Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Nancy

He salido al porche a buscar a Matt porque la comida está lista.

Y con esa frase estalla la burbuja que yo misma había creado y en la que creía que podría volver a ser feliz. «La comida está lista».

He hecho un guiso de pato que a Matt y a mí nos encanta y que es lo único que sé cocinar. Lo he perfeccionado a lo largo de los años y me sale riquísimo. Me sentía como una especie de ama de casa, y me hacía ilusión salir a buscarlo en vez de llamarlo desde la puerta.

He salido al porche, descalza, y lo he visto llegar de uno de sus paseos por el bosque, con las mejillas sonrosadas y una cara de felicidad como la de un niño el día de Reyes.

Lo he oído hablar en voz alta y una sonrisa ha aflorado a mis labios, hasta que he entendido qué decía.

—Sí. Está bien. Ella está bien y eso es lo único que importa.

«¿Ella?».

¿De quién está hablando? Y ¿por qué se le ve tan feliz?

No está hablando de mí. No sabría decir por qué lo sé, pero algo en lo más hondo me dice que no me equivoco. Está hablando de otra «ella».

—¿Quién está bien? —Mi voz sale mucho más aguda de lo que pretendía.

Matt se calla en seco y la sonrisa, esa tan luminosa que lucía hace solo unos segundos, se le borra de la cara. Para mi desgracia sé, de forma fehaciente, que acabo de descubrir algo que no debía, porque esa es la cara que se le pone a los testigos cuando los pillas en una mentira.

Entonces, Matt dirige la mirada a su mano y yo la sigo.

Frunzo el ceño.

—Matt, ¿quién está bien? ¿Y por qué tienes un móvil en la mano?

Un teléfono móvil, encendido, con la pantalla todavía iluminada, en mitad de las Salt Mountains, donde se supone que no hay cobertura, donde llevo casi un mes encerrada sin poder llamar a nadie más que a mi abuela y a través de la vieja radio.

—Nancy. —Se guarda el teléfono en el bolsillo, como si, escondiéndolo, pudiera borrar lo que ya he visto—. Puedo explicarlo.

Esas palabras me sublevan.

Me río, pero la risa que me sale es de la que no lleva asociada ninguna felicidad.

—¿Qué puedes explicar? ¿Sabes que esas palabras llevan implícita la culpabilidad en casi el cien por cien de los casos? Cuando alguien dice que puede explicarlo es que no puede, de ninguna de las maneras.

—Lo del móvil.

—¿Que hay cobertura? ¿Eso es lo que quieres explicarme?

—mi pregunta sale cargada de sarcasmo. Doy un paso hacia él y todo el frío del porche me atraviesa los calcetines, por muy gruesos que sean—.

¿Que todo este tiempo te has estado riendo de mí?

¿Tú, la abuela y todos los demás? ¿Porque desde aquí arriba sí que se puede llamar y me lo habéis estado ocultando?

Matt no me contesta y su silencio me duele más que si confirmara mis sospechas.

—¿Desde cuándo? —Se me quiebra algo en la voz y lo odio, odio que trasluzca el dolor que me causa su traición—. ¿Desde cuándo lo sabes?

—Nancy…

—¿Desde cuándo lo sabes, Matt? —grito, fuera de mí.

—Desde un día o dos antes de que llegaras, o desde el mismo día, ahora no lo recuerdo bien. Me lo dijo Martha. En la ladera oeste hay cobertura.

Todo el tiempo que he estado aquí arriba. Durante toda la semana que hemos dormido pegados uno al otro, que me ha mirado a los ojos y me ha dicho cuánto me ha echado de menos, cuánto me quería, me ha estado mintiendo. Me ha mantenido aislada del mundo. Secuestrada.

—Me has mentido toda la semana —digo, y ya no grito, Matt sabe que mi calma es peor que mis gritos—. No, toda la semana, no; me has mentido desde que llegué. Me dejaste creer que estábamos solos, aislados, que no había forma de hablar con el mundo, y era mentira. Tú lo sabías y te callaste.

—No te mentí. Solo no te lo conté.

