Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Matt

No puedo sacarme la visita de Nancy de la cabeza.

Porque, por una vez, ha sido ella la que ha cruzado el patio con una excusa estúpida para venir a verme. Y eso me llena de ilusión y me mata a partes iguales.

Me llena de ilusión porque me hace pensar que «esto lo podemos recuperar» y me mata, porque me da un miedo horrible volver a lo de antes.

Desde que se ha ido de forma precipitada no he podido dejar de pensar en lo que nos alejó hace más de un año. En la fuente de todas las peleas que al final desembocaron en nuestro divorcio.

He intentado cortar leña, preparar masa para pizza, hasta he probado a quedarme traspuesto con el Tratado General de Técnica Procesal y Práctica Forense. Tomo II , pero nada. Hasta el más mínimo suspiro está enfocado en Nancy. En el: «y si…» y en el: «y si no…».

Un médico sabe que una mejora no siempre son buenas noticias: a veces el paciente se encuentra estupendamente justo antes de morir.

Porque no es solo Nancy.

Es que estar cerca de Nancy, reírme con ella, dejar que vuelva a caberme en el pecho como si nunca se hubiera ido, me devuelve todo lo que sucedió. Y dentro de «todo lo que sucedió» hay una pregunta que llevo meses sin dejar que se cruce en mis pensamientos:

¿Cómo seguirá ella?

Me limpio el sudor de las manos en los pantalones, como si intentara convencerme de que no voy a hacer lo que ya sé que haré.

Voy derecho hacia la habitación, me agacho y, de debajo de la cama, saco la caja que me entregó Martha hace apenas una semana.

Dentro está el móvil. Apagado, claro. Lo pongo en marcha y veo que tiene batería suficiente. No tiene cobertura, para eso tengo que ir a la ladera oeste.

«Vamos, Matt, eso no es más que una excursión de un cuarto de hora en un día despejado como hoy», me digo.

Salgo de la cabaña y me pongo a caminar como si solo fuera a dar un paseo para despejarme, para sacarme de encima la modorra de estar todo el día encerrado en la cabaña.

He escondido el móvil en una de mis botas. «Solo por si acaso», me planteo. «¿Por si acaso qué?». Niego con la cabeza mientras sigo subiendo.

Tengo el corazón mucho más acelerado de lo que debería tenerlo un hombre de mi edad al subir una cuesta tan fácil como esta. No es culpa de mi estado físico. Me estoy poniendo de los nervios con cada paso que me acerca a la ladera oeste. Eso seguro.

Salgo al claro del que me habló Martha de entre la maraña de árboles y arbustos, y miro alrededor como si fuera un vulgar ladrón antes de sacarme el móvil de la bota.

«Vía libre», me digo para tranquilizarme.

Enciendo la pantalla del móvil y marco el número del hospital, pero no me atrevo a darle al botón de llamar.

«Venga, Matt, solo es una llamada al hospital. Saludas, preguntas por ella para saber cómo sigue y vuelves a colgar. Eso no son ni cinco minutos», me doy ánimos, aunque no sirve de nada. Soy incapaz de apretar el dichoso icono en la pantalla.

Porque no van a ser cinco minutos. Después de preguntar por ella me voy a quedar hecho polvo. Si me dicen que está bien, que sigue adelante, ¿qué podré hacer yo desde aquí? Y si me dicen todo lo contrario, ¿qué pasará conmigo?

Algún día tendré que llamar, pero hoy no. Todavía no.

Y me quedo ahí, pensando en el plan de las abuelas, en que no sé si me siento preparado para afrontar todo lo que puede venir si esta locura sigue adelante.

En que quiero a Nancy a mi lado, pero no me apetece nada atravesar la mierda por la que pasamos hace un año y en que, lo que sí sé, es que ninguno de los dos ha cambiado, ni un ápice.

Suspiro y me agacho para esconder de nuevo el teléfono en mi bota cuando un grito me sorprende por la espalda.

—¡Sabía que tramabas algo!

—¡Joder, Nancy, casi me matas del susto! —digo llevándome la mano al pecho. Muevo un poco el pie para que el móvil termine de meterse entre la piel y el calcetín y se disimule del todo—. ¿Qué quieres que trame? Estoy dando un paseo, nada más.

—¿Un paseo? ¿Desde cuándo eres un fan del senderismo en solitario? Si te da más miedo perderte que una regañina de las abuelas.

«Mierda».

—Además, llevas más de cinco minutos mirando algo como si te fuera a explotar en la mano.

«Toneladas de mierda».

—¿Qué mano? —pregunto mientras las levanto para enseñarle que están vacías.

Solo que justo en ese momento el teléfono empieza a vibrar como un poseso en mi bota.

Nancy baja la mirada hasta mi pie y después la sube muy despacio de vuelta hasta mi cara.

—¿Qué ha sido eso?

