Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Matt

Llevo más de dos horas contando las vigas del techo. «A falta de ovejas, buenos son travesaños», me he dicho cuando he empezado a hacerlo, pero no es verdad. No consigo sacarme de la cabeza los pensamientos que no me dejan dormir.

Me levanto de la cama, me voy a la cocina y me preparo un vaso de leche caliente. Tengo drogas más fuertes en el botiquín, pero son más de las tres de la mañana y si me tomo un sedante ahora, me pasaré durmiendo hasta después de la hora de comer.

Decido tumbarme un rato en el sofá con un libro.

Elijo uno de los más aburridos de la estantería, eso siempre ayuda.

Mira por dónde doy con uno de leyes: Tratado General de Técnica Procesal y Práctica Forense.

Tomo II . Se lo debió de dejar aquí algún McGonagall.

Esto tiene que dar sueño hasta a un muerto, menudo tocho.

Lo abro por el índice y ya noto que se me empiezan a cerrar los ojos.

De repente una palabra en el libro me transporta a la noche en que todo acabó. Puedo ver la carpeta abierta sobre la mesa del comedor, sentir el sudor de la guardia aún pegado a mi piel, los gritos. La distancia.

Esa noche no nos fuimos a dormir después de reconciliarnos. Estoy seguro de que eso es lo que ha encontrado Nancy en el cuaderno, la norma cuarenta y tres: «Nunca irse a dormir enfadados».

Esa puñetera norma ha sido la razón de la mirada que ha atravesado esos veinte metros y se me ha clavado directamente en el alma. La he sentido como un dardo. Un reproche silencioso a través de la distancia.

Por eso ahora soy incapaz de conciliar el sueño.

Un año. Un puñetero año intentando olvidar los motivos que nos llevaron a divorciarnos, y en menos de media hora los recuerdos llenan mi cabeza otra vez.

No pienso abrir ese melón. Al menos no esta noche.

Esos momentos de mi vida son tan dolorosos que están encerrados bajo llave y a buen recaudo.

No se pueden abrir a la ligera y, mucho menos aquí, solo y desamparado.

¡Vamos hombre! Estoy como para que me pegue un ataque de ansiedad y darme a la bebida como hice hace dos meses, cuando estaban Sam y Lindsay aquí arriba.

Menuda resaca me hicieron pasar con los disparos a las dianas de los cojones.

Me pongo en pie de nuevo, dejo el libro justo en el lugar donde lo había encontrado. No sea que alguien venga a reclamarlo y yo lo haya usado para calzar una mesa. Porque no creo que sirva para mucho más.

Regreso a la cocina. Estoy tentado de servirme un buen lingotazo de whisky del bueno, de ese que guarda mi abuelo tan celosamente. Pero desisto. Con eso solo conseguiré levantarme con un terrible dolor de cabeza por la mañana. No estoy acostumbrado al alcohol.

Doy una vuelta entera por la cabaña y después otra y otra. Como un perro encerrado en un corral.

Me acuesto y vuelvo a empezar el recuento de vigas del techo.

Me despierto sobresaltado para darme cuenta de que solo son las cinco y media de la mañana. Estoy agarrotado. Tengo la boca pastosa y la cabeza embotada de haber dormido poco y mal. Y lo peor de todo: estoy de un humor de perros.

El problema no es recordar la última noche en nuestro piso de Anchorage. Lo peor es que durante un año he conseguido tener todos los sentimientos archivados en su sitio. Una carpeta para el dolor, otra para el amor, cada cosa compartimentada y bien separada.

Todo muy bien ordenado y con el recuento de lo que me quedaba de cada cosa perfectamente archivado.

Ahora, en solo tres días, tres puñeteros días y encender una chimenea, compartir risas comiendo una pizza para que las carpetas se mezclen y no sepa dónde empieza un sentimiento y termina el otro.

Estoy acojonado. Eso es lo que me pasa. No me reconozco a mí mismo.

