CAPÍTULO 15
Matt
Cuando la boca de Nancy se apodera de mis labios soy incapaz de responderle de inmediato.
No porque no me muera de ganas, sino porque esta mujer, esta historia, es todo lo que siempre deseé, lo que tuve. A la que perdí y casi me mató de pena por el camino.
No puedo volver a soñar con estar juntos y que después esa ilusión se deshaga, como lo hará toda la nieve que está cayendo por la mañana.
Pero ella no ve nada de eso. Ella solo se da cuenta de que no reacciono, a lo mejor piensa que me ha cogido por sorpresa, o que estoy dudando de si esto es adecuado.
Noto cómo se le tensa el cuerpo, cómo empieza a pensar que se ha equivocado. Y esa idea —la de que pueda apartarse ahora, la de que pueda creer, ni por un segundo, que yo no la deseo— es lo único capaz de ganarle la partida al miedo.
Así que la agarro por la cintura, con tanta fuerza, que hasta tengo miedo de hacerle daño.
La beso con las ganas que le tengo desde hace meses.
Desde el momento que supe que ella iba a ocupar esta cabaña y que estaríamos a veinte metros de distancia.
Por qué no decirlo, desde antes de tener consciencia de que quería besarla.
Mis ganas de ella nunca se acaban.
Sabe a chocolate, a algo tan familiar que trae alegría y dolor. Dolor a perderla de nuevo, incluso antes de volver a tenerla.
—Nancy… —repito con la boca pegada a la suya. Es la última oportunidad que pienso darle—. O paramos ahora o ya no habrá vuelta atrás.
—Cállate, Matt.
Nos movemos por el salón, chocando con los muebles, cuando nos conocemos la cabaña de memoria.
Vamos de cabeza a la cama. A la que Nancy no ha querido usar desde que subió.
Y que yo, de haber estado en su lugar, tampoco me hubiese atrevido a ocupar.
Y ahora nos dirigimos hacia allí. Hacia ese sitio que ninguno de los dos querría habitar solo.
Aún estoy a tiempo de parar esta locura, como el adulto que soy, sé que la estamos cagando con todo el equipo.
Que esto no es lo que nos conviene, pero cuando las manos de Nancy se meten por debajo de mi jersey y me tocan la piel, el último atisbo de cordura que habita en mi cerebro desaparece y ya solo puedo centrarme en ella.
En hacerla sentir al nivel que yo la siento.
Nuestras piernas topan con la cama y mi lengua sale de su boca para reseguir la curva de su mandíbula y llegar hasta ese punto detrás de la oreja que la vuelve loca.
El gemido que sale de sus labios me devuelve a casa, no a un sitio físico, sino a mi lugar en el mundo, al sitio del que nunca hubiese tenido que marcharme. Me devuelve a Nancy.
Sus manos se dirigen a la cinturilla de mi pantalón y desabrochan los botones con prisa. Cuando sus dedos rozan mi miembro, todo el cuerpo me tiembla. Dejo de pensar.
Soy un amasijo de sensaciones, de flashes de placer.
Le saco el jersey por la cabeza y descubro que debajo no lleva nada. Mi mirada va de su piel desnuda a su cara y ella sonríe ante mi asombro.
Cualquiera diría que la veo así por primera vez, lo cierto es que me siento como si me estuviera estrenando con ella. Durante todo este tiempo no ha habido ninguna otra.
Cuando al fin estamos desnudos en la cama y nos abrazamos, el contacto de toda su piel con la mía hace que crea que voy a desfallecer.
Nos tomamos nuestro tiempo y, a la vez, no hay necesidad de explorar. Cada uno sabe las teclas que debe tocar para que el otro vibre como un diapasón.
Los besos, los gemidos, las caricias… son viejos conocidos que nos acompañan y nos acunan.
Cuando ya creo que no puedo estar más excitado, Nancy se sienta sobre mis caderas y empieza a rozar nuestros sexos con una cadencia enloquecedora.
—Déjame entrar —le suplico.
—No sé a qué estás esperando —susurra, mientras me mira, retadora.
Con un solo movimiento la penetro hasta lo más profundo.
Los dos gritamos mientras nos vamos acomodando el uno al otro. Durante unos segundos no puedo moverme. La sensación es tan intensa, tan placentera, que pierdo el mundo de vista.
Estoy en el lugar donde he deseado estar desde hace tanto tiempo, que hasta podría llorar.
Noto cómo Nancy tiembla sobre mí, adivino que está pensando exactamente lo mismo que yo. Quiero creerlo.
Como no se mueve, empujo suavemente con las caderas y parece que vuelve a la vida. Abre los ojos y los clava en los míos.
—Te vas a enterar.
Empieza a balancearse despacio, después sus movimientos ganan velocidad. Tengo que apretar los dientes con fuerza, porque, si no, será verdad que esto va a durar menos de lo que me gustaría.
