Nancy (Salt Mountains 4) PRÓLOGO
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Nancy (Salt Mountains 4)

Nancy (Salt Mountains 4)

Por Maria Ferrer Payeras

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PRÓLOGO

Lindsay

—Entonces, lo que tú y la abuela proponéis es que le mintamos a Nancy e impliquemos a Cole y, para el caso, a toda la oficina en el embuste —nos dice Sam, con un retintín que no me gusta ni un pelo.

—No les vamos a engañar, querido, solo les vamos a presentar la situación de forma que entiendan que lo que les proponemos es la mejor opción posible —contesta la abuela, que no ha abandonado su sillón orejero. Arthur, tras ella como es su costumbre, suelta un sonoro bufido.

—Técnicamente, a Cole y al resto de la gente de la oficina no les vamos a contar nada que no sea cierto —aclaro—. Tu prima está agotada, unas vacaciones le irán de coña.

Sam dibuja un gesto de escepticismo en su cara. Odia las mentiras y, aunque entiende que, de alguna manera, tenemos que cambiar el orden de subida a la cabaña para que Nancy sea la siguiente, estar implicado en los tejemanejes de la abuela y míos no le convence.

—Ya… ¿Y qué te garantiza que ella se trague el cuento? Ambas sabéis tan bien como yo que Nancy va a intentar, por todos los medios, saltarse su estancia en las Salt Mountains. No quiere reencontrarse con Matt, están divorciados, lo suyo es pasado.

—No seas tan agorero, Sam, esos dos van a arreglar sus diferencias allí arriba. Te lo aseguro.

—Muy bien, ¿tienes preparado el informe con el que vamos a engañar a Nancy? Porque una cosa es que me preste a ser un títere en vuestra farsa y otra es que vaya a elaborar yo mismo la trampa. Hasta ahí podíamos llegar.

La abuela alarga la mano hacia Arthur quien le entrega un dosier. La cara de la matriarca McGonagall es tan beatífica que cualquiera diría que nunca ha roto un plato. ¡La de vajillas que yacen a sus pies hechas añicos!

—Aquí tienes todo lo necesario. A Nancy le diremos que durante unas semanas no puede intervenir en determinados expedientes porque su presencia complica un caso de Cole.

Y a Cole le vas a contar que Nancy está agotada y que lo más conveniente es que suba a descansar a la montaña ya.

Que no la vamos a hacer esperar hasta junio, que es cuando le corresponde.

Sam me mira y niega con la cabeza.

—No van a picar.

—¡Que no lo hagan! Tampoco es que se vayan a atrever a contradecirme.

Sonrío, porque cuando la abuela se pone en plan anciana encantadora es imposible estar enfadada con ella durante mucho tiempo, y esa es exactamente la técnica que va a usar con Nancy, como si lo viera.

Sam levanta ambas manos en son de paz.

—Lo que no entiendo es por qué me metéis a mí en esto. ¿No podías haberle dado estos papeles tú misma? —le pregunta a la abuela señalando la carpeta que esta le tiende, como si estuviera contaminada por algún virus mortal.

—¿Ves? Si lo hiciéramos así, ya cantaría mucho que es un ardid.

—Como si no fuera a hacerlo cuando se la entregue yo —Sam suelta un resoplido—. Abuela, que Nancy no se chupa el dedo y, encima, ahora mismo no estamos en un momento de buenas relaciones. ¿No te has enterado de que no soporta que su mejor amiga se haya prometido conmigo?

—Algo he oído —dice, soltando otra risita de esas a las que tan poco nos tiene acostumbrados—. Estará celosa. —Hace un ademán para quitarle importancia—. Tu prima no es rencorosa y, ahora que Oscar y tú habéis hecho las paces, se le pasará pronto la pataleta. No te preocupes.

—Que no me preocupe, dice. Pero antes me echa a los lobos. —Esto lo suelta mirándome a mí, así que no me queda más remedio que acercarme y darle un abrazo y un beso comedido en los labios.

—Es por su bien.

Sam me dirige, de nuevo, una mirada muy suspicaz.

