CAPÍTULO 2
Matt
El portazo que resuena en la noche cuando Nancy me deja fuera de la cabaña sin miramientos es como música celestial para mis oídos.
En mi cara, una sonrisa de gilipollas va tomando forma muy despacio.
Si Nancy hubiera cerrado la puerta despacio, de forma pacífica, o si no se hubiera dejado llevar por mis pullas, sería preocupante. Pero su reacción ha sido justo la que esperaba.
Esa es mi Nancy. Después de un año sigue habiendo pasión en sus actos. Y, por Dios, eso es lo que necesitaba. Si llega a mostrarse indiferente conmigo, me habría preocupado de verdad.
Me quedo un segundo más en el porche de los McGonagall, con las manos metidas en los bolsillos y el frío colándose por el cuello de la chaqueta, luciendo la misma sonrisa idiota, aunque me hayan dado calabazas del tamaño de una carreta, o quizás por eso mismo.
Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia mi cabaña. Cuando entro, los recuerdos de la primera vez que nos quedamos solos aquí arriba inundan mi mente sin que pueda evitarlo.
Tenía diecinueve años y, como tantas otras veces, estaba intentando convencerme de que Nancy McGonagall no me gustaba.
Era un ejercicio que había practicado con cierta regularidad desde que era adolescente.
De niño había tenido clarísimo que ella era mi novia y yo, su superhéroe.
Luego llegó el instituto y aquel amor infantil se convirtió en algo mucho más peligroso.
Claro que nos queríamos, pero yo no percibía en su amor por mí ese deseo que te impide respirar, ese que a mí me atravesaba cada vez que la miraba. Por eso, y no por otra cosa, intentaba autoconvencerme de que era mi mejor amiga y de que, en realidad, a mí ella no me gustaba ni un poquito.
Mi problema con Nancy no era que me pareciera guapa, que lo era.
Ni que, para mí, fuera la más inteligente y tuviera siempre la respuesta más chispeante.
El problema era que, cuando estaba cerca de ella, todo el mundo a mi alrededor desaparecía.
No tenía ojos más que para ella y acababa haciendo el idiota mucho más de lo que lo hacía normalmente.
Ese fin de semana se había planeado una acampada de los primos McGonagall en la que, por supuesto, yo estaba incluido. Pero, al final, los mayores fueron cayendo uno a uno con excusas perentorias y acabamos subiendo a la cabaña solo Nancy y yo.
No es que no estuviéramos acostumbrados a pasar tiempo juntos. De hecho, siempre lo estábamos. Si hasta habíamos elegido la misma universidad: ella, Lindsay y yo. Pero aquel fin de semana fue el que lo cambió todo.
Nancy salió al porche a leer mientras yo preparaba una de mis famosísimas pizzas . Cuando la saqué del horno, eché un vistazo por la ventana y la vi sentada, con las piernas recogidas contra el pecho y el libro cerrado a su lado.
—¿Qué haces? —pregunté mientras me sentaba junto a ella, peligrosamente cerca.
—Estoy pensando.
—Desarrolla esa respuesta.
Me miró con su habitual cara de sabelotodo y suspiró mientras cerraba los ojos.
—En el sistema y en si de verdad funciona. —Su expresión no reflejaba tanta suficiencia como unos segundos atrás, pero seguía retándome a que me atreviera a contestarle.
—¿Qué sistema? —pregunté, sin comprender por qué estaba tan picada ni por qué dirigía su frustración contra mí.
Nancy se relajó un poco al advertir mi desconcierto.
—El sistema jurídico, Matt. El sistema jurídico.
Negué con la cabeza. Claro que estaba hablando del sistema jurídico. ¿De qué, si no? Su pasión era el derecho. Algunos de sus primos habían estudiado Derecho porque su abuela los había dirigido hacia esa carrera, pero lo suyo era verdadera devoción.
—Estaba leyendo sobre el caso Gideon, ¿has oído hablar alguna vez de él?
Lo conocía vagamente. Algo sobre el derecho a tener un abogado defensor. Uno no podía crecer rodeado de amigos abogados y no escuchar algo sobre leyes alguna vez.
—Será mejor que me lo expliques, porque no estoy muy seguro de entenderlo del todo. —He de decir que me encantaba escuchar a esta futura abogada en particular cuando hablaba con la ilusión con la que ella solía hacerlo sobre estos temas.
—Clarence Earl Gideon era un tipo sin estudios, sin dinero y, ¿por qué no decirlo?
