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Noah camina y camina y camina por las calles hasta que su mente se aleja tanto que, cuando mira a su alrededor —la gente, los coches, las puertas que se abren y se cierran—, se siente como un fantasma.
¿Qué define nuestra presencia en este mundo?
¿Cómo afrontan los pacientes del pabellón psiquiátrico el hecho de que los recluyan por intentar explicar su realidad a los demás?
¿Cómo definen los médicos y profesionales —y esa última palabra hace que Noah esboce una mueca— lo que es «loco» o «normal»? ¿Y por qué lo «diferente» tiene que ser confinado? ¿Cómo se traza una línea entre lo real y lo irreal cuando se trata de algo intangible?
Milagro es la palabra para algo que la ciencia no puede explicar. Todavía.
Pero ¿y si es algo con lo que la ciencia no tiene nada que ver? Espíritus. Recuerdos. Fe. Dios.
Es demasiado. A Noah le va a explotar la cabeza.
No hay nadie a quien pueda preguntar. Nadie que vaya a entenderlo, excepto Kay.
Pero Kay se ha ido. Se fue hace mucho tiempo, y eso —eso— es lo más loco de todo.
Todos los demás dirán exactamente eso: que Noah está loco.
Pero hay algo que Noah sabe con certeza: que no lo está.
Hay gente más loca por ahí, y a algunos se los considera las personas más fiables, a cargo de otros, de pueblos, de países, de la humanidad. Los «profesionales».
Hay algo que Noah sabe: su tumor se redujo. Y podría reducirse aún más. No necesita que los médicos se lo digan para saberlo. No es algo que los médicos pudieran explicar.
Hay una persona que podría entender lo que pasó y escucharlo sin una sonrisa burlona. Y esa persona no está aquí.
¿Cómo se conecta la gente, Noah?
Sabe que hay otras cosas ahí fuera que no puede explicar. Nadie puede, excepto Kay y la gente como ella: con la mente abierta, sabia, quienes ven el mundo de otra manera.
En esto cree Noah ahora también.
La vida no es lo que es. La vida es lo que creemos que es.
Cree en sus recuerdos. Por encima de todo, cree en sí mismo.
La mayoría de la gente creerá en cualquier cosa menos en sí misma.
Noah ya no es una de esas personas.
El letrero de la Sexta Avenida, donde aparcó, aparece más adelante; gira y, a unos diez metros, ve su coche.
¿Qué hace ahora?
Hay tantas cosas que quiere hacer. Quiere llamar a su madre, aunque todavía no sabe qué decirle para hacerla feliz. Ella le preguntará si encontró a Jesús. Él puede decir que se encontró a sí mismo. Ella nunca verá la conexión.
Quiere llamar a todos sus compañeros de banda, quedar para ensayar, enseñarles las nuevas letras, ver qué les parecen. Le encantaría volver a subirse a un escenario, pero con un mensaje diferente.
Una cosa más.
Lleva semanas dándole vueltas en la cabeza. Ha pensado y repensado, y ahora sabe lo que quiere y cómo arreglar las cosas. A diferencia de todo lo demás que ha ido posponiendo en su vida hasta que era demasiado tarde, esto no puede esperar.