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—¡Tienes. Que estar. De coña. ¡Tío!
Las manos de Toby se aferran al gorro con pompón de los Steelers mientras se desliza teatralmente del taburete, mirando a Noah estupefacto.
Noah quiere decirle que la palabrota no tiene nada que ver, pero se limita a sonreír.
Toby no se ha afeitado en días. Su sudadera Quicksilver apesta a marihuana, tanto que podrías colocarte solo con olerla.
Tiene su pinta de «vagabundo» de siempre, pero Noah nunca se ha alegrado tanto de ver a su mejor amigo.
Están sentados junto a la ventana en su taberna favorita de South Millvale Avenue.
—Entonces, ¿se fue? —Los ojos inyectados en sangre de Toby están desorbitados, y Noah sospecha que está tan colocado que la noticia le ha caído como la Segunda Venida de Jesús.
—No, tío, no es tan simple —explica Noah—. Sigue ahí. Pero se ha reducido más de lo que habría conseguido el tratamiento y la radiación en meses, asíííí que...
—¡Entonces eres un milagro, tío! ¡Lo sabía!
Toby señala el aire con el dedo índice tan bruscamente que casi tira la cerveza. La agarra y la levanta.
—¡Salud, hermano! ¡Eres el puto amo!
Noah tiene sed y hambre. La cerveza nunca le ha sabido tan bien.
Es como si todo su cuerpo se hubiera reconectado: las papilas gustativas que aprecian cada sabor; la piel que percibe el más leve movimiento del aire; el cuerpo que quiere moverse, correr, saltar; el cerebro en un estado permanente de asombro que le hace querer zambullirse en la vida.
—Malditos estafadores, ¿sabes? —dice Toby—. Los hospitales y toda esa peña. Siempre te joden. Joder. Deberías demandarlos, ¿sabes?
Toby sigue hablando mientras Noah se limita a sonreír y asentir. Mira por la ventana las calles que se derriten. Es primera hora de la tarde, pero están celebrando. Nunca es demasiado pronto. Nunca demasiado tarde. A menos que estés muerto. Y entonces, continúas tu camino, como dice Kay.
—Oh, tío.
Toby se frota las manos y se le iluminan los ojos al ver a la camarera que trae la comida.
—Aquí mismo, preciosa.
Tamborilea con las yemas de los dedos sobre la mesa, impaciente, y Noah no está seguro de si «preciosa» va dirigido a la camarera, que definitivamente no lo es, o a las hamburguesas de cuarto de libra con patatas fritas que Noah quiere devorar.
Da un mordisco y es la mejor hamburguesa que ha probado en su vida. Igual que la IPA local.
A Toby se le iluminan los ojos de repente.
—¡Sí! ¡Búscate un abogado! ¡Podría ser la hostia!
Si cometieron un error, ¿sabes? ¿Confundieron algo?
Se llama negligencia médica. La gente saca mucha pasta con eso.
Puedes forrarte, ¿sabes? Prácticamente te mataron durante varios meses.
Bueno, emocionalmente. ¡Sí! —agita la hamburguesa en el aire—.
¡Daño emocional también! Y tienes suerte de no haber empezado la quimio.
Esa mierda podría haberte provocado cáncer aunque no tuvieras. ¿Me entiendes?
Se ríe, emocionado ante la perspectiva de que su amigo se haga rico en lugar de morirse.
—Tío —Toby, con la boca llena de hamburguesa, vuelve a hablar—. A ver. ¿Y si cometieron un error? O sea, he leído sobre esta mierda. ¿Y si te dieron un diagnóstico equivocado, ¿sabes?, y esto —agita una mano junto a la sien— es otra cosa? Deberías demandarlos, ¿sabes?
Noah pone los ojos en blanco y le da un mordisco a la hamburguesa. Su amigo se está dejando llevar, pero a Noah no le importa. Es mejor que la lástima y la incomodidad. No discute con Toby, no le dice que no hubo ningún error.
—No hubo ningún error. No hay ningún error —dijo el Dr. Bard nerviosamente hace unas horas—. Hicimos múltiples pruebas, resonancia magnética, estudiamos, volvimos a comprobarlo todo...
No existen los milagros. Hay cosas que la ciencia no puede explicar. Todavía.
Sus pensamientos derivan inevitablemente hacia Kay.
