Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Matt

Si hiciera un recuento de los días felices que he tenido durante el último año, no tardaría ni treinta segundos en acabar. Pero esta última semana… Esta última semana ha valido oro.

Nancy y yo hemos hecho las paces —o algo así—. Al menos, tenemos una tregua y estamos igual de bien que antes de que todo nos estallase entre las manos.

Me da igual si la culpable es Ailithéa, la añoranza o que simplemente estamos tan acostumbrados a estar juntos, que lo de no estarlo es como un sacrilegio para los dos. Sea lo que sea lo que nos ha unido de nuevo, le doy gracias al universo.

Porque ha sido una semana increíble.

Joder, cómo amo a esta mujer. Y no puedo decir que no me hubiera dado cuenta antes. Lo sé desde siempre. Pero cuando estoy junto a ella, el mundo me parece el mejor lugar en el que podría vivir.

Y, encima, no hemos discutido ni una sola vez en toda la semana.

Al menos en serio. Porque volvió a criticar mi masa de pizza , pero no dejó ni un cachito en el plato, ni siquiera del borde.

O el día que se quejó de que me ducho con el agua demasiado caliente, pero no salió de la bañera, sino que se quedó conmigo y lo hicimos bajo el chorro de agua abrasadora.

Solo con pensarlo se me pone durísima. Y no será porque esté calentito, al contrario, me estoy helando de frío de camino a la ladera oeste.

Esto es lo único que me corroe, que le estoy mintiendo. Dos veces, para más inri. Una porque no le digo para qué salgo cuando me voy de casa con la excusa de ir a dar un paseo y la otra porque aún no le he contado que en la montaña hay cobertura.

Y las mentiras tienen las patas muy cortas, además de la mala costumbre de estallarte en plena cara cuando menos te lo esperas.

Pero es que no quiero romper lo que tenemos ahora, me niego; y si le digo que, aunque aún no me haya atrevido, quiero llamar al hospital para saber cómo está la paciente por la que nos estuvimos peleando durante meses, esta burbuja de felicidad va a estallar en mil pedazos. Como si lo viera.

Porque, ¿para qué vamos a engañarnos? Hemos obviado el tema que nos separó y eso no puede ser bueno.

Sin hablar de ello, hemos llegado a un pacto tácito que nos obliga a guardar silencio sobre los momentos malos, pero no dudo que, en cualquier momento, saldrán a la superficie y los tendremos que afrontar.

Solo espero que hayamos afianzado lo que está renaciendo entre nosotros antes de que eso ocurra y no nos pille con la guardia baja.

Llego al claro y miro alrededor para asegurarme de que estoy solo, antes de sacarme el móvil de la bota.

Sonrío como un bobo al recordar la trola de las piñas y cómo Nancy no se la tragó, ni por un segundo.

Pero la sonrisa se me borra cuando tengo el móvil en la mano, con el número en la pantalla y la incapacidad de llamar que me ha acuciado todas las otras veces que he venido hasta aquí.

«Mierda, ¿por qué eres tan cobarde, McGregor?», me reprocho.

No sé si es porque esta semana soy más feliz, si es porque he dormido mejor o si es porque la tranquilidad me da fuerzas, pero cuando me doy cuenta, ya he apretado el botón de llamar y todo el aire ha salido de mis pulmones.

Como si fuera un quinceañero llamando a la casa de su novia y tuviera miedo de que se pusiera la abuela al teléfono.

—Servicio de trauma, dígame.

Reconozco la voz de inmediato. Es la de Vega, una de las enfermeras más antiguas. Me apoyó cuando estaba hundido, entendía mi zozobra y se preocupaba tanto como yo por la paciente.

—Hola, Vega, buenas tardes. Soy McGregor.

—¡Doctor McGregor! Qué alegría escucharle. —Y lo cierto es que parece feliz—. Me dijeron que iba a estar fuera durante medio año.

—Bueno, ahora ya queda menos. Espero volver en tres meses, si me aceptan. Ya ha pasado la mitad de mi tiempo de reclusión.

—¿Se ha hecho monje budista o qué?

La risa me sale sola. Me siento relajado mientras hablo con Vega. Seguro que sabe por qué he telefoneado y me lo está poniendo fácil.

