CAPÍTULO 16
Matt
Me despierto cuando el sol de la mañana, que entra a raudales por la ventana, incide sobre mi cara.
No me atrevo a moverme, aunque tengo el brazo dormido. Pero es que si me muevo voy a despertar a Nancy y no sé qué va a ser peor. No tengo ánimos para ver qué nos deparará esta mañana, aunque sepa que, lo que sea, lo voy a tener que enfrentar.
«Solo cinco minutos más», me digo, como si Nancy fuera la alarma del despertador y yo pudiera darle al botón de posponer.
El hormigueo empieza a subirme hasta el hombro. Cierro los ojos con fuerza y un suspiro lastimero se escapa de entre mis labios.
«Mierda, creo que la he despertado».
Lo primero que noto es cómo Nancy se restriega contra mí, buscando más de lo que tuvimos ayer, supongo que aún no está despierta del todo, porque enseguida se pone en tensión. Un músculo detrás de otro.
«Vaya, hasta aquí llegó lo bueno. Apostaría a que esa ha sido su versión muda de “la cagamos”».
Levanta la cabeza de mi pecho y me mira con la cara de sueño y el pelo revuelto. ¡Está tan bonita así! Durante unos segundos toda la ternura de anoche sigue ahí, puedo verla, casi palparla, hasta que Nancy se pone la coraza.
—Buenos días —digo, porque alguno de los dos tiene que romper el hielo.
—Buenos días. —Se aparta de mí, no de forma brusca, pero deja de estar sobre mi pecho para colocarse en su lado de la cama. Una que nunca antes había tenido lados.
—Debes de tener el brazo dormido.
—Estoy genial —miento como un bellaco.
Se levanta de la cama y coge la primera prenda que encuentra, que resulta ser mi jersey. Se lo pone y, para cuando se da cuenta de lo que ha hecho, ya es demasiado tarde.
La veo dudar entre quitárselo o dejárselo puesto, pero es demasiado orgullosa para reconocer que un gesto tan íntimo le ha salido sin pensar, así que se dirige hacia la puerta de la habitación con mi jersey verde tapándole hasta media pantorrilla y que le oculta las manos de la vista.
Sonrío para mí, aunque no sabría explicar qué es exactamente lo que me hace gracia.
La sigo unos minutos después y… —redoble de tambores— da comienzo el desayuno más incómodo de todos los desayunos de mi vida.
Nancy ha preparado café, algo que, por cierto, nunca se le ha dado bien. Me sirve una taza y me la pasa por la encimera con dos dedos, empujándola despacio, cuidándose mucho de que nuestras manos no se rocen.
—Gracias.
—De nada.
Bebemos en silencio. El café está malísimo, como había supuesto, pero ninguno de los dos lo comenta, porque hablar de eso sería una intimidad y, por lo que veo, hemos entrado en modo: «desconocidos educados».
Pongo pan en la tostadora. Y aquí es donde empieza el desastre, porque mi cuerpo lleva años haciéndole el desayuno a Nancy y se ve que aún no se ha enterado de que nos hemos divorciado.
Dejo su tostada un punto más hecha que la mía, casi al borde de quemarse, porque es como le gustan, y me doy cuenta de lo que he hecho cuando ya se la he puesto en el plato.
Nancy, por su parte, me acerca la mantequilla sin que se la pida, justo en el momento en que iba a cogerla, después, ella aparta hacia su lado la mermelada de fresa y desliza hacia el mío la de naranja, porque sabe que yo solo tomo de esa, todo ello sin mirar, como quien reparte cartas como lo ha hecho millones de veces.
Nos conocemos la coreografía de memoria, porque es un baile que hemos bailado un millón de veces, en esta cocina y en algunas otras.
—Como siem… —empiezo a decir, por pura inercia, y me callo antes de meter más la pata.
Porque «como siempre» es justo lo que no podemos decir. «Como siempre» ahora mismo pertenece al pasado, a un piso de Anchorage donde desayunábamos así cada mañana antes de que todo se fuera al garete.
Nancy levanta la vista de golpe. Me ha oído empezar la frase y me ha oído tragármela, y durante un segundo los dos nos quedamos suspendidos en ese «como siempre» que no nos atrevemos a terminar.
Cuando nos damos cuenta de que hemos entrado en modo matrimonio bien avenido paramos en seco y nos miramos a los ojos, la tensión, una exactamente igual que la de anoche, se puede cortar entre nosotros.
Aunque, al parecer, no es «exactamente» igual, porque, si lo fuera, yo habría cruzado la cocina en dos zancadas y la habría abrazado, o lo habría hecho ella y me estaría comiendo la boca.
En lugar de eso, cada uno observa el fondo de su taza de café como si en ella estuvieran las respuestas a todas nuestras preguntas.
—Debería ponerme con lo mío —dice entonces, y se levanta para fregar su taza, aunque no se ha terminado el café—. Tengo trabajo atrasado. Casos que revisar. La abuela cree que estoy aquí de relax , pero yo no sé estar de relax .
