Nancy (Salt Mountains 4) CAPÍTULO 3
13%

CAPÍTULO 3

Nancy

Nada más despertarme, a la mañana siguiente de regresar a la dichosa cabaña de mi familia, me doy cuenta de tres cosas.

La primera: dormir en el sofá ha sido una idea nefasta, pero anoche presentí que dormir en la cama habría sido mucho peor.

Habría traído consigo demasiados recuerdos que no estoy preparada para afrontar ahora mismo.

La segunda: en las Salt Mountains, aunque sea abril, sigue haciendo un frío exagerado. No debo olvidar que no puedo permitirme que la chimenea se apague.

La tercera: Matt McGregor tiene la capacidad de arruinarme el día, aunque aún no haya tenido la desgracia de toparme con él cara a cara.

Esto último lo sé porque, nada más abrir un ojo, he visto, a través del ventanal sin puñeteras cortinas, cómo salía de su cabaña una mujer con el uniforme de vigilante, el pelo hecho una maraña deliciosa —eso tengo que admitirlo— y la expresión de satisfacción más cruel que me han dirigido en años.

—Puto Matt y maldita sea mi estampa —grito contra el cojín que me ha servido de almohada—. No pasa nada, no pasa nada. Ya es lo suficientemente mayor para retozar con quien le dé la gana.

Pero, si de verdad pienso así, ¿por qué siento un dolor tan extraño y tan punzante justo aquí, en el centro del pecho?

Me levanto del potro de tortura que he usado como cama, con la elegancia de una anciana artrítica, y dejo escapar un quejido. Lo que me devuelve a mi primer descubrimiento de esta mañana.

Maldigo mi firme decisión de no dormir en la cama donde una versión joven, idiota y mucho más sentimental de mí se enamoró de Matt. Esa versión que no pensaba que los divorcios, los hombres que pudieran romperte el corazón con una sola frase o las discusiones sin fin estuvieran hechos para ella.

Me arrastro hasta la cocina. Necesito café, una cantidad que algunos tacharían de insana, si quiero superar la prueba a la que me ha sometido la abuela. Me apoyo en la encimera mientras el cacharro empieza a gorgotear con una lentitud ofensiva.

Estoy despeinada, solo llevo puesto un jersey y los calcetines más gruesos que pude encontrar. Tengo la espalda dolorida y un humor de perros. No podría empezar el día peor aunque quisiera.

Oigo cómo la radio emite un chasquido desde el cuartito donde está guardada.

—O quizás sí —digo en voz alta, al tiempo que me llevo los dedos a las sienes para masajearlas, intentando liberar algo de tensión.

—Nancy, querida, ¿te has despertado ya?

Me dirijo hacia el aparato y aprieto el botón con fuerza.

—No.

Sonrío con malicia, porque es como si pudiera ver las cejas de mi abuela subiendo por su frente. No está acostumbrada a que le conteste de forma tan seca ni tan tajante, dicho sea de paso. Ella suele ser una de las personas a las que trato con más dulzura, pero esta vez se ha pasado diez pueblos.

Después de ver caer a Oscar, Sam y Ben en la trampa de la cabaña, debería haber sabido que, tarde o temprano, mi abuela vendría a por mí.

Joder, es consciente de lo mal que lo hemos pasado Matt y yo y, si esta parafernalia la ha montado para que mi ex y yo nos reconciliemos, lo lleva crudo.

Lo nuestro no tiene solución posible. El pobre Matt se ha tirado tres meses aquí arriba, engañado.

O a lo mejor no. ¿Estará tan metido en el ajo como mi abuela?

Es que yo los mato. A todos.

Bueno, primero los denuncio, luego les hago cumplir la condena y después los mato. Sí, eso será más justo.

—Pues te noto muy agresiva para seguir dormida, cariño —responde al cabo de unos segundos de estupor.

Decido no contestar a esa pulla.

—¿No has dormido bien? —continúa.

—No mucho, abuela. —Sea como sea, tampoco se me da bien estar mucho tiempo enfadada con ella. La quiero demasiado—. He dormido en el sofá.

