CAPÍTULO 6
Nancy
Cuando me despierto, tengo la sensación de que ayer, cuando salí al porche, atraída por algo completamente inexplicable —y que resultó ser Matt—, sucedió algo trascendental y yo me lo perdí.
«Eres gilipollas y, además, te lo haces», me digo. «Ni saliste a ese porche atraída por una llamada vital de tu exmarido ni sucedió nada del otro mundo. Solo es que sigues medio dormida y te montas películas de ciencia ficción».
Me desperezo y, en cuanto pongo un pie fuera del sofá, me fijo en algo mucho más importante. Hace un frío de la leche. Miro hacia la chimenea y casi se me cae el alma al suelo: se ha apagado.
—Mierda, mierda y mierda.
Me había cuidado mucho de que eso no sucediera porque soy un desastre encendiendo el fuego. Soy nula. No tengo ni idea.
Empiezo a temblar de frío y me doy cuenta de que, antes de hacer cualquier otra cosa, no me quedará más remedio que salir a por leña fina e intentar poner la estufa en marcha de nuevo.
«¿Serás inútil?», me pregunto. «Eso, ni siquiera lo pienses, jamás», me respondo a mí misma antes de que esa idea cale ni unos milímetros en mi cerebro. «Soy buenísima en lo mío, solo que lo de encender fuegos no entra en lo que consideramos “lo mío” y punto».
Me visto con casi toda la ropa que tengo. Llevo tantas capas que apenas puedo moverme, pero es que acabo de darme cuenta de que por la noche, como había predicho Matt, ha caído una nevada importante. Y de que, aunque estemos en abril, fuera debemos de estar a muchos grados bajo cero.
«Puñetero Matt, ¿por qué siempre tiene que estar en lo cierto? No le basta con ser un médico excelente, ahora también tiene el poder de hacer predicciones meteorológicas. ¡Puf!», resoplo sin poder evitarlo.
Salgo fuera y lo primero que veo es un hilo de humo saliendo de la chimenea de mi vecino.
Menuda rabia. Si le dijera que se me ha apagado la mía, él vendría y la encendería en menos de medio minuto.
Aunque se niegue a dirigirme la palabra, seguro que no quiere verme morir de frío.
Pero es que no pienso rebajarme a ser yo quien le hable.
Si ha decidido aplicarme la ley del silencio, pues peor para él.
Nunca he dicho que yo sea mejor persona, ni que la gilipollez del resto de los seres humanos deba combatirse con amabilidad.
Si Matt ha decidido comportarse como un crío de nueve años y actuar como si yo no existiera, yo no seré menos.
Las montañas nevadas me dejan sin aliento. Siempre han sido un espectáculo digno de verse, pero el aire limpio de la mañana, después de la tormenta nocturna, me deja anonadada.
Aunque también puede ser que se me haya cortado la respiración por culpa del puñetero frío que hace aquí fuera. Joder, con las montañas de los cojones y sus cambios de temperatura.
Me apresuro a coger algunos troncos delgados, sin mirar muy bien de dónde los saco, y entro de nuevo en la casa.
Cuando me arrodillo delante de la chimenea con mi recién adquirido tesoro, me doy cuenta de que no me va a servir de nada. Sí, he traído leña delgada; sí, es del tipo adecuado, pero está más mojada que un pez en una pecera de plata.
—¿No podías entretenerte un poquito más en ver qué cogías? ¿Tenías que salir y volver a entrar arrasando, sin prestar atención a lo que hacías? —me pregunto, esta vez en voz alta.
Amontono los troncos en el interior de la chimenea y después intento prenderles fuego, aunque lo único que consigo es que salga mucho humo, y no precisamente por donde debería.
Me lloran los ojos y me pongo a toser, pero aun así me niego a pedirle a Matt que, por favor, encienda el fuego.
Al cabo de veinte minutos tengo los dedos de las manos y de los pies congelados.
«Abuela, por Dios, con todas las comodidades que se te ocurrió poner en la cabaña, ¿cómo no pensaste en un suelo radiante, joder?», le pregunto a la cada vez más helada estancia.
Unos golpes en la puerta me sacan de mi indignación.
Me dirijo hacia la entrada intentando disimular mi temblor.
Un Matt de mejillas rojas, que demuestran claramente que no ha pasado frío desde hace mucho tiempo, se presenta ante mí.
