CAPÍTULO 14
Nancy
No ha parado de nevar en toda la tarde, de una forma que incluso podríamos llamar bonita al principio, pero desde hace un rato el tema se ha puesto feo.
«Joder, que estamos en abril y esto parece enero», me digo, mientras me recoloco la manta que me he echado sobre las piernas.
Hoy, por primera vez, me sentía lo suficientemente en paz conmigo misma como para leer por diversión, así que me he tirado en el sofá con un libro y me he preparado un chocolate caliente.
Hace tanto tiempo que no me regalaba este placer que no me acordaba de lo muchísimo que lo disfrutaba.
Suspiro de gusto antes de girar la página y, aún no he terminado de sacar el aire de mis pulmones, cuando me quedo completamente a oscuras.
—¡Vaya por Dios! Lo que me faltaba —le digo al vacío más absoluto.
La chimenea es lo único que ilumina tenuemente la estancia, pero no es suficiente para nada.
Me pongo en pie y estiro las manos para evitar pegarme el tortazo de mi vida y lo único que consigo es darme con la espinilla contra la mesa baja que hay frente al sofá.
Maldigo hasta en arameo. ¡Qué dolor! La institutriz de mi adolescencia me hubiese hecho llenar páginas y páginas con frases del tipo: «Las señoritas no deben proferir semejantes palabrotas», copiadas cien veces.
Casi me pongo a reír al recordarlo, seguro que es un mecanismo de defensa para no pensar en el dolor, porque, si no, no lo entiendo.
«¿Dónde cojones tendremos guardadas las velas?», pienso mientras mis ojos se acostumbran cada vez más a la luz amarillenta de la chimenea.
Al menos estoy segura de que la culpable del apagón no soy yo, no tenía encendida más que la lamparita que usaba para leer, por esa parte puedo estar tranquila.
Y como la abuela modernizó la instalación entera de la cabaña hace años, la llenó de comodidades y se ocupó de que no quedara ni un solo cable de la época en que se electrificó por primera vez, si se ha ido la luz, con la que está cayendo, es que la nevada ha tirado el tendido de toda la montaña.
Lo que ya no me parece de recibo es que Jeanette McGonagall, con todo su papo, decidiera que era una idea espléndida montar una cabaña con todos los lujos menos una buena comunicación con el exterior.
Así que ahora no tengo forma de llamar a nadie para preguntar cuándo volverá la luz, ni de saber si tardará una hora o tres días.
De repente me acuerdo de que en algún lugar de la casa hay un generador de emergencia. La abuela pensó en todo, aunque se olvidó de enseñarme a usarlo, claro. Por supuesto, tampoco tengo ni idea de dónde está ni de qué se supone que hay que hacer para arrancarlo sin volar la cabaña por los aires.
Así que durante un instante que me parece eterno, me quedo de pie, en mitad de la sala, intentando darme ánimos para cruzar el patio y tocar a la puerta del único que puede solucionar este embrollo.
Doy un respingo al oír unos golpes sacudiendo la puerta.
«Menos mal que este Mahoma siempre acude al rescate de la montaña», me digo, no sin cierta satisfacción interior.
—Se ha ido la luz —informa en cuanto abro.
Se sacude la nieve que se le ha acumulado en los hombros en apenas veinte metros y entra con cara de insinuar: «no sé qué sería de ti si yo no estuviese al otro lado del patio».
Me callo, porque no tengo nada que rebatir a esa cara, ni aunque pronunciase esa afirmación en voz alta.
—¿Te apetece entrar? —le pregunto cuando ya está en medio de la cocina barriendo la pared con la linterna que ha traído.
—He pensado que estarías a oscuras y sin idea de dónde tienes el generador.
«No hay nada peor que conocerse tan bien», menos mal que no lo he dicho en voz alta.
Mira por todas partes, hasta que se le ocurre abrir las puertas que hay debajo del fregadero.
—¡Aquí está la trampilla! Sujeta esto. —Me tiende la linterna—. Y apunta bien, que, si no, no veo nada.
