CAPÍTULO 7
Matt
El buen rollito que hemos tenido Nancy y yo por la mañana en su sala de estar se me ha quedado pegado en la piel y no dejo de pensar en ello durante todo el día.
«¿Llamas buen rollito a diez minutos hablando sin tiraros los trastos a la cabeza, McGregor? Sabía que estabas desesperado, aunque no pensaba que lo estuvieras tanto», me digo.
«No estoy desesperado. Sigo teniendo a Nancy clavada en el corazón, y me temo que eso no lo va a cambiar ni un año de separación ni todas las sentencias de divorcio del mundo».
Darme cuenta de esa realidad hace que casi me estalle la cabeza.
A ver, está claro que nunca había dejado de saberlo, pero una cosa es ser vagamente consciente de ello, en el fondo de tu mente, y otra muy distinta, atreverte a poner en palabras un sentimiento que deberías tener enterrado y olvidado por completo.
Decido ponerme a preparar masa para pizza . Es lo único que consigue mantener mi cerebro a raya y libre de pensamientos. Preparar los ingredientes y mezclarlos me conduce a una paz que nada más consigue y es justo lo que necesito ahora mismo.
Es raro, porque un gesto tan automático como amasar debería lograr justo lo contrario: que los pensamientos vagaran libres por mi mente o que afloraran aquellos que tengo almacenados en el subconsciente.
Pero siempre ha sido así. Ponerme a cocinar pizza hace que mi mente se quede en blanco. Es mi forma de meditar.
Aunque se ve que mi subconsciente estaba demasiado ocupado en otros menesteres, porque, cuando salgo de mi trance, me doy cuenta de que he preparado pizza para un regimiento.
«Joder, y Martha está en la ciudad», me riño.
Lo que sé de inmediato que no es más que una excusa.
Podría compartir la pizza con el resto de los guardias.
No sería la primera vez desde que empecé a relacionarme con ellos.
Aunque, demasiado tarde, me doy cuenta de que solo hay una persona en toda la montaña y, por qué no decirlo, en todo el mundo, con la que me apetezca compartirla ahora mismo.
—Piensa, McGregor. ¿Qué excusa podrías poner para presentarte en su casa con la cena preparada?
Y, de repente, las veo ahí. Las pinzas con las que he estado removiendo el fuego esta mañana y que, sin querer, me he traído conmigo.
Estaba tan embobado por su cercanía y su aroma que las agarraba con tanta fuerza que se me ha olvidado dejarlas junto al fuego cuando este ha prendido.
Cuando he llegado a casa con ellas todavía fuertemente apretadas entre los dedos, he pensado que ya se las devolvería en otro momento. Pues nada, el momento ha llegado.
Me felicito por ser tan perspicaz.
Agarro las pinzas con una mano y, con la otra, la pizza que he colocado en una bandeja, y atravieso los veinte metros que nos separan.
La nieve cruje bajo mis botas y ni siquiera me da tiempo a ensayar un discurso cuando ya estoy tocando a su puerta. Espero que el olor a comida la disuada de volver a cerrarme la puerta en las narices.
—¿Qué quieres ahora, Matt? —Su voz quiere sonar hastiada, pero la conozco lo suficiente para saber que no lo está tanto como desea aparentar.
Muevo la cabeza y aprieto los labios disimulando una sonrisa. Si no usa mi apellido, es que no está tan enfadada. Eso debería ser un punto para mí. Después me lo anoto.
—Traigo tus pinzas para el fuego, me las he llevado esta mañana sin querer. —La puerta se entreabre unos centímetros y aprovecho para meterle la pizza bajo las fosas nasales. Sé que no puede resistirse a ese olor—. ¡Y pizza !
—No —contesta sin cederme el paso.
—¿Qué significa «no»?
—Que contigo todo empieza con pizza y termina conmigo fregando los platos. He dicho que no.
Meto la mano y suelto las pinzas para el fuego, que caen haciendo mucho ruido.
—Norma veinticinco: «Si uno de los dos deja olvidado algo en la otra cabaña, tiene derecho a ir a recogerlo y no se le podrá negar el paso, jamás».
—Esa norma te la acabas de inventar. Además, esas pinzas son mías, no tuyas.
Se agacha para recogerlas y yo aprovecho el momento para colarme en la cabaña McGonagall.
Dejo la pizza en la encimera.
—Pero la bandeja donde va la pizza sí es mía. Y ahora está en tu encimera, lo que me otorga el derecho de permanecer en tu cabaña —le digo en el tono que usaría ella si quisiera pasarse de sabelotodo.
Me mira con los ojos entrecerrados mientras niega con la cabeza, pero el olorcillo de la pizza ya se ha esparcido por toda la sala y sé muy bien que no puede resistirse a eso.
