CAPÍTULO 1
Nancy
Solo hace cinco minutos que Ben y Hope se han largado y lo que de verdad quisiera es que estuvieran de vuelta y que se quedaran todo el mes conmigo. Aunque eso significase que tengo que dormir en el diván, aguantarlos en modo tortolitos y fingir que no oigo nada a partir de las doce de la noche.
«Cinco minutos sola y ya estás desvariando, Nancy», me reprendo.
Pero, es que pensar que Matt está tan cerca, a menos de veinte metros de distancia; metido en su cabaña y, probablemente, atento a cualquiera de los movimientos que se producen en esta; me pone de los nervios, a unos niveles que ni siquiera el juez Stilton ha conseguido nunca.
Y eso que ese hombre puede hacer que el mejor de los abogados se cague vivo.
— Ese lenguaje, querida. —La voz de la institutriz que la abuela contrató uno de los primeros veranos después de que nuestros padres murieran resuena en mi cabeza.
La despidió a los quince días, cuando comprendió que, o lo hacía, o me tendría que defender en la corte por asesinato.
Me llevo la maleta a la habitación principal para empezar a deshacerla y la sensación de que la abuela y Lindsay me han tomado el pelo, esa que me ha acompañado desde que he salido de Anchorage esta mañana, toma forma y definición en mi cabeza.
Yo que, en los años que llevo en los tribunales, he interrogado a cientos de testigos hostiles; que he pillado a decenas de clientes mintiendo antes de que terminaran su primera frase; que presumo de ser la más sagaz de los McGonagall, voy y me trago el cuento del conflicto de intereses.
Me he dejado engatusar con la excusa de que necesito descansar y de que la estancia anticipada en la cabaña me sentará de perlas, como si no me hubiera criado una abuela que es una manipuladora profesional y como si no supiera que mi mejor amiga es tan maquinadora como ella.
Esas dos se han unido para hacerme subir aquí arriba, porque se han creído la leyenda de que la cabaña es mágica y hace que la gente se enamore, y yo he caído en su trampa como una colegiala de diez años.
«Porque tienen razón en lo de que estás agotada y has estado muy lenta de reflejos, querida. Eso es lo que ha sucedido», me digo, mientras me doy una colleja mental.
«Bueno, y porque, por alguna casualidad del destino, las dos han encontrado el amor de su vida en las Salt Mountains y por eso creen a pies juntillas en la dichosa profecía del hada Ailithéa —me recuerdo—.
Ellas dos. Mis bisabuelos. Mis padres. Isla y Oscar…
». La cabeza empieza a darme vueltas ante la evidencia.
Niego repetidas veces.
Lo mío con Matt no tiene solución.
Le echo tanto de menos que me duele, pero es imposible que arreglemos lo que nos ocupamos de estropear de forma tan estrepitosa.
Mis ojos se posan en el cabecero de la cama y me acuerdo del fin de semana que pasamos Matt y yo en la cabaña hace muchos años, cuando apenas salíamos de la adolescencia. Cuando justo entrábamos en la edad universitaria. El fin de semana que empezó la historia de amor entre los dos.
Muevo la cabeza para sacar los recuerdos de ella incluso antes de que tomen forma y me atormenten, como ya han hecho tantas otras veces.
«¿Y qué? Matt y tú también tuvisteis vuestro tiempo aquí solos, y sí, os enamorasteis, como dos gilipollas. Pero el amor no siempre es suficiente. Hacen falta otros motivos para seguir adelante, y esos, vosotros los agotasteis».
Decido salir de la habitación. Quizás al final sí que tendré que dormir sobre el puñetero diván que Ozy encargó que subieran. Me pregunto por qué ni Sam ni Ben se han dignado a pedir que devolvieran la cama de invitados a esa habitación.
La cabaña está como siempre, incluso huele como recordaba. Ese jabón de pino que la abuela se encarga de que utilicen para limpiar cualquier superficie de su hogar, porque dice que es el único que no le irrita la nariz.
Me percato de que ni siquiera me he quitado el abrigo, así que me dirijo al armario que hay detrás de la puerta y lo cuelgo ahí, donde siempre.
Al final, los humanos somos animales de costumbres y no es otra que la costumbre la que me guía hasta el ventanal que da al lago —y a la cabaña McGregor— y me obliga a mirar hacia la cabaña de Matt, ella y nadie más que ella.
Cuando veo su silueta recortada contra la luz mirando directamente hacia mí, corro a esconderme, pero me temo que es demasiado tarde.
Maldita manía de no tener cortinas en las ventanas.
Me quedo pegada a la pared, con la respiración acelerada y rezando a un Dios al que ni siquiera me he dirigido en años, para que a Matt no se le ocurra venir a visitarme.
Unos toques en la puerta me demuestran que, o bien no he orado de forma suficientemente fervorosa, o bien que este Dios está ofendido por mi falta de interés en él durante los últimos años, porque no ha escuchado ni una de las palabras que le he lanzado en los minutos que han pasado desde que me he puesto a suplicar.
