Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Nancy

El domingo por la mañana, cuando me despierto, el estropicio de la cena sigue casi intacto sobre la mesa. Me desperezo y corro a poner unos troncos en la chimenea antes de que se apague del todo, no sea que tenga que recurrir a Matt para que encienda el fuego como el otro día.

Después del primer café, me pongo manos a la obra. Normal que mi primo estuviera beodo, nos bebimos tres botellas de vino con la cena y su mujer no probó ni una gota.

Anoche, cuando todos se marcharon, en la casa quedó la reminiscencia de sus voces alegres y del tiempo compartido. Ahora, el silencio es pesado, me recuerda lo sola que estoy.

Muevo la cabeza, intentando sacar estos pensamientos de ella, mientras llevo los platos al fregadero.

Me concentro en la tarea mecánica de limpiar los cacharros para no centrarme en pensamientos negativos, cuando, de repente, una frase que oí anoche de refilón se cuela en mi mente:

— Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. —Se lo estaba diciendo Isla a Matt. Seguro que hablaba de Oscar. Sí, porque ese cretino la cagó de verdad con ella. Pero conseguimos que le diera su segunda oportunidad; a base de mucho trabajo, claro.

Aunque también lo podía estar diciendo por Matt y por mí, porque algo parecido me insinuó a mí en la cocina.

— Lo nuestro no es lo mismo que lo vuestro. No lo puedes comparar —le contesté, porque es totalmente cierto. Nada que ver.

Me pongo a rascar la sartén con mucha más saña de la que la pobre se merece, con algo me tengo que quitar los nervios, ¿no?

Después de escurrirla, empiezo con el siguiente utensilio, que resulta ser el mejor cuchillo de Matt, se lo trajo para cortar el solomillo. Está muy afilado, así que lo trato con mucho más cuidado que a la sartén de antes.

«Ni que pensara que tiene que operar a alguien con él», me digo mientras observo el filo con miedo.

¡Qué raro que se lo dejara!

De inmediato me acuerdo de la norma que se inventó sobre la marcha, esa según la cual, si uno de los dos dejaba olvidado algo en la otra cabaña, tenía derecho de ir a recogerlo y no se le podría negar el paso, jamás.

«Tendrá morro el tío».

Decido que se lo devolveré antes de que pueda venir a reclamarlo. Lo dejaré sobre su porche y «aquí no ha pasado nada».

Pero después me doy cuenta de las ganas que tengo de entregárselo en mano.

«Qué idiota eres, Nancy, buscando una excusa, que además ha inventado Matt, para poder verlo», me reprendo. «No es una excusa para verlo. Este cuchillo es caro, además, lo más probable es que venga a buscarlo en algún momento. Yo solo estaré adelantándome a ese instante».

Lo que había dicho, estoy buscando excusas.

Pongo los ojos en blanco, pero me quito el delantal, voy en busca de mi abrigo y cojo el cuchillo por el mango antes de abrir la puerta y salir al porche.

Cuando estoy atravesando los veinte metros de agua nieve que separan las dos cabañas me doy cuenta de que siempre ha sido Matt quien ha recorrido este camino.

Fue él quien vino el primer día a casa y yo le cerré la puerta en las narices.

Fue Matt quien trajo la pizza el día que inventó la norma del derecho a reclamar objetos abandonados en casa del otro.

Él fue quien vino a encender mi fuego apagado.

Es la primera vez que yo atravieso la distancia que separa las dos cabañas por algún motivo concreto.

«Con la excusa de mierda de que se ha olvidado un cuchillo», me digo antes de tocar a su puerta.

Matt abre y, durante unos segundos, deja entrever la sorpresa en su expresión, pero consigue eliminarla de su cara enseguida. Siempre ha sido muy bueno disimulando.

—Vaya, la montaña ha venido a Mahoma. —Su sonrisa sarcástica casi consigue sacarme de quicio.

—Te dejaste esto. —Le tiendo el cuchillo.

—Y no querías que pudiera utilizar la norma veinticinco y fuera a tu cabaña a buscarlo —afirma.

—Esa norma te la inventaste sobre la marcha. He revisado el cuaderno, ¿sabes?

—Vale, entonces, ¿estás admitiendo que lo has traído porque tenías ganas de verme?

Elevo una ceja, el cuchillo todavía está en mis manos. Se lo señalo con la mirada.