, sin demasiada suerte. Lo acusaron de robar en una sala de billar de Florida.
Él declaró que no lo había hecho. El tribunal le negó un abogado porque, en aquella época, solo se asignaba defensa pública a quien se enfrentaba a la pena de muerte.
Gideon se defendió solo, así que lo condenaron.
Después, desde la cárcel, escribió de su puño y letra una petición al Tribunal Supremo para que se repitiera el juicio, esta vez con alguien que lo defendiera.
—Nancy suspiró—. El Tribunal Supremo le dio la razón. Por unanimidad. Y cambiaron la ley.
—¿Era inocente?
—¿Eso es lo que has entendido de todo lo que te he contado?
—¿No lo era? —pregunté, confundido. No sabía adónde quería llegar.
—Matt, eso no importa.
—¿Cómo que no importa? A mí me parece que es lo más importante de todo.
—No lo es. Lo más importante es que todo el mundo merece ser defendido. Culpable o no. Si solo defendemos a quienes, por unanimidad popular, consideramos que lo merecen, no estamos practicando la justicia. Solo somos lo mismo que una turba con antorchas.
Estaba especialmente bella. Llevaba una camiseta con el cuello roto que se había deslizado hasta dejar al descubierto un hombro, y la luz de la luna se reflejaba en sus ojos. Parecía una diosa justiciera hablando del Tribunal Supremo como quien habla del tiempo en un ascensor.
—Pero ¿y si es culpable, lo dejamos en libertad y vuelve a hacerlo?
—Entonces, el sistema habrá fallado en otro punto.
En la investigación, en las pruebas, en la sentencia.
Pero la solución no es eliminar la defensa.
—Me miró a los ojos con una intensidad que me hizo estremecer—.
Si empezamos a decidir quién merece un abogado según lo mucho que nos repugna lo que ha hecho, le estamos dando al Estado un poder que no debería tener.
—¿Por eso quieres ser abogada penalista? —le pregunté—. ¿Para defender a los que nadie quiere defender?
—Para que el sistema funcione —me corrigió—. No es lo mismo.
—Para ti sí lo es.
Se quedó callada. Esta vez el silencio era diferente: el de alguien a quien acaban de hacerle ver una verdad que no sabía si estaba preparado para admitir.
—Quizás —dijo al fin, en voz muy baja.
—Me parece una razón muy noble, Nancy.
Me miró y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.
—Gracias por entenderme.
Yo le devolví la mirada y le hice una leve inclinación de cabeza.
Después nos quedamos un rato sin hablar, con los ojos clavados el uno en los del otro.
Eso sí que era muy raro.
Nancy nunca se quedaba callada, ni debajo del agua.
El corazón empezó a latirme muy deprisa. Lo sentía en la garganta, incluso en las sienes.
Después me besó. O la besé yo a ella, no lo sé. Lo único de lo que estoy seguro es de que, de repente, su mano estaba en mi nuca, mi boca en la suya y yo había empezado a levitar.
Y, sin embargo, lo que más recuerdo no es el beso. Lo que tengo grabado a fuego en la memoria es que, cuando por fin pudimos separarnos, ella apoyó la cabeza en mi hombro como si fuera lo más natural del mundo. Y yo pensé que iba a ser así para siempre.
Unos leves toques en la puerta me traen de golpe al presente.
Como aquel día, el corazón casi se me sale del pecho. Doy un salto del sofá y voy a abrir la puerta.
—Nancy…
—No, chavalote. Siento decepcionarte, pero soy solo yo, Martha —me dice mi amiga con una sonrisa pícara dibujada en el rostro—. Así que ya ha llegado, ¿no? ¿Qué tal el reencuentro?
Supongo que mi cara de fastidio se lo dice todo, porque se echa a reír como una energúmena.
—Pasa, anda. Preferiría que no te viese rondando por aquí. —Tiro de Martha hacia dentro de la cabaña mientras miro hacia la de Nancy para asegurarme de que no ha sido testigo de nada.
—¿Crees que se pondrá celosa?
Una idea maliciosa se enciende en mi cerebro.
—¿Sería una buena idea?
—Lo dudo. Nunca lo es cuando uno quiere recuperar a su ex. A no ser que tengas una edad emocional de entre cinco y siete años, claro.
La idea me dura exactamente lo que tarda un hombre desesperado en recordar que quiere recuperar a su ex, no perder también la poca dignidad que le queda.