Existe un momento en la vida de todo hombre en el que su cerebro le ofrece dos caminos: decir la verdad, o inventar algo tan estúpido que solo un genio o un desesperado podría ser capaz de darle forma en su mente.

—Piñas —digo.

Nancy parpadea.

—¿Perdona?

—Piñas de pino. —Mantengo la cara completamente seria, porque con los años he descubierto que la única forma de sostener una mentira absurda es no sonreír jamás—.

Hay una especie, aquí arriba, la del pino de montaña, que tiene propiedades medicinales.

Antiinflamatorias. Por eso he venido hasta aquí, para recolectar datos.

Sobre la vibración de las piñas. Con el frío.

—¿Las piñas vibran?

—Con el viento. Es un fenómeno documentado.

—En tu bota.

—He recogido unas muestras y no tenía otro lugar donde guardarlas.

Se hace un silencio tan absoluto que oigo, con toda claridad, cómo mi propia dignidad se despeña ladera abajo y se pierde entre los abetos.

Conozco a Nancy desde antes de tener consciencia, por eso sé —con la misma certeza que sé que las piñas no vibran— que no se ha creído ni una palabra de lo que le he contado.

Si ella quisiera podría destrozarme vivo ahora mismo. Desmontaría mi absurda mentira con solo media pregunta. Bastaría con que me obligara a quitarme la bota y que le enseñara las «muestras de piñas vibrantes o vibradoras», pero no lo hace.

Abre la boca, después la vuelve a cerrar y finalmente contesta:

—¡Ah! Piñas medicinales.

—Exacto —afirmo, sintiéndome salvado por la campana.

—Interesante línea de investigación, doctor McGregor.

—Y muy prometedora, por cierto.

Y eso es lo más raro de todo. Que Nancy, que nunca en su vida ha tolerado que nadie le cuente una trola, decide seguirme el juego.

Sospecho que, si lo hace, es para no admitir que me ha seguido hasta aquí arriba para espiarme. Es demasiado orgullosa para eso.

Lo que me hace gracia, y al mismo tiempo me tiene acojonado, es que ella piensa que le estoy escondiendo algún plan de la abuela McGonagall —que en parte es cierto—.

Un tejemaneje de esos sobre los que sospecha desde el primer día.

Casi me río en voz alta, porque no puede estar más cerca de la verdad y a la vez más lejos.

Sí, hay algo que le escondo. Pero, tristemente, lo que me ha traído hasta aquí no es lo que ella piensa.

No tiene nada que ver con la abuela, ni con planes, ni con hadas.

Lo que no puede ni llegar a imaginar es que, si he subido hasta la ladera oeste, ha sido para hacer una llamada que no me atrevo a hacer porque soy demasiado cobarde.

—Creo que quiero ver esa muestra que has recogido.

Su cambio de opinión me deja noqueado.

—Es material muy sensible. —No se me ocurre nada más que decir.

—Venga, McGregor, enséñame eso que llevas en la bota. —Se acerca un paso hacia mí y yo retrocedo por puro instinto de supervivencia.

Ella da otro paso adelante y yo otro atrás.

Se está acercando tan deprisa que no me da tiempo a retroceder y pongo el pie sobre una placa de hielo, con tan mala suerte que, cuando alargo el brazo para agarrarme a algo, lo único que encuentro es el brazo que Nancy ha estirado en mi dirección para sujetarme.

Nos caemos juntos al suelo con un ruido blando y un gruñido saliendo de nuestras gargantas.

Y de repente estoy medio hundido en el aguanieve con el frío colándose a través de mi chaqueta, pero sin notarlo, porque lo único que puedo sentir es el cuerpo de Nancy sobre mi cuerpo, sus manos apoyadas en mi pecho y su aliento mezclándose con el mío en el aire helado.

Ninguno de los dos se mueve.

Mis ojos van de los suyos a su boca, y estoy seguro de que ha notado cómo el corazón se me ha detenido en el pecho y después ha empezado a latir desbocado. Eso sí que no lo podré hacer pasar por una piña vibradora ni en un millón de años.

El tiempo se detiene en la montaña.

Puede que pase un segundo, puede que dos, o puede que una eternidad entera. Pero entonces, Nancy se aparta. Se pone en pie de un salto, intenta limpiarse la nieve con una furia que me parece totalmente innecesaria y me mira como si yo fuese el culpable de todo.

—Deberías tener más cuidado con esta ladera, es traicionera.

—Ya, me he dado cuenta.

—Y las piñas no vibran.

Después se da la vuelta y toma el camino hacia las cabañas sin siquiera mirar atrás.

Yo me quedo un rato más tumbado en la nieve y mirando el cielo, que está de un azul rabioso.

Hay dos puntos de mi cuerpo que arden en llamas.

Uno es el lugar donde el teléfono roza mi piel, el otro donde Nancy tenía las manos apoyadas hace solo unos segundos.

El problema es que no sé cuál de los dos fuegos me preocupa más.