—¿De verdad quieres tomarme el pelo cuando estoy sujetando un arma blanca?

La risa que sale de su pecho es burbujeante.

—Pasa, hace un frío de mil demonios y estás dejando entrar todos los grados negativos en casa sin necesidad.

En mi cabeza resuena un «ni de coña», en cambio, mis labios traicioneros pronuncian:

—De acuerdo, pero solo hasta que entre en calor.

Dentro huele a café recién hecho y yo inhalo con fuerza.

Matt sirve dos tazas mientras yo me quito la chaqueta y dejo el cuchillo sobre la encimera.

Me siento como en casa, porque esta cabaña me pertenece tanto como la de mi familia; Matt y yo hemos pasado casi tanto tiempo en ella como en la otra.

Es tan fácil olvidar el tiempo y el dolor cuando te sientes a gusto en un lugar.

—Anoche Oscar consiguió dejar el listón muy alto sin proponérselo.

—¿A qué te refieres? —pregunto al tiempo que acepto la taza de café que me tiende.

—A lo del vídeo de los perritos que no llegamos a ver y lo mucho que se rio al intentar explicarlo.

—Menos mal que aquí arriba no hay cobertura, que, si no, aún nos tendría pegados a esos vídeos que le gustan tanto. No lo entiendo, te lo juro.

—Sí, tienes razón, menos mal que no hay cobertura —responde con unos segundos de retraso, como si se lo hubiera pensado. No le doy la menor importancia. Seguro que tenía la cabeza en otra cosa y ha contestado por inercia. Es algo que a veces hace.

Y entonces sucede lo que no debería suceder.

Nos ponemos a hablar.

No a discutir, ni a lanzarnos pullas con doble filo.

A hablar, de Oscar, de lo pesado que se pone cuando bebe dos copas de más.

De la suerte que ha tenido con Isla, porque es su media naranja perfecta.

De aquella vez que se cayó en el lago vestido de pies a cabeza y que se puso a gritar como un loco para que alguien lo sacara porque decía que, con el peso de la ropa, se estaba yendo directo al fondo y se iba a ahogar.

Y que cuando Matt y yo nos tiramos al rescate, como dos gilipollas, resultó que hacía pie y nos había estado tomando el pelo.

Cómo se rieron todos de nosotros durante el resto del verano. Imbéciles.

Matt cuenta su versión. Yo lo corrijo. Él corrige mi corrección, y en algún momento nos estamos riendo igual que antes de que todo se rompiera.

Y ahí está el problema.

Todo es demasiado fácil.

Me he pasado un año entero construyendo una versión de un Matt malo y desagradable, un McGregor al que poder tener tirria.

Y, ahora, en solo un segundo, con él a mi lado, tengo la mejor versión de ese hombre junto a mí.

La que me hace reír a carcajadas solo con recordar una anécdota tonta sobre mi primo.

Y él, que no es tonto, se da cuenta al mismo tiempo que yo. Y su risa se apaga un poco, justo como la mía.

Estamos al borde de un precipicio y nuestra respiración se altera, aunque sea de forma imperceptible, lo hace. Y los dos nos conocemos tan bien que lo notamos de inmediato.

Dejo la taza de café sobre la encimera.

—Tengo que irme —digo de forma precipitada.

Matt parpadea.

—Nancy, puedes quedarte, si quieres…

Ya estoy en la puerta y no me he dado ni cuenta de haberme movido.

—No, no, tengo cosas que hacer.

Salvo que en esta montaña no hay nada que hacer, más que mirar por la ventana y fingir que no lo haces. Y los dos lo sabemos.

Salgo. Cierro la puerta con suavidad y desando los veinte metros de vuelta con el abrigo mal cerrado y el frío colándose por todas partes.

Y a mitad de camino, me quedo sembrada en el sitio, porque me acabo de dar cuenta de algo muy desagradable: he sido yo la que ha visto que la conversación se ponía a un milímetro de convertirse en algo más peligroso.

La que ha cogido el abrigo. La que ha soltado lo de que tenía cosas que hacer y la que ha cruzado la habitación sin darse cuenta de que la había cruzado.

Mi cuerpo se ha puesto en marcha solo, sin que yo tuviera que decidir nada. Como si fuera completamente normal.

Me quedo ahí plantada, con los pies hundidos en la nieve y entiendo que lo que me está helando hasta el alma no es el frío de la montaña, sino lo poco que me ha costado irme.