—Es un tema algo más complicado que eso, pero te juro que te lo contaré cualquier noche de guardia. ¿De acuerdo?

—Tenemos un trato, doctor. —Su risa me llega limpia a través de la línea.

—Yo… yo llamaba para que me dieras información sobre…

—Se fue de alta hace apenas quince días, doctor McGregor —me interrumpe antes de que pueda acabar la frase o pronunciar un nombre que ambos sabemos de memoria—.

Salió por su propio pie. Ni rastro de la niña que entró.

La colocaron en un piso tutelado, con gente que la cuida, lejos de todo aquello.

Está bien, doctor. Está haciendo su vida.

Ha llamado un par de veces para saludar.

De repente, se me empaña la mirada. Sin darme cuenta, los ojos se me han llenado de lágrimas. No le contesto a Vega, no puedo. No me sale ni una sola palabra.

«Está bien, salió por su propio pie, está haciendo su vida».

No me atrevía a llamar por si su vida seguía siendo una mierda, encerrada en un hospital, con meses y meses sin ver un solo progreso.

Con la obligación de estar atada a aparatos que no deberían tener que usar ni siquiera los más ancianos.

Pero no, ella ha sido fuerte y valiente.

Ha cerrado puertas y ha abierto ventanas, tiene su propia cama y no es de hospital.

—¿Doctor McGregor, sigue ahí?

—Sí, Vega, estoy aquí. Solo que me he emocionado. No sabes… No sé cómo darte las gracias.

—Era de esperar. Se veía que era una luchadora. Como usted, que no la soltó ni cuando nadie daba un centavo por ella. Usted es quien la ha salvado. Puede sentirse muy orgulloso de ello, doctor.

—Ha sido un trabajo en equipo. Yo solo me preocupé de que nadie se diera por vencido antes de tiempo.

—Y lo hizo muy bien, doctor. Lo hizo fenomenal.

Cuelgo. Y me quedo un buen rato ahí plantado, en la nieve, riéndome solo, como un gilipollas, con la cara mojada de lágrimas y una ligereza en el pecho que no recuerdo haber sentido en mucho mucho tiempo.

Cuando me decido a bajar hacia casa, parece como si me hubiese quitado una mochila de cien kilos de la espalda.

No me atrevía a hacer esa llamada y al final ha resultado que la chica está bien. Le han encontrado un sitio para vivir y la están cuidando.

¿Qué más puedo pedirle a la vida?

Nancy y yo estamos mejor que nunca, mi paciente ha salido del hospital y está viviendo su propia vida lejos de todo lo que la llevó a estar a un paso de la muerte.

Soy feliz, total y absolutamente feliz.

Casi bajo de la ladera dando saltitos como un niño pequeño. Logro contenerme a duras penas.

La única sombra que empaña mi felicidad, aunque sea solo levemente, es lo de estar mintiéndole a Nancy.

Y, bueno, después está lo otro.

Lo de que el tipejo que condujo a mi paciente al borde de la muerte saliera de rositas porque una abogada brillante supo encontrar un defecto de forma.

Pero no, hoy no abriré ese melón. No me dejaré llevar por la amargura que eso supondría, porque hoy soy feliz. Y porque quiero disfrutar todo lo que pueda de este tiempo que la montaña me ha concedido.

No, hoy no sacaré el tema. Lo mantendré encerrado bajo llave cuanto pueda, porque la chica está bien.

—Sí, está bien. Ella está bien y eso es lo único que importa —digo en voz alta.

—¿Quién está bien?

La voz de Nancy me corta la respiración en medio de la garganta, porque he bajado desde la ladera oeste tan contento y tan ensimismado en mis pensamientos que ni me he acordado de esconder el móvil y aún lo tengo en la mano.

Hacia allí es hacia donde se dirige mi mirada. Nancy la sigue y me encuentra con la prueba del delito. No tengo tiempo de esconderlo en la bota.

Esta vez no habrá excusas de piñas vibradoras que me salven.

Nancy contrae el ceño.

—Matt, ¿quién está bien? ¿Y por qué tienes un móvil en la mano?