CAPÍTULO 10
Nancy
Esta mañana, lo primero que he hecho en cuanto he abierto los ojos, después de dormir nada y menos, ha sido proponerme, otra vez, no echar ni un solo vistazo por la ventana. Y, otra vez, he fracasado estrepitosamente.
No solo eso, sino que mis ojos traidores miran en dirección a la cabaña de los McGregor cada pocos segundos. ¡Señor! Si al final no me quedará más remedio que sacármelos si quiero cumplir mis propósitos.
De repente, un movimiento en el porche de mi vecino hace que me enderece en la silla. Esa vigilante, la del pelo bonito, Martha, creo que se llama, acaba de subir los escalones de la entrada de la cabaña de Matt. Va armada con una tartera que lleva medio bizcocho dentro.
Siento un pinchazo en medio del pecho. No uno pequeñito como el primer día que la vi. Este es como un tsunami de rabia que me revuelve. Algo que no me sucedía desde que íbamos a la universidad y alguna desaprensiva se acercaba demasiado a mi chico. Mi-chi-co.
Muevo la cabeza con rapidez. Matt ya no es mi chico, ni siquiera es mi marido. Puede ser amable con quien quiera…
¡Oh, y vaya si lo es! Acaba de abrir la puerta. Su cara de agotamiento y de no haber dormido en toda la noche se transforma en una sonrisa de oreja a oreja, en felicidad pura al ver el regalo que le trae la guarda.
Le da una abrazo tan efusivo a la tal Martha que temo por la resistencia de su columna vertebral.
¡Nah! No es cierto. Si le rompe una vértebra, o dos, tampoco pasará nada. Una temporada de baja para la guarda de la corporación me parecería de lo mejorcito que puede pasar.
«Nancy, no te pega nada estar celosa. Eso son cosas de crías y tú eres una mujer hecha y derecha.
Matt puede acostarse con quien quiera, cuando quiera.
Para eso firmasteis el divorcio, para que cada uno siguiera con su vida sin depender del otro de entonces en adelante», me digo, en tono admonitorio.
No sirve de nada.
Me pongo de pie y me acerco más a la ventana, como la fisgona en la que me estoy convirtiendo desde que subí a las Salt Mountains hace unos días.
Matt levanta la vista y, al encontrarme acechándolo, me saluda con la mano.
Retrocedo, como si eso lavase mi culpa. Intento disimular yendo a la cocina para prepararme café. Inspiro con fuerza mientras me llevo los dedos al puente de la nariz.
«Vaya pillada, Nancy. Vaya pillada».
Miro de reojo a la ventana y veo cómo esos dos entran en la cabaña. No son ni las nueve de la mañana y ya tengo taquicardia.
Me peleo con la cafetera para terminar obteniendo ese café horrible que me regala la muy jodida y me lo bebo mientras vigilo la puerta de Matt de forma obsesiva.
—¡Agh! —grito al cabo de un rato—. No me puedo creer que estés haciendo esto, Nancy. ¡Para! ¡Te lo ordeno!
Pero no me obedezco. No tengo autoridad ni siquiera conmigo misma. ¡Qué bajo he caído!
Decido que necesito ocuparme para no seguir con esos pensamientos tan destructivos, así que me calzo las botas, me pongo las capas de ropa necesarias para no helarme ahí afuera y salgo en dirección a la leñera.
Una vez en el exterior, me quedo en pie, observando la puerta de entrada de mi vecino, barra exmarido, como si pudiera atravesar la madera con la mirada. Qué pena no ser Superman y tener vista de rayos equis ahora mismo.
La puerta se abre de repente y yo me doy la vuelta como si estuviera muy interesada en los troncos y en cuáles de ellos debería elegir para mi chimenea.
Las risas que oigo a mis espaldas hacen que la sangre me entre en ebullición y que, de golpe, toda la ropa que me he puesto encima me sobre.
Me afano en coger troncos al tiempo que me niego a volverme al oír las pisadas que se dirigen directamente hacia mí.
No necesito hablar con nadie ahora mismo, no es para eso para lo que he salido aquí afuera.
«Claro que no, Nancy. Tú sigue usando la técnica de repetirte las mentiras hasta que te las creas.
De momento no te ha funcionado, pero, por probar… ».
—Hola, Nancy. —Una voz femenina, y tan bonita como el pelo de su dueña, me sorprende desde mi espalda.
Me enderezo, cargando con todos los troncos que he podido recoger, y me vuelvo para encararla.
—Hola, tú debes de ser Martha, ¿no?
—¡Exacto! Me sorprende que Matt te haya hablado de mí.
«De pasada», estoy tentada a decir, aunque la verdad es que no me siento especialmente cruel y a la chica se la ve muy ilusionada.
—Sí, lo ha hecho. —Ella asiente, pero no dice nada—. Le has llevado el desayuno.
No se trata de una pregunta. Total, me han pillado espiándolos, ¿para qué voy a disimular?
—Sí, Lisa siempre se pasa preparando bizcocho, así que, como sé que a Matt le encanta, le subo todo el que yo no me puedo comer cuando voy a casa.
