CAPÍTULO 4
Nancy
Por segunda noche consecutiva me tumbo en el sofá maldiciendo a la abuela, a la cabaña, a Ailithéa, a Matt, a toda la familia McGonagall y a nuestros antepasados en general.
Cierro los ojos. Intentar dormir cuando sabes qué músculos te van a doler y qué posiciones no van a ser cómodas es una sentencia a permanecer despierta hasta la madrugada. Y, si no, inténtalo y verás.
Mi mente, que anda revuelta, no tiene otra idea mejor que proyectar recuerdos, muy inoportunos, detrás de mis párpados.
En ellos estoy a punto de enfilar el pasillo hacia el altar improvisado que mi abuela mandó construir en el patio de su mansión, del brazo de Ozy.
—Creo que a Matt le va a dar un infarto.
Levanté la cabeza de golpe para clavar los ojos en los de mi prometido.
Estaba muy blanco. Llevaba un traje oscuro que, aun así, le quedaba indecentemente bien. Le sonreí y él me devolvió la sonrisa, aunque sin mucho fuelle.
—Como se desmaye, lo demando.
Ozy se rio a carcajadas y mi abuela, sentada en la primera fila, se volvió para echarle una mirada de hielo que hubiese acojonado al más valiente.
Durante los segundos que siguieron, mientras avanzaba por el pasillo, Matt no dejó de mirarme y, para mí, desapareció todo lo que había a nuestro alrededor.
Cuando llegué junto a él y cogí su mano, noté que temblaba tanto como la mía y, por extraño que eso parezca, logró que me tranquilizara. En ese instante me enamoré un poco más de él, si es que eso era posible.
—Estás… —empezó a decir Matt, dejando la frase en el aire.
—Tú también.
Sentí que el vestido me apretaba tanto que no me dejaba ni respirar.
El oficiante carraspeó.
—Si les parece, podemos empezar.
No recuerdo cada palabra de la ceremonia. Recuerdo fragmentos. La luz sobre el pelo de Matt. El calor de sus dedos. La seguridad de que, por una vez, no necesitaba tener una respuesta preparada en la punta de la lengua.
Cuando llegó el momento de los votos, Matt, que durante unos instantes había recuperado el color, volvió a ponerse blanco como la nieve.
—Tengo miedo de no hacerlo lo suficientemente bien —me dijo en un susurro.
—Yo no. Sé que, digas lo que digas, será maravilloso.
Se enderezó y me miró muy serio. Tragó con cierta dificultad, sacó una tarjeta del bolsillo interior de su traje y la observó durante unos segundos.
—¡Vaya mierda! —exclamó, justo antes de tirarla hacia atrás por encima de su hombro.
Después, inspiró hondo, me cogió de las manos y me miró a los ojos.
—Te quiero desde antes de saber qué significaba quererte.
Me enamoré de ti cuando te apostaste conmigo que no sería capaz de subir a la rama más alta de aquel árbol.
Me volviste loco cuando éramos adolescentes y discutías por todo conmigo, solo porque sabías que siempre ganarías.
Caí rendido a tus pies cuando me explicaste que la justicia no consistía en proteger solo a la gente que nos caía bien y me dejaste pensando en ello durante semanas.
Su voz se quebró un poco.
—Te quiero porque eres brillante, porque eres cabezota y porque nunca has intentado ser más pequeña para que otros se sientan cómodos. Y prometo no pedirte nunca que lo seas conmigo.
Aquello me atravesó.
Debería haber guardado esa frase en algún lugar seguro. Debería haberla sacado años después, cuando todo empezó a romperse, para recordarle lo que me había prometido el día de nuestra boda.
Pero el dolor tiene una memoria muy selectiva. A veces conserva solo las frases que hieren, no las que podrían salvarnos.
—Prometo quererte incluso cuando discutas conmigo hasta por la forma de respirar —añadió.
—Respiras muy fuerte cuando quieres tener razón.
—Lo sé. Prometo trabajar en ello. —Sonrió apenas—.
Prometo hacerte pizza cuando estés triste, cuando estés enfadada y cuando finjas que no tienes hambre.
Prometo no dejar que ganes todas las discusiones.
Y prometo recordarte, cada vez que haga falta, que no tienes que luchar contra todo sola.
Aunque me grites. Aunque me amenaces con demandas absurdas.
Aunque me cierres una puerta en las narices.
De repente, estoy de vuelta en este sofá de mierda, que se me clava en los riñones, recordando que anoche dejé a Matt fuera y cómo se reía él.
¿Se estaba acordando de que me prometió que no me dejaría sola, aunque le cerrase la puerta en las narices?
Pues nadie lo diría por cómo me ha estado tratando hoy.
Cierro los ojos. No quiero perder el recuerdo justo ahora que he sido capaz de rememorarlo tan vivamente. Soy idiota por torturarme de esta manera. Debe de ser la dichosa cabaña, o quizás la abuela tiene razón y Ailithéa esté haciendo de las suyas.
Inspiro con fuerza antes de decidir que ahora mismo me da igual. Quiero revolcarme en la nostalgia de esos momentos.
Es absurdo que recuerde con total claridad los votos que pronunció Matt y que, sin embargo, haya olvidado prácticamente la totalidad de los míos.