—De tu chimenea no sale humo —comenta, como si no se hubiera fijado en mi aspecto, que es el de un muñeco de nieve a punto de adornar el espacio entre nuestras cabañas.
—¡No! —le contesto de forma exagerada, llevándome las manos enguantadas a la cara—. Si no fuera porque se ha apagado el fuego, me parecería inexplicable.
Mi exmarido niega con la cabeza y me empuja levemente para poder entrar en la cabaña.
Se dirige directamente a la chimenea y se arrodilla delante de ella.
Mi orgullo no me deja callarme:
—¿Qué crees que estás haciendo? Para tu información, soy perfectamente capaz de encender un fuego.
—Y, por si tú no te acuerdas, aquí hay unas normas y la número cuatro, si mal no recuerdo dice: Matt será el encargado oficial de encender la chimenea porque Nancy casi incendió un trapo una vez y todavía no ha presentado disculpas suficientes.
Sonrío como una tonta al recordar esas normas absurdas que escribimos con nueve años. Pero enseguida me pongo seria. Al enemigo, ni agua.
—Esas reglas ya han prescrito. Hace milenios que prescribieron…
—Las firmamos con sangre. Aún tengo la marca del corte que me obligaste a hacerme, Nancy. Todo aquello que se firma con sangre jamás prescribe.
Empieza a colocar los troncos de manera eficiente. Después abre una puerta oculta cerca del hogar para sacar papel de periódico y pastillas para encender el fuego.
Tuerzo el gesto. Tenía que haber sabido que eso estaba ahí.
—¿Dónde andará el cuaderno en el que las escribimos? —pregunto para desviar la atención de mi flagrante carencia de habilidad con el fuego.
—Está en el segundo cajón de la derecha de la cajonera de la cocina —contesta Matt, sin perder la atención de lo que está haciendo y, lo que es más humillante, sin dirigirme la mirada.
Entrecierro los ojos.
—¿Has estado fisgoneando en los cajones de mi cocina, McGregor?
—No es tuya solamente, McGonagall —subraya mi apellido con intención—. No es culpa mía que esto parezca un bed and breakfast y cambie de ocupantes casi a la misma velocidad con la que yo cambio de gayumbos.
Pongo los ojos en blanco y me muerdo la lengua con tanta fuerza que, si yo fuera una serpiente venenosa, podría haberme provocado mi propia muerte.
Sin perder un minuto, me dirijo a la cocina, más concretamente al segundo cajón de la derecha de la cajonera.
Me pongo a rebuscar y, bajo dos revistas de cocina, un montón de trapos, una bolsa llena de bolsas más pequeñas y un ovillo de estambre, aparece el viejo cuaderno de espiral color rojo en el que anotamos: Normas oficiales de la cabaña McGonagall , por Matt y Nancy, (nueve años).
Siento un vuelco absurdo en el estómago.
Lo tomo entre las manos casi con reverencia y lo abro por una página al azar.
—Norma siete: «Si uno de los dos encuentra una araña, un bicho raro o algo que parezca un bicho raro, el otro tiene la obligación de venir a mirar, aunque esté ocupado».
Una risa franca brota del pecho de Matt y me revuelve algo que no debería revolverse.
—Me acuerdo del día que me hiciste apuntar esta —digo, intentando no pensar en lo que no debería—, solo porque preferí seguir leyendo el cómic de Superman que me había regalado la abuela antes que ir a ver aquel bicho verde que encontraste debajo de una piedra.
—Era mucho más interesante que el cómic. ¿Dónde vas a parar? Y tú te negabas a moverte del dichoso sofá. Tu comportamiento merecía una norma reguladora —contesta, indignado, todavía con la atención puesta en su tarea.
De repente, un hilo de humo limpio y anaranjado empieza a ascender triunfante por el tiro de la chimenea.
—Misión cumplida —añade, poniéndose en pie. Después me mira y, por primera vez en mucho tiempo, sigue con la sonrisa en los labios mientras lo hace—. Déjame ver eso.
—No, ahora lo tengo yo. Fíjate, norma tres: «Ningún niño puede encender fuego sin un adulto delante, salvo que el adulto esté mirando hacia otro lado y luego diga que no ha visto nada». Te la vas a cargar, McGregor.
Matt me observa con los ojos entrecerrados.
