CAPÍTULO 11
Matt
Ya es sábado y, tras acabar de comer, el ruido de un motor subiendo por el camino de tierra me acaba de dar un susto de muerte.
Espero que no sean malas noticias. Sería lo único que me faltaría en un día como hoy y con el mal humor que llevo encima.
Cuando el cuatro por cuatro de Ozy aparece ante mi vista, un gran suspiro se escapa de mi pecho. «Ese torbellino sí que no estoy preparado para soportarlo hoy, de ninguna de las maneras», me digo, mientras hago el amago de volver a meterme en casa.
El coche se para con un frenazo entre las dos cabañas levantando una cortina de aguanieve que, un poco más y me deja chorreando.
Ozy tarda cero coma en bajarse del coche y dirigirse hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Maldito cabrón! —exclama antes de abrazarme—. Ya podrías haberme dicho que tú y mi prima estabais divorciados divorciados, no solo separados.
—Yo también te he echado de menos, Ozy. Los conflictos de tu hermano y tu primo Ben no han tenido ni la mitad de emoción que el tuyo, ¿dónde vas a parar?
Su risa cantarina resuena por el claro y hasta entre los árboles del bosque. Se nota que es feliz. Nada que ver con la última vez que lo vi.
—Hola, Matt. —Isla se acerca y me abraza con cariño—. ¿Cómo lo estás llevando? Por lo que cuenta la familia de mi marido —me guiña un ojo mientras me enseña las sortijas de su dedo anular—, no tiene que ser fácil.
—No sé qué decirte, a ratos mejor, a ratos peor.
La puerta de la cabaña McGonagall se abre y el grito que profiere Nancy hace que mi corazón dé un salto.
—¡Ozy!
Es de alegría pura, un sentimiento que no había visto en ella desde hace tanto tiempo que se me hace raro. No sabría cómo explicarlo, me causa el mismo grado de felicidad que de ansiedad. Felicidad por ella, por verla así. Ansiedad por no ser yo quien le provoque ese estado de bienestar.
Su primo corre hacia Nancy y la abraza, la hace volar dando vueltas y cuando la deja en el suelo se ríen como dos niños pequeños.
—Ni que llevaran un año sin verse. —Isla sonríe beatífica mientras los observa.
—Ya sabes que, a veces, un día aquí arriba puede parecer una eternidad.
—A mí nunca me dio esa impresión. —Su mirada pícara me hace suspirar.
—No me recuerdes tu estancia en la cabaña, por favor. Tú y el resto de los McGonagall os habéis pasado tres meses contando monedas delante de los pobres, o sea: yo. Y este mes, que se supone que es el mío, no está empezando nada bien.
—No pierdas la esperanza, Matt. Por lo que dice la abuela, ella no la ha perdido.
—¿Ya te has enterado de la leyenda de Ailithéa?
—Algo he oído, sí —dice, mientras sigue mirando a Ozy y a Nancy que se están haciendo confesiones—. Aunque con mi historial de leyendas familiares, no soy quién para opinar.
—Sí, algo me han contado al respecto, también. —Sonrío mientras le paso un brazo por la espalda y la acerco a mí.
—McGregor, esa mujer es mía. Tú, si quieres, intenta reconquistar a mi prima. Pero suelta lo que no te pertenece.
Isla pone los ojos en blanco.
—Pero qué bruto es —susurra mientras intenta que no se le escape una carcajada.
No hay como estar al inicio de una relación para que cualquier metedura de pata parezca un chiste graciosísimo.
Veo la mirada que me dirige Nancy y me encojo de hombros. Espero que entienda que no es hacia mí hacia quien debería dirigir su inquina. Oscar casi siempre es tan oportuno como una patada en los huevos, ¿por qué ahora iba a ser diferente?
—Ven y ayúdame a descargar todo lo que he traído. Me he acercado a casa de tu abuelo y le he robado tres botellas de vino, con su consentimiento, claro. Y nos hemos parado a comprar unos solomillos que se podrían comer crudos, pero prefiero que los cocines tú.