Tiro de la piel de mis mejillas hacia abajo con las palmas de las manos para no darme de hostias, que a lo mejor es lo que me convendría para dejar de hacer el tonto.

—Basta, McGregor. ¡Basta ya!

Me pongo un pantalón corto y una camiseta de deporte y salgo al porche trasero.

Debemos de estar a menos varios grados, pero estoy poseído por esa clase de energía nerviosa y sucia que no se quita durmiendo más, solo moviéndote.

Lo sé porque he superado suficientes guardias de veinticuatro horas como para reconocer el cóctel: cortisol, azúcar bajo y el cerebro que no está por la labor de parar de darle vueltas a lo mismo ni aunque lo mates.

Me tumbo sobre la madera helada y llena de escarcha y mi cuerpo comienza a reaccionar al frío. No puedo estar parado.

Empiezo a hacer abdominales: uno, dos, tres…

la cadencia me ayuda a aislarme de los pensamientos machacones que llevan acosándome desde que la mirada de Nancy se clavó en la mía anoche.

Desde ese instante en el que supe que los dos estábamos pensando exactamente en lo mismo.

La puñetera norma cuarenta y tres y cómo la jodimos nuestro último día juntos.

Ciento cincuenta y uno, ciento cincuenta y dos, ciento cincuenta y tres… Los músculos me arden y por fin tengo la cabeza en blanco cuando una voz habla justo encima de mí:

—Madre mía, McGregor. ¿Te has propuesto no poder reírte ni de tus propios chistes en un mes? Como sigas machacándote los abdominales de esa manera durante mucho tiempo, no podrás doblarte ni para atarte los zapatos.

Doy tal respingo que casi me descoyunto. Martha está apoyada en la barandilla de la terraza, con su uniforme de guarda, un termo en la mano y la sonrisa más burlona de todo su repertorio.

—¿Tú no tenías días libres? —le contesto por todo saludo.

—Ya se me han acabado. Bueno, en realidad debía volver mañana, pero Lisa tenía trabajo, en la ciudad me aburro mucho si ella no está en casa, y me tenías preocupada, por lo que veo, con razón, por cómo te estaba yendo a ti y a tu vida amorosa. ¿Esto es terapia de choque?

—Es ejercicio, idiota.

—¿Antes de que salga el sol, a dos grados bajo cero y haciendo abdominales como si te fuera la vida en ello? Parece mentira que seas médico, chavalote. ¿O eres de esos que solo ven la mota en el ojo ajeno?

Suspiro con fuerza y me siento en el suelo sujetándome las rodillas.

—Necesitaba quemar…

—¿Rabia acumulada? —me interrumpe.

—Energía, eso es lo que necesitaba quemar.

—¿Sabes que hay maneras mucho más divertidas de hacer eso? Y que además te dejan satisfecho y lleno de endorfinas.

Pongo los ojos en blanco.

—El deporte también produce endorfinas.

—Llevo observándote un buen rato. Eso que practicabas no era deporte, se parecía más a una tortura.

Niego y me pongo en pie. Entro en la cabaña y Martha me sigue de cerca.

—Ayer te vi atravesar el patio entre las cabañas con una pizza del tamaño de un camión. ¿Cómo fue?

—¿Llegaste anoche? —Estoy realmente sorprendido—. ¿Por qué no viniste a verme?

—¿Qué parte de «te vi atravesar el patio con una pizza » no has entendido? ¿Tengo que añadir: supuse que ibas a cenar con tu ex y no necesitabas que yo me entrometiera? ¿En serio?

Me froto la cara con las manos.

—Pues igual habría sido mejor que me hubieras impedido que fuera.

La cara de mi amiga se entristece.

—¿Tan mal fue?

—Fue bien —admito—. Ahí está el problema.

Martha asiente despacio, como si le hubiera confirmado lo que ella ya sospechaba.

—Fue bien —repite—. Cenasteis, os reísteis, hubo momento tonto y, en vez de irte a dormir contento, estás aquí a las seis de la mañana haciendo abdominales para castigarte por haberlo pasado bien.