Me entran ganas de preguntar quién es Lisa, pero prefiero no hacerlo, porque como resulte que tiene dos amigas, y no solo una, me va a dar un algo aquí mismo.
—Yo he salido a coger leña —digo, en cambio, sin nada de entusiasmo.
—Ya veo… —Echa una mirada a mis brazos llenos de troncos—. Oscar tenía mucha energía acumulada cuando subió, por eso se pasó su mes cortando madera.
Suspiro. Parece que a la tal Martha no se le pasa nada por alto. Pensaba que los guardas de la corporación solo estaban aquí para vigilar que no nos alejásemos de las cabañas más allá de lo establecido.
—Bueno, ya nos veremos por aquí —me despido antes de que se me tuerza el genio y le diga alguna bordería a la sabelotodo esta.
No puedo evitar echar una última mirada rápida al porche de Matt. Él no está ahí. Me imagino que el bizcocho era demasiado tentador hasta para salir a despedir a su amiguita.
—Oye, Nancy. —Oigo que dice Martha a mi espalda.
—Dime. —Mi voz ya no es tan amable como hace unos minutos.
—Matt necesita a alguien que cuide de él. Es como un osito de peluche que requiere un montón de mimos.
Entrecierro los ojos.
—Por lo que he visto, para eso ya te tiene a ti. ¿No? ¿Es eso lo que me estás insinuando? ¿Que no me preocupe, que ya te encargas tú? —pregunto con la voz llena de rabia.
—¿A mí? —Se señala con el índice mientras se ríe a gusto—. No, la mimosa de mi relación es Lisa, yo soy más bien seca.
Me observa mientras mi cerebro obtuso llega a la conclusión a la que debería haber llegado cuando, hace un rato, ha dicho —sin decirlo— que el pastel lo ha preparado su pareja.
Me doy una palmada imaginaria en la frente y empiezo a balbucear una disculpa cuando me doy cuenta de cómo he metido la pata.
Martha niega con la cabeza a la vez que sigue tronchándose de la risa.
—Sois tal para cual —indica cuando al fin puede coger aire—. No me extraña que sigáis tan colgados el uno por el otro.
—Yo no estoy colgada por Matt.
—Ya —afirma, serenándose de golpe y mirándome a los ojos como si pudiera ver el interior de mi alma—.
Yo solo te diré lo mismo que le he dicho a él: no sé la razón exacta de vuestro divorcio.
Solo puedo ver lo mal que lo estáis pasando los dos.
Lo de él hace meses que lo vengo observando, a ti me ha bastado echarte dos o tres vistazos para darme cuenta de que no estás mucho mejor.
Tendréis que hacer algo al respecto, aunque sea hablar de ello.
Después, sin darme tiempo a replicar, se da la vuelta y se larga.
Me deja con la palabra en la boca. Algo que muy poca gente se atreve a hacer.
¡Psicóloga de pacotilla! Si ni siquiera es mi amiga. ¿Cómo se atreve a dar consejos que no le he pedido?
Trago saliva.
Lo malo es que Martha ha acertado, y eso es lo que de verdad me duele.
No lo de hablar —hablar no sirve de nada cuando ya se ha dicho todo—, sino lo otro.
Lo de que se me nota. Me puse la careta de «aquí no pasa nada, sigan que no hay nada que ver», y resulta que soy más transparente que un testigo al que acaban de pillar mintiendo.
Cojo mi leña y vuelvo a la cabaña con la barbilla alta, intentando conservar algo de dignidad, aunque no me esté mirando nadie.
Ya dentro, mientras apilo los troncos junto a la chimenea con más rabia de la necesaria, la frase que Martha ha soltado sin darle importancia se me queda dando vueltas: Matt necesita a alguien que cuide de él .
Y ahí, sin comerlo ni beberlo, se me abre una puerta que lleva demasiado tiempo cerrada a cal y canto.
Porque yo sé lo que es cuidar de Matt. Sé cómo vuelve de una guardia de veinticuatro horas: cómo se sienta en el borde de la cama sin encender la luz, cómo huele —a desinfectante, a cansancio, a cosas que no me contaba—, el silencio que traía las noches en que había perdido a alguien en la mesa.
Durante años fui yo la que le preguntaba cómo había ido. La única que sabía hacerlo.
Y sé, de una forma tan precisa que me parte el alma, cuál fue la última vez que no me contestó a esa pregunta.
La noche en la que él llegó a casa hecho un trapo, buscando exactamente eso —que alguien lo cuidara—, y en vez de encontrarse con su mujercita cariñosa, se encontró con un millón de carpetas abiertas sobre la mesa del comedor y conmigo detrás, muy dispuesta a volver a discutir por el mismo tema por el que llevábamos peleándonos semanas.
Aunque esa vez no lo hicimos, esa vez rompimos nuestro matrimonio sin necesidad de discutir.
Martha piensa que tiene que tender puentes de plata entre Matt y yo.
Que yo soy algo así como el enemigo. La exmujer resentida a la que hay que convencer de que baje la guardia y que cuide de él.
No sabe que se lo está pidiendo a la única persona del mundo que aprendió a cuidar de Matt cuando volvía roto.
Y la única que, una noche, cuando más lo necesitaba, decidió no hacerlo.