Lo dice de espaldas a mí y yo solo puedo contemplar cómo va elevando un muro entre nosotros.
No sé si lo hace porque se arrepiente de lo de anoche, porque tiene tanto miedo como yo o porque ya lo ha clasificado y guardado como hace con los expedientes.
No puedo estar seguro porque solo le veo los hombros tensos, al tiempo que limpia la taza con demasiado ahínco.
Nancy se está poniendo la toga de abogada, la que archiva los casos en carpetas para que no puedan hacerle daño.
«Casos que revisar». Sus palabras retumban en mi cerebro, me suenan a maldición. Yo también tengo un caso que debería revisar.
No, lo mío no es un caso, ni un expediente. Es una persona. Una chica. Una paciente. La trajeron una noche que yo estaba de guardia, y la edad que ponía en su historia clínica no tenía nada que ver con la que reflejaban sus ojos.
La operé esa noche y, desde ese momento, me preocupé por ella más de lo que le conviene a cualquier facultativo.
La estabilicé. La vi subir a la UCI y bajar a quirófano de nuevo y de vuelta a cuidados intensivos.
Durante meses fui yo quien pasaba a verla, aunque no me tocara guardia, quien peleaba su caso con los de arriba, quien se sabía sus constantes de memoria como quien recita las tablas de multiplicar.
La vi luchar contra la muerte a diario, la vi al borde tantas veces que perdí la cuenta, y cada vez que remontaba un poco yo me convencía de que esa vez sí, de que iba a salir adelante, de que todo aquel esfuerzo iba a servir para algo.
No era una paciente más. Uno tiene cientos de pacientes y aprende a soltarlos al terminar el turno, porque, si no, perdería la cordura demasiado pronto.
A ella no supe soltarla. Me la llevaba a casa cada noche, metida en el pecho, las noches que empeoraba no dormía, las noches que mejoraba tampoco, no fuera a despertarme y que ya no estuviera.
Y cuando llegaba a casa con todo eso encima, buscando refugio, buscando que alguien me sostuviera y me dijera que lo estaba haciendo bien, que la chica lo merecía y que íbamos a conseguirlo entre todos, lo que me encontré fue otra cosa.
Lo que me encontré fue el principio de una discusión que ya no terminó nunca. Ni cuando firmamos los papeles.
Y no fue solo una pelea. Ojalá hubiera sido una pelea, las peleas se arreglan con una disculpa y una noche de sueño. Fueron meses. Meses de la misma discusión volviendo cada noche a la mesa del comedor mientras la chica peleaba en una cama de hospital.
Nancy tenía sus razones. Yo tenía las mías. Y entre unas y otras se abrió una brecha por la que se nos fue escapando, como arena entre los dedos, todo lo demás.
Pero lo peor no es ni siquiera eso. Lo peor es que llevo más de tres meses aquí arriba, aislado, sin cobertura —más que esas cuatro rayitas de la ladera oeste, que acabo de descubrir que tenemos—.
La última vez que la vi seguía peleando. No sé si habrá aguantado. No sé si sigue en pie. Y esa es la llamada que subo a hacer y luego no hago: no sería preguntar por una desconocida, sino averiguar si la chica a la que le dediqué un año entero de mi vida ha logrado sobrevivir.
Pero no digo nada de esto en voz alta, otra vez me callo como un cobarde, porque estoy harto de discutir.
Me quedo mirando la espalda de Nancy, con el jersey que le viene grande y sabiendo que la amo tanto que no quiero perderla, pero que entre nosotros hay una habitación entera de distancia y no es la de la cama, es la otra, la que está en Anchorage, con los expedientes abiertos sobre la mesa del comedor.
—Sí —añado, sin embargo—. Yo también debería volver a lo mío.
Resigo mi jersey con la mirada, y ese detalle tonto —que se lo vaya a quedar, que huela a mí, que no me atreva a pedírselo— es lo único cálido que me queda de toda la mañana.
—Quédatelo —le digo para que ella se dé cuenta de lo mismo que yo—. Hace frío.
—Gracias. —Una sonrisa tímida, que no sé interpretar, se asoma a sus labios.
Me acompaña a la puerta.
—Bueno…
—Bueno —me contesta.
Ninguno de los dos sabe muy bien qué decir, así que optamos por no decir nada.
Cruzo los veinte metros entre las dos cabañas, la nieve cruje bajo mis pies y me doy cuenta de que esta vez me estoy alejando de Nancy.
No sé si de forma definitiva, no sé si solo durante un rato.
Lo que sí sé es que me debo esa llamada.
Me la debo a mí y se la debo a esa chica.
Llevo tres meses escondiéndome detrás de la excusa de que no hay cobertura, primero, de que no estoy preparado, después.
Pero esta mañana, no sé muy bien por qué, me he quedado sin excusa.
Aunque hacerla signifique perder a Nancy de una vez por todas.
Cuando llego a la puerta de mi cabaña, la que no está embrujada, me doy la vuelta y veo cómo Nancy cierra la puerta de la suya.