Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Matt

La radio empieza a emitir su crepitar característico y sé que alguien de mi familia quiere ponerse en contacto conmigo.

«Menudos conspiradores de pacotilla», pienso.

—Aquí Matt, adelante —anuncio, para seguirles el cuento.

—Hola, Matt, cariño. —La voz de mi abuela, dulce y cantarina, resuena por toda la habitación—. ¿A que no sabes quién ha venido a verme y quiere hablar contigo?

«Seguro que soy capaz de adivinarlo», me digo. En cambio, contesto:

—¿La abuela McGonagall?

Casi puedo ver las cejas de mi abuela elevándose por su frente por la sorpresa.

—Hola, cielo —me saluda la aludida.

—¿Cómo se encuentra, señora McGonagall?

—Yo, perfectamente. Y tú, ¿cómo lo llevas?

Si no fuese porque me apetece darles un escarmiento a mis dos ancianas favoritas, hasta me pondría a reír.

Pero llevo días esperando esta llamada. Estas dos alcahuetas se las apañaron para convencerme de que me pasara seis meses metido en la cabaña familiar con la excusa de que, si no, nos la iban a arrebatar, y ahora quiero hacérselo pagar, aunque sea solo durante unos minutos.

—La verdad, no sé muy bien qué decir. Hemos tenido unos cuantos contratiempos por aquí arriba y las cosas no funcionan muy bien.

—¿Contratiempos? —La voz de mi abuela se escucha alterada a través del altavoz, incluso diría que unos tonos más aguda de lo que suele hablar.

—Sí, abuela. Veo a Nancy muy alterada. Temo que haga alguna locura.

—¿Qué quieres decir con «una locura»?

Sonrío triunfal.

La abuela más manipuladora de todos los Estados Unidos acaba de morder mi anzuelo. No puedo decir que me sienta orgulloso, pero creo que he notado un leve temblor en la voz de la señora McGonagall. ¿Se lo merece por lo que nos está haciendo a su nieta y a mí? Definitivamente, sí.

«Que sufran un poquito. Se lo han ganado».

—Digamos que la convivencia no está siendo idílica —les suelto.

—¡Matt! No estáis conviviendo, cada uno está en una cabaña. ¿Verdad? —Esa voz suena demasiado esperanzada. Tendré que ser más contundente.

—Claro que sí, abuela McGonagall, pero grita tan fuerte que la oigo desde aquí. Teniendo en cuenta lo gruesos que son los muros de las dos cabañas, va a quedarse afónica muy pronto.

No puedo oír el suspiro asustado de las ancianas, pero me lo imagino a la perfección.

—Lleva dos días durmiendo en el sofá. Ni se ha acercado a la cama de la habitación principal.

—¿Por qué no iba a dormir en la cama principal?

Tengo que morderme la lengua. Yo sé muy bien por qué no quiere acostarse en esa cama.

A mí tampoco me gustaría meterme en ella si Nancy no lo hiciera a mi lado, pero no es algo que piense compartir con las abuelas.

Ni con nadie. Esa es una información que va a quedarse entre nosotros dos. Ni bajo tortura. Es demasiado nuestra.

—Ha declarado la guerra a toda la familia —continúo con dramatismo, intentando que las dos ancianas olviden el tema de la cama—.

Piensa denunciar a todos y cada uno de los McGonagall del mundo.

Empezando por Sam y acabando por usted. Y no piense que se ha dejado a Oscar o a Lindsay en el tintero, aunque sean sus favoritos.

—Nancy no va a denunciar a nadie —apunta la señora McGonagall, aunque en su voz me parece escuchar una súplica más que una certeza.

—Apenas me dirige la palabra y, cuando lo hace, es para advertirme de que ni se me ocurra acercarme a menos de cincuenta metros de ella.

Lo que, en parte, resulta gracioso, porque entre las cabañas no hay más que veinte y, en parte, resulta aterrador, porque la cara con la que lo dice asusta de verdad.

Se hace un silencio espeso en la línea. Estoy seguro de que, por primera vez, las abuelas están discutiendo sobre si de verdad esto ha sido una buena idea. Mientras tanto, me han dejado a mí a la espera de su veredicto.

