Nancy (Salt Mountains 4) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Nancy

Hoy es el día que voy a casarme con Matt, por segunda vez.

Me levanto antes que él, cruzo descalza la sala de la cabaña McGregor y enciendo el fuego, yo sola.

Me gusta paladear la frase porque, hasta hace menos de un mes, no hubiera podido pronunciarla.

Yo no sabía encender una chimenea. Veintisiete años en Alaska y era incapaz de arrancarle una llama a un tronco.

Salía humo, muchas palabrotas y, con suerte, una brasa que se apagaba en cuanto le daba la espalda.

En cambio, ahora, estoy aquí, en cuclillas, colocando la leña como me enseñó Matt y prende a la primera. Una llama naranja, limpia, obediente.

Me quedo mirándola un rato. No pienso reconocerlo ante nadie, pero se me hace un nudo en la garganta, porque aprender a encender fuego a los veintisiete, cuando llevas convencida media vida de que hay ciertos trabajos que no son lo tuyo, es una de esas pequeñas cosas que resultan no ser tan pequeñas, en absoluto.

—Lo has encendido tú —dice Matt desde la puerta del dormitorio, con esa voz ronca de recién despierto y el pelo todo alborotado.

—No te acostumbres.

—A lo bueno se acostumbra uno muy deprisa —dice mientras se acerca. Después se agacha a mi lado y me aprieta con fuerza entre sus brazos—. Nos casamos en tres horas.

—Por pura logística.

—Tú siempre tan romántica.

En parte es verdad, en parte, es una broma privada que nos traemos desde hace una semana, desde que decidí que me quedaba con él los dos meses que le quedan por pasar aquí arriba.

Porque, para poder permanecer con él aquí arriba de forma incontestable, cumpliendo la dichosa regla de la abuela de: «los matrimonios deben subir juntos», lo más limpio, es estar casados. Entre otras cosas, para ganarle a la abuela con su propio reglamento.

La otra cosa es porque quiero, y porque llevo queriendo desde antes de subir a la cabaña, desde que hice la maleta en Anchorage y, sin pensarlo demasiado, metí los anillos en el compartimento de la maleta con esa cremallera que cierra mal.

Como si una parte de mí supiera lo que la otra se negaba a reconocer.

La boda es en la explanada, entre las dos cabañas, con la nieve derritiéndose y la hierba nueva asomándose por debajo.

No hay cientos de invitados, como la otra vez. Mis hermanos, mis primos, las abuelas, los padres de Matt y listo.

Lindsay ha llegado y nos ha pillado a Matt y a mí besándonos delante del fuego encendido y se ha puesto a gritar que ya le bastó en la universidad y que no está dispuesta a pasar por todo este lío de pillarnos enrollándonos otra vez.

Como Matt predijo, parece que todos están más contentos por él que por mí. Es cierto que lo adoran. Yo, como soy una borde, no recibo tanto cariño ni tantas palmadas en la espalda como él, pero, en el fondo sé que me quieren igual.

La abuela se acerca y me abraza como si quisiera romperme todos los huesos.

—Estás preciosa, querida —me dice, sujetándome la cara con las dos manos—. Sabía que este vestido te quedaría de maravilla.

—¿De qué estás hablando? Pero si lo elegí yo.

—Claro que sí, cielo. —Me da unas palmadas en la mejilla, de esas que significan: piensa lo que quieras que yo sé la verdad.

Cole es el que tiene peor cara de todos.

Levanto mi copa en su dirección y él me saca el dedo corazón, de forma disimulada para que la abuela no le pille.

No tiene ni idea de lo que le espera, y yo no pienso avisarle, porque a mí nadie me avisó, y así es como funciona esta familia: se aprende sufriendo, como con el fuego.

Matt y yo escribimos nuestros nuevos votos. Ya tenemos un cuaderno lleno de normas, esta mañana hemos añadido una nueva con la letra un poco temblorosa por la emoción:

«Esta vez prometemos no volver a soltarnos en medio de lo difícil».

Es la vieja norma cuarenta y tres la de «nunca irnos a dormir enfadados», que ha crecido y se ha hecho adulta. Habla de que el momento en que hay que agarrarse más fuerte al otro es, precisamente, cuando todo es más difícil.

Cuando llega la parte de los votos, miro a Matt y le declaro:

—Esta vez me quedo en lo difícil.

Y Matt, que necesita ver las cosas para creerlas, que se pasó la vida esperando pruebas, me mira como si acabara de recibir la única que le importa y me confiesa:

—Esta vez te creo.

Dijo que era la que le parecía la más difícil y ahora lo ha prometido, en voz alta, delante de nuestras familias.

Por la noche, cuando ya se ha marchado todo el mundo, Matt y yo nos sentamos delante del fuego, el que yo encendí —cómo me gusta repetirlo—, con los pies enredados.

Al otro lado del patio, la luz de la cabaña McGonagall sigue encendida, de vez en cuando se ve pasar una sombra inquieta de un lado a otro de la ventana.

Cole, que no duerme, que da vueltas como un león en una jaula, todavía no sabe que dentro de poco tiempo dejará de mirar hacia la montaña y empezará a mirar hacia otra parte.

Hacia alguien. Aún no lo sabe, ni yo tampoco, en realidad.

Aunque empiezo a reconocer la forma que tienen los planes de la abuela cuando ya los ha puesto en marcha.

—¿En qué piensas? —pregunta Matt.

—Es que mi abuela se cree de verdad que todo esto es obra de Ailithéa. —Miro el fuego—. Y en que llevo media vida segurísima de que la dichosa hada no existe.

—¿Eso es todo?

—Y en que esta mañana he encendido un fuego que hace un mes no sabía encender y me he casado con el hombre de mi vida.

Que mi hermano, que odia estar quieto, está a punto de encontrar un motivo para no moverse nunca más.

—Me acurruco contra Matt—. Empiezo a pensar que no importa tanto si Ailithéa existe o no.

Matt me besa la coronilla.

—¿Sabes que eso es exactamente lo que diría alguien a quien la ha embrujado un hada?

—Cállate y échale otro tronco al fuego.

Matt obedece y las llamas empiezan a danzar. Fuera, la sombra de Cole cruza la ventana una vez más, buscando una salida que no existe, sin saber todavía que la salida no es la solución.

Ojalá pudiera decirle que se rinda. Que deje de buscar la puerta, que, a veces, lo que parece una cárcel, resulta ser el único sitio en el mundo en el que eliges quedarte.

Pero a mí tampoco me lo dijo nadie.

Que sufra un poco, que aprenda.

Como hemos hecho todos.