—Yo… Yo no sé si es apropiado —empiezo.
—No —contesta Nancy—, Matt preferirá cenar solo.
Ozy la mira como si estuviera loca.
—¿Cómo va a preferir eso? Además, te digo que los solomillos que he comprado solo puede cocinarlos él. Cualquiera de nosotros tres los vamos a destrozar.
Veo cómo Nancy inspira con fuerza. No está de acuerdo, pero acepta con la misma resignación con la que lo hago yo.
···
La cena resulta exactamente como imaginaba: un desastre; de esos que acaban siendo peligrosamente agradables.
Oscar monopoliza la conversación, rellena las copas antes de que nadie pueda protestar, menos la de Isla, que es quien tiene que conducir de vuelta esta noche, y hace chistes sobre cualquier cosa.
Isla apenas interviene, pero es que no lo necesita. Con una habilidad que da miedo, ha conseguido que Nancy y yo nos sentemos tan juntos que nuestras rodillas casi se rozan por debajo de la mesa y, cada vez que la conversación se desvía, la reconduce hacia alguna anécdota de nuestra infancia.
Es un trabajo fino, que funciona de maravilla, porque, sin darnos cuenta, Nancy y yo dejamos de vigilarnos para empezar a colaborar.
Ella comienza una historia y yo la termino, uno cuenta una trastada y el otro le corrige treinta mil detalles.
Hasta discutimos durante cinco minutos acerca de quién rompió la ventana de la habitación de la cabaña cuando éramos pequeños.
—No fui yo, eso seguro.
—Pues yo menos.
—Pero si tú lanzaste la pelota.
—Pero fuiste tú quien no la paró.
—Porque iba tan desviada que tendría que haber medido tres metros para poder alcanzarla…
—¿Veis? Esto es lo que más me gusta de vosotros dos. Que podéis estar horas discutiendo por auténticas gilipolleces —nos interrumpe Oscar al cabo de un rato—. Me encanta cuando sois vosotros y os dejáis de tonterías.
Isla, a la que le ha costado Dios y ayuda que todo fluya, suspira y pone los ojos en blanco cuando ve cómo nos envaramos Nancy y yo al mismo tiempo.
Después lo reprende con la mirada, pero de una forma tan cariñosa que noto cómo se me escapa la alegría durante unos segundos. No por nada, solo es la envidia que me corroe.
La envidia de ver cómo funcionan ellos y cómo hemos dejado de hacerlo Nancy y yo.
Ellos están justo en la casilla de salida de su relación y nosotros nos hemos pasado todo el tablero. La cagamos y no hay manera de volver atrás. O no la supimos encontrar y ahora nos hallamos en tableros diferentes y sin manera de volver a reunirnos en el mismo.
Porque durante mucho tiempo ni siquiera hemos hablado y, ahora que parece que hemos conseguido conectar otra vez, damos un paso adelante y dos atrás.
Nancy me mira de reojo y me doy cuenta, porque hace demasiado tiempo que la conozco, de que está pensando exactamente lo mismo que yo.
Que lo nuestro está perdido porque no sabemos encontrarnos entre toda esta oscuridad que nos rodea. Y que ninguno sabe si es mejor que sigamos alejados el uno del otro por nuestro propio bien.
Más tarde, cuando el vino ya ha empezado a hacer efecto, Ozy se empeña en enseñarme un vídeo de perros que según él es supergracioso.
—Mierda, me olvidaba de que aquí arriba no hay cobertura.
El corazón me da un brinco en el pecho cuando pienso en el teléfono que tengo escondido en mi cabaña. Cuando estos se enteren de que el engaño de la abuela McGonagall va más allá de lo del hada Ailithéa, se va a armar una de las gordas, y yo estaré más implicado de lo que me conviene.
Me paso las manos por la cara.
«Ese es un problema para el Matt de mañana, por ahora ya tienes suficiente con lo que tienes», intento tranquilizarme sin conseguirlo del todo.