—Tío. Entonces, ¿qué pasa? ¿Dónde has estado todo este tiempo? —pregunta Toby.
La pregunta detiene a Noah a medio camino del siguiente mordisco. Deja la hamburguesa en el plato.
¿Por dónde empieza? ¿Cómo lo explica?
—Entonces —comienza, vacilante—. Entonces, ¿recuerdas la conversación que tuvimos sobre, eh, tu abuela y la curación...?
—¡Oh! ¡Tío! —dice Toby en voz alta, deja caer la hamburguesa en el plato, se echa hacia atrás en el taburete y tira la cabeza hacia atrás.
Noah se sobresalta, como si su amigo lo hubiera sabido todo el tiempo.
—Vale, entonces —continúa Toby—, no te conté toda la historia. Mi abuela. Uf...
Toby sacude la cabeza como si no pudiera creerlo.
—Lo sé. Murió —dice Noah en voz baja—. Lo sé, Toby.
Levanta la vista hacia su amigo, intentando encontrar su mirada, intentando hacerle entender que lo sabe todo porque estuvo allí con ella. Respira hondo para empezar su historia.
—Sí, ya te lo dije, ¿no? —lo interrumpe Toby—.
¡Pero escucha esto! —se endereza y se inclina sobre la mesa hacia Noah—.
Ya sabes que mis padres apenas hablan con ella, los capullos, y que vive sola desde que murió mi abuelo.
Pues hubo una tormenta de nieve y eso, pero nadie se preocupa nunca.
Allí arriba no son como la gente de ciudad, ¿sabes?
, están preparados para cualquier cosa. Pueden vivir aislados de la civilización durante meses.
Toby se lame los labios, se ajusta el gorro que todavía lleva puesto, agarra la cerveza y da varios tragos ansiosos.
Este es el momento en que Noah debería interrumpir. Inhala bruscamente, pero Toby se le adelanta.
—Pues escucha esto. Hace unos días, reciben una llamada al 911 con la dirección de mi abuela, ¿vale?
Raro. El sheriff va, registran la propiedad, y efectivamente, la encuentran en el cobertizo de detrás de la casa.
¡Muerta! —Toby hace una pausa con los ojos desorbitados para dar más efecto—.
Y está ahí sentada en el suelo, con la espalda contra la pared.
Es un cobertizo pequeño donde tenía su rinconcito, como se llame, donde hacía sus oraciones y rituales. Pero está muerta, ¿no?
Noah lo sabe todo. Sabe mucho más sobre Nana Kay de lo que Toby sabrá jamás, pero asiente y escucha con paciencia.
—Pero hay huellas de neumáticos. Y por lo visto, alguien vio a un tío merodeando por ahí. Incluso le preguntaron a mis padres si yo había estado allí. Ya sabes, claro, justo voy a ir en plena tormenta de nieve. ¡Anda ya!
Toby se ríe nerviosamente.
—Toby —comienza Noah. Él no estaba merodeando. Vivía allí, invitado por Kay.
—No, no, no —Toby está lanzado—, escucha, escucha. A partir de aquí la cosa se pone jodida.
No está jodida, quiere explicar Noah. Quizá si él no hubiera terminado en el sótano, Kay no habría acabado muerta.
—Así que hicieron la autopsia, llamaron a mi madre ayer. Mi abuela lleva muerta desde noviembre. O sea, ¿noviembre?
Noah frunce el ceño. Debe de haber oído mal. Levanta la vista hacia Toby, que lo mira con una extraña sonrisa en los labios. Noah sacude la cabeza como si intentara espantar una mosca molesta.
—Espera, espera, retrocede —dice Noah. Debe de haberlo entendido mal—. ¿Lo repites?
—¡No-viem-bre! ¡Tío! ¿Te puedes creer esta mierda? No pueden decir la fecha exacta porque literalmente ha estado congelada todo el tiempo...
Espera...
Noah parpadea e intenta procesar las palabras mientras Toby sigue hablando.
Espera un momento...
—...o sea, está helado allí desde noviembre, ¿sabes?
—explica Toby—. Siempre hace más frío allí arriba.
Y con la nieve récord y las bajas temperaturas de este año, o sea, no empezó a descomponerse, ¿sabes?