—Vamos, Nancy, abre. Sé que estás ahí. La abuela McGonagall en persona me ha dicho que ibas a subir y, además, te acabo de ver fisgoneando por la ventana de la terraza.
El estómago se me cierra de golpe, me duele como si me hubieran asestado un gancho directo de derecha.
Esto es ridículo, Matt ya no significa nada para mí.
Me dirijo a la puerta y la abro sin pensar.
Y entonces mi estómago magullado se me cae a los pies.
Ahí está mi exmarido. El amor de mi vida. El hombre más guapo que he visto jamás. El único capaz de mirarme como si todavía pudiera salvarme y destruirme en el tiempo que dura una sola respiración. «¡Nancy, estás jodida! ¡Lo de que ya no significa nada para ti… no te lo crees ni tú!».
—¿Qué quieres, Matt? —le digo con mi tono más seco, el que me guardo solo para las personas a las que no soporto.
No puede haber un acercamiento entre nosotros y no lo habrá.
La última vez que hablamos, quedó claro que nuestra relación no es posible, no es necesario alargar esta agonía.
Por mucho que vayamos a estar tan cerca el uno del otro durante un mes.
—¡Hola a ti también, Nancy! —Intenta poner un pie dentro de la cabaña, pero yo no me muevo para franquearle el paso.
—Vamos a dejarnos de cortesías innecesarias —le espeto—.
Tengo que pasar un mes aquí arriba, como el resto de los McGonagall, pero no estoy por la labor de jugar a los vecinos, así que nada de visitas ni de intentos de ser amigos, ni de nada de nada.
Vamos a limitarnos a quedarnos cada uno en su cabaña sin interactuar de ninguna manera y listo.
Matt agacha la cabeza mientras niega. No puedo distinguir si está sonriendo o si está enfadado. Ese es un gesto que siempre me ha dado mucha rabia, y lo sabe. Porque parece que se está riendo de mí cuando yo hablo totalmente en serio.
—No serás capaz de estar un mes encerrada entre cuatro paredes, sin poder hablar con nadie más que con tu abuela y, encima, a través de la radio.
Eso, cuando la encuentres en casa. —Ya no tiene la cabeza gacha.
Me mira directamente a los ojos y su sonrisa es devastadora.
Está despertando sentimientos muy poco decentes en mí y, me consta que eso, el muy cabrón, también lo sabe—.
Estos meses aquí arriba he tenido mucho tiempo para reflexionar, Nancy.
Tenemos mucho de lo que hablar. Entre nosotros se quedaron muchas cosas sin decir.
—Al contrario, yo creo que hablamos todo lo que se podía y mucho más. Dijimos algunas cosas que ya no tienen vuelta atrás y que nunca se podrán reparar.
Matt aprieta los labios y asiente.
—Bueno, entonces me aferraré a la magia de la cabaña. Ailithéa nos ayudará.
—También están los vigilantes. ¿Quién te dice que no puedo hacerme amiga de ellos? —Cambio de tema, porque no quiero contestar a su última insinuación.
Su sonrisa torcida me indica que no me va a gustar lo que viene a continuación.
—Por supuesto, puedes relacionarte con los guardias.
Son todos muy majos y muy amigos míos. —Le dirijo una mirada de odio puro.
«¿Significa eso que ya los ha puesto a todos de su parte y que me harán el vacío?
». Su risotada me hace sentir ridícula—.
Nadie te hará de lado, si eso es lo que te preocupa, pero tampoco te invitarán a jugar al póker.
—Eres despreciable, Matt.
—Si quieres culpar a alguien por lo de tener que estar encerrada en una cabaña, culpa a tu bisabuelo Erwin, que firmó la concesión hace cien años, o a los buitres que ahora quieren el terreno para levantar un hotel.
A ti te cae un mes, que es una minucia. El medio año enterito, y solito, me lo como yo, que soy el único McGregor que queda para que no perdamos la nuestra.
Si lo que quieres es cagarte en todo por tener que estar sola treinta días, eso sí que es solo culpa tuya.
Cuando quieras hablar, o hacer cualquier otra cosa, yo estaré ahí al lado —dice al tiempo que señala su cabaña—.
Sigo cocinando las mejores pizzas de toda Alaska, por si lo has olvidado.
«Maldito, maldito Matt».
—Tus pizzas no están tan ricas como piensas.
Eleva una ceja y me mira con suspicacia.
—Hay otras cosas que sigo haciendo mejor que nadie.
Doy un tremendo bufido y le cierro la puerta en las narices.
Su carcajada atraviesa la madera y se me clava en el alma.
Un año. Llevo un puñetero año evitando visitar los sitios en los que podía encontrarme con Matt, porque sabía que en cuanto nos viésemos saltarían chispas entre nosotros, y ahora tengo que estar un mes entero a veinte metros de distancia del único hombre que me hace arder como el mismísimo infierno.
La dichosa hada Ailithéa acaba de declararme la guerra.