85
El día que Noah se va de casa de Kay y da parte del hallazgo del cuerpo, conduce de un tirón hasta Pittsburgh.
En cuanto llega a las primeras señales de civilización, el móvil empieza a vibrar con notificaciones, pero no les hace caso.
Cuando llega al noreste de Pensilvania, la temperatura exterior ronda los trece grados, como si hubiera saltado una estación.
El blanco va desapareciendo y los campos se convierten en manchas pardas.
Noah baja la ventanilla y el aire es húmedo, cargado de todo tipo de olores que despiertan tras el largo invierno.
Horas más tarde, para en el área de descanso de DuBois, en la I-80.
Se queda de pie en un pequeño sendero asfaltado junto a una zona de pícnic y observa a la gente, cuyo ánimo parece haberse descongelado junto con la nieve.
Están más alegres, o quizá se lo parece después de haber estado aislado.
Todo a su alrededor le resulta más amable.
También el encargado del área de descanso, un hombre mayor de unos sesenta años, cuya voz lo sobresalta de repente.
El encargado suelta una risotada.
—Dicen que va a ser una primavera temprana —dice, parándose junto a Noah, como si Noah estuviera allí esperando a que llegue la primavera—. Phil no vio su sombra, ¿sabes?, y este año puede que acierte.
Noah esboza una sonrisa educada y asiente.
¿Quién es Phil?, quiere preguntar, pero entonces cae en que está a unos treinta kilómetros de Punxsutawney, el hogar de la famosa marmota.
La idea le arranca una sonrisa. La gente cree en todo tipo de cosas, piensa Noah.
Él es la gente. Y sí, la vida va de aquello en lo que crees.
De vuelta en el coche, Noah llama a Denny para asegurarse de que puede quedarse unas noches mientras aclara las cosas.
—¡Tío! ¿Qué coño? ¡Todo el mundo te está buscando! —la voz de Denny es como un golpe del pasado y hace que Noah sonría.
Denny está fuera de la ciudad, así que el sofá y su dormitorio son todos para Noah. Todavía le debe dinero, pero a Noah le da igual. Solo necesita un sofá y un sitio donde pensar tranquilo.
Es casi medianoche cuando Noah llega a Pittsburgh, aparca y por fin llega al apartamento de Denny.
Nada ha cambiado. El sofá sigue ahí. Deja la bolsa en el suelo, va hasta el sofá y se sienta en silencio.
No sabe qué esperaba, pero el mundo no ha sido destruido por el Armagedón, no ha sido aniquilado por un virus; no ha pasado nada dramático.
Solo ha estado fuera tres semanas y pico, y todo sigue igual, pero le resulta ajeno: la ciudad, los edificios con su hormigueo de gente, el tráfico, las sirenas al otro lado de la ventana, el paquete de Doritos a medio terminar sobre la mesa, la pipa sucia de porros a su lado, el «Oh, eh, tío,
cuánto tiempo» del compañero de piso de Denny, cuya cabeza asoma por la puerta del dormitorio un segundo.
Todo es igual, pero no lo es. Noah tampoco.
Coge el móvil y revisa los mensajes.
La mayoría son del tipo «Oye, que me he enterado de...». La noticia ha corrido: hay preguntas.
Están los paranoicos de Toby, docenas. Los insistentes del Dr. Bard. Y el que lleva esperando todo este tiempo, el de Brooke: «Noah, ¿podemos hablar?».
Busca en Google Nana Kay otra vez. Hay cosas que no entiende.
Cosas que no encajan, y mucho menos explican lo que pasó en las últimas tres semanas.
Busca el Valle del Águila, intentando encontrar el lugar, pero cuando añade nativos americanos y prácticas curativas, da con un artículo sobre técnicas de curación tradicionales.
Noah devora las líneas mientras lee sobre un método concreto llamado «el Valle del Águila» y los cinco pasos de su sistema de curación: resistencia, sumisión, punto de inflexión —también llamado «el desfiladero»—, crescendo o iluminación, y el viaje.
Hay un paso adicional llamado «la ruptura», «el escape», y Noah lo lee todo, párrafo tras párrafo, hasta que cae en la cuenta de que el Valle del Águila no es un lugar.
Es una antigua práctica curativa, una combinación de medicina psicosomática, psicoterapia y técnicas de sanación espiritual.
Se deja caer en el sofá, cierra los ojos y piensa en Kay: nunca hubo hierbas, tinturas ni cosas tipo «abracadabra». Fue a verla con la visión más primitiva del mundo, y ella le enseñó cómo funcionaba en realidad, se lo mostró, lo guio de principio a fin.
Y ahora ya no está.
Kay.
Nana Kay.
Noah está agotado, pero esto le recuerda que tiene que llamar a Toby, que le grita por teléfono que es un capullo y un sinvergüenza, que toda la ciudad lo está buscando a estas alturas, y que si no hubiera dicho que se iba de viaje por carretera, habrían denunciado su desaparición.
Noah sonríe y le promete que lo verá mañana, luego le escribe a Brooke: Te llamo pronto.
Le contesta al Dr. Bard. Quiere hablar de un tratamiento alternativo. Les manda un par de mensajes a sus compañeros de banda.
Todo lo demás puede esperar.
El mundo es diferente. Noah no tiene prisa. Si él quiere esperar, el mundo esperará también. Es suyo.
Ahora mismo, lo que quiere es paz.