86
Los días siguientes son extraños.
Noah va a ver al Dr. Bard. Pero aparte de eso, lo único que quiere es dormir y pensar. Todavía no se acostumbra a todo el ruido. Le resulta una distracción. Creía que echaba de menos a todos, pero ahora mismo no le apetece ver a nadie.
Al día siguiente, el Dr. Bard lo llama.
—Me gustaría que te pasaras por aquí hoy —dice el doctor, y hay algo sospechoso en su tono, pero Noah va de todos modos.
Y todo es extraño, aún más extraño que el día en que se enteró de su «un año como mucho», porque esta vez es justo lo contrario.
El Dr. Bard explica algo con entusiasmo mientras Noah mira absorto por la ventana, sin prestar atención, con una sonrisa en el rostro.
Alguien llama suavemente a la puerta; luego aparece una enfermera con una sonrisa y una mirada inquisitiva hacia Noah, como si estuviera en otro mundo.
El Dr. Bard revisa los papeles y empieza a contarle algo, pero Noah siente que ya lo sabía desde siempre: su tumor se ha reducido.
Noah no se sorprende demasiado cuando asimila las palabras del Dr. Bard.
—Aún tenemos que seguir con el tratamiento para asegurarnos de que se mantenga contenido —dice el doctor—. Con todos estos resultados esperanzadores, tienes que entender que eres un caso atípico, pero no puedes descuidarte.
Un caso atípico.
Noah quiere decir que el mundo es mucho más de lo que creemos saber, pero el Dr. Bard continúa:
—Sí, es un caso sin precedentes en mi práctica personal, un cambio tan drástico, esta reversión, pero todo requiere el tratamiento adecuado.
Las cosas no pueden revertirse. Siguen su curso, quiere decir Noah, pero sabe que el Dr. Bard vive en su propia realidad. El Dr. Bard probablemente diría que Kay está loca y la enviaría a un pabellón psiquiátrico. Todos vivimos en el mundo en el que creemos.
La realidad del Dr. Bard le receta a Noah más pastillas, pero él no va a la farmacia. Tampoco irá a la cita del día siguiente porque tiene otras cosas en la cabeza. Y su mente ya no ve todo en blanco y negro.
Fuera del centro médico, el aire huele a primavera.
Avanza como un tsunami invisible a cámara lenta, derritiendo la ciudad, goteando de los tejados, insuflando frescura por las calles, resonando con el canto de los pájaros entre los árboles desnudos que en una semana o así estallarán con las primeras hojas.
Los viejos montones deformes de nieve ennegrecida se derriten y escurren por el pavimento como si tuvieran prisa por llevarse el invierno.
Incluso la gente es diferente ahora. Las calles están abarrotadas, rebosantes de nuevas esperanzas y planes. Las conversaciones son más animadas y alegres.
Noah levanta el rostro hacia el cielo y desea poder ver al águila. Sabe que está ahí arriba, en alguna parte.
Desea con todas sus fuerzas ver a Kay ahora mismo y contarle lo que ha pasado.
Siente un nudo en la garganta. Es absurdo, lo sabe, porque ni siquiera la peor noticia hace unos dos meses lo afectó así.
Y ahora, cuando tiene las mejores noticias posibles, un milagro, sonríe, un caso atípico, esboza una amplia sonrisa, el nudo en la garganta sigue ahí, y tiene la visión borrosa por las lágrimas.
Kay ha estado con él todo este tiempo, y todo esto es gracias a ella, y quiere volver a ver su rostro, sus ojos amables y su sonrisa suave, enmarcados por su cabello alborotado como un diente de león.
Quiere abrazarla. Nunca lo hizo, ni una sola vez, y ahora quiere hacerlo, pero no puede.
Tantas cosas nunca sucedieron porque las dejó pasar, las pospuso para después, se olvidó de hacerlas a tiempo.
Noah se limpia los ojos con la mano y mira a su alrededor. Necesita hablar con alguien.