—¿Cuál es la diferencia, McGregor? Porque yo no la veo —empiezo a gritar de nuevo porque estoy muy, pero que muy enfadada—. ¿Cuál es la puta diferencia entre mentir y callar algo que sabes que cambiaría todo lo que yo creo?

—Me callé porque…

—Ni se te ocurra decir que creíste que así me protegías.

—Por la cara que pone Matt sé que he dado en el hueso.

Niego con la cabeza—. Siempre haces lo mismo.

Cuando te fuiste a Seattle para esas prácticas, pero no me lo dijiste hasta el último momento, también pensabas que me estabas protegiendo—.

Matt abre la boca para hablar, pero no le doy tiempo a hacerlo—.

Prefieres decidir por mí qué es mejor que sepa y qué no, aunque siempre a tu conveniencia.

Suspira, pero no contesta, no tiene nada que contestar. Sabe que lo he pillado, de lleno.

—¿Y a quién llamabas? —La pregunta me sale antes de decidir hacerla y, en cuanto la formulo, el estómago se me cae a los pies, porque escucho su voz en mi cabeza, cuando ha dicho: «ella está bien» con esa cara de felicidad que ahora me duele—.

Porque no subías a la ladera oeste a mirar el parte meteorológico, ¿verdad?

¡Una semana! Llevas una semana subiendo a escondidas a hablar con alguien.

Con «ella». Así que dime, Matt, mírame a la cara y dime a quién llamas a escondidas mientras te acuestas conmigo.

Se ríe por la nariz.

¡Le estoy preguntando si ama a otra mientras retoza conmigo en la cabaña y a él no se le ocurre otra cosa que reírse por la nariz!

Noto cómo se me crispan los músculos mientras espero una respuesta que no llega.

Se lo está pensando demasiado, duda. Y yo estoy a punto de desfallecer porque, si me dice que tiene a otra y que esta semana lo único que ha hecho ha sido matar el tiempo conmigo…

Necesitaré al mejor abogado defensor de todo Alaska.

—Al hospital —contesta al fin.

—¿Qué?

—Llamaba al hospital, Nancy. —Se pasa las manos por la cara, y cuando las baja tiene los ojos rojos y la voz le sale rota—. Llamaba al hospital para preguntar por la paciente. Por ella, por la «chica».

—¡No! —exclamo—. No puedes estar diciéndome eso. No ahora, no aquí.

—Has sido tú quien ha preguntado. —Ya no me mira con culpa.

Lo que puedo leer en sus ojos es algo que ha estado guardando durante tanto tiempo que me asusta—.

Así que te lo he dicho: he llamado al hospital para preguntar por la chica que llegó hecha pedazos.

La que estuvo luchando por su vida durante meses y que ha pasado más de un año entre cuatro paredes tratando de recuperarse de lo que le hizo un tío.

Ese al que tú, desde el otro lado de la ciudad, te dejabas la piel por sacar de la cárcel.

—¡Cállate!

—¿No lo querías saber?

—¡He dicho que te calles!

—Todo el tiempo que esa chica luchó por su vida, Nancy.

—La voz le tiembla, pero ya no se calla—.

Todo ese tiempo me lo pasé viéndote defender, con esos principios tuyos que llevas por bandera, a un tipo que había machacado a una persona de verdad.

De carne y hueso. ¡Y ganaste! Claro que ganaste, tú siempre ganas.

Encontraste el defecto de forma, el tecnicismo perfecto, y lo sacaste de la puta cárcel.

Y, mientras, yo tuve que mirarte a los ojos cada noche sabiendo que a ti te daba igual lo que ese hombre había hecho, con tal de ganar el caso.

Y ahí está. Ahí está, por fin, después de todo este tiempo, lo que de verdad nos rompió, dicho en voz alta en un porche helado, con el guiso enfriándose en la cocina, los pies descalzos y toda la felicidad de la última semana convertida en escombros a nuestro alrededor.

No era el teléfono, nunca lo fue. Eso solo era una puerta que manteníamos cerrada a cal y canto para no mirar al pasado. Pero Matt acaba de abrirla de par en par.