, sin olor ni nada, es asqueroso, lo sé, tío, no me mires así —Toby resopla—, pero dicen que solo le dañó el tejido superficial o lo que sea. Joder, o sea, ¡estoy flipando!
La mente de Noah no está flipando. Está en blanco.
Las líneas temporales en su cabeza se están desplazando.
Hacia delante y hacia atrás.
Hacia delante y hacia atrás.
—No puede ser —las palabras de Noah apenas son audibles.
—¡Lo! ¡Sé! —las cejas de Toby parecen subírsele hasta el gorro de puro desconcierto—. Así que mi madre está llorando a moco tendido. Ahora se siente mal, ¿sabes? ¡Demasiado jodidamente tarde!
Toby coge lo que queda de la hamburguesa y vuelve a comérsela mientras sacude la cabeza y mira por la ventana.
Noah está paralizado.
No puede ser...
Kay estaba allí antes de la tormenta de nieve. Lo recuerda. Recuerda haberse despertado en la casa después del desmayo.
«Supongo que te invitaste tú solo a entrar, ¿eh?».
—Bueno, revisaron sus cuentas —Toby vuelve a hablar—. Dijeron que no había cobrado la pensión desde noviembre. Le cortaron el cable en diciembre. Llevaba semanas sin electricidad. No pagó las facturas, bla, bla, bla...
Pero Noah recuerda aquel día.
«No hay electricidad, Kay».
«Bueno, sabía que tarde o temprano pasaría. Menos mal que mantienes la chimenea encendida, chico».
Noah siente como si todo en su interior se estuviera desplazando, como si estuviera sentado aquí mismo, pero todo dentro de él desafiara de pronto la gravedad. La voz estridente de Toby suena en algún lugar lejano, aunque está justo ahí delante.
—...no quitaron la nieve de la carretera, porque ella o los vecinos más cercanos suelen llamar para pedirlo, pero los vecinos llevaban varias semanas fuera, y cuando volvieron se sorprendieron de que la carretera no estuviera despejada.
Tuvieron que llamar al tío del pueblo enseguida para poder llegar a casa, ¿sabes?
«Greg y Eileen. Varios kilómetros carretera arriba. Deben de estar fuera o visitando a los nietos en el sur. Si no, la carretera ya estaría despejada».
—...¿sabes?, si mis padres de mierda la hubieran visitado más a menudo, quizá esto no habría pasado. Quién sabe. A lo mejor estaba enferma o algo...
No lo estaba, quiere decir Noah. No estaba enferma. Estaba viva y sana. Se movía por la casa sin problema.
«Ya que te estás aprovechando de mi hospitalidad, bien podría aprovecharte yo a ti también, chico. ¿Por qué no vas a por leña?».
O Noah las hacía siguiendo sus órdenes, para ser exactos.
«¿Sabes usar esto?». Señala la quitanieves con la cabeza. «Sube. Es fácil».
Noah siente el pecho pesado. ¿Le está dando un infarto? Nota el pulso en la garganta, y su mente obviamente no está del todo bien.
—Siempre estuvo sola, ¿sabes? Ese es el problema —Toby habla con la boca llena de patatas fritas, con kétchup en el labio superior.
«No lo haces por mí, chico. Recuerda eso. Todo lo que haces aquí eres tú, por fin, prestando atención al mundo».
—Tío, ¿estás bien? Estás blanco como la cera. Sé que es una historia loca. No quería soltártelo todo de golpe. Sobre todo con tus buenas noticias y eso. Pero, o sea, acaba de pasar. ¿Sabes?
Noah asiente.
—Sí, sí —no está bien—. Escucha, se me olvidaba, tengo otra cita. Tengo que irme —definitivamente no está bien. No sabe qué significa todo esto, pero se levanta y deja dinero sobre la mesa—. Invito yo. Quedamos luego, ¿vale?
—¡Claro, tío! —Toby le choca el puño y añade—: ¡Oye! Me alegro mucho por ti, ¿sabes? Dejando a un lado lo de la abuela Kay, estoy muy contento, joder.
—Gracias, tío —Noah consigue esbozar una sonrisa y se dirige hacia la puerta.
—Como suele decirse —le grita Toby—, una vida termina, otra comienza, ¿no? —sonríe como un bobo.
Toby no tiene ni idea.
Noah cierra los ojos un instante, luego empuja la puerta y sale.