Desde la barra de la cocina me llegan los cuchicheos de Isla y Nancy. Parece que discuten, y enseguida me doy cuenta del motivo. No es que yo sea especialmente vanidoso o que vaya de sobrado, pero me apostaría todo lo que tengo a que están hablando de mí.
El tono de Isla es suave e insistente, mientras que el de Nancy es cortante. Mi ex está a la defensiva. Blanco y en botella.
Cuando llega la hora de las despedidas, Oscar ha pasado de la embriaguez graciosa a la sensiblería.
—Amigo, tengo que decirte algo muy importante. —Cierra los ojos como si le costara recordar—. ¡Eres el mejor cocinero sobre la faz de la tierra! Esos solomillos estaban de puta madre. Nadie los hubiera podido hacer tan bien como tú.
—Gracias, aunque creo que quien habla por ti es el alcohol. Estás como una cuba —le digo entre risas.
Ozy cierra un ojo y me mira con atención.
—Eso no es lo que te iba a decir.
Se rasca la mejilla y mira al horizonte, como si las montañas tuvieran la respuesta. Después inspira con fuerza.
—Creo que me he pasado con el vino, porque he olvidado por completo el sermón que tenía preparado para ti.
Isla se nos acerca por la espalda y abraza a su marido desde atrás.
—Lo que Ozy tenía que decirte es que cuides mucho de Nancy. Aunque ella no quiera que lo hagas.
Oscar abre mucho los ojos y asiente.
—¡Eso! —afirma con entusiasmo alargando mucho la e.
—Nancy no quiere que lo haga, Isla.
—Precisamente, cuando no quiere, es cuando más debes cuidarla.
Pongo cara de: «¿En serio? Como si no la conocieras».
—Porque la conozco —me contesta sin necesidad de que haga la pregunta en voz alta—.
Cuando este y yo estábamos peor que nunca, fue ella quien ideó todo el plan para que volviésemos.
Así que a mí no me engaña. Tu exmujer cree en las segundas oportunidades a pies juntillas.
Siempre que no sean para ella, claro. Alguien tendrá que hacérselo ver.
A mí no me escucha, me dice que lo mío «era distinto».
—¿Y acaso no lo era?
—Lo de cada uno es distinto, claro. Pero todos merecemos una segunda oportunidad. ¿Verdad, cariño?
—Por supuesto, mi Isla —le da la razón Ozy sin saber muy bien a qué.
Se suben al coche al mismo tiempo que Nancy sale de la cabaña.
Oscar saca medio cuerpo por la ventana para volver a despedirse mientras los faros del todoterreno barren la nieve dando la vuelta de camino a la carretera de tierra que los llevará a la ciudad.
Nos quedamos quietos, mirando cómo el cuatro por cuatro se aleja, observando cómo crece el silencio entre nosotros. Ese que antes no existía porque siempre estábamos dispuestos a llenarlo de alguna forma.
—Tu primo no sabe beber —digo, al fin.
—Nunca ha sido lo suyo. Me llevó a cenar unas noches antes de nuestra boda y se pasó llorando todo el camino a casa porque decía que lo estaba dejando completamente solo.
Me río.
—No me lo habías contado.
—Me daba pena por él, pero creo que ya no. —Se nota la mofa en su voz.
Después vuelve el silencio. Mucho más oscuro esta vez, porque entre nosotros flotan asuntos que podrían salir a la luz después de las risas y las anécdotas de la noche, y que ninguno se atreve a nombrar.
—Buenas noches, Matt.
«“Matt”, otra vez Matt».
Me quedo en el porche, con el eco de las palabras de Isla todavía en mis oídos: «Lo de cada uno es distinto, claro. Pero todos merecemos una segunda oportunidad».
Ojalá lo supiera. No, ojalá creyera que nosotros también merecemos esa segunda oportunidad, porque entonces, seguramente, dejaría de tener siempre el corazón apretado en un puño.