—Ah… —Intenta disimular la sorpresa en su voz—. ¿Y por qué has hecho eso? Ese sofá es muy bonito, pero no creo que sea lo más conveniente para tus cervicales.

—Ya, lo he comprobado, aunque creo que, si voy a pasar todo el mes aquí arriba, lo mejor será que me mandes otro. O mejor: una cama para la habitación de invitados.

—¿Ya has visto a Matt? —Su cambio de tema es tan ofensivo como pertinente. Tampoco es que me apetezca explicarle por qué no quiero dormir en la cama de la habitación principal.

—Para eso es para lo que has llamado, ¿verdad? Lo de preocuparte por mí no era más que una excusa.

—No sé qué te podría llevar a pensar algo así, querida.

—Más que nada porque te conozco, abuela. Porque te conozco.

—No me cambies de tema, Nancy. ¿Has visto a tu marido o no?

—Exmarido. Te recuerdo que nos divorciamos hace un año.

—Y yo te recuerdo que eres católica y que estás casada con Matt, ante Dios, para siempre.

—Abuela, no me seas tan anticuada, que no te pega. La excusa del catolicismo te serviría si fueras a misa todos los domingos, pero solo pisas la iglesia en bautizos, bodas y comuniones. Así que haznos un favor a las dos y evítame las risas.

—Hoy estás imposible. Ya hablaremos en otro momento. —La comunicación se corta con un chasquido y me quedo mirando el micro de la radio durante un rato.

Si no fuera porque la quiero casi tanto como a mi vida, tendría que buscarse a otra para que se prestase a sus jueguecitos.

Suspiro con intensidad.

Ni yo me creo que ella y el hada de los cojones sean las dos únicas causas de que yo esté aquí arriba.

Oigo un ruido afuera y hago lo posible por no girar la cabeza en dirección al ventanal.

Fracaso de forma estrepitosa, claro. Así que vuelvo a la cocina, en busca de mi café y de una mejor visión de lo que está haciendo mi vecino, barra, exmarido, barra, fuente principal de mi dolor de espalda matutino.

La cafetera ya ha terminado, así que me sirvo el café en una taza y, ahora sí, echo un vistazo hacia afuera.

Los ojos casi se me salen de las cuencas cuando se posan sobre el torso desnudo de Matt.

Está cortando leña y se ha quitado el jersey y la camisa.

Se ha quedado solo con una camiseta de tirantes —bueno, vale, dejémoslo en semidesnudo—.

Los golpes que da con el hacha le tensan los hombros y los brazos; cada movimiento fluido de los músculos bajo su piel es un recuerdo que intento mantener en el olvido.

Se me acaba de secar la boca.

Me apresuro a tomar un sorbo grande de café.

Y maldigo en arameo cuando me chamusco la lengua y la garganta.

Debo de haberlo hecho gritando, porque Matt se vuelve hacia la cabaña. Deja de descargar el hacha sobre los troncos durante unos segundos y me observa a través de la misma ventana por la que lo estoy mirando yo.

Me dedica un levísimo saludo con la cabeza, sin una de sus sonrisas perfectas, sin una mirada de más. Nada. Se concentra de nuevo en su trabajo y sigue a lo suyo.

Maldito Matt. Está haciendo exactamente lo que le pedí anoche: dejarme en paz.

Pues si él puede jugar a exhibirse, yo también.

Salgo al porche de la cabaña y dejo la manta atrás. Una vez fuera, me doy cuenta de que estoy en franca desventaja: Matt está haciendo ejercicio físico y yo no. Me voy a quedar helada si permanezco aquí de pie con las pantorrillas y los muslos al aire durante mucho tiempo.

¿En qué momento he pensado que yo era una mujer superinteligente y sofisticada? Porque esa faceta la he dejado atrás, en Anchorage, por lo menos.

Matt sigue cortando leña sin prestarme ninguna atención. No me dirige ni una sola mirada, no parece dispuesto a interrumpir su trabajo, nada. Solo actúa como le pedí que lo hiciera. Me parece sumamente desconsiderado por su parte.

