CAPÍTULO 17
Nancy
Llevo tres días sin hablar con Matt. Ni él ni yo hemos cruzado el patio.
Yo sé por qué lo he hecho. No es porque no me muera de ganas de hacerlo, sino porque, simple y llanamente, estoy muerta de miedo.
Cuando me desperté pegada a él el otro día, me sentí mucho más feliz que en meses. ¿Qué digo meses? Ni siquiera recuerdo cuándo me había sentido así de bien por última vez.
Pero, al mismo tiempo, me acojoné.
Lo bueno no suele durar, más bien al contrario. Y, sobre todo, cuando tiene que ver con Matt. Eso es un hecho demostrado.
Me da pavor volver a perderlo. Sin embargo, no tenerlo aquí, a mi lado… Eso duele tanto como si ya nos hubiésemos separado de nuevo.
Y supongo que a él le pasa lo mismo, porque tampoco ha cruzado hacia aquí en estos tres días.
Se puede decir que estamos en tablas. Cada uno en su lado del tablero, sin hacer ningún movimiento para no empeorar las cosas.
Intento concentrarme en los expedientes que me traje de Anchorage, pero es inútil. No son tan urgentes como para que tenga que dedicarles una atención especial y eso hace que no me centre.
Mi cabeza vuelve una y otra vez a la otra noche. A que, si quisiera —si quisiéramos—, podría tener lo mismo todas las noches. Y, ¿por qué no? También durante los días. ¡Para lo que hay que hacer aquí arriba!
He intentado distraerme leyendo, escuchando música, dándome baños interminables. Incluso he encendido velas. Nada funciona.
Hoy por hoy, solo me mueve un impulso: el de atravesar la distancia entre las dos cabañas y olvidar las diferencias que nos separaron en el pasado. Estoy haciendo un esfuerzo tan grande por evitarlo, que por las noches caigo rendida en la cama.
Sí, en la cama. Ya no me asusta. Ya he vuelto a hacerla mía. Al menos hay algo que no me da miedo. Ojalá todos los demás temores fueran tan fáciles de espantar.
Salgo al porche a por leña. Mantener la chimenea encendida es una tarea que me tiene entretenida, y es de agradecer. El día es soleado y de refilón veo a Matt leyendo en el porche trasero de su cabaña.
«¿Se habrá colocado allí para no verme? A lo mejor él sí se arrepiente de lo de la otra noche y resulta que al final no está tan acojonado como yo», pienso durante un dolorosísimo segundo.
«No, qué va. Tiene, exactamente, el mismo miedo.
Porque nos acostamos sin hablar de lo que nos aleja, fuimos a lo físico sin pasar primero por lo mental.
Pero es que estoy tan harta de las peleas.
De las discusiones. ¿Qué necesidad?», me digo, un segundo antes de escuchar su risa atravesando el claro.
«¿De qué coño se está riendo ahora y por qué está tan feliz cuando yo no puedo sacarme este malestar de encima?».
La intriga me corroe y estoy harta de hacer conjeturas sobre lo que pasa con nosotros, dónde ha quedado nuestra «no relación» después de la otra noche.
Así que tiro al suelo los troncos que había empezado a recoger de la leñera y me dirijo, con paso decidido, hacia la terraza trasera de la cabaña McGregor.
Matt va a tener que darme explicaciones de muchas cosas, y la primera de todas va a ser por qué él puede partirse de la risa cuando yo estoy en este sinvivir que de un momento a otro, o va a fulminar mi mente, o va a dejarme aniquilada como ser vivo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —le pregunto cuando me planto justo delante de él; antes de darle tiempo de que levante la cabeza del libro que está leyendo.
Me mira con los ojos entrecerrados y con esa sonrisa suya que me hace suspirar; aunque, sin demostrarlo, lo hago por dentro, que no está el horno para bollos.
Sin decir nada, me enseña lo que tiene en la mano.
Es un libro. Un tocho de leyes, para más señas, es el Tratado General de Técnica Procesal y Práctica Forense.
Tomo II , que alguno de mis primos se dejó aquí arriba y que Matt habrá estado usando de somnífero, porque, si no, no entiendo qué hace leyéndolo.
Después me doy cuenta de que no es el libro lo que me tiende, sino algo que ha encontrado dentro: un trozo de papel cuadriculado, doblado en cuatro y amarillento por los años. Reconozco la letra de inmediato, es la mía.
Cuando escribí eso debía de tener unos ocho años y ya me creía que era tan buena como Perry Mason.
