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Las manos de Noah se aferran al volante como si este pudiera evitar que cayera en la locura.
La puerta del cobertizo nunca había estado abierta. Jamás había logrado ver qué había dentro.
Noah traga saliva. Sus ojos van hacia la carretera que tiene delante, luego vuelven al espejo y al cobertizo, y algo tira de él, como si aquel lugar lo atrajera cual poderoso imán.
Su mano se mueve como a cámara lenta y pone el coche en punto muerto. Sus ojos siguen fijos en el espejo, como si esperara que la imagen cambiase. Parpadea, pero todo sigue igual: la puerta del cobertizo está abierta.
Su mano busca lentamente la manija. Abre la puerta con los ojos aún en el espejo, se detiene un instante y luego sale rápidamente del coche y echa a andar hacia el cobertizo.
A pocos metros del cobertizo, Noah aminora el paso y mira a su alrededor. Los pájaros gorjean en algún lugar entre los árboles y la nieve cruje amortiguada bajo sus pies, pero el cobertizo es un templo de silencio.
—¿Kay? —dice al llegar a la puerta.
Se detiene, temeroso de hacer un movimiento en falso, respirando hondo y despacio aunque todo su cuerpo está en tensión. Lentamente, tira de la manija, y la luz del día se despliega como una alfombra hacia la penumbra del interior.
Reina el silencio cuando Noah entra en el cobertizo.
La bombilla está encendida sobre su cabeza, su luz turbia apenas suficiente para iluminar la pequeña estancia brumosa, con un aire viciado que lleva tiempo sin removerse.
Las pequeñas grietas entre los tablones de la pared dejan pasar finos hilos de luz que atraviesan el aire en un patrón peculiar, casi surrealista.
Noah mira fijamente lo que tiene delante, tratando de entender.
Frente a él, junto a la pared, hay una pequeña mesa de madera, y sobre ella el contorno gigante de un ojo que lo mira fijamente. Al acercarse, descubre que es un bordado de casi un metro cuadrado enmarcado en madera.
La habitación en penumbra parece un pequeño altar.
Transmite intimidad, como si fuera el tributo personal de alguien a la vida y los espíritus.
Sobre la mesa hay una rama seca de unos treinta centímetros, retorcida y hermosa, apoyada contra la pared.
Junto a ella, docenas de objetos: velas, figuritas, un cáliz, una pipa, palos envueltos en hilo, pequeñas cornamentas de ciervo.
Noah no se atreve a respirar, como si estuviera interrumpiendo una ceremonia sagrada, como si no debiera estar allí. Esperaba cualquier cosa menos esto: paz.
Extiende la mano lentamente y con el índice recorre el contorno de una figurita en el extremo derecho: es un águila. Mooney. Junto a ella hay un pequeño cuadrado bordado, y cuando Noah lo mira de cerca, ve que es un arrendajo azul.
Suelta una risa breve y entrecortada y se da cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Sus ojos, muy abiertos, van de un objeto a otro, estudiándolos todos dispuestos en una hermosa naturaleza muerta cargada de simbolismo.
A un lado hay un pequeño cenicero circular con cerillas y hojas quemadas.
En el centro de la mesa, entre varios pentagramas y símbolos dibujados, hay un plato con pequeños soportes cuadrados dispuestos en círculo.
Son para el incienso. Las varillas ennegrecidas sobresalen inclinadas hacia dentro, como dispuestas para una hoguera, pero están consumidas, algunas solo a medias, como parte de un ritual inacabado.
¿Por qué ocultar este lugar durante tanto tiempo?
Un crujido a su espalda hace que Noah se gire en una fracción de segundo, pero no hay nada, solo la puerta entornada y el rectángulo cegador de luz blanca que entra del exterior.
Los ojos de Noah tardan varios segundos en ajustarse, y cuando lo hacen y se desplazan hacia la esquina derecha, detrás de la puerta, abre la boca con confusión y se le eriza el vello de la nuca.
Ahí está: Kay.