80
Noah se despierta sobresaltado. Jadea en la oscuridad, notando el vaho cálido de su respiración contra el rostro. Está helado.
¡Tiene que salir de ahí!
Recuerda el extraño sueño, a Mooney, su Stallion en el piso de arriba, esperándolo. El mundo entero lo espera, y él no puede salir.
Se remueve, jadea de dolor pero sigue moviéndose, intentando cambiar de posición. Tiene los dedos entumecidos por el frío; se los lleva a la boca en cuenco y sopla para calentárselos cuando oye un crujido arriba.
—¿Kay? —dice en voz baja, mientras sus ojos escudriñan la oscuridad como si esta guardara alguna respuesta—. ¿Kay? —repite, ahora más alto.
¿Estará ahí? ¿Había alguna pista en su sueño?
Se levanta despacio, tantea a su alrededor hasta encontrar el primer peldaño de la escalera y empieza a subir.
Mooney. ¿Qué hacía Mooney en su sueño?
El muy tonto se encerró solo y se quedó ahí, gritando que lo ayudaran, hasta que llegué a casa.
Se encerró...
Pensamientos inconexos cruzan la mente de Noah mientras sube despacio la escalera.
Solo tras haber estado en la oscuridad apreciamos de verdad la luz.
Quizá haya una razón.
Da otro paso.
El pestillo se atasca aquí, maldita sea.
Otro paso.
No había cerradura, cae en la cuenta Noah. Nunca hubo cerradura en la puerta del sótano.
Nada cede a la fuerza sin acabar destruido o roto.
Paso.
A veces las cosas más difíciles requieren el toque más delicado.
Paso.
Noah clava la mirada en el fino hilo de luz justo encima de él. Es mucho más brillante. Es de día, comprende, y el corazón casi se le para al pensarlo: ha pasado una noche ahí abajo.
Alza la mano temblorosa hacia la puerta del sótano, la roza con suavidad y se detiene.
Tiene miedo de moverse, miedo de fracasar. Se apoya con la mano izquierda, desliza la derecha hasta la zona del pestillo en los tablones de madera y respira hondo.
Apoya los cinco dedos en la puerta y empuja con suavidad.
Se oye un suave clic en la bisagra, pero nada cambia.
Vale, con calma.
Lo intenta de nuevo. El pestillo del otro lado vuelve a hacer clic, pero la puerta no se mueve.
Noah respira hondo y contiene el aliento; luego desliza los dedos a otro punto y vuelve a presionar.
Nota una ligera resistencia durante un segundo, pero cuando suelta la puerta y empuja de nuevo, el pestillo emite un chirrido y la puerta empieza a levantarse.
El hilo de luz se ensancha y lo ciega, hiriéndole los ojos.
Unos pasos más y está fuera. La puerta se cierra de golpe a su espalda con un fuerte estruendo, y Noah se queda inmóvil.
Al principio no puede creerlo. ¡Está fuera! ¡Aquí arriba y no allá abajo!
Pero la casa está en silencio, fantasmal.
—¿Kay? —dice en voz queda, temeroso de enfrentarse a lo que sea que explique su encierro. ¿Fue aquello una lección?
Reina un silencio absoluto. La cabaña siempre es tranquila, pero ahora hay demasiado silencio y frío, y cuando Noah avanza con cautela hacia el salón, se da cuenta de que la chimenea está apagada.
Está temblando: por el frío, la conmoción, el desasosiego que se apodera de él. Algo va mal. Camina hasta la chimenea y la observa un momento: nadie ha repuesto los troncos desde que cayó escaleras abajo.
¿Dónde está Kay?
Noah cierra los ojos. Todavía está mareado, ahora más por la luz que por otra cosa. El silencio mortal resulta más aterrador que si Kay estuviera aquí para explicar qué demonios ha pasado.
Nota que el pulso se le acelera. Todavía no es pánico, pero necesita moverse.
«¡Ahora!», le grita el cerebro.
Dirige la mirada al suelo junto a la puerta. El abrigo sigue ahí. Lo recoge, se lo pone, agarra el bolso del suelo y, sin mirar nada más, sale corriendo.