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Hablé con Toby. ¿Estás bien?, le escribió Brooke hace dos días.
Teniendo todo en cuenta, Noah se siente de maravilla y sabe que lo estará.
Todo va genial, le respondió.
Está apoyado contra la puerta del pasajero de su coche.
Piensa en el Dr. Bard, en su confusión cuando dijo: «Es un milagro, quiero decir, no un milagro, pero… eh… un caso raro», esforzándose por expresarlo en términos médicos, términos «explicables».
Hay muchas cosas inexplicables en la vida de Noah últimamente.
Ahora una comisura de los labios de Noah se curva en una sonrisa.
Tiene los sentidos agudizados. Todo lo asombra: un coche que pasa zumbando, luego otro, después una moto, una madre que lleva a un niño pequeño de la mano, las sirenas a lo lejos, la música rap a todo volumen detrás de las ventanillas cerradas del coche que pasa,
como si fuera a reventar desde dentro.
Echaba esto de menos: la vida. Y a Brooke.
Noah saca el teléfono del bolsillo. Lo más probable es que Brooke no tenga cobertura. Bolivia, decía su última ubicación hace un día. Hace un mes, ese país no figuraba en su lista de cosas pendientes. Hace un mes, no había mucho en su lista de cosas pendientes.
Encuentra el nombre de Brooke en la lista y pulsa el botón de «videollamada». Suena. Y suena. Y suena. Con el dulce rostro de Brooke congelado detrás del icono de «llamando».
Noah mira a su alrededor con una sonrisa, el móvil aún sonando en su mano.
Una señora mayor pasa arrastrando los pies, arrullando a un Labradoodle de aspecto desaliñado que lleva sujeto con una correa.
Huele mal. Su perro también. El cachorro mira a Noah, ladra, menea la cola y empieza a saltar como un acróbata que hace piruetas.
Noah sonríe. La señora mayor le hace un ligero saludo con la mano, le devuelve la sonrisa y se inclina hacia el cachorro para echarle una charla de cerca.
Podría ser la Nana Kay de alguien. Todo el mundo es un maestro. Todo el mundo necesita aprender algo.
Noah sonríe.
—¡Eh, tú! ¡Cuánto tiempo sin verte!
La sonrisa de Brooke ilumina la pantalla. Noah clava los ojos en ella, y el mundo a su alrededor se expande y desaparece.
—¡Eh, eh! —dice él con suavidad—. ¿Cómo estás, preciosa?
Estudia su rostro, el corazón de repente demasiado grande para el pecho al verla. Lleva el pelo revuelto. Sin maquillaje. Los piercings han desaparecido. Un pañuelo de colores le rodea el cuello con holgura.
Brooke lo mira desde la pantalla con una sonrisa que es una mezcla de ternura y lástima, o algo más, no está seguro. Quiere besar esa sonrisa, sostener su rostro bronceado entre las manos, aspirar su aroma.
—Hablé con Toby —dice ella en voz baja, y aparta la mirada, incómoda.
Por supuesto, Toby la llamó hace un mes.
—Escucha, no quiero hablar de eso ahora mismo —la interrumpe Noah con suavidad.
—Noah —lo interrumpe ella—. Sé lo duro que debe de ser…
—Brooke, no quiero hablar de eso. Estoy bien.
Obviamente, Toby todavía no ha tenido tiempo de transmitir las últimas noticias.
—¿Cómo puedes decir eso cuando…?
—Brooke, acabo de hablar con el médico. Estaré bien. Escucha, ¿dónde estás?
—Noah, sé que estás intentando que suene mejor de lo que es…
—Brooke, Brooke, Brooke, cállate, ¿quieres? Por favor, ¿amor? —dice con insistencia pero con dulzura, y esboza una sonrisa de disculpa—. Te echo de menos —añade sin apartar los ojos de ella.
Esta vez lo dice en serio. Esta vez quiere hacer algo al respecto. Algo que no incluirá drogas, alcohol, una fiesta salvaje ni una reconciliación de una noche seguida de peleas interminables.
—Noah, escucha —dice ella con una tristeza que le desgarra el corazón—. Puedo volver a Estados Unidos cuando quieras. Pero tienes que hacer lo que te digan los médicos…
—Brooke… —Cierra los ojos un segundo y niega con la cabeza—. Brooke, ¡olvídate de los médicos! ¿Puedes escucharme?
Ella suspira y frunce los labios, los ojos empañados de lágrimas.
—Quiero verte, amor —dice Noah.
—Bueno, hola. —Consigue esbozar una sonrisa, pero se desvanece enseguida, y sorbe la nariz y se limpia la mejilla.
—No, quiero ir a Bolivia, Perú, Guatemala, donde sea que estés. Cogeré un vuelo mañana. Pasado mañana. Cuando sea. Solo dime que puedo ir, y lo haré.
Tiene los ojos anegados en lágrimas.
—Siempre que quieras verme —añade Noah—.
Todavía. Quizás. Una oportunidad más. Estaré bien, lo prometo.
Solo… —Hace una pausa, intenta sonreír, pero nota las lágrimas agolpándose en los ojos—.
Te echo tanto de menos, Brooke. Te quiero.
No me importa nadie más. Quiero estar contigo, signifique lo que signifique para ti.
—No puedo decirte qué hacer ni qué es mejor para ti. Nunca escuchas, de todos modos —dice ella despacio, aparta la mirada, luego suelta una risita e intenta esbozar otra sonrisa, pero acaba mordiéndose el labio.