Me arrodillo a su lado. El hueco es estrecho, una persona cabe a duras penas, mucho menos dos, así que acabamos con los hombros pegados y mi brazo por encima del suyo para que pueda dirigir la luz hacia donde él trabaja.
Huele a la nieve que trae en la ropa y a él. Ese olor que me he pasado tantas noches añorando y que ayer, en la ladera oeste, se me metió en el cerebro como una droga.
«Nancy, no sigas por ahí. Si hace falta te tapas la nariz, pero no sigas por ahí».
—El interruptor para poner el generador en marcha está ahí dentro, en teoría, no entiendo por qué tu abuela se empeñó en esconder este trasto en un sitio tan pequeño. Hacer palanca es muy difícil con este ángulo.
Aun así, se pone manos a la obra.
—El día que consigamos comprender a mi abuela, creo que pueden darnos el Nobel sin tener que competir por él.
Se ríe por lo bajo y su risa rebota contra todo mi cuerpo.
«Nancy, concéntrate en sujetar la maldita linterna. No pienses en Matt como un hombre. ¡Él es un cliente! No, mejor piensa que es el perro del vecino. O cualquier otra mascota. ¡Pero huele tan bien! Nancy, la linterna. La linterna», estoy segura de que he empezado a bizquear.
Esto no puede ser. Una no puede sentirse atraída por su exmarido. Está prohibido. Hay una ley. Debería haberla. ¡Que la promulguen ya, joder!
«Vamos, Nancy, piensa en algo peliagudo que te aleje de la tormenta que se está formando en tu cabeza».
—¿Martha te ha contado algo del caso del puerto? —digo lo primero que se me ocurre—. Estaba en todos los periódicos la semana que subí.
—Algo me ha contado, soltaron al tipo, ¿no?
—Lo tenían que soltar. —Y no puedo evitar que la satisfacción, esa que tiene todo que ver con la abogacía y nada en absoluto con lo personal, salga a relucir en mi voz—.
La detención estaba viciada, el registro de su casa fue un auténtico desastre.
Todas las pruebas que puedan haber sacado a partir de ahí están envenenadas.
Al juez no le quedaba más remedio que dejarlo en libertad.
Matt no me contesta, sigue concentrado en el trabajo. O eso creo, aunque parece que ha bajado ligeramente el ritmo.
—Así que da igual lo que hiciera —apunta con amargura—. Lo único que importa es que el policía no procedió de forma adecuada.
Parece que muerde las últimas palabras.
—No, no da igual lo que el tipejo ese hiciera.
Da igual en «ese» caso. —Me sale el tono de la facultad, el que uso cuando la gente no quiere justicia, sino que reclama venganza—.
No podemos dejar que los objetos, por decirlo de alguna manera, obtenidos fuera del sistema legal, sirvan como pruebas solo porque el acusado nos cae mal.
Porque, si lo hiciéramos, cualquier policía podría entrar en tu casa sin una orden de registro, encontrar «algo» que le pareciera sospechoso y usarlo en tu contra.
La regla protege al culpable en «ese» caso, para así protegernos a todos los demás.
No es una regla bonita. Pero es la que nos diferencia de una turba con antorchas.
Es un discurso que me sé de memoria. Lo he dado mil veces. Lo di, de hecho, una noche de hace muchos años en el porche de esta misma cabaña, cuando tenía diecinueve años y un chico me escuchaba como si yo estuviera inventando el derecho delante de sus ojos.
Ese chico está ahora agachado a mi lado, en la oscuridad, y hace mucho tiempo que ya no me mira igual.
—Se te da muy bien —dice. Veo, de inmediato, que no me está echando un cumplido.
—Es mi trabajo.
—Ya. —Aprieta algo, un cable, un tornillo, no lo veo bien—. Para ti siempre son expedientes.
Lo dice bajito, casi para sí mismo. Como si estuviera constatando algo que ya sabía. Y a mí me duele mucho más que si me lo estuviera gritando a la cara.