De hecho, los olvidé el mismo día de la boda. Los había escrito, los había pasado a limpio y los había memorizado, pero, cuando llegó el momento de la verdad, no me acordaba de nada de lo que tenía previsto decir.
Solo sé que le prometí a Matt que lo querría, que lo apoyaría siempre y que intentaría no ponerle una demanda a la mínima que lo mereciera —eso provocó una carcajada general, claro—.
Lo que sí puedo rememorar, de una manera tan clara que me duele, es lo que sentí cuando Matt pronunció el «sí, quiero».
Algunas amigas mías lo han descrito como un alivio, ese «por fin» que llega cuando termina el nerviosismo. Para mí no fue eso. Para nada.
Yo sentí una paz absoluta, la más bonita y dulce que he sentido en mi vida. Y lo digo yo, que no soy precisamente una persona pacífica.
Matt McGregor fue la única decisión de mi vida que no me costó tomar.
De todas formas, tengo que admitir que, aparte de los votos de Matt, todo lo demás está archivado en mi mente de una forma algo inconexa.
Me acuerdo de la discusión que tuve con la abuela unas horas antes de la ceremonia, cuando salí al jardín y vi la cantidad de sillas que se habían colocado allí para la recepción.
—Aquí caben al menos trescientas personas, abuela.
—Trescientos dos invitados, para ser exactos —me contestó con tono serio—. He invitado también al perro de los Watkins. Es un animal muy bien educado.
—¿Estamos locos? Matt y yo te pedimos una ceremonia íntima, abuela. Ín-ti-ma.
Arthur, siempre de pie a su lado y con esa expresión de quien lleva veinte años siendo testigo de acontecimientos que no puede evitar, cerró los ojos y negó con la cabeza.
Recuerdo cómo me hizo reír Ozy en los cinco minutos previos a que enfiláramos el pasillo hacia el altar, cuando mi nerviosismo alcanzó su punto álgido.
—Respira, no te olvides de hacerlo —me dijo.
—Estoy respirando.
—Estás hiperventilando. El rollo ese de algo nuevo, algo prestado, algo viejo, lo tienes cubierto, ¿no? El «algo» azul no necesitas ser tú.
—Ozy, cállate. Y, como se te ocurra decir algo inapropiado durante la ceremonia, te juro que te desheredo.
—Pero si no me dejas nada en tu testamento.
—Y así seguirá siendo como no te comportes.
Se rio y yo también. Era lo que más necesitaba en ese momento.
Después, cuando terminaron los votos de Matt, aplaudió durante al menos tres segundos, él solo. No paró hasta que alguien le dio un codazo. Y encima contestó:
—¿Qué? Han sido una pasada.
Y la verdad es que sí lo fueron.
Cole y Nate estuvieron preocupados y discutiendo sobre si la estructura de madera del altar resistiría la ceremonia. Esa también es una de esas cosas idiotas que recuerdo. Creo que incluso se apostaron algo.
Y me acuerdo perfectamente de que Matt y yo bailamos juntos y muy pegados casi toda la noche, sin poder dejar de mirarnos a los ojos, sonriendo como las personas más felices del mundo. Pensando que el resto de nuestra vida sería igual que ese día.
Doy la enésima vuelta en el sillón de tortura antes de levantarme para ir a servirme un vaso de agua. Me apoyo en la encimera y miro en dirección a la habitación. No es la cama la que me está llamando. Es otra cosa.
—¡Hay que joderse! —exclamo antes de soltar el vaso con fuerza sobre la mesa y dirigirme hacia ese canto de sirena.
Me arrodillo delante de la maleta, que ni siquiera he terminado de deshacer, y busco el bolsillo interior, el pequeño, el que tiene la cremallera dorada que se atasca siempre en el mismo punto.
La puse ahí sin pensarlo demasiado, no era mi intención. O eso dice mi yo consciente. Seguro que Freud tendría una teoría misógina al respecto.
La metí en ese bolsillo a las dos de la madrugada, mientras hacía la maleta todavía con toda la rabia en su punto de ebullición, consciente de que Lindsay y la abuela habían conspirado contra mí.
La cremallera cede.
Ahí está la caja de terciopelo y, dentro, mis anillos: el de pedida y el de boda.
Son unos anillos sencillos, sin adornos. Matt fue a comprarlos sin mí. Cuando me los enseñó, dijo que llevaba años buscando algo que estuviera a mi altura y que había acabado por darse cuenta de que eso no existía.
Me los pongo.
«Solo un momentito», me miento a mí misma. «Solo para ver si todavía me caben». Claro que me caben.
Muevo los dedos para ver cómo brillan a la luz de la luna que se cuela por la ventana.
Suspiro y decido que no puedo dejármelos puestos. No estando tan cerca de Matt.
Los coloco de nuevo en el sitio al que pertenecen ahora y, después, de vuelta en el bolsillo de la maleta. La asquerosa cremallera no se encasquilla esta vez.
Me voy de vuelta al sofá, me tumbo y miro el techo.
Y me doy cuenta de que antes me equivocaba. Las frases que hieren son las que acaban por desaparecer, y lo peor de los recuerdos es que, al final, para poder sobrevivir, borramos todo lo malo y nos quedamos solo con lo bueno.
Maldita memoria selectiva.