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Noah camina por las calles sin rumbo, sin dirección. Necesita pensar. No presta atención a nada de lo que le rodea. Su mente repasa cada día de su vida con Kay, o al menos como él lo recuerda.
Cuanto más lo piensa, más claro lo ve. Las señales. Las pistas.
Nunca la vio cambiarse de ropa, dormir ni hacer la cama.
Aquí no hay nadie más que tú.
Nunca encendió la chimenea, nunca quitó la nieve.
El Hombre de la Medicina. ¿Qué era lo que decía Toby? La mezcla que preparaba Kay... ¿eran sus remedios desde el principio?
No lo haces por mí, chico. Recuérdalo.
La mente de Noah va a mil por hora.
Los libros, eso lo entiende. Estaban allí desde siempre. Pero también la comida. El agua. La ropa. La ropa de Mooney. Toda la comida que tenían... nada que él no pudiera preparar solo. Incluso el pan.
—¿Vas a hacer pan?
—No. Tú lo harás.
El cobertizo. Nunca llegó al cobertizo. Ni una sola vez. Y la vez que casi lo hizo, se desmayó.
El sótano.
—Esta cosa lleva años atascada. Mooney nunca llegó a arreglarla.
¿Cómo pudo ser tan ciego? El recuerdo es tan ridículo que le arranca una risa.
Espera, ¡pero otros la vieron!
Noah acelera el paso, al ritmo de sus pensamientos desbocados.
—¿Cómo acabaste en este rincón del mundo? —pregunta Michael, mirando a Noah.
—Me estoy quedando en casa de Kay. Nana Kay.
—¿Nana Kay?
—Es una lugareña. Vive cerca.
—He oído ese nombre en alguna parte. ¡Sí, sí, sí! ¡Leímos sobre eso! ¿Recuerdas?
En la camioneta, Dean y Kay nunca hablaron.
Ahora que Noah lo piensa, tiene sentido.
¡Pero espera!
Noah no quiere creerlo. Tiene la cabeza hecha un lío. Pero piensa en algo más. Se detiene, saca el teléfono del bolsillo y abre Messenger con dedos frenéticos. Entre los mensajes sin leer, encuentra uno de Michael y Megan de hace cuatro días.
Hola, Noah. Te pongo al día. Megan está bien, salvo el tobillo que lleva vendado.
En unas semanas estará como nueva. Queríamos darte las gracias otra vez.
No quiero ni pensar en lo que habría pasado si no te hubiéramos conocido esa noche.
Megan te manda saludos y dice que si alguna vez pasas por Brooklyn, nos avises.
Nos encantaría tenerte en casa. Estamos replanteándonos las aventuras invernales jaja.
Gracias de nuevo. A esa señora que te arrastró al bosque, dale las gracias de nuestra parte.
Es toda una salvadora. Nos encantaría conocerla algún día. ¡Un abrazo!
Noah mira fijamente la pantalla y relee las últimas frases.
Nos encantaría conocerla algún día...
Noah siente que o está perdiendo la cabeza o que hay cosas en el universo tan inexplicables que nadie podrá entenderlas jamás. Él incluido.
El teléfono suena y en la pantalla aparece una sonrisa radiante: la de Toby.
—Oye, tío. ¿Sabes en qué acabo de pensar? —la voz de Toby suena alegre, a pesar de las malas noticias de antes.
—¿En qué? —Noah tiene la vista clavada en la acera. Le da vueltas la cabeza. Tiene la mente hecha un caos.
—¿Recuerdas la noche que me hablaste de tu cerebro?
—Claro. —¿Cómo podría Noah olvidar esa noche de borrachera?
—¿Recuerdas que nos pillamos una buena y estábamos en mi casa?
—Claro. —Noah no quiere oír lo que Toby tiene que decir.
—¿Recuerdas que estábamos hablando de Nana Kay?
—Claro. —Noah sabe de qué se trata.
—Acabo de darme cuenta. ¿Recuerdas cuando dijiste que querías ir a visitarla? ¿Sí? ¿Recuerdas?
Noah guarda silencio, pero sabe lo que viene.
—Tío, estábamos hablando de ella, pero ya estaba muerta. —Toby resopla—. Loco, ¿no?
Noah cierra los ojos.
Toby no tiene ni idea de lo que es la locura.