CAPÍTULO 20
Matt
Ya está, ya lo he dicho. He tirado la piedra y ya no la puedo recuperar.
Mi abuelo me lo ha repetido un millón de veces y mi padre también. «Puedes elegir dónde lanzas una piedra, pero nunca sabrás hasta dónde llegarán sus ondas».
Y aquí estoy, intentando ver hasta dónde cojones nos llevará la ola que acabo de levantar.
Porque me acabo de dar cuenta de que el golpe que le he dado a Nancy ha sido de los duros. He visto cómo se transformaba su cara. Cuando ha comprendido que la pelea por el teléfono perdía toda la importancia y en qué momento la discusión se convertía de nuevo en lo del año pasado.
La parte de mí que aún la quiere por encima de todo necesita tragarse las palabras, metérmelas dentro otra vez, pero no hay manera humana de hacer eso. Ya están dichas, el daño ya está hecho.
Y ahora que están fuera pesan lo mismo, exactamente igual, que lo que pesaban dentro. Solo que ya no las puedo retirar.
—No me mires así. —Sueno mucho más duro de lo que pretendía, es que tengo demasiada rabia acumulada y creo que está empezando a salir, como si yo fuera una olla a presión y el pitorro hubiera comenzado a echar humo de golpe a toda máquina—.
Eres tú la que vas pregonando que el amor no basta, que me miras como si yo fuera un cobarde cada vez que evito el tema.
Pues aquí lo tienes, Nancy, aquí está el tema.
—El tema era que me habías mentido con el teléfono —contesta con un hilo de voz e intentando recuperar una pelea mucho más sencilla.
—El teléfono me importa una mierda y a ti también, lo sabes.
—Doy un paso hacia ella, que no retrocede.
Nunca lo hace—. ¿De verdad crees que estamos aquí, a estas alturas, destrozándonos otra vez por un móvil?
Eso es algo de ahora, que lo han causado las manipuladoras de nuestras abuelas y a lo que nos estamos aferrando para no destapar lo otro, lo que nos duele de veras y que llevamos evitando todo este tiempo.
Se queda callada, y su silencio, por una vez, no es un arma, es solo eso, silencio.
—Yo la recibí cuando entró, Nancy. —La voz me sale tan rota que no la reconozco—.
Estaba de guardia esa noche. Y vino tan herida, tan vapuleada, que a todos nos pareció imposible que pudiera durar ni diez minutos.
Vi el daño que le habían hecho y no entendí cómo un ser humano puede hacerle eso a otro.
Me pasé horas con ella. Intentando recomponerla.
Que no se muriera, al menos, que no lo hiciera en mi guardia.
Y lo conseguí. No se nos fue esa noche. Ni las siguientes.
Ni las de después. Más de un año, Nancy.
Ha tardado más de un año en poder salir del hospital. ¿Sabes lo que es eso?
—Matt…
—Y cuando llegaba a casa… —No la dejo continuar, no puedo hacerlo, ahora que he abierto la caja de los truenos, me es imposible cerrarla—.
Llegaba harto de todo, reventado, buscándote a ti, a mi mujer.
Esperando que me abrazaras y me dijeras que lo estaba haciendo bien, que ella mejoraría con el tiempo, que lo íbamos a conseguir.
Que me dijeras que había hecho lo que había podido, que era suficiente, lo que fuera.
¿Y con qué me encontraba? Con la carpeta de su caso abierta sobre la mesa.
Contigo preparando su defensa. La defensa del hombre que había destrozado a mi paciente.
Nancy cierra los ojos, como si le doliera. Bien, que le duela. A mí, todo esto, lleva un año doliéndome.
—¿Sabes lo que es llegar del hospital con la sangre de una chica de apenas veinte años clavada en las retinas y encontrarte con la persona a la que más quieres del mundo dedicando su tiempo, su talento, esa cabeza tan brillante que tienes, a poner al culpable en la calle?
¿Tienes la más remota idea de lo que es mirar a tu mujer a los ojos y no reconocerla?
—No era tan sencillo, Matt —dice con un hilo de voz.
—Para mí sí lo era. —Y ahí está el abismo, avanzando de forma cruel, entre los dos.
El mismo de siempre. Abriéndonos en canal en mitad del porche—.
Esa es la diferencia entre tú y yo. Para ti nunca es sencillo, para ti la vida está llena de matices y tecnicismos.
