Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Nancy

Hay errores que una mujer adulta se puede permitir, como llamar «señoría» a un camarero después de una jornada laboral de catorce horas o ponerse dos zapatos casi idénticos, uno negro y el otro azul oscuro, y disimular durante todo el día porque no tiene tiempo de ir a casa a cambiárselos, por ejemplo.

Reírse a carcajadas, con la boca llena, atragantándose con el vino, en la misma mesa donde tu exmarido te está mirando como te miraba antes, eso es una negligencia muy grave.

«Media pizza , Nancy. Te has comido media pizza y te has reído hasta que te ha dolido la barriga. Enhorabuena. Un año de trabajo tirado a la basura por una masa demasiado gruesa».

Y, para rematarlo, en la puerta, con él ya de espaldas, se me ha escapado un «Buenas noches, Matt». Matt. Su nombre. No su apellido.

McGregor es alguien a quien puedo mantener lejos de mi corazón. Matt es otra persona muy distinta; alguien a quien no quiero ni puedo recordar ahora mismo.

Para más inri, he cerrado la puerta hace veinte minutos y sigo de pie, recordando machaconamente lo que hemos dicho y hecho durante la cena.

Me río al recordar cómo ha imitado a la abuela mientras recogía los platos.

—No —grito en voz alta—. ¡Basta! —Las palabras resuenan en la cabaña vacía; hasta parece que hacen eco.

Y lo peor no es que yo me haya reído, es que los dos hemos bajado la guardia. Hemos vuelto a comportarnos como cuando éramos «nosotros», nos hemos olvidado de que estábamos divorciados.

Matt no debería ser capaz de hacerme reír así. Lo justo sería que el divorcio hubiera incluido una cláusula que no se lo permitiera.

Yo me quedo con la cubertería, la mitad de los libros y la capacidad de ignorarlo; él con la cafetera, sus camisas espantosas y el recuerdo de todas las veces que consiguió hacerme reír hasta que me dolió el estómago.

Eso habría sido un reparto equitativo de nuestros bienes, tanto los tangibles como los intangibles.

Pero nadie te advierte de que, cuando firmas los papeles del divorcio, tu exmarido puede llevarse sus cosas y dejar dentro de ti todo aquello de lo que jamás serás capaz de desprenderte del todo: su voz, sus gestos, la forma en que eleva una ceja cuando sabe que ha ganado una discusión.

Y esa risa grave que ha soltado esta noche cuando le he dicho que su pizza sería aceptable si no tuviera una opinión tan exagerada de sí mismo.

Una risa que todavía parece rebotar contra las paredes de madera de la cabaña.

«Lo de esta noche no puede volver a suceder. ¿O sí? ¡¡Qué va!! ¿Estás loca?», suspiro. «Todavía no, pero tengo muchos números para enloquecer como esto continúe así».

«A ver, Nancy. Te has pasado un año intentando olvidar al hombre de tu vida.

Lo has conseguido con más o menos éxito.

Que ahora tu abuela te encierre a veinte metros de él y tú lo consientas —porque, por mucho que digas lo contrario, podrías haberte negado a subir a la cabaña— no significa que tengas que volver con él».

«Tú no te crees la patraña esa del hada Ailithéa. La mejor solución para la añoranza es darse un buen baño en ella», me digo, al fin.

Así que me voy directa hacia la mesa, donde hemos dejado el cuaderno rojo de los cojones, en el centro, como si me hubiera estado esperando, y me dispongo a leer todas y cada una de las normas que escribimos Matt y yo cuando aún no levantábamos un palmo del suelo.

Él mucho menos que yo, porque dio el estirón más tarde y yo lo miré desde arriba durante una buena temporada.

La cubierta del dichoso cuaderno está desgastada, con las esquinas dobladas y una mancha oscura cerca del lomo que podría ser chocolate, barro o sangre.

Conociéndonos, cualquiera de las tres opciones resulta posible.

Lo abro por la primera página. Las letras se inclinan en todas direcciones, escritas con rotuladores distintos y una ortografía que habla fatal de la escuela privada a la que acudíamos cuando éramos niños.

«Norma uno: Quien llegue primero a la cabaña puede elegir silla, manta y taza, pero solo hasta que el otro demuestre que la necesita más».

Sonrío, porque, por alguna razón, yo siempre terminaba teniendo todo lo que quería.

Me engañaba pensando que sabía argumentar mejor y que a Matt no le quedaba más remedio que cederme las cosas porque yo sabía pelear mejor por ellas, hasta que me di cuenta de que lo hacía porque le gustaba darme todo lo que yo quería.

Paso la página con rabia. No estoy mirando el cuaderno para acordarme de sus mejores gestos.

«Norma dos: El que llegue el último tendrá que ir a buscar leña».

Una flecha conduce hasta una anotación añadida con letra pequeña:

«No cuenta si Nancy empuja a Matt para entrar antes».

—Objeción —murmuro—. No se aportaron pruebas concluyentes.

Sigo pasando hojas.

Hay normas sobre quién puede sentarse más cerca del fuego, quién debe comprobar que no haya monstruos debajo de las camas y quién puede elegir el sabor del helado en verano.

