mi palabra, a él solo le cuadra lo que ve, lo que puede tocar. Y yo solo tengo palabras.
Me levanto del sofá con la dignidad que me queda, que no es mucha.
—Vete, Matt.
—Nancy…
—Te he pedido que te vayas, por favor.
No se lo pido con rabia, se lo pido con toda la tristeza que me está embargando. Matt se da cuenta porque se levanta y se me queda mirando. Parece que va a decir algo, pero después cierra la boca y se dirige a la puerta.
Me deja sola, como le he pedido. Y yo empiezo a llorar otra vez.
Porque esto nuestro no hay Ailithéa que lo arregle, como yo ya había predicho. Y porque el amor no siempre basta. O, al menos, no ha bastado en nuestro caso.