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Antes de que Noah abra los ojos, siente el dolor. Llega primero. Le recorre todo el cuerpo. Abre la boca y gime.
La oscuridad lo envuelve todavía. Cuando reúne fuerzas suficientes para sentarse, vuelve a marearse, y la oscuridad da igual porque esta cabeza suya, maltrecha, no le deja pensar con claridad.
Probablemente tiene una conmoción cerebral, piensa, mientras intenta levantarse y el zumbido en los oídos y el dolor intenso lo obligan a detenerse.
No sabe cuánto tiempo ha estado inconsciente, pero tiene frío, está helado en realidad, y sediento. Tiene la vejiga llena y le duele.
—¡Kay! —intenta gritar, pero de su boca abierta solo sale un jadeo más fuerte que su propia voz.
Tantea a su alrededor lentamente, con cuidado; cada movimiento le resuena dolorosamente en la cabeza.
Palpa el escalón inferior con la mano y se mueve a la derecha, hacia la esquina, gatea a cuatro patas, con miedo de levantarse y perder el conocimiento de nuevo.
Cuando la mano alcanza el rincón donde se juntan las paredes, se baja la cremallera y orina durante un tiempo larguísimo.
El dolor parece abandonar su cuerpo junto con el líquido, y siente el calor que asciende desde el suelo.
Se le empapan las rodillas con la orina, pero no le importa.
Gatea de vuelta a la esquina del otro lado de las escaleras y se queda quieto un rato, con las rodillas contra el pecho, los brazos rodeándole el torso, intentando mantenerse caliente y despierto.
Tiene hambre, pero siente ganas de vomitar.
Necesita estar despierto hasta que alguien lo encuentre.
Está tan cansado y nauseado que ya no presta atención a ningún sonido. Solo a los dolores del cuerpo.
¿Qué ha hecho para merecer esto? ¿Por qué?
La pregunta no es por qué. La pregunta es por qué no.
Noah está cansado y angustiado y, más que nada, conmocionado por cómo ha resultado todo.
No lo entiende, pero no intenta analizarlo porque la oscuridad es asfixiante.
Quiere estar donde hay luz. Quiere estar fuera.
Ya ni siquiera importa dónde, solo fuera y vivo.
Quiere caminar, correr, conducir, ver la naturaleza y la gente, y el cielo, y a sus amigos, y a Brooke.
Quiere subirse a un avión y volar a algún lugar, ir a un sitio increíble y quedarse allí, viviendo y respirando.
Solo no aquí, no en la oscuridad.
Noah se sienta con los ojos cerrados, imaginando el mundo sin oscuridad: la luz, la felicidad, poder ver, tomar decisiones. Y pronto se queda dormido.