Se lo quito de las manos y leo:
«Acta: Yo, Nancy M. McGonagall, declaro que Matt L. McGregor es CULPABLE de haberse comido las tres galletas que quedaban en el bote y de haber dicho que fue el perro. No hay ningún perro en las Salt Mountains. CONDENA: me debe galletas para toda la vida. Firmado y sin posible apelación».
Debajo, con otra letra, torcida, la de Matt unos años más adelante —debíamos de tener diez o así—, una sola línea de defensa: «Objeción a la sentencia: El perro existía. Se llamaba Rufus».
Y debajo, otra vez la mía: «Objeción denegada: Rufus tampoco existió».
Se me escapa la risa antes de poder impedirlo. Una carcajada de verdad, de las que no me permito casi nunca, porque me acuerdo perfectamente de aquella tarde, de las galletas, del perro inventado, de mi indignación y del juicio que monté para resolver todo ese embrollo a mi favor.
—Sigues debiéndome las galletas —le digo—. El acta es firme.
—Han pasado dieciocho años. Seguro que ha prescrito.
—¿Con la que liamos por el perro fantasma? Eso no prescribe, jamás.
Matt vuelve a reírse, pero de repente se pone serio y me mira a los ojos, sigue sentado y yo de pie, por lo que tiene que elevar la cabeza.
—¿Por qué has cruzado el patio, Nancy? —Su voz suena áspera, pero en el buen sentido, no como si me estuviera reprochando algo, sino como si estuviera expectante y eso no le permitiera soltar el aire de forma coherente.
—Porque te estabas riendo mientras yo me estaba devanando los sesos por saber en qué estabas pensando y no podía más con la intriga. —Mi respiración también sale entrecortada, más cuando Matt alarga las manos y las coloca alrededor de mis muslos.
Trago saliva. Después me apoyo en sus hombros y voy bajando la cara hasta que estoy tan cerca de él que nuestros labios casi se rozan.
—No he podido dejar de pensar en esto ni un momento desde que estuvimos juntos, Nancy, pero estoy cagado.
—Y yo, pero he decidido que prefiero dejarme llevar.
Deshago la ínfima distancia que nos separa y le beso.
No con el ansia del otro día, sino con una diferente, una que me devora el alma, porque ya no soporto estar un minuto más separada del hombre al que más he querido de toda mi vida.
Ya no soporto que no esté presente en mis días y mis noches.
Ya no soporto más que lo que nos separa sea más importante que todo aquello que nos une.
Matt tira de mí y, sin dejar de besarme, me coloca sobre sus piernas.
—Bueno, doctor McGregor, creo que le ha crecido un bulto sospechoso en el pantalón. Quizás deberíamos hacerle una exploración minuciosa.
—¿Quieres jugar a los médicos? —me pregunta antes de empezar a rozar mi cuello con sus labios.
—Sí, pero la verdad es que preferiría hacerlo en un sitio que esté menos a la vista de la cabaña de los guardias y mucho más calentito que este porche —le digo tras un suspiro largo y cargado de ganas.
Su risa resuena en mi pecho mientras una felicidad caliente y expansiva me invade y ocupa cada célula de mi ser.
Matt se pone en pie, llevándome en volandas, y entramos en su cabaña.
Cuando vamos a atravesar el umbral de su habitación, calcula mal la distancia y consigue que me dé con toda la ceja en el quicio.
Mi aullido de dolor debe de haberse oído desde Manhattan, como mínimo.
—Lo siento, lo siento, lo siento. —Matt no para de repetir la cantinela una y otra vez mientras a mí me llora el ojo y él hace lo posible por colocarme con delicadeza sobre su cama.
Sale corriendo y vuelve de la cocina con una bolsa de guisantes que me pone en la frente.
—¿Guisantes, Matt, en serio? —pregunto más enfadada de lo que realmente me siento—. Esperaba más previsión por parte de un médico de tu categoría.
—Es lo primero que he pillado, Nancy. No quiero que tengas un ojo morado durante una semana, ¿sabes? —me contesta mientras recoloca unos mechones de pelo para que no me molesten en la cara—. Además, los guisantes se adaptan a las curvas de la órbita mejor que unos cubitos.
Niego con la cabeza.
—¿Crees que tendrás que darme puntos? —Su cara de espanto me demuestra que ni se había planteado esa posibilidad. Levanta con cuidado la bolsa de legumbres de mi ojo y le veo suspirar aliviado.