Se tumba sobre mí, el ángulo cambia, pero yo no respiro más tranquilo, al contrario.
Nancy se adueña de mis manos y me las coloca sobre la cabeza. Junta su boca con la mía y empieza a besarme y a gemir al mismo tiempo.
Se separa un poco y repite mi nombre una y otra vez.
El momento se acerca y yo la miro, extasiado. No me quiero perder este instante por nada del mundo. Quiero ver cómo se corre sobre mí, cómo cabalga la ola al mismo tiempo que yo.
Aprieta mis manos con fuerza y grita.
—Matt.
—Estoy aquí, cariño. Dámelo todo.
Y se deja ir. Verla es un espectáculo maravilloso.
Yo la sigo cuando aún está con los últimos estertores de su orgasmo. También grito su nombre. Ella me vuelve a apretar las manos, como si quisiera darme ánimos, o como si quisiera decirme que me entiende.
Después nos volvemos a besar, pero ya no con la pasión de antes, sino con una ternura que me hacía tanta falta, como todo lo demás.
Se tumba a mi lado, muy pegada a mí. Yo la rodeo con un brazo y la acerco aún más.
La sensación de sentirla tan cerca me hace sentirme tan lleno, tan feliz.
—Has vuelto, estás aquí —me susurra, acercándose todavía más mientras ronronea.
No le contesto que sí. Me quedo en silencio, porque lo único que se me ocurre es: «por ahora», y eso no se lo pienso decir, no la voy a hacer cargar con mis miedos de mierda.
Así que la abrazo más fuerte, como si así pudiera convertir ese «por ahora» de mi cabeza en una promesa mejor, y dejo que ella piense que el silencio significa que sí, que hemos vuelto.
Nos quedamos dormidos, agarrados el uno al otro como siempre hicimos.
···
Me despierto, el silencio afuera es absoluto. La tormenta ha dado paso a la calma y el viento que azotaba los cristales ha parado. Supongo que ha sido eso, la falta de ruido, lo que me ha despertado.
Nancy sigue pegada a mí, pero sospecho que tampoco duerme, porque su respiración no es tranquila y relajada, como debería serlo.
Mi cabeza, cómo no, se pone en marcha. Miles de pensamientos acuden a ella en tropel.
Esta noche ha sido maravillosa, pero, como no podía ser de otra manera, Nancy y yo hemos empezado a construir, o reconstruir en este caso, la cabaña por el tejado.
Vaya mierda.
Siempre he sabido que no era la atracción física lo que fallaba entre nosotros. De eso nunca nos ha faltado ni un ápice.
Cabezonería tampoco.
«La hemos liado parda», pienso. Y sé que ella está dándole vueltas a lo mismo, porque su mano, que hace unos segundos descansaba tranquilamente sobre mi pecho, se ha crispado, su cuerpo se ha separado del mío, apenas un centímetro, pero lo ha hecho.
Y estoy a punto de decirlo en voz alta, pero me callo, porque si lo hago, si digo que nos hemos equivocado cuando aún tengo su sabor en mi boca y ella conserva las marcas de mis dedos en sus caderas, seré lo más parecido a un cabrón que habita sobre la capa de la tierra.
Así que suspiro y me acuerdo de la maldita norma cuarenta y tres.
La que escribimos el día antes de casarnos, «nunca irnos a dormir enfadados», y voy a cumplirla, o eso creo.
Porque si saco el tema, nos vamos a pelear.
Vamos a acabar como el último día en nuestro piso, separados y sin ver si el otro estaba bien o no, solo que esta vez cada uno en una cabaña.
Y no me da la gana, después del acercamiento de esta noche.
«Esa norma no se refiere a no decir lo que piensas, sino a aclararlo y hacer las paces después», me regaño. Pero ahora no puedo afrontarlo. Porque, aunque signifique que hemos empezado por donde no debíamos, al menos hemos empezado y eso es mucho más que hace una semana.
Nancy se remueve. Levanta la cabeza y me mira en la penumbra, en su cara veo lo mismo que sé que refleja la mía: que los dos estamos despiertos, que los dos sabemos qué está pensando el otro, y que ninguno va a decirlo en voz alta esta noche.
—Deberíamos dormir —me conmina, en voz muy baja.
—Sí.
Aunque no nos movemos para hacerlo.
Se vuelve a acomodar contra mí, y yo la rodeo con el brazo, y nos quedamos así, despiertos en la oscuridad.
Y yo empiezo a darle vueltas al mismo tema.
Nos queremos, tampoco lo diremos en voz alta porque lo sabemos más que de sobra. Pero el amor no siempre basta. No nos bastó en el pasado. Y no tengo ni idea de si nos va a bastar en el futuro.