Al fin, es la voz de la mía la que, junto con un crujido de la vieja radio, atraviesa el espacio:

—Matt —su voz ya no tiene ese deje travieso ni conspirador del principio, ese que trataba de ocultar y que yo no había descubierto hasta hace tan poco—, ¿crees que de verdad lo está pasando mal?

Y ahí es cuando me desarma por completo. Porque tenía munición para un buen rato más. Les pensaba contar desastres hasta hartarme. Que si Nancy me había incendiado la leñera, que si les tiraba piedras a mis ventanas… Qué sé yo, cualquier barbaridad que se me hubiese ocurrido.

Lo que no esperaba era que mi abuela, con su mejor voz mimosa, me preguntase si mi exmujer lo estaba pasando mal de verdad.

—Abuela, no sé cómo lo está pasando ella. Lo que te puedo decir es que yo no lo estoy pasando nada bien —contesto tras un gran suspiro.

El silencio pesa entre la habitación de la radio y la salita donde están las abuelas. Durante un buen rato nadie dice nada.

«Cállate, Matt. Cierra la boca. Cambia de tema. Invéntate algo, lo que sea. Algo sobre trampas para osos sería genial».

—Pensaba que estaría preparado —digo, en cambio, porque, por lo visto, no sé tener la bocaza cerrada—.

Llevo un año imaginándome este momento. He ensayado la cara que iba a poner.

Las cosas que le iba a decir. Cómo iba a estar tan tranquilo, tan por encima de todo, que Nancy se preguntaría por qué se molestó siquiera en odiarme.

—Me río, y la risa que me sale es bastante amarga—.

Y hace dos noches me abre la puerta, me suelta cuatro barbaridades, me la cierra en las narices y yo me quedo en su porche con una sonrisa de imbécil, como si me hubiera tocado la lotería.

Verla otra vez ha sido mucho peor de lo que imaginaba. Y me lo imaginaba fatal.

Nadie dice nada. El silencio se podría cortar con un cuchillo.

—Así que sí, abuela. Contratiempos. Uno detrás de otro y todos con el mismo nombre y apellido.

—Cariño… —empieza mi abuela.

—No. —Me froto la cara con la mano libre—.

No me lo digas. No me digas que la cabaña nunca se equivoca, ni que Ailithéa hará su magia, ni ninguna de esas cosas que les habéis contado a los demás.

Puede que haya colado con Oscar, con Sam y con Ben.

Pero con Nancy y conmigo es imposible que nada funcione.

Lo nuestro está roto más allá de cualquier hechizo. Es distinto.

—¿Por qué crees que es distinto, cariño?

La abuela McGonagall me acaba de pillar en un momento bajo y piensa que le voy a contar qué sucedió entre Nancy y yo para que ambos tengamos la certeza de que nunca podremos volver a estar juntos.

Y, por un maldito segundo, estoy a punto de soltarlo todo por esta boquita, porque estoy harto de soportar el peso que llevo en el corazón.

Mi alma está rota y necesita una caricia.

Después me doy cuenta de que el motivo de la rotura entre Nancy y yo es cosa nuestra y de nadie más. No seré yo quien se lo cuente a las abuelas. Bastante tengo con que lo sepa Lindsay. Y creo que a ella también le pesa demasiado saberlo.

—Porque lo es —digo tajante—. Y eso es todo lo que vais a sacar de mí.

Durante unos segundos más, solo escucho el crepitar de la radio.

Después, mi abuela vuelve al ataque:

—Sabes que no podéis estar separados mucho tiempo, cariño. Nancy nació tres meses antes que tú y el primer día que su madre vino a casa a verte, ya buscaste a Nancy con la mirada. Antes que a cualquiera de nosotros.

—Abuela, eso te lo estás inventando. ¿Recuerdas que soy médico? Lo que cuentas es totalmente imposible desde el punto de vista…

—Matt D. McGregor, tú serás médico, pero la que estaba en esa habitación era yo. Y, para que lo sepas, jovencito, miraste fijamente a Nancy y no dejaste de hacerlo durante todo el tiempo que ella y su madre permanecieron en la sala de mi casa. Y lo seguiste haciendo hasta hace un año.

