CAPÍTULO 8 #2
Habíamos subido a las Salt Mountains porque yo me negaba a pasar mi última noche de soltera en un hotel de Anchorage rodeada de amigas con las que apenas me relacionaba, champán y objetos con forma de pene.
La abuela no quería ni oír hablar de perderme de vista.
Menos mal que Lindsay me ayudó a escapar.
Matt me encontró sentada en el porche, envuelta en una manta, cuando se suponía que no debía verme hasta el día siguiente. Discutimos porque él había conducido durante casi dos horas en mitad de la noche. Después discutimos porque yo había desaparecido sin avisar.
Y terminamos tumbados en el suelo del salón, hablando de todas las cosas que podían salir mal:
—Seguro que discutiremos más de una vez —dijo en voz muy flojita.
—Eso no es una posibilidad, eso es una certeza —contesté yo en el mismo tono.
—Algunas noches querré estrangularte.
—No menos que yo algunos días antes del desayuno.
Y entonces abrió el cuaderno.
—Necesitamos una norma nueva —añadió.
—Somos adultos —protesté yo.
—Eso no te ha impedido traer el cuaderno.
—Lo he encontrado en un cajón.
—Y lo has dejado encima de la mesa, abierto por la última página.
—Una coincidencia.
—Claro… —dijo con sarcasmo.
Recuerdo su sonrisa. La luz del fuego sobre su cara. Sus dedos entrelazados con los míos mientras intentábamos escribirla los dos a la vez. Porque en ese momento fue una promesa solemne que nos hicimos.
«Nunca irse a dormir enfadados».
La gran norma, la única que juramos que cumpliríamos siempre.
Apoyo la yema del índice sobre la palabra «nunca». Hasta imagino que la tinta está desgastada en ese punto.
Puede que los dos regresáramos a esta página durante los años siguientes para recordarnos que, por muy crueles, orgullosos o cabezotas que fuéramos, siempre encontraríamos la manera de volver al otro.
Hasta aquella noche, en Anchorage, en nuestra propia casa. Casi todas antes de la última.
La lámpara encendida sobre la mesa del comedor y una carpeta abierta entre los dos.
Matt todavía llevaba la ropa del hospital y yo estaba concentrada en unos informes que había traído de la oficina.
Lo peor de todo es que no gritamos, casi ni nos dirigimos la palabra, al menos él no lo hizo.
La forma en que Matt me miró desde el otro lado de la habitación, como si acabara de descubrir algo en mí que no podía soportar.
Y la forma en que yo sostuve su mirada porque prefería que me odiara a permitirle ver que estaba rompiéndome.
Él se fue al dormitorio y yo me quedé en el salón, ninguno llamó al otro, ni atravesó el pasillo para hacer las paces para no irnos a dormir enfadados.
La mañana siguiente ya era demasiado tarde.
Retiro la mano del cuaderno.
—No.
Esta vez la palabra no suena firme.
Cierro la tapa de golpe, pero la frase continúa delante de mí:
«Nunca irse a dormir enfadados».
Qué fácil resultaba escribirlo cuando creíamos que el amor era suficiente para arreglar cualquier estropicio.
Qué sencillo era hacer promesas antes de descubrir que hay discusiones que no terminan cuando uno deja de gritar. Algunas se meten en la cama contigo y duermen en medio de los dos. Y cuando despiertas, han crecido tanto que ya no sabes cómo mirar a la persona que está al otro lado.
Me pongo en pie porque no puedo seguir sentada.
La chimenea crepita a mi espalda y, sin embargo, tengo frío.
Doy vueltas por la cabaña desde el salón a la cocina, después a la puerta del baño y vuelta a empezar.
No sé qué estoy buscando. Quizás una objeción o una prueba que invalide lo que acabo de leer.
Cualquier defecto de forma que me permita declarar nula la norma cuarenta y tres y convencerme de que romperla no significó nada.
Al final, acabo por darme cuenta de que eso no existe. Está escrita con nuestras letras entrelazadas, firmada sin necesidad de rúbricas. Y constituye la prueba más clara de que Matt y yo sabíamos exactamente qué no debíamos hacer y lo que hicimos de todos modos.
Me abrazo a mí misma y observo el cuaderno cerrado.
Durante un año he reconstruido aquella última noche tantas veces que podría presentarla ante un jurado sin consultar una sola nota.
He convertido nuestro divorcio en un caso y me he dedicado a ordenar las pruebas para asegurarme de obtener siempre el mismo veredicto: Diferencias irreconciliables.
Pero esa página no habla del caso, ni de mis principios, ni de lo que Matt me recriminó entonces. Habla de dos personas que prometieron no dejar que el orgullo las separara durante una noche y que, cuando más importaba, no fueron capaces de recorrer un pasillo.
Me acerco al ventanal sin cortinas. La nieve refleja la luz de la luna y convierte el espacio entre las dos cabañas en una extensión pálida, casi azul. Apenas veinte metros.
Durante todo este tiempo he pensado en la distancia que existe entre Matt y yo como si fuera inmensa.
Un año, un divorcio, un millón de discusiones imposibles de olvidar.
Pero su cabaña está ahí mismo, tan cerca que, si saliera y atravesara la distancia que nos separa, tardaría menos de un minuto en llegar a su puerta.
La luz sigue encendida en la cabaña McGregor y allí, en su ventana, está Matt, mirando hacia aquí. Entonces levanta la cabeza de golpe, como si alguien acabara de pronunciar su nombre.
Como si el dolor pudiera atravesar una ventana, veinte metros de nieve y un año entero de silencio.
Sus ojos encuentran los míos. No puedo ver bien su expresión, pero no hace falta. La reconozco. Es la misma con la que me miró aquella última noche, justo antes de darse la vuelta y marcharse al dormitorio.
Solo que ahora no hay una pared entre los dos. Hay una montaña entera.
Y, aun así, por primera vez desde nuestro divorcio, tengo la sensación de que Matt y yo estamos recordando exactamente lo mismo.