En casi todas, Matt intentó introducir alguna modificación para impedir que yo obtuviera una ventaja evidente. En casi todas, fracasó.

Llego a la número ocho.

«Norma ocho: Queda prohibido asustar al otro cuando va al baño por la noche».

A su lado hay un dibujo de una figura con los brazos levantados y unos dientes enormes. Debajo, con la letra de Matt: «Esta va especialmente dirigida a Nancy».

—Fuiste tú quien gritó —le recuerdo a Matt, aunque no esté—. Y despertaste a toda la familia. Yo solo me había escondido detrás de la puerta con una sábana sobre la cabeza. Fue una broma inocente —digo en tono de reproche.

Que Matt saliera corriendo, chocara contra una mesa y jurase haber visto al fantasma de mi bisabuelo Erwin no fue culpa mía.

La risa se me escapa ligera. Esta vez no intento detenerla. Estoy sola. Ni yo misma voy a utilizarla en mi contra.

Continúo avanzando.

«Norma doce: No se puede echar a nadie de la cabaña si está nevando».

Yo añadí después: «A menos que se lo merezca mucho». Y justo debajo: «Entonces tampoco».

Esta frase podría dar mucho que pensar, si no fuera porque la escribimos cuando no éramos más que unos críos y ninguno de los dos tenía el poder para predecir qué sucedería en el futuro.

Paso otra hoja, deprisa, antes de que mis pensamientos se encasquillen donde no deben, y otra. La indignación que me acompaña desde que Matt se ha marchado empieza a disolverse.

«Ese no era el objetivo, Nancy. Si no recuerdo mal, buscabas quitarte la añoranza a fuerza de ver que este cuaderno es algo que escribieron dos niños, no los adultos que sois ahora y que, por tanto, no tiene ninguna influencia sobre ti», suspiro.

«Sigue diciéndote eso, igual hasta te lo crees», me recrimino.

El cuaderno, al contrario de lo que yo pretendía, consigue recordarme que el hombre que vive en la cabaña vecina es el mismo niño adorable que intentó convencerme de que una ficha roja valía el doble que una azul porque él tenía más rojas.

El mismo idiota que pasó años fingiendo que no estaba enamorado de mí mientras aparecía en cualquier sitio al que yo fuera y amenazaba a cualquiera que me hiciera llorar.

Incluido uno de mis hermanos.

Las últimas páginas contienen cada vez menos normas. Los espacios en blanco son más amplios, como si al crecer hubiéramos empezado a venir menos o hubiéramos decidido que ya no necesitábamos escribir cómo debíamos comportarnos.

La número treinta y nueve prohíbe llevar parejas a la cabaña sin aprobación del otro propietario. La tachamos años después, cuando comprendimos que a ninguno de los dos iba a gustarle jamás cualquier pareja que pudiera tener el otro.

La cuarenta establece que quien cocine no lava los platos.

La cuarenta y dos ocupa la parte superior de una página y está escrita con mi letra de cuando estudiaba en la universidad.

«Norma cuarenta y dos: Ninguno de los dos tomará una decisión importante sin informar antes al otro».

Me quedo observándola. No recordaba que hubiéramos añadido reglas siendo tan mayores. Paso el pulgar por la tinta, ya algo desgastada, e intento recordar cuándo la escribimos.

¡Ya sé cuándo fue! Después de que Matt aceptara unas prácticas en un hospital de Seattle.

No me dijo nada de nada hasta que le confirmaron que estaba aceptado.

Cuando me enteré, nos pasamos dos días enteros discutiendo.

Después me llevó a cenar, pidió mi postre favorito y me explicó que no me lo había contado porque no quería que me preocupara antes de saber si finalmente se marcharía.

—Esa es la excusa más idiota que he oído en mi vida —le dije, y lo decía en serio.

—Pues, entonces, tendrás que redactar una ley prohibiendo que lo vuelva a hacer —contestó con una media sonrisa canalla.

Así que redacté una norma en nuestro cuaderno. ¡Vaya si lo hice!

Sonrío con tristeza y paso la página.

Espero encontrarla en blanco, pero no lo está.

Al principio no entiendo qué estoy viendo.

Hay una sola frase en el centro, escrita con bolígrafo negro. La caligrafía no es infantil. No hay mayúsculas exageradas, dibujos ridículos ni correcciones en los márgenes.

La letra es firme, adulta.

La mía ocupa la primera mitad de la línea. La de Matt termina la frase.

«Norma cuarenta y tres: Nunca irse a dormir enfadados».

Dejo de respirar y no lo digo como si se tratara de una metáfora. El aire deja de entrar literalmente en mis pulmones. Soy incapaz de hacer pasar ni una bocanada a través de mi boca.

Me doblo sobre mí misma para ver si la postura ayuda, pero no. Por un momento pienso que me va a dar un colapso, que me voy a desmayar. De repente, sin saber muy bien cómo, consigo hacerlo. Consigo inspirar por la boca.

El dolor que siento sigue siendo el mismo que si tuviera los pulmones secos.

Fijo la mirada en la norma cuarenta y tres.

Conozco la tinta. Conozco la letra. Y recuerdo exactamente cuándo la escribimos.

La noche antes de nuestra boda vinimos aquí.