Ay, la conoce tan bien, y esto es señal de que hay una oportunidad.
—Yo también quiero verte —añade ella en voz baja, y ahora sonríe.
¡Es una oportunidad!
Esto es todo lo que Noah necesita. Esta respuesta. La esperanza. El nuevo comienzo. De algo. ¡De lo que sea! Quiere besarla, besar el teléfono. Sonríe, la sonrisa se le ensancha, y ella no puede evitar sonreír también y niega con la cabeza.
Ella dice que le enviará toda la información.
Él dice que la llamará en un par de horas.
Le dice que la quiere más que a nada, y cuando cuelga, el corazón se le hincha.
Quiere abrazar al mundo, al globo entero junto con Bolivia, Perú o lo que sea que haya ahí fuera.
Quiere abrazar al tipo gruñón que pasa con el móvil pegado al brazo, y a la señora mayor que sigue arrullando a su perro de camino a casa, y al Labradoodle que parece tener cien años y huele como si desayunara bolas de naftalina.
Noah quiere abrazarlo todo: las calles, el viento, la lluvia, el día y la noche, los pájaros que gorjean cada vez más fuerte a cada minuto.
Por ahora, Noah tiene una oportunidad más. Si es un año, lo convertirá en una eternidad. ¡Hay tantas cosas que hacer, tantas razones para vivir!
El mundo es mucho más de lo que podemos llegar a conocer.
Se oye un ruido familiar, y Noah se da cuenta de que es el trino de un pájaro.
Mira a su alrededor, los árboles, los edificios: la vida está en todas partes, en todas sus formas.
Cuando baja la mirada, algo tan rápido como una colilla lanzada pasa volando junto a él y aterriza en el capó de su coche.
Es un pájaro de un azul desvaído que le resulta familiar, con el pecho blanco, una cresta azul y una línea negra alrededor del cuello, como un collar.
A Noah se le escapa un jadeo apenas audible.
Es un arrendajo azul.
«La gente mira, pero no ve».
El arrendajo azul es rápido y saltarín. Ladea la cabeza: derecha, izquierda, arriba, abajo. Salta y picotea, tan pequeño pero tan lleno de vida.
«De niña, podía verme reflejada en ellos. Así fue como lo entendí. Se convirtió en mi símbolo».
«¿De qué?»
«De estar en el camino correcto».
Noah siente que el corazón le va a estallar. El pecho le tiembla por los sollozos contenidos. Se pasa la mano por el pelo y la deja descansar en la nuca.
¿Un arrendajo azul, eh?
Suelta una risa extraña, medio sollozo, mira a su alrededor desconcertado, y la imagen de Kay le viene a la mente.
La gente tiende a olvidar la suerte que tiene.
Noah cierra los ojos un momento y la imagina. La sonrisa en su rostro, el sol en su cabello blanco, allí en el campo, cuando por primera vez en mucho tiempo sintió la esperanza, el deseo de vivir con tanta fuerza que creyó que podía volar.
—Gracias —susurra, y abre los ojos de nuevo. Las lágrimas le resbalan por las mejillas.
A veces la gratitud más profunda es la más silenciosa.
No sabe cómo es posible, pero la conoció. No sabe cómo explicarlo, pero ella estuvo con él. Hay una línea muy fina entre el mundo que conocemos y el que aún no comprendemos. Noah cruzó esa línea.
«El mundo es más de lo que puedes ver. La vida es más de lo que te enseñan».
Noah sonríe, con la mirada fija en el pájaro que, a su vez, lo estudia. Se ríe entre dientes, sin notar las lágrimas que le ruedan por el rostro, y luego inspira hondo, como si necesitara más oxígeno.
«¡Dilo más fuerte!»
«¡Quiero vivir!»
Se le escapa otro sollozo, y se lleva la mano al rostro para limpiarse las mejillas, una y luego la otra, con el dorso.
El pájaro, inquieto por el movimiento, echa a volar asustado. Traza un círculo en el aire y vuelve a posarse en el capó, unos centímetros más cerca de él, con la cabecita ladeada, sus saltitos juveniles: el ritmo de los latidos del corazón de Noah.
«Tienes que querer vivir tanto que la sangre te corra por el cuerpo como el agua por una presa rota, para que arrastre cualquier duda, cualquier miedo».
Noah sabe que no es su mente gastándole una mala pasada, no es la enfermedad. Su memoria es el mundo tal como él lo ve. Estará bien. Estará genial. Porque ahora entiende mucho más y nunca olvidará aquella caminata por la nieve, cruzando el campo. Kay estaba a su lado, y todavía lo está.
«Dilo claro».
«¡Quiero vivir!»
«No puedo oírte».
«¡Quiero vivir!»
«¡El mundo no puede oírte, Noah!»
Ruge a pleno pulmón:
—¡Quiero! ¡Vivir!
Ella asiente.
«Estarás bien, chico. Tienes una vida. Es tuya, para que la vivas. Una locura, ¿eh?»
La vida es una locura.
«Tienes una vida, chico. Eso es todo».
«¿Eso es todo?»
«Eso es todo lo que te toca».
Kay sonríe.
«Nadie dijo grande o pequeña. Una vida es una vida. Y tú tienes una. Si me preguntas, eso ya es una gran noticia».