—No me castigo.

—Matt, tienes escarcha en la espalda.

No tengo respuesta para eso, así que me miro las manos.

—El problema no es que fuera mal —digo al final, más para mí que para ella—. He aprendido a sortear lo malo. El problema es que fue como antes. Y, cada vez que es como antes, me acuerdo de que fue justo así hasta que la cagamos.

Martha se queda callada durante un rato, dando pequeños sorbos al café y mirando por la ventana, mientras el color azul del cielo va tornándose en anaranjado.

Después se vuelve hacia mí muy seria.

—¿Tú sabes aquello que te dicen cuando vas a contratar un fondo de inversión?

La miro entre incrédulo y alucinado.

—¿Un fondo de inversión? ¿De qué me estás hablando, Martha?

—Sí, cuando vas al banco y le das tu dinero a esa gente. Lo primero que te hacen firmar es que entiendes que rentabilidades pasadas no aseguran rentabilidades futuras.

—Sí, sé qué me dices, pero no entiendo qué tendrá que ver eso conmigo ni con Nancy.

—Pues yo lo veo muy claro, Matt. Lo que sucedió en el pasado, ya sucedió. ¿Que la vida es una perra y te puede destrozar el corazón todas las veces que quiera y alguna más? Totalmente cierto. Pero no es menos cierto que tú sigues enamorado de esa mujer…

Abro la boca para interrumpir su diatriba, pero ella levanta un dedo en el aire para impedírmelo.

—Que en el pasado lo vuestro no funcionase, no significa que no podáis hablar de lo que sucedió y arreglarlo para que no os vuelva a pasar algo igual en el futuro.

—¿Te has dedicado a estudiar filosofía estos dos días que has pasado en la ciudad?

Martha eleva el labio superior para demostrar su descontento.

—Aunque no sé qué pasó exactamente entre vosotros, y visto lo visto tampoco quiero saberlo, se nota a la legua que los dos seguís creyendo que tenéis razón y que ninguno piensa dar su brazo a torcer. Vamos, que, si uno es cabezota, el otro lo es el doble.

La miro fijamente durante unos segundos. No puedo rebatir lo que acaba de soltar. En parte sé que tiene razón. En el fondo sé que no estoy preparado para llegar a ese punto, todavía.

—Hala, me voy a hacer la ronda. Ya te he dejado material para pensar un ratito más.

—¡Serás cabrona! Menos mal que no tengo muchas amigas como tú, que, si no, ya estaría bien muerto.

Su risa resuena por la cabaña mientras abre la puerta para salir.

«Hoy no voy a mirar por la ventana en todo el día. Ya se puede caer la casa, que no miraré».

Preparo las cosas para darme una buena ducha y, antes de meterme en el baño, hago exactamente lo que he jurado no hacer: me acerco a la ventana de la terraza, solo un segundo. «Para comprobar el tiempo», me digo.

De la chimenea de Nancy sale humo. Un hilo fino, continuo, del color justo. No el humazo negro y ahogado de quien pelea con la leña mojada, sino el de un fuego que lleva ardiendo desde anoche.

No lo ha encendido, claro. Nancy es incapaz de encender un fuego ni aunque le fuera la vida en ello, y ella lo sabe tan bien como yo.

Lo que ha estado haciendo toda la noche es cuidarlo para que no se apague. Levantarse en mitad de la noche a echar un tronco. Vigilar que la única cosa que le da calor en esa cabaña siguiera viva hasta la mañana.

Ella ha sido capaz de mantener el fuego encendido toda la noche.

Yo he mantenido igual de vivos en mi cabeza unos pensamientos que no debía.

Y me sorprendo sonriendo como un imbécil por un hilo de humo, antes de acordarme de que eso —alegrarme por sus pequeñas victorias como si todavía fueran mías— es precisamente la clase de cosa que me destrozó la otra vez.

Me meto en la ducha antes de que la sonrisa tenga tiempo de convertirse en otra cosa.