—Por si no te has dado cuenta, tú y yo somos adultos. Si quiero, ya puedo encender fuego sin que nadie me riña —me contesta picado.
—¿Adultos? ¿Estás completamente seguro de eso? —digo, intentando sonar lo más cínica posible.
—Dame el cuaderno. —Se acerca para tirar suavemente de él.
Yo hago como que me resisto para no dárselo, pero acabo cediendo y nos volcamos los dos en los recuerdos de los niños que fuimos.
—Mira esta: «Nancy podrá dar instrucciones sobre cómo encender el fuego, pero Matt podrá ignorarlas si ve humo raro, chispas sospechosas o peligro de muerte».
Al menos hoy no has hecho de marisabidilla y me has dejado trabajar a gusto.
No me acordaba de ella. —Su voz va bajando de tono, como si hubiera recordado algo más—.
Bueno, McGonagall, por ahora, no te vas a morir congelada.
—Muy gracioso, McGregor. Norma diez: «Si Nancy gana una carrera hasta el lago, podrá mandar hasta que se canse» —añado deprisa, mirando al cuaderno.
—Y todavía me duele la zancadilla que me pusiste para ganar aquella carrera en el verano del dos mil diez —protesta él, acercándose un paso más, lo suficiente como para que pueda oler el pino y el humo que se le han quedado pegados a la ropa—. ¿Recuerdas la de las mantas?
—¿La once? —Busco con la mirada en la página manuscrita—. Sí. «Nadie puede quedarse con toda la manta. Si lo hace, el otro tiene derecho a tirar de ella sin previo aviso».
—La de veces que me dejaste congelado aplicando esa cláusula con toda la malicia —murmura, y hay tanta suavidad en su tono que el pecho me da un vuelco doloroso.
Por un instante, el silencio de la cabaña deja de ser hostil.
El crujido de la madera quemándose sustituye a los reproches y, durante diez minutos eternos, el año de distancia, el divorcio y las palabras hirientes que nos lanzamos en nuestro salón de Anchorage desaparecen.
Volvemos a ser simplemente los niños del abeto grande, los que firmaban contratos absurdos con chocolate caliente de por medio.
—Mira esta —digo en voz baja, señalando un párrafo casi al final—. Norma diecisiete «Si uno se cae en la nieve, el otro puede reírse primero, pero después tiene que ayudarlo a levantarse».
—Esa la escribí especialmente para ti —se burla Matt, mirándome directamente a los ojos—. Te reías tanto que a veces te caías tú también a mi lado.
—Era por pura empatía, McGregor.
Él asiente, pero la diversión en sus ojos empieza a convertirse en algo más profundo, una tensión latente que me seca la boca.
Matt se aclara la garganta y da un paso atrás, rompiendo la burbuja de nostalgia antes de que terminemos por quemarnos de verdad.
Se limpia las manos en los pantalones y se dirige hacia la puerta de entrada.
—Bueno, el fuego ya está encendido —dice, con la mano apoyada en el pomo—. Me marcho antes de que me acuses de allanamiento de morada.
—Ya estabas tardando —le espeto, recuperando mi escudo cínico de inmediato.
Matt abre la puerta y la brisa helada del exterior se cuela en la estancia, haciendo bailar las llamas de la chimenea. Se gira sobre sus talones y me dedica una última mirada cargada de picardía.
—Por cierto, McGonagall —añade, señalando el cuaderno rojo—.
Deberías repasar la norma número seis. «La persona que traiga menos leña no puede quejarse de que hace frío».
Y, teniendo en cuenta que tu leña está tan mojada que parece que la has sacado del lago, te sugiero que dejes de quejarte. De nada por el fuego.
Antes de que pueda lanzarle el cuaderno a la cabeza, Matt sale al porche y cierra la puerta. Su risa, ahogada por la ventisca, atraviesa la madera tal y como lo hizo la noche que lo dejé fuera con un portazo.
Me quedo sentada en el sofá, con el cuaderno apretado contra el pecho y una sonrisa estúpida dibujándose en mis labios.
Cuando me doy cuenta de que estoy sonriendo, la borro de golpe y me enfado conmigo misma por haber bajado la guardia tan rápido.
Maldito Matt McGregor. Incluso cuando intenta dejarme en paz, se las arregla para tener la última palabra.