Cierra la puerta y yo me alegro infinito, aunque no estoy seguro de si lo ha hecho para que no entre el frío o para que yo no me escape.
Pone dos platos y dos vasos en la mesa y saca una botella de vino. Y no, no me echa. Lo que hace que mi corazón vuelva a llenarse de esperanza.
Cenamos. La pizza está buenísima, y Nancy lo sabe.
Además, sabe que yo sé que lo sabe, y ninguno de los dos piensa admitirlo.
Porque admitir cosas es lo que llevamos meses sin hacer.
Comemos en silencio, en medio de una especie de tregua con la mesa de por medio.
Solo se oyen el fuego y el crujido de la masa.
Al cabo de un rato, Nancy aparta el plato y me dice:
—La masa es demasiado gruesa, parece un colchón. Creo que hasta podría echarme una siesta encima.
—Eso es mentira. No puedes comerte media pizza y después decir que no te gusta.
Nancy eleva una ceja y me reta a impedírselo.
—No irás a inventarte otra ridícula norma. Ya lo has hecho antes y no cuela, McGregor.
—No pienso discutir contigo. Si no te gusta mi pizza no comas más. Solo queda un trozo, así no tendré que pelear por él.
Pero, cuando voy a cogerlo para meterlo en mi plato, Nancy alarga la mano al mismo tiempo que yo para hacerse con él. Los dos las retiramos a la vez, como si la mano del otro quemara.
—Norma trece —digo—: «El último pedazo de pizza se juega…».
—A piedra, papel o tijera.
—A piedra, papel o tijera —corroboro.
Cerramos los puños sobre la mesa. Uno, dos, tres.
Ella saca papel. Yo saco piedra, como el tonto predecible que he sido todas las veces que hemos jugado a esto en los últimos veinticinco años.
Y ella lo sabía. Por eso ha sacado papel, y me envuelve la piedra con una sonrisa que hace que el corazón me aletee en el pecho.
—Mío —dice, y coge el trozo.
Y entonces, sin mirarme, lo rompe por la mitad y deja una parte en mi plato.
No dice nada. Yo tampoco. Hay cosas que, dichas en voz alta, pierden su valor, y esa media porción en mi plato es una de ellas.
Me marcho poco después, antes de que la tregua degenere en otra cosa que no sabríamos administrar.
—Te dejo la bandeja de la pizza , para que puedas limpiarla y así mañana, y según la norma veinticinco, podré venir a recogerla.
Nancy inspira como si yo no le cayera bien, pero no me dice que no piensa dejarme pasar cuando vuelva a por mi menaje, ni nada por el estilo.
La bandeja se queda en su encimera. Y yo bendigo en silencio mi excusa, firmada y sellada, para volver mañana.
—Gracias por la cena. —Lo digo en serio, y por eso pronuncio esas palabras mirando a la pared.
—De nada, aunque te recuerdo que la has traído tú. —Sujeta la puerta, y justo cuando cruzo el umbral, a mi espalda, lo suelta—: Buenas noches, Matt.
Matt. No McGregor.
Me lo anoto: no está tan enfadada.
Y, por un segundo, en mitad del patio, me permito el lujo de saborearlo.
Cruzo la nieve de vuelta con el frío colándose por el cuello del abrigo. No me giro. Sé que, si lo hago, la veré en la ventana, y sé que, si me ve girarme, apagará la luz. Prefiero imaginarla ahí, mirando cómo me marcho, que comprobar que ya no está.
Entro en mi cabaña, cierro la puerta y me quedo apoyado de espaldas en ella. El fuego que dejé encendido sigue vivo. La cabaña está caliente, silenciosa y huele a la pizza que he cocinado y, por un momento, se me viene a la cabeza una frase redonda, sin condiciones:
«Esto todavía puede arreglarse».
Y ahí debería quedarme. En la frase. En el calor. En el «Buenas noches, Matt». En la media porción de pizza que me ha dejado en el plato sin mirarme.
Pero la esperanza me dura exactamente lo que tarda en alcanzarme el recuerdo de cuánto dolió la otra vez.
Porque yo esto ya lo tuve. Ya tuve la cena y la tregua, y la certeza tonta de que todo se podía arreglar, y después tuve la noche en que todo se fue a la mierda definitivamente.
Soy médico y, aunque no lo fuera, sé con cuánto se puede destrozar un cuerpo por dentro sin que se le note nada por fuera.
Me quedo apoyado en la puerta, con el corazón latiéndome demasiado deprisa para un hombre que solo ha cruzado un patio, y entiendo que ese punto que acabo de anotarme no vale nada. Que el «esto todavía puede arreglarse» no me está dando paz.
Me está dando un miedo de mil pares de cojones.