—Por el bien ¿de quién?

—Por el de ella y el de Matt —contesta la abuela.

—Acabáramos. —Sam suspira mientras se lleva dos dedos al puente de la nariz—. Esos dos no van a hacer las paces, abuela.

—¿Después de lo que has vivido sigues sin creer en el poder de la cabaña?

Sam me mira, su cara, que pide auxilio a gritos, casi me hace reír.

Me encojo de hombros.

—La abuela tiene razón. No puedes negar que lo nuestro fue pura magia, de hecho, aún lo es —le digo antes de depositar otro beso tierno en sus labios—. ¿Por qué para ellos no puede serlo también? Se quieren. Solo tienen que limar sus diferencias.

—Sus diferencias son irreconciliables. No se trata de algo como lo que sucedió entre Oscar y yo. —Aunque él y su hermano hayan hecho las paces, no se atreve a pronunciar en voz alta lo que sucedió entre ellos años atrás—. Lo de esos dos es algo mucho más serio.

—Seguramente, de los que estamos aquí, Lindsay debe de ser la única que conoce los detalles, Sam, no tienes que explicarle nada.

—La abuela ya ha intentado sonsacarme, en varias ocasiones, la razón por la que Nancy y Matt decidieron seguir caminos distintos y divorciarse—.

Y no sé a ti, pero a mí no ha querido contármelos.

—Es algo muy doloroso para ambos. De esas cosas que no se arreglan con una disculpa, una nevada y una cama demasiado pequeña.

Matt y Nancy no se separaron porque hubieran dejado de quererse, sino porque estar juntos les dolía demasiado.

Arreglar eso será un trabajo arduo hasta para el hada Ailithéa.

—Pamplinas, por muy peleados que estén ahora, dentro de un mes lo habrán solucionado.

—¿Cómo puedes estar tan segura, abuela? —pregunta Sam en tono cáustico.

—Porque conozco a mi nieta desde que nació.

Y conozco a Matt McGregor desde que era un crío que se caía de los árboles intentando impresionarla.

—Hace una pausa—. Esos dos llevan media vida queriéndose y la otra media huyendo el uno del otro.

La cabaña solo necesita que estén en el mismo sitio el tiempo suficiente para demostrarles que se pertenecen.

—A mí lo que de verdad me preocupa es que se maten, o algo peor.

La abuela y yo arqueamos las cejas.

—¿Algo peor que matarse?

Sam nos mira a las dos con una mezcla de agotamiento y pánico.

—Que se maten y resuciten para matarse otra vez —contesta al fin—. Ambos tienen una lengua viperina y no saben mantenerla quieta en la boca. Por desgracia, he tenido que presenciar alguna de sus discusiones y os juro que salí con ganas de pedir asilo político en otro continente.

La abuela suelta una carcajada de las suyas, de las que no se oyen muy a menudo y que cuando llegan contagian a los que están alrededor.

—Samuel McGonagall, siempre has sido el más dramático de mis nietos. ¿Cómo podría quitarte ese vicio?

—No es dramatismo, abuela, es experiencia.

Me muerdo el labio para no reírme.

—Venga —dice la abuela recuperando su compostura y señalando el dosier con un dedo imperioso—. Lleváoslo y haced lo que os he dicho. El resto es cosa de la cabaña.

Sam recoge la carpeta con la resignación de un hombre que sabe que ha perdido la batalla antes de empezar. Me tiende la mano y yo se la cojo con cariño.

—Como esto salga mal —me susurra mientras salimos de la biblioteca—, voy a proclamar a los cuatro vientos que yo no estaba aquí.

—Como esto salga bien —le contesto en voz tan baja como la suya—, le diré a todo el mundo que la idea fue tuya.

Detrás de nosotros, Arthur cierra la puerta de la biblioteca con un suspiro que estoy segura de que lleva veinte años practicando.

La trampa está preparada.

Ahora solo falta dejar a Nancy McGonagall a una pared, un porche y una nevada de distancia del único hombre al que nunca ha conseguido dejar de querer.