—Parece que no será necesario por esta vez, pero, ya te aviso de que, con mi torpeza, acabo de cargarme nuestros planes. Creo que tendrías que descansar un rato. Nada de esfuerzos hasta que me asegure de que no tienes una hemorragia.
—Es solo un golpe, Matt. Ya estoy mucho mejor. —Voy a rodearle el cuello con los brazos, pero él se aleja lo suficiente para que yo no pueda hacerlo.
—Nada de eso. Ahora te vas a quedar quieta un rato en la cama y yo te voy a mirar las constantes. Me voy a asegurar de que todo está en orden y después, si eso, ya veremos.
—Vamos, que al final, sí que vamos a jugar a los médicos. Pero de verdad.
Matt eleva una comisura de la boca, no se atreve a reírse, aunque se dé cuenta de que la situación tiene su punto cómico.
Después de asegurarse de que mis pulsaciones, la tensión arterial y todo lo demás está perfecto, Matt sigue sin atreverse a meterme mano, ni a que yo se la meta a él.
—Vamos a tomárnoslo con calma, ¿de acuerdo? Por mi culpa tienes un traumatismo craneoencefálico. Prefiero que descanses.
—Eres un exagerado, Matt.
Y, aunque le hago ojitos, lo miro con deseo e intento convencerlo para que se meta conmigo en la cama, no consigo nada de él. ¡Menuda frustración!
Al cabo de un rato me despierto y el olor a comida me obliga a levantarme de la cama y acercarme a la cocina.
—Pensaba que no se podía dejar dormir a las personas con una posible hemorragia cerebral, doctor McGregor.
Mi voz asusta a Matt, que se da la vuelta y me mira sorprendido.
—Ya, pero cuando te has quedado dormida ya estaba seguro de que no la tenías.
Levanto una ceja, con tan mala suerte que es la que me he golpeado, la otra no la sé mover.
—¡Ay!
—Lo que te decía, eso se quedará en un morado.
Se acerca y me besa con mucha suavidad en la zona que me he golpeado.
—¿Entonces, por qué no te has metido en la cama conmigo? —le pregunto con una sospecha creciéndome en el pecho.
—Porque hay que hacerlo bien, Nancy. Y que yo sepa, esta cabaña no está bendecida por Ailithéa.
—¡No me lo puedo creer! —exclamo mientras muevo los brazos—. ¿Tú también te crees ese rollo?
—A pies juntillas. Tus primos y tu hermano, Nancy.
Tres de tres. Los siguientes somos nosotros.
Pero no aquí. Allí —dice señalando a la cabaña McGonagall—.
Mira el capirotazo que te has dado solo por haberlo intentado.
Así que sí: desde ahora mismo me declaro totalmente supersticioso.
Tú y yo nos vamos a trasladar a tu casa en cuanto comamos.
Me echo a reír, pero lo hago por no llorar.
—Está bien, pero primero, comamos. Estoy muerta de hambre.
Y, así, sin esperarlo, empieza una de las mejores semanas que recuerdo en mucho tiempo. Matt y yo volvemos a ser los de siempre, nos reímos, nos entendemos en la cama sin necesidad de hablar, porque fuera de ella hablamos mucho. Hablamos sin parar.
Solo que nunca del pasado, únicamente del presente. De lo que nos une, de lo que siempre nos ha mantenido a uno al lado del otro, que son mogollón de pequeñas cosas que compartimos desde que éramos unos críos.
Y nos reímos, Dios, cómo nos reímos.
Pasamos toda la semana en la cabaña McGonagall, tal como él me ha pedido.
Y cuando él se queda dormido antes que yo, lo miro, relajado, con cara de felicidad.
Y solo puedo ver cuánto lo quiero, me duele el corazón en el pecho por tenerlo tan cerca y por saber que nunca dejaré de amarlo de la manera que lo hago.
Y por una vez me limito a ser feliz.
Sé, en lo más hondo, que esta burbuja no va a durar. Matt me esconde algo, se ausenta diciendo que va a pasear, como el día que lo seguí hasta la ladera oeste, pero me niego a que nada enturbie lo que tenemos ahora.
¡Joder! Quiero ser feliz. Quiero creer que Ailithéa tiene el poder que le otorgan mi abuela y todos los demás, quiero mi ración de amor. Y si eso pasa por callarme mis sospechas, me las voy a callar.
Porque ahora solo quiero vivir en esta felicidad.
Aunque en el fondo me dé cuenta de que, cuando todo estalle, me daré de hostias por no haberlo visto venir.