Defectos de forma, el sistema, «la turba con antorchas».
Todos tus discursos preciosos sobre la justicia.
En cambio, para mí había una chica de escasos veinte años, luchando entre la vida y la muerte, en una cama de la UCI.
Y el hombre que la había conducido hasta ahí, paseándose, libre, de rositas.
Todo gracias a ti. Era muy sencillo entonces y sigue siéndolo ahora.
—¡No te atrevas! —Da un paso hacia mí con esa cara que le he visto tantas veces, la que pone cuando sabe que va a ganar un juicio aunque todo el mundo piense que lo tiene del todo perdido—.
No te atrevas a reducir mi profesión a «discursos preciosos».
Yo no defiendo a la gente por deporte, Matt.
Yo no me levanto cada mañana pensando cómo devolver monstruos a la calle solo para fastidiarte la cena.
Hay un sistema entero que se sostiene gracias a lo que yo, y otros, hacemos.
Aunque sea incómodo, aunque duela. Aunque la persona que tienes enfrente te mire como me estás mirando tú ahora.
—Me da igual tu puñetero sistema. Me daba igual entonces y me da igual ahora.
—Ya lo sé. ¿Te crees que no lo sé? Me lo has repetido un millón de veces. —Su tono me hiela la sangre—. Ese ha sido siempre el problema. Que tú te limitas a lo que puedes tocar con las manos. Si no lo ves sangrar, no existe, y resulta que yo trabajo con lo que no se ve.
—Trabajabas con él —le escupo—. Con un nombre, con una cara, con un tío que destrozó a una chica de una forma tan desorbitada que la mandó directa a mi mesa de operaciones.
—No tienes ni idea de con quién trabajaba.
—Sé lo suficiente.
—No sabes nada. —Otra vez la frase que me repitió un millón de veces entonces: «no tienes ni idea, no sabes nada».
Un muro que levanta cada vez que me acerco demasiado—.
Crees que sabes lo suficiente y por eso te permites juzgarme.
Llevas haciéndolo tanto tiempo que no sabes hacer otra cosa.
Y te basas solo en un titular de periódico.
Tú, que eres médico y deberías saber mejor que nadie que un síntoma no define todo un diagnóstico.
—Pues dame el puñetero diagnóstico de una vez, Nancy, para que sepa de lo que estoy hablando. —Abro los brazos, frustrado—. Estoy aquí. Llevo demasiado tiempo esperando que me des una sola razón para creerte, una que me haga cambiar de opinión. Dámela.
Por un segundo, uno solo, creo que va a hacerlo.
Abre la boca. Hay algo detrás de sus ojos, algo que lleva guardándose demasiado tiempo y que pugna por salir.
Pero, de repente, la abogada se impone, está calibrando lo que puede y lo que no puede decir.
Al final se lo traga, levanta el muro y cierra la boca.
—No —dice—. No debería necesitar defenderme delante de ti. Otra vez, no.
—Claro —me río, y mi sonrisa sale cargada de amargura—, ¿cómo no? Déjame adivinar. ¡Secreto profesional! Siempre el secreto profesional. Incluso ahora mismo, conmigo. Prefieres perderme antes de que se te escape un solo dato de uno de tus preciosos casos.
—Prefiero perderte antes de tener que suplicarte de nuevo que me creas.
—Le tiembla la barbilla, pero no cede—. Eso es lo que no entiendes.
Yo no tenía que convencerte de nada, ni entonces ni ahora.
Tú tenías que confiar en mí y no lo hiciste —se calla durante unos instantes para después darme el golpe final—: y sigues sin hacerlo.
—¿Confiar en ti mientras preparabas la defensa de ese monstruo en mi propia casa?
—Sí —lo dice sin dudar. Es lo más duro que siento que me ha dicho desde que hemos empezado con esta discusión—.
Eso es exactamente lo que tenías que hacer por mí y no hiciste.
Confiar en mí, incluso cuando no entendías lo que estaba haciendo.
Porque fue lo único que te pedí y porque se supone que es lo que hace la gente que se quiere.
Fuiste incapaz y eso fue lo que más me dolió.
Esa afirmación me rompe. Sé que tiene razón, pero no quiero admitirlo, ahora no. Como no sé qué contestar, hago lo que acostumbro a hacer cuando me acorralan: contrataco con lo que sé que más duele:
—Sé exactamente lo que digo. ¿Te acuerdas de la última noche en el piso?