—¿Has venido a atormentarme? Porque, si es eso, te aseguro que ya lo hago requetebién yo solito.
—No, qué va. —Pone cara compungida, como si me acompañara en mi dolor, aunque sé que lo que siente por mí no es tanto pena como cierto grado de vergüenza ajena—. Te he visto desde la cabaña de vigilancia y he venido a comprobar la magnitud de los daños.
Me llevo la mano a la nuca y me tiro del pelo.
—Tocado y hundido. Aunque, si te sirve de consuelo, a ella no se lo he dejado ver. De hecho, estoy seguro de que ha pensado que iba de sobrado. Y, después, cuando me ha dado con la puerta en las narices, me he quedado bastante satisfecho. Eso tiene que significar que aún le importo, ¿no?
—¿Por qué estás tan hecho polvo ahora, entonces?
—Porque me he puesto a pensar en el pasado.
—¿En las discusiones?
—Ojalá. Ni siquiera ha sido por pensar en los malos momentos por lo que estoy así. Más bien al contrario.
Martha niega con la cabeza.
En los meses que llevo aquí arriba, Martha se ha convertido en una buena amiga. En mi confidente, en mi paño de lágrimas.
—Mañana viene el relevo. Me marcho unos días a la ciudad.
—No me fastidies. —Cierro la bocaza de golpe, recriminándome por haber pronunciado esas palabras en voz alta—. Lo siento. Además, ya lo sabía, solo que lo había olvidado.
Martha me mira con cara de indecisión.
—Ni se te ocurra pensar en cambiar el turno. Tienes que ir a casa con Lisa. No quiero exponerme a que suba a buscarte por los pelos y, de paso, que me pegue un tiro en un pie o algo.
—Lisa nunca haría algo así —dice, bufando, antes de echarse a reír—.
Aunque no estaba pensando en cambiar mi turno para quedarme aquí arriba a hacerte de carabina.
—Abre uno de los múltiples bolsillos que tiene su chaqueta y saca de su interior una caja rectangular, no muy grande—.
Mi dilema era si darte esto o no. Si la señora McGonagall se entera de que lo sabes, no solo va a despedirme, sino que va a vetar mi entrada a cualquier trabajo medio digno de aquí a Nueva York.
—Espera, espera, espera —la interrumpo, mientras me llevo las manos a la cabeza—. ¿Me estás diciendo que es la señora McGonagall la que paga tu nómina y no la corporación?
—¡Ups! ¿He dicho la señora McGonagall? Está claro que me ha traicionado el subconsciente y que me refería a la corporación, como también está claro que, si repites mis palabras delante de cualquier McGonagall, juraré no haberlas dicho jamás. Será tu palabra contra la mía, Matt.
Me lanza la caja. Elevo las cejas al ver que contiene un móvil.
—¿Para qué quiero esto?
Martha chasca la lengua.
—Mira, he llegado a quererte como amigo, y tanto Oscar como Sam y Ben, este último el que más, supongo, me caen bien.
Pero sois todos tontos del culo. Con vuestras carreras, vuestra inteligencia y todo lo demás.
—Hace una pausa teatral—. La señora McGonagall os dice que en las Salt Mountains no hay cobertura y todos lo creéis a pies juntillas. Sin comprobarlo siquiera.
La observo de refilón, incrédulo.
—Vale, quizás aquí mismo, en las cabañas, la cobertura no es muy buena y es fácil creer que no la hay.
Pero si vas a la ladera oeste… ¿eso a cuánto está?
, ¿a cincuenta metros de aquí? Cuatro rayitas, chaval.
Cuatro rayitas de cobertura. Si necesitas algo esta semana, llámame.
Aunque procura que la señora letrada de aquí al lado no se entere de que tienes teléfono o yo misma te mato antes de que me despidan.
Sabía, o a lo mejor solo lo intuía, que la abuela McGonagall estaba mucho más implicada en el tema de tenernos encerrados aquí arriba, de lo que nos había querido hacer creer.
Prefiero no estar al corriente de hasta qué punto nos tiene engañados a todos, porque cuando se descubra que nos ha estado manipulando, preferiré pasar por una simple víctima y no por un maquinador de su nivel.
Miro el móvil que tengo en la mano como si Martha acabara de entregarme una granada. Porque, como Nancy descubra que en las Salt Mountains no estamos aislados del mundo, la señora McGonagall no va a ser la única persona a la que va a querer matar.