Nana Kay 76
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La emoción hace que las siguientes horas pasen en un abrir y cerrar de ojos para Noah. Oscurece rápidamente, pero no le importa. Puede conducir en la oscuridad, entre el aguanieve y la tormenta. Está deseando irse, aunque no puede explicar por qué está contento como un cachorro.

Parece demasiado bueno para ser verdad cuando, después de un par de horas inclinado sobre el motor, Noah se limpia las manos rígidas y heladas, se sube al coche, gira la llave y su Stallion arranca con un alegre rugido.

¡Sí! Noah zarandea el volante de la emoción.

¡Sí! Agita los puños en el aire.

—Eso es —canta—. ¿Quién manda aquí ahora?

Hace un movimiento de baile con los hombros, apaga el coche y sale.

Dentro de la casa, es como si una fuerza invisible hubiera pasado y borrado todo rastro de vida.

—¿Kay?

Está mucho más oscuro en la cabaña, y sus ojos tardan un momento en adaptarse para distinguir a Kay.

Está sentada a la mesa de la cocina, con las manos juntas y los dedos entrelazados, la mirada fija en ellas como si estuviera rezando.

—¡Kay! ¡Creo que me voy!

Ella asiente.

Noah entra en el dormitorio y saca la mochila de debajo de la cama, luego abre el cajón y coge la poca ropa que tiene.

Oye un ruido. Apenas perceptible, pero cuando llega, es inconfundible, y viene del sótano. Un «guau» amortiguado, un golpe sordo, un chirrido ocasional, y a veces un arrastre continuo, como si alguien estuviera allí abajo moviendo cosas.

Noah se detiene con la ropa en las manos y ladea la cabeza. Abre mucho los ojos, como si cuantos más sentidos emplee, más pueda oír y entender.

Los ruidos vuelven. Es la chimenea, que resuena en algún lugar profundo bajo el suelo. Tiene que ser eso. Pero la chimenea no tiene nada que ver con el sótano. Llevan varios días sin electricidad. Tampoco puede ser la caldera.

Noah reacciona de golpe y mete la ropa en la bolsa. Esto no es asunto suyo. Recorre el lugar emocionado, recogiendo sus cosas desperdigadas: ropa, cargador, teléfono, artículos de aseo. No hay mucho, pero no quiere olvidarse nada.

Kay está limpiando las encimeras de la cocina. En silencio. Noah no logra descifrar su estado de ánimo, pero seguro que volverá encantada a su rutina en cuanto él se vaya. Se ha quedado mucho más de la cuenta. Varias semanas de más, para ser exactos.

—Ktsch, ktsch, ffff...

Noah oye el sonido, pero decide ignorarlo. En su lugar, alza la vista hacia Kay, que está apoyada en la encimera, mirándolo. Tiene la boca ligeramente torcida hacia un lado, nota Noah. ¿Una sonrisa o una mueca?

Se detiene.

—Sabes que me cambiaste la vida —dice.

—Hmm.

Su expresión no cambia.

—Quiero decir, todo lo que pasó —continúa—, todas las conversaciones que tuvimos. Es... No creo que nadie me haya hablado nunca como tú. Ni me haya explicado las cosas como tú.

Mira por la ventana que da al cobertizo, luego a Kay. Ella sigue mirándolo.

—Tengo tantas ganas de ir...

Quiere decir «de vuelta», pero siente que no es de vuelta adonde va, sino hacia adelante, como si fuera a un lugar nuevo, a ser una persona nueva, a empezar de cero. Aunque solo sea por un año como mucho.

—Me hace mucha ilusión este año —dice—. Sé que empecé como un intruso, pero no te imaginas lo contento que estoy de haber pasado este tiempo juntos.

—Todo el mundo es un intruso hasta que encuentra un hogar y a sí mismo —dice ella, y eso le arranca una sonrisa. La sabiduría de Kay no tiene fondo. Podría pasar toda una vida con ella y seguir aprendiendo algo nuevo cada día.

—Creo que por fin lo estoy pillando. No podía quedarme aquí para siempre, ya sabes.

—Bueno, tampoco querríamos eso, ¿no?

Sus labios se curvan en una sonrisa.

—No.

Se ríe.

—Creo que ya tengo todo lo que necesitaba. Y creo que tú también estás harta de mí.

—Casi —dice ella, pero la palabra pasa desapercibida para Noah.

Mira alrededor: el sofá, la cocina, la chimenea.

Echará de menos todo esto. Es extraño, pero se ha convertido en su hogar, un hogar mejor que cualquiera que haya tenido en meses.

Se da la vuelta para echar un último vistazo al lugar, y su mirada se posa en el banco y el bordado.

Le encantaría ver la versión terminada, pero se alegra de poder seguir adelante por fin.

Va al baño, se lava la cara y se cepilla los dientes en la oscuridad, con la puerta abierta para que entre el resplandor de la chimenea.

Cuando sale varios minutos después, Kay no está por ninguna parte.

—¿Kay?

Llama a la puerta de su dormitorio, pero no está.

¿Ha salido? ¿Cómo no la ha oído?

Mira por la pequeña ventana junto a la puerta y ve el vago cono de luz de una linterna cruzando el patio.

¿Estará junto al coche, esperándolo?

Recoge la bolsa y el abrigo y camina hacia la puerta cuando un fuerte golpe amortiguado del sótano lo detiene en seco.

Se queda paralizado.

¿Qué demonios es eso?

Nunca llegó a descubrir todas las cosas misteriosas que pasan en la casa. Y le va a molestar. Ya le molesta ahora.

—Ktsch, ktsch, ffff.

Ese sonido otra vez.

Noah deja caer la bolsa y el abrigo en el suelo. No es inquietud lo que lo hace caminar hacia el sótano, sino curiosidad. ¿Por qué Kay nunca lo deja bajar? El sótano es como el cobertizo: lo guarda como si fuera el santo grial.

Kay está afuera. Y está a punto de marcharse. Noah solo echará un vistazo.

Noah aparta la alfombra y forcejea con el pestillo, que se resiste como un niño malcriado negándose a salir de la cama. Pero finalmente cede, y levanta la trampilla.

La oscuridad le golpea con su frialdad y humedad. Clava la mirada en la negrura del hueco cuadrado en el suelo y en los escalones de madera, gastados por el tiempo, que descienden hasta perderse en el abismo.

Juraría que oye susurros en los rincones oscuros del agujero. Deja la trampilla apoyada en las bisagras metálicas y baja el primer escalón. Kay no estará contenta, pero tampoco es para tanto. Solo quiere echar un vistazo.

Uno, dos, tres escalones, y la oscuridad ya le engulle las piernas. Estira el cuello para ver más allá, pero es demasiado profundo y oscuro.

Otro crujido surge de la oscuridad, y baja varios escalones más. El suelo ya le llega al pecho. La negrura lo traga, pero no consigue ver nada.

¡Maldita sea!

Siente algo que se mueve allá abajo, el aire quieto que se desplaza, y el corazón se le acelera. Pero la curiosidad lo está matando. Sabe que no debería seguir, pero, aunque sabe que es mala idea, baja más escalones. Solo echará un vistazo y volverá a subir.

De pronto, algo se mueve a su espalda.

Se gira.

Kay está de pie sobre él y, no sabe cómo, parece gigantesca.

Abre los ojos de par en par.

—¿Kay?

Quiere explicarse, pero ella tiene la mirada helada, y él sabe lo que va a pasar en el próximo instante, lo presiente, intenta girarse con torpeza, pero justo en ese momento la trampilla se cierra de golpe y su mundo se precipita hacia la oscuridad.