Nancy se queda tan quieta que creo que ni siquiera respira.
—Llegué del hospital —la voz empieza a temblarme, pero no me pienso callar—, habíamos tenido una noche horrible con ella.
La peor. Entró en parada dos veces y las dos conseguimos sacarla, aún no me explico cómo.
Salí a las tantas sin sentirme ni las piernas, convencido de que cuando regresara por la mañana ella se habría ido para siempre.
Conduje hasta casa llorando como un crío.
Hasta tuve que parar en el arcén durante un rato para poder ver la carretera.
Contaba los segundos que faltaban para llegar a casa, para llegar a ti.
—Matt… No.
—Y llegué. —No voy a dejar que me interrumpa, ahora no—.
El piso estaba a oscuras, menos el comedor.
La lámpara de la mesa encendida y tú trabajando, a las dos de la mañana, con el pelo recogido de cualquier manera y los papeles repartidos por todas partes.
Su nombre figuraba en las carpetas, Nancy.
En tu letra. Estabas preparando la vista.
—Se me cierra la garganta, pero ahora que he empezado no puedo parar—.
Y me quedé mirándote, en la puerta del comedor, deshecho, con todo el dolor que traía a cuestas retumbando en mi cuerpo.
Esperé a que levantaras la vista de los papeles y me vieras.
A que notaras que no estaba bien. A que me preguntaras qué había pasado, o simplemente, a que me abrazaras sin preguntar, que era lo que más necesitaba en esos momentos.
—Para, por favor. —Su voz sale igual de estrangulada que la mía.
—Levantaste la vista, me miraste durante medio segundo y regresaste a los papeles.
A él. Me viste llegar destrozado y elegiste seguir trabajando en su defensa.
Ni un: «¿qué te ha pasado?» o un: «¿estás bien?
». ¡Nada! Volviste a bajar la cabeza y yo me quedé en el pasillo mirándote la coronilla.
Viendo cómo trabajabas para el monstruo que había puesto a mi paciente al borde de la muerte más veces de las que podía recordar.
Algo se me rompió por dentro, Nancy. Algo que ya no supe recomponer.
El porche se ha quedado en silencio absoluto. Hasta los pájaros parecen estar escuchando mi diatriba.
—Me di la vuelta y me fui al dormitorio.
¿Qué más podía hacer? Es cierto que no te di la posibilidad de explicarte.
Rompí la norma cuarenta y tres. Lo hice yo primero.
Me fui a dormir enfadado y te dejé sola en el comedor.
Me doy cuenta y cargo con ello, todos los días.
—Trago saliva—. Pero tú tampoco viniste, Nancy.
Me tumbé en la cama esperando oír tus pasos por el pasillo en cualquier momento y eso no sucedió.
Ninguno de los dos cumplió con la norma que habíamos escrito el día antes de nuestra boda, y a la mañana siguiente nos habíamos convertido en dos extraños.
Nancy tiene las mejillas mojadas. No sé en qué momento ha empezado a llorar, ella, que preferiría morir antes que demostrar su debilidad llorando.
—No sabes nada de nada. Presumes de saberlo todo y no te enteras de nada.
—Pues cuéntamelo.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
—¿Qué más da? —Un grito desgarrador sale de su garganta—. ¿Qué más da, si de todas formas no vas a creerme?
Se da la vuelta y entra corriendo en la cabaña.
Yo me siento vacío. Aquí, en el porche helado, después de haber sacado todo lo que tenía dentro, no siento alivio, ni me siento ligero como hace un rato. Me siento vacío y solo. Con la sensación insoportable de que la he cagado, otra vez.
De que, después de una semana que había sido genial, en la que parecía que podíamos empezar de cero, he tenido que venir a restregarle por la cara todo lo que hizo mal, o me pareció a mí que había hecho mal, hace un año.
Huelo el guiso de pato. El que Nancy ha perfeccionado hasta casi lo sublime. Se va a quedar en la olla sin comer.
Y, de repente, me doy cuenta de que hay una pregunta que no sé cómo contestar:
«¿Qué más da, si de todas formas no vas a creerme?».
¿Qué es lo que tengo que creer, Nancy? ¿Qué?