81
Jadea, y tiene la mente dispersa cuando el frío del exterior le abofetea. La puerta principal se cierra de golpe a su espalda con un estruendo aterrador, y baja los escalones de un salto y echa a correr, resbalando en la nieve, hacia su coche.
La luz del sol es tan intensa que Noah siente un espasmo en la cabeza y ve destellos oscuros, pero no se detiene. Se mueve más rápido de lo que piensa, y las manos le tiemblan violentamente mientras aún intenta asimilar que está fuera.
Solo después de estar en la oscuridad apreciamos de verdad la luz.
¿Qué ha pasado?
¿Por qué haría Kay algo así?
Si había una razón, entonces ¿dónde está ahora? ¿Observándolo?
Nada tiene sentido, pero a Noah ya no le importa. El único pensamiento que le martillea en la cabeza es: «¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!»
Casi arranca la puerta del conductor, lanza la bolsa al asiento del copiloto y agarra las llaves del posavasos.
¡Rápido! ¡Más rápido!, le ordena el cerebro.
Clava la llave en el contacto, y el coche arranca con un rugido familiar y reconfortante. La radio cobra vida de fondo con la canción nueva que reconoce de hace semanas, y de repente todo parece surrealista, como si hubiera caído en una grieta del tiempo y acabara de salir.
Noah gira la cabeza bruscamente, buscando cualquier rastro de Kay o de alguien, algo, que le dé una pista de lo que está pasando. Echa el seguro de las puertas y cierra los ojos un segundo, atento a los latidos de su corazón, al ruido en su cabeza, y suelta un suspiro sonoro.
Cálmate. Piensa.
Intenta relajarse y abre los ojos. El sol resplandece alegre y se refleja en las superficies blancas de alrededor, pero la casa parece fría, oscura y desierta.
Noah recorre el entorno con la mirada y se detiene en los escalones.
Puede ver sus huellas en la nieve, desde los escalones hasta el coche, sobre un par de centímetros de nieve fresca.
¡Ha nevado!
Pero ¿dónde están sus huellas? ¿Dónde está ella? ¿Se marchó antes de que nevara?
Piensa.
Ni siquiera sabe cuánto tiempo ha estado en el sótano. Agarra el teléfono del asiento y mira la pantalla: las ocho de la mañana. Ha pasado una noche allí abajo. ¡Le parecieron días!
Nota que el corazón se le calma y agarra el volante con más fuerza, como si eso pudiera ayudarlo a concentrarse.
¿Debería buscar a Kay?
¿Debería hablar con ella?
Al fin y al cabo, es una anciana, no una secuestradora. No hay nada que una mujer de casi cien años pueda hacer que Noah no pueda afrontar. Quizás fue un error. Tiene que haber alguna explicación.
Vale, irá a la gasolinera. Preguntará por Dean. Quizás pueda usar el teléfono de allí para llamarlo y contarle lo que ha pasado. ¿Puede siquiera explicar lo que ha pasado? Pero Dean conoce a Kay. Quizás pueda conseguir que él la encuentre.
Mete la marcha atrás, sale con el Stallion y lo dirige hacia el camino que lleva fuera del patio.
El coche avanza dando tumbos hacia la entrada, flanqueada por altos pinos a cada lado.
Noah lanza una última mirada al espejo retrovisor y pisa el freno tan bruscamente que casi se golpea la nariz contra el volante.
El corazón le da un vuelco.
Vuelve a mirar en el espejo, incrédulo: el cobertizo detrás de la casa está enfocado, y juraría que hace un segundo vio el atisbo de una figura oscura que se deslizaba por la puerta hacia el interior.
Clava la mirada en el espejo con tanta intensidad que los ojos empiezan a dolerle. No sabe si su mente alterada se lo está imaginando todo, pero una cosa es segura: la puerta del cobertizo está entreabierta.
El cobertizo. Está. Abierto…