Debería pensar en todos estos hechos como en una victoria, pero su manera de comportarse se ha convertido en una fuente de irritación que no tengo muy claro cómo clasificar.

El Matt que apareció en mi porche anoche era manejable. Ese Matt venía con un manual de instrucciones que me sé tan de memoria que prácticamente podríamos decir que lo escribí yo.

Este Matt, el que no me ha dirigido ni una mirada, no tiene manual de uso, o al menos uno que yo pueda comprender. Y esa ausencia me descoloca más que cualquier pulla que pudiera lanzarme.

—Eh —digo cuando ya estoy cansada de que me haga el vacío.

Se detiene. Se vuelve. Me doy cuenta del momento exacto en que repara en que estoy medio desnuda, igual que él, porque, a pesar de la distancia, puedo observar cómo se dilatan sus pupilas y las aletas de su nariz.

—Te vas a helar —indica, sin embargo.

Lo veo recomponerse. Ahí radica el problema. Antes, Matt no se recomponía en un segundo. Antes, caía rendido a mis pies. Descubrir que ahora puede evitarlo duele más que el frío que pueda sentir.

—No más que tú.

Eleva una ceja.

—Yo estoy cortando leña, eso quita el frío a cualquiera. Tú estás de pie ¿haciendo qué? ¿Mirándome?

—¿Desde cuándo eres tan presuntuoso, McGregor?

Niega con la cabeza y no sigue con la guerra dialéctica, sino que coge los troncos del suelo y los apila en un lado de su cabaña. Sin prestarme atención, de nuevo.

—¿Quién era la guarda que ha salido de tu cabaña esta mañana?

Matt levanta la cabeza, por primera vez desde que he salido al porche, para mirarme.. No sonríe. Solo clava sus ojos en mí durante un segundo exacto.

—¿Has desayunado?

No es que esté celosa. Matt es libre y puede hacer con su vida lo que se le antoje. Lo que me jode es que esquive mis preguntas y que no me conteste.

—Será mejor que entres en casa. —Matt continúa apilando troncos—. Va a empezar a nevar en menos que canta un gallo.

—Pues a mí me parece que hace un día precioso. No creo que vaya a desatarse una tormenta dentro de poco. Y tú, ¿desde cuándo eres experto en meteorología?

—Desde que llevo tres meses confinado en estas montañas.

Se limpia las manos en el pantalón y se dirige al porche de su cabaña.

Durante un segundo parece que va a decir algo más.

Alguna cosa como las que me decía antes.

Pero aprieta la mandíbula, recoge el hacha y vuelve a mirar los troncos como si en ellos pudiera encontrar la contención.

Después se vuelve ligeramente para despedirse:

—Oscar cortó leña para tres inviernos; la tienes en la leñera, al lado de la terraza delantera.

Se da la vuelta y entra en su cabaña. Cierra la puerta con una calma insultante, como si yo no fuera una razón perfectamente válida para perder los papeles.

Me quedo en el porche con la taza entre las manos y la última palabra en los labios, sin pronunciar.

El café ya está frío. La nieve empieza a caer muy despacio, apenas unos puntos blancos suspendidos en el aire.

«Esto es lo que querías, Nancy, ni más ni menos», me digo mientras entro en casa. «Una cabaña para ti, silencio y distancia. Tu exmarido respetando tus límites, no cruzando la nieve para obligarte a recordar sentimientos que llevan un año encerrados en el cajón de los asuntos zanjados».

Debería sentirme satisfecha. Debería pasar el resto del día celebrando que Matt McGregor ha decidido dejarme en paz.

En lugar de eso, no puedo evitar mirar la puerta por la que ha desaparecido como una idiota. Como una abogada que acaba de ganar el juicio para el que se había preparado y descubre, demasiado tarde, que no le gusta nada la sentencia.

Y lo peor no es que Matt pueda seguir haciéndome daño. Lo peor es que acabo de darme cuenta de que puede hacérmelo dejándome en paz.