—De lo que yo me acuerdo —la interrumpe la abuela McGonagall, como si quisiera romper el momento tenso que se ha creado— es del verano del árbol.

«Dichoso árbol», me digo dejando caer la cabeza con pesadez. «Me va a perseguir hasta que muera o más».

Oigo cómo las dos se ríen por lo bajo y, por alguna razón, no suenan como dos conspiradoras, sino como dos abuelas adorables. No sé por qué me hago ilusiones siquiera.

—Nancy te retó a subir a la rama más alta del abeto grande, el que hay detrás de la casa. Y tú subiste. Vaya si subiste. Llegaste arriba del todo, orgullosísimo, y entonces te diste cuenta de que no sabías cómo bajar.

—No me acuerdo de eso —miento.

Y ellas lo saben. Si hasta fue algo que dije en mis votos. Claro que saben que miento.

—Estuviste dos horas ahí encaramado. Y Nancy no se movió del pie del árbol ni un segundo. Ni para comer. Se quedó ahí abajo, plantada, gritándote instrucciones que no servían para nada y amenazando con demandar al abeto si te dejaba caer.

—Ya entonces amenazaba con demandas —murmuro.

—Desde siempre —confirma—. Y desde el primer día se quedó al pie del árbol.

Se me cierra algo en el pecho y puedo asegurar que no tiene nada que ver con el frío de la montaña.

Es entonces cuando Arthur —que lleva toda la conversación callado, como de costumbre, como si fuera parte del mobiliario de la biblioteca— habla, y su voz grave cruza la radio:

—El chaval no bajó del árbol hasta que ella se fue a buscar una escalera. —Una pausa—. Esos dos juegan desde siempre a no soltarse.

De nuevo, el silencio flota en la línea, como si fuera un personaje más de la conversación.

Las palabras de Arthur, que hace años que no se comporta como un asistente al uso, se clavan en mi cerebro y en mi alma.

Son del todo ciertas. Nancy y yo jamás nos soltamos. Nunca dejamos al otro de lado. Hasta hace un año. Lo que sucedió fue demasiado. No pudimos sostenernos el uno al otro después de lo que nos hicimos.

—Bueno, cariño. Me alegra oír que estás bien —señala la abuela McGonagall, volviendo a su tono de siempre. El que no augura nada bueno.

—¿En qué momento de la conversación te he dado a entender eso?

—Estaremos en contacto.

Y corta la línea. Sin dejar que me despida de mi abuela. Sin dejar que asimile las palabras que ha dicho Arthur, que continúan revolviéndome por dentro.

Salgo al porche porque necesito tomar el aire, parece que se me está acabando. Si no respiro hondo un par de veces, no creo que llegue hasta mañana. Puñetero Arthur. ¿Qué ha querido decir?

Entiendo el significado de sus palabras, pero no sé si estoy haciendo una montaña de lo que ha insinuado.

Miro al cielo, buscando una respuesta a mi malestar. Quizás las estrellas sepan lo que yo no alcanzo a discernir.

La puerta de la cabaña de los McGonagall se abre y Nancy sale. Contengo el aire en los pulmones.

Nos miramos desde los veinte metros que nos separan. El montón de barbaridades que nos dijimos hace algo más de un año todavía pesa entre nosotros, pero nos vemos.

Los dos aguantamos. Como ha dicho Arthur, seguimos jugando a no soltarnos, aunque solo sea con la mirada.

Hasta que Nancy levanta la barbilla, se vuelve y entra en su cabaña.

Yo hago lo mismo un instante después.

Los portazos retumban montaña abajo.

Me apoyo de espaldas en la madera y cierro los ojos.

—Esto va a ser un desastre —le digo a la cabaña vacía.

La cabaña, que no está hechizada, ni conspira, ni tiene la culpa de nada, hace lo único que sabe hacer: quedarse callada.

Al menos alguien en esta montaña sabe cuándo cerrar la boca.