Me doy cuenta de que ya no estamos hablando del caso por el que le he preguntado, ese del puerto que hace una semana y pico estaba en boca de todos. Estamos hablando de otro caso, de otro expediente abierto sobre una mesa. Los dos lo sabemos, aunque ninguno se atreva a decirlo en voz alta.
—Son expedientes porque, si no lo fueran, no podría hacer bien mi trabajo. —Mi voz sale más seca de lo que pretendía—. El día que no pueda verlo así, tendré que retirarme. No serviré para ser abogada y, además, una de las buenas.
—Sabes que hay gente que no debería estar en la calle, Nancy. He tenido que recomponer cuerpos que eran casi imposibles de curar. Me he topado de frente con sus fechorías cuando ya no tenían arreglo —lo dice con una rabia que se puede palpar.
—Quién queda en libertad o no, es algo que no puede decidir un médico, Matt.
—No. —Me sostiene la mirada. La luz tiembla porque mi mano ha dejado de sujetar la linterna con suficiente fuerza—. Ni tampoco un abogado.
Nos quedamos en silencio. No es que no pueda rebatir sus palabras, tengo cientos de argumentos, pero no me apetece nada discutir con él ahora mismo.
Hago un esfuerzo sobrehumano por no decir la última palabra, me muero de ganas de demostrarle que se equivoca.
Pero tengo idénticas ganas de zanjar esta discusión ya.
Porque Matt ha dejado de trastear con el generador y está de rodillas ante mí, mirándome a los ojos. Después desvía la vista hacia mi boca, un segundo, luego medio. Yo miro la suya.
Y, entonces, la lámpara del salón, esa que yo estaba usando para leer, lo inunda todo con su luz blanca, cruda. Y yo me cago en todo lo cagable, porque los pensamientos que tienes a oscuras, tan cerca de otra persona, no tienen lugar a plena luz.
Nos separamos como dos críos a los que han atrapado encerrados en una habitación. Matt se pone en pie y se limpia las rodillas del pantalón, después cierra la trampilla del generador con parsimonia.
—Bueno, ya está. Tienes luz hasta que vuelva la corriente. Me marcho.
—Gracias. —Como soy muy original, no se me ocurre nada más que decir.
Matt abre la puerta y la ventisca se cuela dentro con tanta fuerza que casi apaga la chimenea. Me estremezco de frío.
No se puede ver nada a un metro de distancia. Ni siquiera el final del porche. Las ráfagas de viento y nieve son tan fuertes que casi nos impiden cerrar.
—No puedes salir con ese temporal. Te vas a perder antes de llegar a vuestra cabaña.
—He cruzado ese camino un millón de veces.
—No con semejante temporal de nieve. Creo que no había visto uno así en mi vida.
Apoya la espalda en la puerta y suspira. Va a pasar la noche aquí, conmigo.
Llevamos esta semana y pico deseándolo los dos y jugando a fingir que no es lo que queremos.
—Puedo dormir en el sofá, el que te está destrozando la espalda.
—Sé lo que estás pensando —me atrevo a decirle, aunque no tengo ni idea de lo que piensa él. Solo sé lo que tengo yo en mente y es que estoy a punto de tirarme de cabeza a un precipicio del que sé que saldré bastante malherida.
Doy dos pasos y le pongo las manos sobre el pecho. Su corazón retumba tan desbocado como el mío. Matt se queda muy quieto, como si yo fuera un cervatillo al que cualquier movimiento pudiera espantar.
—Nancy… —No pregunta, su voz suena como una advertencia y como una promesa a la vez.
—Ya lo sé.
Entonces soy yo la que da el salto y lo beso.
Lo beso con toda el ansia contenida durante el tiempo que hemos estado separados. Lo beso con todo lo que soy, con todo lo que tengo.
Él no se aparta, pero tampoco reacciona, y por un momento me siento morir. Hasta que sus manos se plantan en mi cintura y me acercan a él de forma posesiva.
Me agarra con fuerza al tiempo que su lengua se impone a la mía.